Oposición

“Por una mirada un mundo…”

Rima XXIII G.A. Becquer.

La primera noche fue insoportable. Imagíname intentando relajarme para dormir mis ocho horitas antes del examen, absolutamente a oscuras, decúbito supino y apenas escuchando mi respiración, mientras trataba de alejar de mi mente normativas, jurisprudencias y demás jerigonzas que durante el último año habían ocupado mi vida de opositor. Lo estaba consiguiendo: no pensar en nada, apenas percibir el peso de las sábanas sobre mi cuerpo, el pulso lento, el vientre subiendo y bajando, el sopor.

Entonces todo se fue a la mierda. Un rítmico bamboleo comenzó a ganar intensidad. Clavé los ojos en la oscuridad de la que llegaban los ritmos ancestrales que no me permitían concebir el sueño. La cadencia era monótona y grave, pero aún así no podía dormir. Lo intenté, me di la vuelta, probé con el decúbito prono, de un lado y del otro. Nada. El bum bum, bum bum, se colaba por el techo sin poder ignorarlo.

Encendí la luz. Las doce menos veinte. Fui a la cocina, al baño y volví a la cama. Apagué la luz. Ahí estaba esperándome el ruidito de las narices. Al menos solamente sonaba la cama; los gemidos, o eran comedidos o se amortiguaban, gracias a Dios, y no se sumaban a la percusión. Pero el vaivén no cesaba, persistía machacón.

Me levanté. No tiene sentido dar vueltas en la cama ante una situación así. Eran ya las doce. Puse algo de música suave y me metí en internet a revisar por millonésima vez las bases de la oposición, cada uno tiene sus paranoias. Confirmé que tenía todo lo que iba a necesitar en el examen. Incluso no pude resistirme a dar un último repaso a los resúmenes de algún tema.

Terminé a la una y treinta y cinco. Supuse que habrían tenido tiempo de sobra arriba para terminar el recital, bises incluidos. A mí, al menos, me habría dado tiempo de sobra. Así que apagué y me metí de nuevo en la cama. Pero en lugar del silencio, volvió a colarse el bum bum, bum bum por el techo. Increíble. Aún estaban dándole. Y siguieron así, con ese monótono ritmo hasta las dos cuando, sin más, llegó la calma y pude dormir.

Mi Pequeño troll

Un pequeño troll fue lo único que se salvó de la muerte.

Su familia, si es que puede llamarse así a un grupo de estos animales, llegó al condado hacía ya casi un año. Al principio consiguieron pasar desapercibidos. Notamos, eso sí, un descenso progresivo en la caza. Cada vez era más difícil toparse con ciervos y corzas. Después comenzaron a robar ganado. Culpamos a los lobos, incluso a algún oso hambriento, aunque curiosamente no se habían dado encuentros con ninguno de ellos. Sospechamos que pudiera tratarse de trolls cuando se volvieron más descarados, y comenzaron a dejar rastros de reses a medio engullir o pedazos de ovejas en el camino a su cueva.

Organizamos una partida de rastreo. Partimos al amanecer y dimos con la gruta donde pasan el día refugiados del sol. No hizo falta adentrarse mucho para saber que un grupo de trolls vivía ahí dentro. El hedor de la podredumbre era tan intenso que solamente estas bestias podrían soportarlo. Hicimos venir a leñadores para agrandar el claro frente a la entrada y, ya por la tarde, montamos un sistema de espejos para hacer llegar la luz solar al interior del abismo y conseguir así derrotarlos del modo más seguro. Funcionó. La cueva no era profunda y con pocos niveles de reflexión los rayos llegaron hasta el rincón más oscuro donde cinco grandes trolls se convirtieron en piedra mientras vertíamos sobre ellos la bendición del día. Justo a tiempo, por otro lado, ya que al poco de terminar la tarea comenzó el ocaso.

