Cama mojada

No fallaba. Era meter el dedo gordo del enano en el vaso de agua, susurrarle cuatro frases líquidas al oído y comenzar a mearse. Y además, el bendito, ni se despertaba. Dormía como un bebé, un bebé de cinco años, pero un bebé.

Así daba Isidora cumplida venganza a sus afrentas cada vez que su hermano le liaba alguna. La última: ir llorando al cuarto de su madre tras la pesadilla ocasionada por el cuento de zombis que le había leído, con toda la buena intención del mundo, su querida hermana mayor. Y como el mocoso no escatimó en detalles escabrosos (ya ves tú, un poco de sangre causada por una decapitación incidental), mamá estimó oportuno castigarla sin ir a la fiesta del pijama que Olivia había organizado para el próximo viernes. ¡Pues ea!, que hasta que se le pasara el enfado iba a pasar las noches calentito el criajo.

Satisfecha tras el crimen perfecto, volvió sigilosa a su cuarto para continuar con “El Pequeño Vampiro” bajo las sábanas. Vale: con once años ya era un poco mayor para seguir leyendo las aventuras de Anton y Rüdiger, pero no estaban mal para abrir boca antes de lanzarse a devorar “El libro de las Casas Encantadas” que había sacado de la biblioteca husmeando en la sección para mayores de dieciséis, y que prometía emociones fuertes. No llegó a sacarlo de debajo de la almohada. Se quedó dormida hecha un ovillo abrazada a la linterna.


Por la mañana, en el desayuno, un par de inspiraciones fuertes y una histriónica cara de asco al pasar junto a Berto fueron suficientes para que el niño se hundiera más en su vergüenza. Pero, esta vez, su madre la pilló regodeándose.

– ¡Isidora!

– ¡Jo, mamá, es que huele mal! – e ignorando como sólo ella sabía a su hermano, y como a quien se le acara de ocurrir, añadió.

– ¿Es que se ha meado otra vez el niño? – sobre el cual clavó, bien abiertos, sus ojazos.

– ¡Isidora!

Y ahí ya, doblemente humillado, el chaval fijó la vista en los cereales y no dejó de removerlos hasta que su hermana salió de la cocina varios minutos después.


En el colegio estaban todas expectantes alrededor de Olivia, preguntando una y otra vez las mismas tonterías entre clase y clase: que a qué hora podían ir yendo a su casa, que si llevaban saco de dormir, que qué si cenarían pizza, que qué película verían, que si les dejarían quedarse hasta tarde, que si tal y cual.

No es que Isidora quisiera ser el centro de atención permanente. Pero ser ignorada por la cursi de Olivia, por mucho que hubiera deseado ir a esa fiesta antes de ser castigada, clamaba al cielo. Por suerte contaba con un arma secreta. Acertadamente había metido “El libro de las Casas Encantadas” en su mochila antes de salir de casa. Así pasó por alto la deslealtad de las chicas con una sonrisa complaciente.

Fue en el recreo, mientras el corrillo de niñas acosaba con sus grititos y risitas a Olivia, cuando Isidora se acercó y, sin más, sacó la puntita del libro y le dijo directamente a la anfitriona.

– ¿Crees que estaría bien que llevara esto a la fiesta?

Fue automático. Olivia se desvaneció. Isidora conocía muy bien a sus compañeras, y sabía que pocas cosas les gustaban más que pasar un aterrador momento con sus historias de monstruos y fantasmas. De inmediato el círculo cambió de centro, y la histeria por la fiesta se transmutó en preguntas a media voz acerca del origen del libro, sobre su temática, de lo cómo lo había sacado de la biblioteca, de si lo había leído ya, sobre si daba miedo, sobre si daba mucho miedo, sobre si les contaba alguna historia, venga Isi cuéntanos una historia. E Isidora dosificaba la información, midiendo tanto lo que decía como lo que no. Al fin y al cabo aún no había comenzado a leer el libro. Ese día no se habló más de la fiesta e Isi pudo relajarse y disfrutar de su victoria.


