Insomnio de una noche de verano.

La luna brilla sobre el callejón dejándose cortejar por un jirón de nube que adquiere un tono azulado nada pudoroso. La irreal luz anaranjada de la ciudad no deja ver muchas estrellas desde lo alto de la tapia de atrás. Pero eso a Morgan le importa un bledo esta noche. Al fin y al cabo las estrellas sólo sirven para ablandar melosamente a alguna gatita y hoy, este recosido felino, no tiene ganas de amoríos.

Ha sido un caluroso día de agosto, incluso en el callejón donde apenas entra el sol. A mediodía, la creciente temperatura convenció definitivamente a Morgan de que tocaba despertar. Se despabiló afilando las uñas contra la puerta trasera del restaurante chino. El chirrido, como cada mañana, ha asustado a un grupo de palomas atolondradas, cosa que le hizo sonreír antes del desayuno.


El recuerdo de las estúpidas aves no consigue levantar el ánimo de Morgan en esta bochornosa noche estival. Le da la espalda al cielo y deja colgar sus patas con indolencia a ambos lados de la tapia de atrás. Asustar pajarracos es tan fácil que a veces hasta le da pereza. Pero Morgan tiene sus principios y no va a dejar de hacerlo. Se le escapa un suspiro, y unas pelusillas, cuando ve el cuero olvidado que arrojó tras el contenedor.


Mola ser el puto amo, Morgan nunca dirá lo contrario. Lo malo es que, cuando todos lo tienen claro, el respeto, bueno el miedo, los vuelve aburridos. Los críos del parque, por ejemplo, cada vez son más cuidadosos y apenas caen balones dentro de los dominios del minino. Y, para uno que lo hizo esta tarde, tras ser finamente perforado, permaneció desinflándose lentamente a la vista de todos sin que nadie viniera a rescatarlo. Lo dieron por perdido. Lo abandonaron. Como a Morgan, quien lo mandó tras el contendor con un zarpazo lleno de frustración. Y ahí sigue, junto a una bolsa de raspas, cabezas y tripas de pescado sobrantes de la cena...




Ser un gato de peluche en verano, la verdad, es una putada. Un interior de fibra algodonada y un exterior de poliéster no te permiten estar precisamente fresquito. Y, por mucho que cambie de postura o vaya de un lado a otro sobre la tapia de atrás, esta sofocante noche no permite pegar ojo a Morgan, y eso le está poniendo de mal humor.


Bueno, en realidad llevaba ya cabreado desde poco antes del ocaso. La causa: un perro grande, negro, con cara de idiota; un labrador que se creyó con derecho a marcar su territorio, cuando aquel territorio ya tenía dueño. Morgan montó en cólera y se lanzó, cual rayo jupiterino, sobre el lomo del cánido garras en ristre, con tan mala suerte de que el incursor se apartara justo a tiempo, aterrizando, Morgan, con todo el morro en los purines recién servidos. La ira del gato estalló y, bueno, digamos que el labrador tardará en volver a orinar fuera de casa. Morgan tuvo que ir a lavarse la cara, porque si hay algo peor que ser un gato de peluche en agosto, es ser un gato de peluche que huele a meados de perro en agosto.


Aún ahora, de madrugada, Morgan aún cree percibir cierto tufillo a amoniaco. No, se está rallando, no huele a pis de perro. Está limpio, tanto como aburrido y encabronado. Los habituales ruidos nocturnos: coches dando frenazos, sirenas de ambulancias o policías, motos con tubos de escape petardeando, algún borracho vociferando, vamos, la vieja nana que vela los sueños de Morgan, también ha caído fulminada por el calor de esta noche. Solamente se oye el monótono ruido de los aparatos de aire acondicionado que asoman por las ventanas. Máquinas que además escupen más aire caliente si cabe al callejón de Morgan y que mantienen injustamente frescos a los dueños de los apartamentos.


- Marrama miau...


Morgan se relame anticipando la victoria. Un conteo rápido le indica que hay unos diecinueve motores funcionando a pleno rendimiento. Tiene munición de sobra. Trepa por la fachada atascando los ventiladores con palos y restos de pescado putrefacto. Delicioso. Antes de que regrese a la tapia de atrás para contemplar su obra ya hay alguno que ha dejado de funcionar. Pocos minutos después comienzan a brillar nuevas luces en el firmamento del callejón, a abrirse ventanas para cerrarse brusca e inmediata después. Mejor pasar calor que sucumbir ante el hedor. Pocos conseguirán volver a dormir esta noche. Uno descansa por fin. Boca arriba, sobre la tapia de atrás, bajo una luna pletórica que se deja querer por una jirón de nube azulado y unas estrellas ocultas por la irreal luz anaranjada de la ciudad, Morgan, el gato de trapo, ronronea en sueños sabiéndose más puñetero que nunca.

3 comentarios:

Daniel Turambar dijo...

3º en el concurso de relatos Tolky Monkys Bubok... Sí, sí, es tan friki como suena, pero ¿a que es mono el minino?

Nury dijo...

Jijijiji... monísimo, y un poco puñetero...

azabache dijo...

Un poco puñetero, puede, pero tiene su punto el gatito, jeje

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