Mientras terminábamos de recogerlo todo, orgullosos por la hazaña y satisfechos por no haber sufrido ningún daño, tomé una antorcha y dije a mis compañeros que se adelantaran que yo iba a explorar un poco más la gruta. Ninguno de ellos hizo ademán de acompañarme al infecto agujero. No encontré ningún tipo de tesoro. Al fin y al cabo era una guarida de unos estúpidos animales. En realidad tampoco era joyas lo que buscaba. Había algo que no me cuadraba. La aventura había sido demasiado sencilla. Avancé embozado para evitar el impacto directo de la pestilencia sobre mi olfato. En más de una ocasión me arrepentí de mover un ciervo, un becerro o hasta un oso, al creer ver un destello bajo sus restos.

No había nada salvo cadáveres, insectos y cinco trolls petrificados al fondo de la caverna. Cinco bestias que podrían haberse abalanzado sobre nosotros mientras se endurecían sus miembros. Podrían haber roto los espejos lanzándoles algún guijarro o alguna quijada. Podrían, en definitiva, haber opuesto resistencia de algún modo, haber ganado tiempo hasta que hubiera caído la noche. Entonces nos habrían tenido a su merced, habríamos tenido que escapar de su cólera. Nada habríamos podido contra ellos una docena de hombres, por mucho que estuvieran templados nuestros aceros, que no todos lo estaban, contra cinco gigantes airados. Y, sin embargo, ahí estaban. Los cinco en corro. De espaldas. Vencidos. Petrificados. Entonces escuché un ruido. Me detuve helado, como los fríos monstruos que tenía frente a mí, y agucé el oído. El flameo de la antorcha, algún pequeño curso de agua, los ruidos del bosque amplificados por la boca de la cueva, mi pulso acelerado. Por lo demás nada. Pensé que habría sido mi imaginación. La tensión ante la batalla que había planteado mi mente hacía un instante. Pero no. Esos bichos inmundos simplemente tuvieron mala suerte. No nos escucharon al llegar. No pudieron olernos entre tanta pestilencia. Seguramente se asustaron al ver cómo el día penetraba en su santuario y sin más se refugiaron cobardemente. Escupí y me marché de allí.

Al salir, el aire fresco de la noche revitalizó mi espíritu. Sonreí. Había sido una gran aventura. Los demás estarían ya contando mil versiones en la taberna. Exagerando, borrachos de sí mismos y de cerveza. En esto pensaba cuando tomé las riendas de mi caballo y me dispuse a montar. Eché entonces una última mirada a la boca muerta al pie de la montaña.

Entonces lo vi. El pequeño troll asomó tímidamente la cabeza y el reflejo de la luna mostró una grotesca mirada. No era más alto que un niño de tres años. Salió de la cueva y avanzó desconfiado hacia mí. Sus miembros eran visiblemente grandes y fuertes, despropor-cionados. Le daban un caminar torpe. Saqué la espada y se detuvo. Movía la cabeza de un lado a otro. Supongo que no me veía bien y trataba de perfilarme entre la sombra, tal vez preparando un ataque. Hubiera sido cobarde ocultarme de un enemigo tan insignificante, así que avancé dejando que la luz de la noche se reflejara en mi rostro. Asustado, dio un paso atrás. Después olisqueó el aire. La brisa del bosque le llevó el hedor que anidó en mis ropajes al husmear por la caverna.

El bicho alzó los brazos y emitió un suave gruñido. Alcé la espada. Continuó gruñendo, más bien ronroneando de forma entrecortada, durante un instante y comenzó a avanzar con los brazos en alto. Preparé el asalto, sería fácil acabar con él de una estocada cuando estuviera a mi alcance. Aceleró el paso, mientras el gruñido se hacía más grave y se mezclaba con chiflidos. Unos metros más y sería historia. Entonces saltó ágilmente y, sin que pudiera descargar el golpe, se aferró dulcemente a mi pierna. No quería atacarme. Supongo que la peste que emanaba de mí debió confundir su pequeño cerebro. Supongo que creyó que era uno de los suyos. No buscaba mi muerte. Buscaba mi consuelo. Era, en cierto modo, todo lo que le quedaba. El olor, en un cuerpo vivo, de un hogar que yo había ayudado a destruir.