Por la tarde tenía esgrima y entre carreras y fondos, defensas y guardas, no tuvo mucho tiempo para pensar en el plan que tendría que poner en marcha para abortar la dichosa fiesta. Llegó cansada a casa y devoró la merienda antes de ponerse con los deberes. El niño estaba sentado en el suelo del salón viendo una de sus aburridas series de dibujos. Isidora sonrió para sí. Mejor dejarlo en paz. De momento. Se fue a duchar, ya hacía tiempo que lo hacía sola. Al enano aún lo tenía bañar su madre. Se secó el pelo, y se estaba poniendo el pijama cuando mamá la llamó para la cena. No dijo una palabra. Como una niña buena se lo comió todo gustosa, observando detenidamente cómo Berto hacía lo propio parloteando sus sinsentidos, como si hubiera olvidado lo que le ocurrió la noche anterior, como si no temiera lo que le ocurriría esa noche. Isidora recogió su plato, dio las buenas noches y avisó de que se iba a su cuarto a leer un poco antes de dormir, cuando en realidad preparó el vaso de agua bajo la cama de su hermano justo a tiempo de que su madre llegara para acostar al niño y leerle un ñoño cuento de hadas.


Para entonces Isi ya estaba en la cama con el aperitivo dispuesto. Poco después, tras el habitual a dormir desde la puerta, sabiendo que su madre estaría unas horas sin molestar, se enfrentó por fin a “El libro de las Casas Encantadas”. Según decía en la contraportada, narraba con todo detalle los casos más importantes de casas supuestamente habitadas por fantasmas, espíritus y poltergeist (fuera eso lo que fuera), cuya fenomenología (otra palabra a buscar en el diccionario) aún hoy sigue sin una explicación científica. El libro además incluía una serie de fotografías e ilustraciones que supusieron la primera decepción para Isidora. No dejaban de ser viejas casas con las paredes sucias y sombras de árboles contra la luz de la luna. El contenido tampoco le apasionó. Vale, sabía que no iba a ser un relato típico. Al fin y al cabo se trataba de un libro científico para un público mayor. Pero la descripción de los hechos era demasiada fría y metódica, además de contener varias palabras que definitivamente tuvo que buscar en el diccionario, cosa que al final le hizo desistir de su lectura ordenada y pasar al ojeo casual. Así descubrió, en el corto capítulo dedicado a establecer contacto, el funcionamiento de las tablas de ouija. Las había más o menos complejas, con distintos tipos de materiales tanto para la tabla como para el apuntador, distintas disposiciones de las letras, inclusión de palabras, etc. Pero también, decía el libro, en realidad no era más que un medio. Una simple hoja de papel y un vaso podrían ser válidos para que el médium se pusiera en contacto con el más allá. Y fue la mención al vaso lo que le recordó a Isidora que aún tenía algo pendiente que hacer esa noche.

Esperó un momento mientras se aseguraba de que su madre estaba durmiendo y entró felina en la habitación de Berto. Abrió bien los ojos para aprovechar la tenue luz que entraba desde la calle. El enano dormía boca abajo, con el culo en pompa y la cara estrellada contra la almohada, dejando escapar un hilillo de baba. Cuidadosamente lo colocó en una postura más adecuada. El vientre del niño subía y bajaba profundamente. Isidora no se apiadó. Saco el vaso que había puesto debajo de la cama, introdujo en él el dedo gordo de su hermano, le susurró cuatro frases líquidas al oído y el bendito hizo el resto. No fallaba.

Isidora vertió el agua sobre la mancha húmeda de su hermano y se llevó el vaso. Quería probar eso de la ouija. Siguiendo las indicaciones del libro dibujó una en un folio y, tras asegurarse de que el improvisado apuntador estaba bien seco, se dispuso realizar la invocación sobre el libro. Nada, no pasaba nada. Revisó las instrucciones. Concentración, invocación... El vaso no se movía por más que invitara a los espíritus y preguntara después. Estaba claro: los fantasmas no existen. Lo que no quitaba para que se pudieran divertir juntos al día siguiente. Hizo una prueba. No era muy complicado mover el vaso, sobre todo si tenía las dos manos sobre él. Ensayó sus movimientos para que fueran imperceptibles. Sí, daría el pego. Estaba cansada, mejor sería dormirse. Dobló cuidadosamente el folio ouija, lo metió en “El libro de las casas encantadas” y dejó el vaso en la mesita de noche sobre el tomo. Isi se quedó dormida rápidamente, pero no llegó a tener un sueño profundo. Se despertaba a cada poco con frío en los pies, o tras sentir que se caía de la cama. Finalmente consiguió conciliar el sueño, justo unos minutos antes de que su madre la llamara para ir al colegio.


