Nuestros nombres

«La luna está alta y crecida. Una vez más nos observa desde los cielos. ¿Cuántas veces habrá completado su ciclo sobre nuestras cabezas? Los pequeños reís, aún podéis llevar la cuenta. Pero muchos de los mayores que cuidan vuestras espaldas comienzan a sentir, como yo, que pocas veces más contemplarán nuestros ojos su paso. Y es que nuestro tiempo es breve, mis niños, pero eso aún no debe ocupar vuestros pensamientos, como tampoco ocupa el de vuestros hermanos mayores y sus amadas, a quienes les susurran deseos de felicidad eterna al oído mientras las abrazan, como siempre fue y como siempre seguirá siendo cuando ya no volvamos aquí ninguno de nosotros. Porque por mucho que no queramos, todos nosotros pasaremos. Como pasaron aquellos a quienes ya no recordamos y a los que debemos nuestros nombres sin saber cuáles fueron los suyos. Tras sus pasos caminamos aún hoy, sobre las sendas que ellos abrieron. Grandes ancestros cuyo legado honramos al despertar cada nuevo día, al respirar los mismos vientos que ellos, sin darnos cuenta de sus proezas no contadas en ningún relato. Hoy, esta última noche de reencuentro, dejadme que os hable de uno de ellos.

»Sucedió en días ya lejanos, cuando los grandes alces eran cazados por decenas de hombres de diversos clanes, cada cual más valeroso e indomable; cuando el temor al ataque de la noche nos reunía a todos en la entrada de grandes cuevas alrededor del fuego; cuando apenas sabíamos contar los días y aprendíamos a entender los ciclos de las estrellas.

»En esos días nació un niño a destiempo, justo una noche tal cual ésta, a partir de que los días menguan y se aproxima el invierno. No se consideraba adecuada esta época para nacer, pues una criatura tan tierna no podía resistir sin dificultad los zarpazos del frío. Fue además doble el mal agüero de su nacimiento, al morir la primeriza madre desangrada por haberlo concebido siendo aún demasiado joven. Así, el señor del clan, conocido como el Prudente entre los suyos, dio orden de no dar nombre al recién nacido hasta que no culminaran cinco inviernos. Superó el frío pasando de pecho en pecho, prestado por tías y primas. Llegó a ver su primera primavera y su primer verano, aunque seguía sin concedérsele un nombre. Entre los suyos se referían a él como el huérfano. Con una madre muerta y un padre desconocido, creció alimentándose de las sobras de varios hermanastros entre los que siempre fue un bastardo y pronto aprendió a identificar el reproche en las miradas de quienes amaron a su madre.

»Pasaron los primeros cinco inviernos y el pequeño comenzó a ganarse un lugar entre los suyos. Pasaba mucho tiempo con los ancianos a los que servía mientras aprendía de ellos, y estos fueron los primeros en ver cuán grande era su ingenio. Alentado por estos, fueron varios sus inventos. Los más jóvenes sabéis poner lazos en las salidas de las madrigueras y asustar con humo a los conejos para cazarlos. Pocos saben que fue nuestro huérfano el primero en hacerlo así. Comenzaron a llamarlo por entonces el pequeño sabio. El señor del clan, siempre prudente, sentía un orgullo secreto por el huérfano y seguía distante sus pasos, midiéndolos y comparándolos con los de sus reconocidos vástagos. Las miradas acusadoras de mujeres y hombres fueron ganando en asombro ante sus logros, respeto por su simpático ánimo y compasión ante su pasado. Los que fueron sus hermanastros comenzaron a llamarle simplemente hermano, y quienes nacieron en esos días supieron nada más llegar al mundo que siempre tendrían con quién contar. Él sintió, por primera vez, el calor de saberse querido y admirado, se convirtió en un joven fuerte y agraciado, y en su corazón nació el deseo de ser por siempre recordado.

»Gran cazador, no dejó de idear modos de conseguir mejores piezas con menor esfuerzo. Aprendía de sus mayores y mejoraba sus métodos, siempre proponiendo humildemente las sugerencias que rápidamente se tornaban en alimento. Pronto lideró partidas de caza, pronto lideró expediciones contra incursores y desterrados, pronto lideró las travesías estacionales, pronto lideró a su pueblo. Y muchas yacieron con él pero solamente una engendró un hijo al que trató como a los demás hijos de los demás hombres. Y todos lo querían y admiraban. Y todos conocían el nombre que a se dio, aunque todos le llamaban simplemente el Hombre. Y los pocos que no lo hicieron, cegados por la envidia, comenzaron a hablar apartados. Pero poco tuvieron que conspirar, pues fue el propio sino del Hombre el que más odió sus logros y el que se propuso ponerle fin.