Sabía que era un error, que debía dar muerte a aquella criatura cuanto antes, pero no pude. Lo vi claro: si cinco bestias dieron su vida por salvarlo, ¿cómo podía yo ahora depreciar ese sacrificio? Fue una locura. Fue difícil tratar de enseñarle a comportarse en un mundo que no era el suyo. Fue caro pagar los destrozos que sus ataques de ira provocaban.

Todavía lo sigue siendo. Pero aún sigue conmigo y, tantos años después, mi pequeño troll, un bigardo de tres metros siempre hambriento, maloliente e iracundo, una mala bestia que gruñe y grita ya esté alegre o enfadado, que no da más de sí que un niño pequeño, capri-choso y consentido, continua a mi lado. Siempre fiel, siempre dispuesto a comerse, alguna vez incluso literalmente, a quien me amenace o ponga mala cara. Y yo aún continúo intentar educarlo, tratando de domeñar su brutal naturaleza.

Ahora el tiempo se me escapa, estoy viejo y él sigue siendo un niño. A veces creo que sabe que me queda poco a su lado. Entonces levanta los brazos y gruñe suavemente. Más que un gruñido es un ronroneo entrecortado. Me mira tiernamente mientras avanza despacio, va ganando velocidad progresivamente para, de repente, detenerse a mi lado y, con su gran zarpa, aferrar mi pierna con delicadeza. Yo acaricio su dura piel y él cierra los sus pequeños ojos rasgados, mostrando una mueca grotesca, como sólo puede serlo la de un troll de tres metros sonriendo feliz. Entonces no puedo evitar sentirme orgulloso de mi pequeño, de mi pequeño troll.


Sugerencia auditiva para la post-lectura.

Cazafantasmas

– Bien, señores, – decían que no existían los fantasmas.

– ...la estrategia es sencilla: –, que eran viejas supersticiones.

– ...llegamos, salimos, limpiamos la zona –, manifestaciones culturales de miedos atávicos.

– ...y en dos minutos salimos cagando leches –, cuentos de viejas para asustar a los niños.

– ¿entendido? –, y ahora estamos aquí...

– ¡¡¡ SEÑORA, SÍ, SEÑORA!!! –, armados con estas mierdas psinópticas o como cojones se llamen.

– Eso espero –, a punto de ser arrojados a las puertas de infierno.

– Porque no esperaré por nadie –, listos para aniquilar almas perdidas

– ...como nadie esperará por mí –, combatiendo contra nuestros propios padres.

– ¡¡¡ SEÑORA, SÍ, SEÑORA!!! –, la mayoría de ellos son novatos, unos críos.

– ¡Sargento!, – ese soy yo, – todo suyos.

– Bien, chicos –, este es el peor momento.

– Esta vez vamos a tope –, la mayoría de ellos no volverá.

– Una incursión rápida, ya habéis oído a la teniente: –, la mayoría será arrastrado al bando enemigo

– ...dos minutos –, y aún así me miran como si yo les fuera a mantener a salvo.

– Sincronicemos relojes a las cero cero en tres, dos, uno, ahora –, cuando no sé si podré salvarme a mí mismo.

– Mi sargento, ¿reparto ya los animales? –, Bowell, uno de los pocos con algo de experiencia junto a la teniente y a mí.

– Adelante Bowell–, queda poco para tocar tierra.

– Cuidad los gatos, pueden salvaros la vida –, tiene gracia que los viejos mitos estuvieran en lo cierto,

– Y recordad: un canario en cada unidad –, aunque probablemente fueran autentica historia.

– En zona cero dentro de treinta segundos –, el piloto da el último aviso encendiendo las luces rojas.

– ¿Todo listo sargento? –, la teniente permanece impasible.

– Todo listo, mi teniente –, ha visto ya demasiada muerte.




En treinta segundos, con una taimada calma el aerodeslizador se posa sobre el desierto que antes fue un barrio residencial de alguna capital europea olvidada. Ahora lo único que alcanza a ver la vista es un erial negruzco y agrietado, bañado por la luz mortecina de un sol de sangre. Apenas una leve brisa levanta algo de ceniza del suelo. Pero es el absoluto silencio lo que más me sigue impresionando.




