San Martín de 1989

Yo era uno de esos niños cojoneros que durante la semana remolonean en la cama pero que el sábado están arriba a las ocho viendo los dibujos en la tele mientras sus padres intentan seguir durmiendo. Pero aquél sábado mi padre se me anticipó y no hubo dibujos sino un desayuno rápido y al coche con el frío que se anticipaba al invierno. Fuimos a la casa de mi abuelo. El portalón de la cochera estaba abierto, los coches fuera, una gran mesa de madera en el centro, todo el suelo cubierto de serrín y al fondo, en una esquina, la chimenéa encendida con un fuego muy vivo. Alrededor mis abuelos, tíos y tías, mis primos mayores con cara de sueño. Todos con un café en la mano, espectantes. Me fui con uno de mis primos y empecé a preguntarle qué eran y para qué servían los recipientes de madera que había en un rincón. Con desgana me dijo que eran los cacharros para la matanza, que qué iba a ser, y con una colleja se fue a por una tostada de aceite y ajo. A sí, claro, la matanza. Desde hacía unos días los mayores venían hablando de ella. Que si ya tenían el cerdo, que, que si habían comprado las tripas, que si darle castañas para que supiera mejor, que si el pimentón no parecía muy bueno, que si al final iba venir el gordo a matarlo...

El día había llegado, y allí estába toda la famila lista para comenzar con aquello que no tendría nada que ver con lo que hubiera imaginado. Todos estaban de buen humor, reían, bromeaban y nos anticipaban a los más pequeños tareas a realizar más adelante, como agarrar el rabo al cochino, limpiar las tripas o amasar el chorizo. Ninguna me parecía demasiado agradable, la verdad, y tras cada gesto involuntario de mi naricilla rompían a carcajadas y soltaban la coletilla: pues luego bien que te comerás los bocadillos de morcila... Y con gran gusto los comería. La verdad es que los bocadillo de morcilla frita me encantaban. Y si ese era el objetivo de la matanza bien estaría. Mi predisposición mejoraba. Me fui otra vez donde mis primos con una tostada de mantequilla y les pregunté si ellos habían echo todo eso el año pasado. Simplemente se riéron sin maś. Salvo una prima mayor que me dijo que procurara no ponerme en medio y no molestar.

Poco después, con un gran ruido, llegó mi tío en su máquina excavadora con la pala en alto. Salimos todos corriendo a la calle. Se oían también unos gritos muy agudos. Al bajar la pala pude ver al enorme cerdo. El animal intentaba escaparse pero resbalaba y caía dentro otra vez. Bajó mi tío sonriente y nos dijo que le echáramos uno ojo a guarro, que no dejaba de gritar, mientras entraba dentro a, seguramente, comer algo. Se me ocurrió tirarle un trozo de mi tostada a ver si así se calmaba un poco el bicho. En cuanto el trozo de pan salió de mi mano volví a ser acollejado.

- ¿Qué haces idiota?, no le puedes dar de comer -. Otra vez mi querido primo.
- ¿Por qué?
- Porque no. Tira dentro anda.




Pero en lo que entraba salían todos los hombres fuera. Mi padre me cogió por el hombro y nos quedamos a un lado de la puerta. Mi tío subió de nuevo a la excavadora y bajó poco a poco la pala mientras otros dos se preparaban para coger al cerdo. Llevaban unos garfios enormes. Salieron también mi abuelo y mis tías, todos los primos estaban alrededor, incluso algunos vecinos salieron a ver cómo era el cerdo que matábamos ese año. Llamaron a mi padre y antes de ir me dijo que me quedara ahí y que no tuviera miedo. Miedo ¿de qué?, solamente era un cerdo ya había visto muchos.

Fue horrible. Mi abuelo se acercó y dio instrucciones a mi padre y mis dos tíos sobre dónde colocarse y qué hacer. La pala bajó y el cerdo trató otra vez de escapar, chillando como si conociera su destino. Pero no podría saberlo. Ni siquiera yo que estaba viéndlo supe anticiparlo. En un rápido movimiento mi padre clavó el garfio bajo la mandíbula del cerdo mientras sus hermanos lo agarraban por las patas traseras. La pala bajó del todo. Aún ensartado el animal seguía gritando y tratando de escapar. Mi padre tiró de él y el cerdo no pudo más que entrar al patio, dejando un rastro de sangre y gritos. Yo lo ví todo desde un lado de la puerta sin saber qué hacer, con los ojos bien abiertos, casi más que la boca. Apenas oía algo que no fueran los chillidos del animal cuando entre cuatro hombres los subieron a la mesa y lo agarraban con fuerza. Mis primos reían, mi abuela llamó a mis tías y se puso a darles órdenes. El cerdo seguía debatiéndose sobre la mesa, gritando hasta quebrar su voz y yo en la puerta sin poder moverme.

