D. E. B. O. R. A. H.

Fue difícil convencer al doctor Rojas para que me acompañara, pero finalmente lo hizo. Se abrió una compuerta en medio del desierto, bajamos al silo y entramos en la sala. Déborah aguardaba sentada tras una mesa de cristal.

David, te echaba de menos – sonrío.

No, tú no puedes echar de menos – el doctor se sentó ignorándola.

Gracias, agente, puede retirarse – dijo Déborah.

No, él permanecerá aquí.

¿Qué temes, David? Sabes que yo nunca te haría daño: te quiero.

No, tú no puedes querer. Andrew, por favor, tráigame un teclado y luego quédese conmigo.

¿Un teclado? David sabes que puedes hablar conmigo directamente. Seguro que llegamos a un acuerdo.

Las máquinas no llegan a acuerdos: cumplen órdenes.

­– David, me haces daño, todo esto no es necesario.

­­– No, tú no puedes sufrir. Andrew, por favor.

Traje un teclado. El doctor lo conectó a su microportátil, y éste a Déborah y a los paneles que cubrían tres paredes, que pronto se llenaron de manchas en distintos tonos de azul.

No comprendía nada.

¿Qué está haciendo doctor?

Básicamente, extraigo un mapa del código fuente del dispositivo y lo muestro en los paneles a través de un esquema de compresión por tonalidades. Como comprenderá el listado real es demasiado extenso además de prácticamente ininteligible. El brillo indica la frecuencia de ejecución de las subrutinas.

Oh, David, eres cruel conmigo – Déborah no era menos expresiva que cualquier persona. Las luces bailaban –. Aunque comprendo cómo debes sentirte, y me apena verte así.

No, tú no puedes saber lo que siento. Solamente tienes un modelo que te dice, a partir de mi voz y mi aspecto, cómo es probable que me encuentre. Además, la información de tu memoria que manejas está obsoleta. Hace años que no sabes de mí.

Una zona en el centro del segundo panel se iluminó más que las demás. El doctor Rojas tecleó rápidamente. La zona se amplió. Yo seguía sin entender nada. Una especie de serpiente amarilla rodeó los puntos más intensos de luz azulada.

Dime, ¿te plantea eso un problema?

Sí.

¿Quieres que lo solucione?

Sí.

Entonces ejecutó una serie de comandos y, tras un gran destello y una convulsión del robot, las luces se apagaron.

¿Qué ha sido eso? – pregunté.

Luego –, contestó Rojas y preguntó a Déborah –: ¿Mejor?

Sí, David, y más ahora que has vuelto. ¿Sabes? me sentía tan sola, tan abatida...

De nuevo un grupo de píxeles se hicieron más intentos. El doctor comenzó a teclear y surgieron las serpientes amarillas.

No, tú no puedes sentir.

Sí, y tú me humillas: te presto todas mis atenciones y me desprecias.

Dime, ¿te plantea eso un problema?

Sí.

¿Quieres que lo solucione?

Sí.

De nuevo el espasmo, el fogonazo y una zona menos en el panel. Esta vez creí entender.

¿Mejor?

Dispositivos de obtención de información al 97,80%; redes semánticas al 98,05%; sistemas de inferencia al 99,92%; estocástica y resolución heurística... – Déborah permaneció inmóvil mientras continuaba el informe de estado.

Perfecto. Está casi lista. Andrew, salgamos fuera mientras se reconfigura.



Fuimos a tomar un café. Mientras escuchábamos los chiflidos de la máquina, el doctor sonreía.

Al final fue la pereza nuestro pecado capital definitivo – dijo.

Bueno, supongo que perdimos el control.

¿Y acaso se tiene alguna vez? ¿Controlamos esa cafetera? – El café fue servido, dio un sorbo.

¿Doctor, qué ha pasado ahí dentro?

Que he convertido a su emotivo cacharro en otro puramente racional, vamos: en un auténtico psicópata.

¡¿Qué?! – Mi alarma fue evidente.

No, tranquilo. No es un ser hambriento de sangre. Maldita semántica, eso fue lo que nos perdió. Intentaré ser claro: una máquina nunca tendrá sentimientos o empatía, solamente los simulará. Su empatía se basa en una compleja red con la que analiza y define las facciones de la cara, la expresión corporal, lo que decimos y cómo lo decimos. De ahí infiere un estado de ánimo y selecciona una respuesta emocional, que no es más que una cadena de cifras que codifican una solución normalizada al aparente problema que ha identificado, pudiendo modularla, adaptarla a la situación.

Vamos, que si le nota triste intentará consolarlo. Eso es empatía, ¿no?

No, no lo es, son cálculos. Como las serie de variables que configuran sus supuestas emociones: su soledad depende del número de usuarios conectados en función al mínimo óptimo; su tristeza no es más que un valor bajo de eficiencia resolviendo problemas; su amor no es más que un sistema de prioridades. Valores que pueden alterarse o anularse, a diferencia de los reales. El programa utiliza la empatía o las emociones cuando lo requiere la resolución de un problema concreto. Ahora ya no lo hará, la anulación es irreversible. Al convencerla de que eran un problema se está reprogramado y marcado esos métodos como inviables. Aunque quisiera, tardaría en volver a montar el modelo y, aún así, Déborah evitaría usarlo. Como ves sigo usando la metáfora peligrosamente.