– Bien, – la teniente nos pone en marcha,

– ...en grupos de cinco – la batalla va a dar comienzo

– Al mando: Bowel, Jax, Marina y el Sargento – aún no los vemos pero ellos ya están aquí, lo presiento.

– Cuatro conmigo cubriendo la evacuación –, cuatro soldados se apostan a mi lado.

– Un minuto cincuenta segundos desde ahora –, cuatro novatos.

– ¡Vamos, vamos, vamos! –, cuatro niños.

Nos dispersamos unos metros en torno al aerodeslizador corriendo en abanico durante treinta segundos. Entonces las quitamos las capuchas a los canarios. Y el abisal silencio se rompe. A medida que los asustados pájaros pían, surgen los iracundos gritos de los espectros que delatan así su posición. Comenzamos a disparar nuestras armas y poco a poco el enemigo toma forma visible. Aquí la cordura se balancea al borde del abismo. En su mayor parte son hombres y mujeres, hay también niños, que gritan deformando sus ya demacradas facciones, desesperados ante el dolor de contemplar lo que nunca más podrán tener. Hay cientos en torno a nosotros buscando la forma de acabar con su sufrimiento, la forma de acabar con nosotros llevados por la ira y el deseo de que todo desaparezca, comenzando por este pequeño grupo de hombres que intenta aplazar el fin del mundo.




– ¡Un minuto! –, la teniente avisa por el intercomunicador.

– ¡Vamos, sacad los gatos! –, gatos: el modo más efectivo de devolver las almas perdidas allá de donde nunca debieron salir.

– ¡Mi sargento, nos rodean! –, sus ojos guardan el secreto del más allá.

– ¡Maldito bicho! –, lástima que sean tan ariscos.

– ¡Soldado no deje escapar a ese animal! –, un soldado sin gato es un soldado muerto.

– ¡En círculo, joder! –, el menor contacto con los fantasmas es mortal.

– ¡Agrupaos! –, y nadie te prepara para estas terroríficas visiones.

– ¡Soldado vuelva al círculo! –, el miedo y la curiosidad juegan en tu contra.

– ¡Sargento, voy a por Ada! –, el menor contacto y pasas a las filas de enemigo.

– ¡Soldado, quieto, no abandone la formación! –, incluso el sentido del honor juega en tu contra.

– ¡Un minuto y veinte segundos! –, la disciplina es lo único que quizá pueda salvarte.

– ¡NOS VOLVEMOS YA! –, y esta es la única orden que nunca hay que contrariar.

– ¡Mi sargento no podemos dejarlos ahí! –, dudar es morir.

– ¡Vamos, vamos, vamos! – hoy vuelvo con dos hombres a casa, ha sido un buen día.




Los científicos tenían razón. En el universo había más de cuatro dimensiones, en concreto dos más espaciales y otra más temporal. Los canarios encabronan a los espíritus atrayéndolos a nuestro plano. La frecuencia de su trino sincopa las partículas en la cuarta dimensión espacial haciéndolas girar y que pasen a la tercera y segunda, apareciendo como figuras sin volumen. Las armas que llevamos los ionizan apenas el tiempo suficiente para que los gatos puedan realizar su conjuro. Nada místico, algo relacionado con la forma en que la luz se refleja en sus ojos, esto proyecta las almas a través de la segunda dimensión temporal de modo que nunca más pueden regresar a nuestro espacio-tiempo.




– ¡TODOS DENTRO! – los motores del aerodeslizador están ya encendidos

– ¿Número de bajas? –, la teniente directa al grano.

– Dos, señora –, mi grupo ha sido el más afortunado.

– Buen trabajo, sargento –, Bowell ha vuelto solo. – Ahora descansen, – Jax regresó con una chica en estado de shock, – volvemos a casa –, del equipo de Marina no volvió nadie.

– ¡Señora, sí, señora! –, la teniente permanece impasible.

– Descanse sargento –, ha visto demasiadas muertes.


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