Isidora no tenía buena cara, ni estaba de buen humor, pero tenía un jueguecito que probar con sus amiguitas. Nada más llegar las convocó para informales de que en el recreo les enseñaría algo realmente increíble. Con sólo esto se garantizó que hasta entonces Olivia y su fiesta, que sería el día siguiente, quedara anulada durante las primeras horas de clase. Las conocía muy bien. Nada les gustaba más que especular sobre algo que no conocían. En los descansos intentaban sonsacarle información, que Isidora dosificaba fingiendo escapes en su sólida intención de no revelarles nada. A la hora del recreo, las reunió a todas en el baño del segundo piso donde nadie las molestaría. Las sentó a todas en corro y dejó en el centro el libro. No necesitó pedir su atención. Todas, incluida Olivia, estaban expectantes. Les habló entonces de lo decepcionada que estaba con el libro y les enseño algunas fotografías que hicieron estremecer a las más cursis. Sonrió. Comenzó a contar una historia de las que había ojeado en el libro, sin dejar de observar cómo Olivia cambiaba el gesto con los pequeños detalles como las sillas que cambian de sitio, el frío súbito, los ruidos sin explicación... Olivia no era la única que comenzaba a sentir realmente miedo. Entonces las calmó hablándoles de la ouija como método de comunicación con los fantasmas para averiguar qué querían y que así desencantar la casa. Sacó la que ella había preparado. Fue pasando de mano en mano (la verdad es que el folio no impresionó a ninguna).

– Esto no es más que un papel Isi, esto no vale para nada. – Olivia fue quien se le enfrentó.

– Pues claro que es un papel, tonta. ¿Es que te has enterado de nada?, lo importante es quien lo usa, el médium – Fue la respuesta de Isidora.

– Ya. Y tú eres ese médium, ¿no? – Por fin la pregunta esperada.

– Pues claro, y te lo demostraré – En ese instante sonó la campana, tenían que volver a clase. Todas se levantaron aliviadas pero Isidora insistió. – ¡Esperad! Esta tarde, si os atrevéis, venid a mi casa y hablaremos con los fantasmas.


Al llegar a casa avisó a mamá de que después llegarían algunas amigas. Por suerte su madre parecía ocupada y no se preocupó de informarse más (al parecer tenía cita con el médico para el enano).

A media tarde llegaron las chicas. No se presentaron todas, solamente cuatro: Marta, Sara, Verónica y, cómo no, Olivia. Suficientes. Isidora las llevó hasta su cuarto y allí se sentaron en círculo. Isi sacó la ouija dibujada en el folio y cogió el vaso con el que tan buen servicio le estaba dando últimamente. Bajó la persiana y dejó el cuarto en semioscuridad. Lo ideal hubiera sido encender alguna vela, pero la luz de la lamparita de noche, atenuada con un pañuelo, tendría que ser suficiente.

Antes de comenzar avisó a las niñas de que aquello era algo muy serio, y que como tal debía tomárselo; que no se rieran ni hicieran preguntas estúpidas a los espíritus; que si bien no suelen más que querer comunicarse, podrían llegar a tomarse como un insulto sus niñerías y tomar represalias; que lo mejor sería que la dejaran a ella como interlocutora única con el más allá (esta expresión le encantó en al leerla y estaba deseando utilizarla, aunque casi se le escapó una sonrisilla al hacerlo). Tras la charla las niñas estaban metidas en situación, salvo Olivia, que permanecía en guardia. Bueno, ya entraría en el juego.

Colocó el vaso en el centro de la ouija y les indicó que pusieran el dedo índice de la mano derecha sobre el vaso. Pidió silencio, que respiraran profundamente y que se concentraran. Las chicas, Olivia incluida, obedecieron sin pensárselo. Entonces, Isi comenzó a recitar la invocación de los espíritus en un tono grave, con el dedo índice sobre el vaso y cerrando al finalizar los ojos. No pasó nada. Ninguna se atrvió a decir nada, salvo Olivia.

– Isi, esto es un rollo no pasa nada.

– Calla, ten paciencia, los espíritus requieren su tiempo.

Isidora se quedó mirando a sus compañeras, recordándoles que mantuvieran el dedo en el vaso pero sin hacer presión. Repitió la invocación y preguntó.

– ¿Hay alguien ahí? – Silencio, quietud – Si hay alguien que quiera hablar que lo haga ahora – Nada –. ¿Hay alguien ahí?