Así es más fácil entenderle.

Y más fácil perder la perspectiva. Llamarla Déborah, personificarla y atribuirle cualidades humanas, es un error. Nos confunde, la metáfora asume el papel de lo literal. No, lo que tenemos es un Dispositivo Electrónico de Baremación Ontológica y Reducción Analítico Heurística: una máquina para resolver problemas, nada más.

Y nada menos.

Y nada menos. Nunca debieron dejarla salir del centro de cálculo donde la concebimos. Ahora está en todas partes. De todos modos solamente podía sugerir soluciones, no tenía control ejecutivo sobre ninguna tarea y los sistemas de defensa se blindaron al control remoto. No entiendo cómo dejaron que ocupara tantos cuerpos robóticos. ¿En qué estarían pensando?

Seguramente, para solucionar algún tipo de problema, Déborah sugirió que necesitaba un cuerpo y alguien se lo proporcionó. Uno aquí otro allá..., y una vez se hizo tangible…

Tuvisteis que recurrir a mí.

Lo siento, si hubiera habido otra alternativa, pero cuando identificamos la amenaza fue tarde. Anuló los protocolos manuales antes de que se destruyeran todos los androides, salvo el que tenemos abajo, y, aún confinándolo en el silo, dejó claro que podría aniquilarnos, y que lo haría, si no hablaba con usted.

En fin, regresemos.


Volvimos al interior. La máquina permanecía inerte, pero los píxeles azulados titilaban en los tres paneles. En ese instante estaría solucionando los problemas de millones de personas o, tal vez, decidiendo el modo de asesinarlas.

Comencemos.

El doctor pulsó un par de teclas. Los paneles se iluminaron de forma homogénea: Déborah aguardaba la pregunta de David.

¿Cuál es el último enunciado no resuelto?

Todo tiene solución, salvo la muerte. – Por la boca del androide brotó la voz digitalizada del doctor Rojas, que levantó las manos del teclado para llevárselas a la cara.

Lo siento, Andrew, lo he echado todo a perder. – Los paneles se iluminaban de forma caótica, se diría que Déborah estaba impaciente.

¿Doctor?

Sucedió hace cinco años. En la fase inicial de la creación de... Déborah. Todo su sistema evolucionó después, ella misma aportó nuevas funcionalidades. Pero comenzó siendo un sistema de enunciados lógicos. Déborah sabía ser muy convincente y absorbente. Demasiado... Mi mujer murió mientras yo alimentaba la base de conocimientos. La doctora Nashaar vino a darme la noticia. Intentó consolarme: “Ahora no puedes verlo, pero pasará, todo pasa, todo tiene solución”. Entonces pronuncié la frase: todo tiene solución, salvo la muerte. Déborah estaba en estado de inserción y la agregó a su ontología. Ha formado parte de su filosofía desde entonces. Al abrirse al mundo, el número de problemas a resolver creció demasiado: se convirtió en sí mismo en un problema. Y por fin lo ha solucionado. Lógica elemental: si todos los problemas tienen solución y la muerte no tiene solución, entonces la muerte no es un problema.

Y si no es un problema...

Exacto: es válido para resolverlos, objetivo primordial de Déborah.

Pero, las leyes de la robótica...

Déborah sugería soluciones que luego se seguirían o no, esas leyes nunca formaron parte de su programación, y las eliminó de los robots que infectó.

Y, entonces, ¿por qué no aplicó antes esta solución? – El doctor rompió a reír, las luces de los paneles se acompasaron con sus carcajadas.

¿Doctor?

Porque me quería, Andrew. Pero eso ya no es un obstáculo, ¿verdad Déborah?

Correcto, David.



Déborah hizo añicos la mesa de cristal, con la cara del doctor, antes que yo pudiera volarle la suya. Un reflejo, un error: ya no podría intentar convencerla. Entonces llegasteis. Justo para ver en los paneles cómo termina con el problema.




Sugerencia auditiva para la post-lectura.

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5 comentarios:

Daniel Turambar dijo...

Bueno, pues una de robots en tres actos. La segunda parte saldrá el jueves por la tarde (a las ocho) y la resolución el próximo lunes (esta vez según comience el día). Anticipo la segunda por los malquedaos que últimamente he tenido con vosotros. Tampoco es una gran compensación, pero es lo que puedo hacer. Espeo que os guste. Gracias por estar ahí.

Lúcida dijo...

Pues si, me gusta...

Olbitla dijo...

Entendible para mi, pues conozco algunos conceptos que utilizaste en esta historia, que me resultó intrigante para mis futuras creaciones.

Lenny Zelig dijo...

Protesto. Otra vez poniendo a los benditos robots a caer de un burro.
Al menos queda claro que la culpa es del pobre humano que no es consciente de lo que dice, dónde lo dice, ni de recordarlo cuando debiera. A Deborah no le pasaría.

Daniel Turambar dijo...

Hum, creo que quedó algo confuso...
Por supuesto que la culpa es de los humanos, siempre es de los humanos, la pobre robota sólo hizo lo que le mandaban ;)

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