»Llegó la hora de regresar a las montañas para pasar el verano. El grupo de exploradores no regresó para informar sobre el estado de las cuevas. Se envió una segunda avanzadilla y sólo uno volvió con terribles heridas que le causaron la muerte poco después de cruzar sus ojos con los del Hombre. El terror no tuvo que ser descrito entre padre e hijo. Se juntaron cinco con el Hombre y partieron a acabar con la fiera que había ocupado su hogar. Marcharon a paso rápido y llegaron pronto a su destino. El Hombre impuso prudencia. Dispuso que primero observaran el comportamiento del animal, ocultos en los árboles. Pasaron así el primer día. La bestia no apareció. Al segundo, los hombres que tenían hijos o hermanos entre los desaparecidos, pugnaban por entrar en las cuevas. El Hombre logró contenerlos a tiempo, pues poco después salió el animal y marchó por la senda que llevaba al bebedero. Era un oso negro: grande como cinco hombres, fuerte como veinte. Sus zarpas se clavaban en la tierra levantando el suelo a su paso. En sus fauces aún se distinguía la sangre de los nuestros. Poco después de que el oso desapareciera, surgió de la cueva un lamento y nadie pudo contener los que esperaban encontrar aún supervivientes. De los cinco, cuatro corrieron a las cuevas a averiguar si era su pariente quien aún vivía, dejando al Hombre y al quinto fuera. Volvió rápido el oso a la cueva y no pudieron avisar a los que estaban dentro, y los gritos competían con los gruñidos del animal. Y el quinto palideció y se quedó petrificado mientras el Hombre corrió a la cueva. Más gritos desesperados, más gruñidos furiosos y, finalmente, el de fuera solamente escuchó el roce de las ramas mecidas por el viento.

»Salió el Hombre al claro frente la caverna y gritó que el oso había muerto, antes de ceder al peso de las heridas. El cobarde corrió en su socorro, y se encomendó a los vientos para que le dejaran poder llevarlo con vida hasta el campamento. Le fue concedido, y allí dejó al Hombre al cuidado del chamán y las sanadoras. Los cortes eran profundos pero no mortales, tenía rotos varios huesos. La acción del cobarde le salvó la vida, pero no querría después el Hombre la vida que tendría. Durante varias noches sufrió los delirios propios de las peores fiebres. Fue llevado hasta las cuevas donde se encontraron con el cadáver del oso y los de los valientes caídos. Nada dijo el Hombre, aún enfermo. Nada dijo el otro avergonzado. Venció a la muerte que quería llevárselo, pero durante varias lunas no pudo más que permanecer postrado al cuidado de mujeres, como si volviera a ser un niño de teta. Durante este tiempo guardó silencio fingiendo un olvido del que nadie dudó. El otro secundó ese silencio, contando que nada sabía, que había salido a por agua cuando sucedieron los hechos. Pasó el verano luchando en privado dentro de la cueva, atendido por primas y sobrinos, ajeno a lo que sucediera fuera. Llegó de nuevo el momento de partir. Pero el Hombre no podría ya más permanecer erguido por sí solo, ni elevar sus manos sobre la cabeza. Se sabía una carga para la marcha, pero también que no le permitirían quedarse atrás. Así, vio la luz de nuevo, y todos los ojos se posaron en él, y sintió su respeto pero también su distancia. Vio como los pequeños cambios, necesarios al faltar él y aquellos otros grandes hombres, le hacían prescindible. Y en nada protestó, y ninguna pega puso, y nada dijo salvo cuando se le pidió opinión o consejo por parte de los nuevos jefes del clan.

»Muchas estaciones pasaron y cada vez eran menos los que podían recordar cómo era él cuando no tenía que caminar encorvado. Los pequeños le llamaban el abuelo, y pronto fue el mayor del clan y de todos los clanes, pues el tiempo parecía no querer llevárselo para humillar así el orgullo de su juventud. Y los días los pasaba enseñando a quienes quisieran aprender, dando consejo a quien se lo pidiera, contando viejas historias a quien quisiera escucharlas y viendo como sus enseñanzas apenas interesaban a los niños, sus palabras eran desoídas, y sus historias despreciadas por las que contaban con más vehemencia los nuevos grandes cazadores. Y supo entonces que, como todos, sería olvidado. Como lo fue el prudente señor que le negó un nombre, como lo fueron tantos que cayeron en partidas de caza, en defensa de los ataques de los pelirrojos que eran ya leyenda, como tantos que ni siquiera nacieron, como nosotros al final lo seremos...

»Los día volvieron a menguar, el final del verano estaba cerca. Aquella estación el abuelo no salió ni de día ni de noche de las cuevas. Mi padre, señor del clan, que podría haber sido hijo de su hijo, sabía que no habría forma de hacerlo salir y mucho menos que emprendiera el viaje. Así, ordenó que se ahumara carne, se recogiera agua y se apilara leña para que pudiera sobrevivir al invierno. No se atrevió a pedir a nadie que lo acompañara cuando él no iba a hacerlo. Nadie lo hizo. Y ya con media jornada de viaje cumplida, pedí permiso a mi padre para cuidar del abuelo. La determinación que vio en mis ojos alejó de si el miedo y aunque sólo contaba siete veranos me permitió hacerlo.