Las chicas comenzaban a cansarse. Una ligera sonrisa de victoria comenzó a dibujarse en la cara de Olivia. Fue la señal de partida. Isidora, sin que ninguna se diera cuenta llevó rápidamente el vaso hasta el “SÍ” escrito en el papel. Todas, salvo Isi, levantaron asustadas el dedo del vaso. De la cara de Olivia desapareció la seguridad.

El juego había comenzado. Las preguntas que hizo Isidora fueron sencillas. ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes? ¿Tienes amigos? ¿Duele estar muerto? Cada una requería un par de minutos para ser contestada (tiempo en el que Isi se aseguraba de que Olivia no la cazara). Tras las respuestas casi todas soltaban el vaso y la médium tenía que volver a llamarlas al orden. Después comentaban el resultado y discutían cuál sería la siguiente. Pero cada movimiento que hacía el apuntador sobre el folio minaba más la confianza de las niñas, incluso la de Olivia, quien por más convencida que quería estar de que todo era una treta de Isidora, no podía dejar de sentir..., miedo. Así, la sesión no duró más de veinte minutos: tiempo límite en el que la curiosidad de las niñas sucumbió a las ganas de salir corriendo y olvidarlo todo. Y justo cuando Isi comenzaba a cogerle gusto a la situación (en alguna ocasión hasta a ella le pareció que el apuntador se movía solo), comenzaron a insinuar que era tarde, que sería mejor volver a casa, que ya jugarían otra vez con los fantasmas, tal vez cuando estuvieran todas, sí, mejor cuando estuvieran todas. Isidora no hizo ningún comentario y simplemente las acompañó hasta la puerta como buena anfitriona y se despidió de ellas hasta el día siguiente, quedándose con la seriedad del rostro de Olivia. Las vio alejarse calle arriba comentando lo ocurrido. Sí, estaba segura, había ganado. Aunque al día siguiente no fuera a la estúpida fiesta no se hablaría de otra cosa y el lunes, en el colegio, en vez de soportar a Olivia preguntando por qué no fue al final a dormir a su casa, tendría una corte de crédulas esperando nuevas experiencias paranormales con la firma de Isidora.


Satisfecha se puso a hacer los deberes y después se duchó. Su madre llegó apurada cuando Isi ya había terminado su rutina habitual y la esperaba viendo la tele. Lo que a mamá le pareció una carita de cachorrillo abandonado no era más que un gesto de aburrimiento y algo de hambre. Pero fue suficiente para que el sentimiento de culpa aflorara en la mujer y le diera permiso para pedir comida china (que tanto le gustaba a la niña como poca gracia le hacía a la madre). Estaba resultando un día espectacular. Incluso pudiera ser que tal vez esa noche Berto durmiera seco. Además estaba cansada. Sí, tras zamparse los rollitos vietnamitas, los fideos de arroz con gambas, y el pan chino se iría directamente a dormir.


Isidora se despertó sobresaltada, helada y mojada. Increíble: ¡se había meado en la cama! Aunque la espectral pesadilla no había sido para menos. Bah, bobadas, los fantasmas no existen, son sólo cuentos para asustar a los niños pequeños como Berto, pensó. Y entonces vio el modo de darle la vuelta, literal y metafóricamente, al desastre. Tras lavarse, le dio la vuelta al colchón y cambió las sábanas. Después se acercó sigilosa al cuarto de su hermano con un vaso de agua dispuesta a abrir el grifo. Pero en esta ocasión, por primera vez, sintió compasión del enano. No quería hacerlo. Vale, esta sería la última vez. Después, por mucho que la enrabietara lo dejaría tranquilo, o al menos respetaría sus sueños. Cuando el niño hizo su trabajo, lo despertó, como quien no quiere la cosa y, como buena hermana mayor, le dijo que se lavara, se cambiara y se fuera a su cama, que ella se encargaba de arreglarlo todo para que no se enterara mamá.


Por la mañana, en el desayuno, Berto sintió un escalofrío por la espalda cuando Isi arrugó la nariz, y un alivio cómplice cuando le guiñó el ojo antes de dar los buenos días a su madre.

– ¡Buenos días, mami!

– ¡Vaya, qué bien te levantaste hoy! Algo quieres...

– ¡Jo, mamá!, que susceptible eres. – el niño se río, terminó los cereales y salió corriendo dejándolas solas.

– Por cierto mami.

– ¿Sí? –, por supuesto mami permanecía en guardia.

