Acerca de mí...


¿De qué quieres que te hable? ¿De mis días de infante en un reino que nunca me perteneció? ¿De castillos de madera y laberintos de zarzas? ¿De sobremesas bregando vientos atrapados en empopadas junto a la ventana? ¿De bicicletas otoñales en busca de un arcoíris sembrado en un helado barrizal? ¿De tardes de lluvia? ¿De tardes, de lluvia? ¿De noches de náufrago en un mar tenebroso sobre una endeble balsa?

Si quieres puedes creer que fui aquel niño, pero todo eso pasó y de aquello ya no queda más que un recuerdo alienado, alguna vieja foto mojada y ningún adiós.



¿Qué quieres que te cuente? ¿Que fui un titán desterrado? ¿Que soñaba con vengar lejos mis supuestas afrentas y regresar, algún día, para lucir con desprecio la gloria de mi espada? ¿Que la amaba secretamente noche tras noche, alba tras alba, confesándole al sol naciente mis deseos suspiro tras suspiro? ¿Que los odiaba? ¿Que me odiaba? ¿Que ya entonces no podía decir te quiero, así se pudriera mi corazón implosionado?

Si quieres imagina que fue así como sucedió todo, pero sabrás que no esa la mancha que lastra al destino que me acuna, por mucho que no crea en él.



¿Cómo quieres que te lo explique? ¿Si el universo se detuvo en un instante mientras para el resto siguió en movimiento? ¿Si nunca más la música pudo ser alegre? ¿Si nunca más escuché un cuento que confortara mis sueños? ¿Si solamente el océano comprende mi pesar? ¿Si aún siento el mismo vacío? ¿Si no lloraron mis ojos? ¿Si sigo llorando por dentro? ¿Si aún sigo estando solo?

Si quieres piensa que miento, que todo esto no más que un ardid, que el muy cabrón que te desechará tras follarte, además, quiere que lo compadezcas tirando de puta literatura sin cuento.


FIN.





Sugerencia auditiva para la despedida...

Werther







Reina blanca a corazón ciego. Jaque mate.
Nunca tuvo opción de triunfo.
Tras el trueno, el olor a pólvora simplemente constata el hecho: el joven yace muerto.

Nuestros nombres

«La luna está alta y crecida. Una vez más nos observa desde los cielos. ¿Cuántas veces habrá completado su ciclo sobre nuestras cabezas? Los pequeños reís, aún podéis llevar la cuenta. Pero muchos de los mayores que cuidan vuestras espaldas comienzan a sentir, como yo, que pocas veces más contemplarán nuestros ojos su paso. Y es que nuestro tiempo es breve, mis niños, pero eso aún no debe ocupar vuestros pensamientos, como tampoco ocupa el de vuestros hermanos mayores y sus amadas, a quienes les susurran deseos de felicidad eterna al oído mientras las abrazan, como siempre fue y como siempre seguirá siendo cuando ya no volvamos aquí ninguno de nosotros. Porque por mucho que no queramos, todos nosotros pasaremos. Como pasaron aquellos a quienes ya no recordamos y a los que debemos nuestros nombres sin saber cuáles fueron los suyos. Tras sus pasos caminamos aún hoy, sobre las sendas que ellos abrieron. Grandes ancestros cuyo legado honramos al despertar cada nuevo día, al respirar los mismos vientos que ellos, sin darnos cuenta de sus proezas no contadas en ningún relato. Hoy, esta última noche de reencuentro, dejadme que os hable de uno de ellos.

»Sucedió en días ya lejanos, cuando los grandes alces eran cazados por decenas de hombres de diversos clanes, cada cual más valeroso e indomable; cuando el temor al ataque de la noche nos reunía a todos en la entrada de grandes cuevas alrededor del fuego; cuando apenas sabíamos contar los días y aprendíamos a entender los ciclos de las estrellas.

»En esos días nació un niño a destiempo, justo una noche tal cual ésta, a partir de que los días menguan y se aproxima el invierno. No se consideraba adecuada esta época para nacer, pues una criatura tan tierna no podía resistir sin dificultad los zarpazos del frío. Fue además doble el mal agüero de su nacimiento, al morir la primeriza madre desangrada por haberlo concebido siendo aún demasiado joven. Así, el señor del clan, conocido como el Prudente entre los suyos, dio orden de no dar nombre al recién nacido hasta que no culminaran cinco inviernos. Superó el frío pasando de pecho en pecho, prestado por tías y primas. Llegó a ver su primera primavera y su primer verano, aunque seguía sin concedérsele un nombre. Entre los suyos se referían a él como el huérfano. Con una madre muerta y un padre desconocido, creció alimentándose de las sobras de varios hermanastros entre los que siempre fue un bastardo y pronto aprendió a identificar el reproche en las miradas de quienes amaron a su madre.

Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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