»Cuando llegué a las cuevas no encontré a nadie, llamé. Su voz surgió del fondo de la caverna pidiendo agua. Busqué con qué llevarla y una antorcha. La voz llegaba de lo más profundo, allí donde sólo los chamanes y comadronas pueden ir. Algo dentro de mí me decía que no avanzara. Más allá del pequeño fuego que portaba todo era oscuridad. Pero su voz me apremiaba y me guiaba hasta el lugar más sagrado de todos. Casi dejo caer el cuenco al suelo cuando aparecieron los primeros animales sagrados en las paredes de roca. Alces, y ciervos aquí y allá. La voz del fondo me sacó del ensimismamiento. Y allí estaba, en lo más profundo de la montaña, con varios pequeños fuegos, rodeado de ocres, ceniza y otros materiales que solamente conocen los que deben conocerlos. Y en la pared de enfrente, inmenso sobre sus patas traseras, la silueta del gran oso negro. Calló mi pequeña llama al suelo y él se volvió, cogió el agua de mis manos y sin más la mezcló con los oscuros pigmentos y continuó con su obra tras enviarme a por más agua.

»Me convertí así en su ayudante. Le llevaba el agua, ceniza, arcillas y plantas que me pedía, y pedazos de carne ahumada o algunos frutos secos que apenas probaba. Llegó el invierno. Pero él nada supo pues no salía de la profundidad de la cueva. Yo continuaba llevándole lo que necesitaba, manteniendo vivo los fuegos. A veces paraba y me contaba viejas historias. Pero luego continuaba pintando el gran oso negro y me gritaba si vertía el agua o si el fuego no alumbraba lo suficiente, me enviaba fuera y me prohibía que volviera hasta el día siguiente, como si pudiera medir ahí abajo el tiempo. Entonces escuchaba yo terribles gritos, pero obedecía y no entraba en la gruta hasta el siguiente amanecer, y al regresar había pintado trazos donde ni mi brazo ni el suyo alcanzaban. Lo encontraba, en esas ocasiones, tendido en el suelo. Aprovechaba para hacerle comer y él se dejaba hacer por el niño pequeño que le ayudaba a incorporarse mientras le contaba dónde había encontrado unas bellotas enterradas. Con el tiempo me enseñó a dar pequeños trazos en la roca.

»Sucedió pocos días antes del regreso del clan. El mural estaba prácticamente terminado. No eran dibujos rituales solicitando fertilidad o buena caza. Era un pedazo de nuestra historia inmortalizado. La conquista de la cueva, la victoria frente al oso. Un homenaje a la brava bestia y los hombres que cayeron, mostrados a sus pies con mis esquemáticas líneas, en una gran mancha de sangre. Faltaba él, quien salió victorioso de la lucha, con aquél que no se mencionaba en las historias. Pero no quiso dibujarse, y me dijo que no permitiera que nadie nunca lo hiciera. Y, entonces, se alzó por última vez apoyado en mis hombros y me agarró con fuerza del brazo. Hundía sus dedos en mi carne, me hacía daño. Sus ojos reflejaban el fuego de las antorchas. Cogió una. Avanzamos hacia la pared. Tuve miedo. Me dijo que extendiera la mano. Lo hice. La apoyó contra la roca y acercó hacia ella el fuego. Grité y forcejeé y lo tiré al suelo antes de salir corriendo. Poco después escuché, ya al aire libre, el más terrible de los gritos saliendo de la garganta de la propia tierra. Cogí una nueva antorcha, volví despacio al interior. Bajé. Allí volví a observar los alces y ciervos sagrados. Y después, en las entrañas de la montaña, el gran oso negro, los hombres en el charco de sangre, y a él arrastrándose en el suelo.

»Observaba desde abajo su obra. Sonrío. Yo no entendí el motivo. Nadie recordará nuestros nombres ni nadie sabrá de nuestros sueños cuando pasemos, dijo. Cerró los ojos. Se dejó ir, por fin pleno. Pero ahí, en la roca eterna, permanece la silueta de la mano del Hombre. Quedará la memoria, para siempre, de su fuego.»




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6 comentarios:

Lenny Zelig dijo...

¿Dónde está la sugerencia auditiva para la épica?
(Redondo relato).

Daniel Turambar dijo...

Pues, curiosamente no se me ocurrió qué poner...

Lúcida dijo...

Hacía tiempo que no paseaba por aquí, y ha sido todo un placer.

besos

(seguiré poniéndome al día)

Andres dijo...

Muy bueno!


saludos!

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Lola Montalvo dijo...

Muy hermoso, muy bueno. Un placer leerte y un beso.

Olbitla dijo...

me recordo los motivos por los cuales me decidi a escribir...alcanzar un poco de inmortalidad, la unica que un humano puede alcanzar mientras exista nuestra raza. Porque despues de eso, todo desaparecera.
Pero mientras suceda, quiero conocer el mundo y que el mundo me conozca...

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