– No le digas nada, – bajó la voz buscando intimidad, – pero el niño se ha meado en su cama. Yo lo limpié y le dije que se acostara conmigo, pero luego volvió a hacerlo en la mía. – La madre quedó gratamente sorprendida.

– Vaya, ¿y ese cambio de actitud?

– ¡Ay mamá!, que ya no soy una niña pequeña…, y vamos a tener que hacer algo con él, que esto es ya preocupante. – Sin más, salió a por la mochila del colegio y dejó a su madre con la boca abierta.

Justo cuando ya pensaba que estaba todo zanjado, desde la cocina llegó el terrible grito.

– ¡Isidora!

– ¿Sí mamá? – asomó sumisa la cabecita por la puerta de la cocina.

– Coge el pijama, acuérdate que hoy te quedas en casa de Olivia. – Y le guiñó un ojo.

– Gracias mami – corrió a darle un beso antes de ir a por el pijama –. ¡Sí! – añadió contenida, y se olvidó de todo lo que no tuviera que ver con la fiesta de esa noche.

Inmortal


* Sugerencia auditiva para la lectura:
Leer cuando cominece la letra y esperar al solo para el diálogo.




Me sigue. Por más que corra bajo el manto de la noche ella siempre surge tras mis pasos. No hay lugar donde esconderse en esta ciudad, ni siquiera en lo más profundo de tu deseo encontraría la paz a la que renuncié por temor a su abrazo. Sus escuálidos dedos asían tanto rodear mi garganta, como yo tener tu cálido cuerpo entre mis manos y sentir tu aliento en mi pecho. Tranquila, ahora mismo nos está observando, no temas, nada habrá de pasarme mientras esté contigo. Bésame, hazle pensar que te amo y tal vez así esta noche se de por vencida. Desnúdate, déjala observar tu precioso cuerpo, tan lleno de vida, a través del espejo hasta que no pueda soportar más la amarga envidia. Ven, acércate, déjame sentir tu corazón cerca de nuevo. Y ahora no temas, querida, será solamente un momento…

– Eres cruel.
– ¿Qué más te da, mientras cumpla el trato?
– Realmente disfrutas con esto.
– ¿Disfrutar?, oh sí, ¿pero acaso me has dejado algo más que esta vil existencia?
– Si tanto tedio sientes, por qué no vienes conmigo.
– Ah, mi amor, te hacía más paciente.
– No te atrevas a hablarme así o…
– O…¿qué?, a mí no puedes llevarme parca estúpida. Yo soy quien teje mi destino y mientras tanto te ayudo en tu trabajo.
– Sabes que no fue eso lo acordado.
– Lo es a efectos prácticos. Sus vidas por la mía; noche tras noche, beberé su sangre hasta que me delate el gallo.
– Exacto. Ahora he de llevármela, pero volveré.

Me ama. Siempre me ha amado. Desde que vino a llevarse a mi madre la misma noche de mi nacimiento, cuando mirarla a los ojos fue mi primer acto. Me mantuvo a salvo durante años, pero finalmente tuvo que venir a reclamarme. Mi fríos ojos le devolvieron el reflejo de su alma de mármol y no pudo llevarme allí donde no volvería a poder asomarse al espejo que tanto anduvo buscando. Rompió las reglas. Y ahora disfruto noche tras noche matando.

_

Quiero creer

Cincuenta y siete años y, por fin, está decidido a terminar su investigación. Toda una vida dedicada a encontrar pruebas fehacientes de la existencia de fantasmas, del más allá, está a punto de terminar, cuando en realidad parece haber demostrado todo lo contrario.

Cincuenta y siete años y, por fin, ha reunido el valor suficiente para enfrentarse a la última conclusión posible. Tras frustrantes experimentos por todo el mundo que nada probaron, salvo que el fraude o la casualidad, estaban detrás de toda la fenomenología a la que se enfrentó (y toda la que obvió por evidente vodevil).

Cincuenta y siete años y, por fin, le queda claro que debe ser otro quien escriba el punto y final. En la carrera por detectar la esencia de los muertos desarrolló tecnología que resultó provechosa y lucrativa a los vivos lo que le permitió llegar a este momento, en el cual todo será registrado.

Cincuenta y siete años y, por fin, alcanza la paz que otorga el estar seguro de conseguir aquello por lo que tanto ha luchado. Respira, aleja cualquier atisbo de nerviosismo y, sin dilatar más el momento, salta al vacío. Y sólo él sabrá si acertó o estaba equivocado.
Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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