Entonces llegó el gordo con un cuchillo enorme. Mi prima mayor puso una artesa redonda a un lado de la mesa, junto a la cabeza. Y cuando los gritos del animal no podían ser más desesperados, el gordo le clavo el enorme cuchillo en el cuello y, con el último y más terrible grito, un gran chorro de sangre comenzó a salir del cerdo, cayendo en la artesa, mientras mi prima la removía con un palo. Poco a poco el guarro dejó de moverse. Mi padre me dijo que me acercara, negué con la cabeza. Dejaron a mi prima removiendo la sangre que aún salía humeante y se pasaron la vota de vino que sangraba directamente en sus bocas.

Mi prima me dijo que no tuviera miedo, que me acercara a remover. Volvía a negar con la cabeza. El resto de mis primos estaban alrededor del animal , mirándolo. El mayor cogió un soplete y hacía como que lo quemaba. Su padre, que lo vio, se acercó y le preguntó si quería hacerlo. Él dijo que sí, encendió la llama y con cuidado se dejó guiar por su padre. Si los gritos del cerdo antes de morir fueron aterradores, el olor a pelos y piel quemada formarían parte de mi nariz durante semanas. Mi prima removiendo la sangre, mi primo quemando el animal guiado por su padre, rascando con una paleta la piel quemada que caía al suelo, los demás alrededor del fuego bebiendo vino y comiendo como si el nauseabundo olor no los alcanzara.

No pude evitarlo: vomité allí mismo, en la puerta de la cochera. Alguno de mis primos se riéron de mí. Una de mis tías vino y me llevó dentro de la casa y me dijo que me acostara un rato en el sofá. Cerró la puerta y me dejó solo. No me atreví a encender la tele. No me atreví a hacer o decir nada. Pero al menos dentro de la casa el aire podía respirarse y los sonidos llegaban amortiguados. A cada poco llegaba una tía perguntando si estaba mejor o algún primo a comentar que estaban abriendo en canal al cerdo, o que le habían dejado cortar el corazón, que si quería probar un poco de carne recién asada...

Mi madre llegó a la hora de comer. Me llevó de nuevo fuera. No quedaba nada reconocible del cerdo. El animal estaba despiezado en artesas. Nada que no se viera en una carnicería. El olor a chamusquina aún permanecía en el hambiente, mezclado con el de la hoguera, y la carne que se amontonaba en todas partes. Entonces vi la sangre negruzca que aún removía mi prima. Es para hacer la morcilla, me dijo con una sonrisa. La sangre, que teñía el palo de púrpura, que contenía el último grito del animal, sería encebollada y embuchada al día siguiente para dejarse secar hasta que fuera comestible. Y en cada bocado estaría ingiriendo la desesperación del gorrino. No lo aguanté. Me marché corriendo. Mi madre vino tras de mí y, sin decir nada, me llevó a casa.

Pasé el día sin comer, viendo la tele. Pasé varias semanas con pesadillas, soñando que yo era el cerdo, que mi padre clavaba el garfio en mi boca, que el gordo atravesaba mi cuello, que mi prima removía mi sangre. Pasé varios meses sin quere probar el chorizo, el salchichón, o hasta el choped de cerdo. Pero todo paso. Ni qué decir tiene que volví a comer bocadillos de morcilla frita.

El año siguiente me quedé con mi madre hasta que todo lo desagradable hubo pasado y acudimos a la matanza después, para ayudar a hacer los embutidos. Por la noche tuve que soportar alguna broma a propósito de mi escapada del año anterior, alrededor del fuego. Pero no fui el único: por lo visto, mi primo, el de las collejas, llegó a desmayarse en su primera matanza.
- Era pequeño -. Se excusó.
- Más pequeño era yo -. Contesté y le di, por primera vez, una amistosa colleja.

1 comentario:

Ra dijo...

Una vez vi como mataban a un cerdo por la tele, fuera en un programa parecido al de callejeros... Uffff! El pobre animal chillaba que ponía la piel de gallina, de la angustia, tuve que cambiar de canal... Recuerdo que tuve un profesor de historia del arte qué solía decir mucho que si tuviera que elegir entre reencarnarse en cerdo o toro, elegiría siempre al toro; está claro que los dos animales sufren pero de forma muy distinta porque al primero lo ceban durante un año y le hacen el haraquiri y el segundo se pega la vida padre durante cinco o seis años y muere luchando por su vida hasta la estocada final. La carne de los dos se come (a cual más rica) Pero lo que yo me pregunto, es por qué los antitaurinos no se quejan de las matanzas de puercos?. Será porque el jamón de jabugo está muy rico? jejeje
Me ha gustado tu historia, en el 89 yo tenía 9 añitos y yo lo hubiera pasado muuuu mal de haber presenciado tal salvajada, pero soy carnívora y entiendo que se haga. Eso sí, a día de hoy, soy incapaz de comer cochinillo asado, es con lo único que no puedo porque se me representa un bebé.
Besos.

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