El príncipe infeliz

(Per)Versión de "El príncipe Feliz" de Oscar Wilde.


Una golondrina melindrosa y coqueta volaba apurada hacia el sur. El otoño corría entrado en semanas y, si no se daba prisa, el frío invierno helaría sus alas. Pero no habiendo cosa que más le gustara que sentirse halagada, retrasó su partida para dejarse cortejar por las reverencias de un junco del cual renegó al comprobar que su veleidoso asentimiento no era exclusivo para con ella, sino que ante alondras, tórtolas e incluso abejas, doblegaba galante la cabeza.

Tras varios días de vuelo ininterrumpido, una noche cerrada tal su cansancio que el primer hueco que encontró fue el que eligió para dormir sin pensar en los peligros que pudieran sorprenderla. Bajó en círculos, se posó en el granito y, sin más, se abandonó al sueño. Pero entonces, una voz la increpó:

– Ejem, ejem. Disculpe, pero es mi cabeza lo que está bajo sus patas.

La pequeña golondrina despertó sobresaltada, pero no hizo caso y volvió a dormir. La voz insistió:

– Oiga, ¿le importaría abandonar mi digna testa y marcharse a otro lugar?

Estaba claro que se refería a ella. Así que levantó el vuelo y fue a averiguar a quién había enfadado tanto. Revoloteando, descubrió que quien refunfuñaba era la estatua de un joven rey, y que el hueco tomado como lecho era el formado por la corona.

– Disculpe su majestad si le he ofendido con mi ignorancia. – Se apresuró a decir avergonzada.

– Pues sí: es usted ignorante, pues de majestad debe tratarse a mi padre, el rey. A mí, siendo su príncipe heredero, debe tratárseme de alteza real.

– Disculpe su alteza real, pero al ver la corona y su regio porte, le supuse un rey.

– ¡Ah..., sí...! Bueno, es posible. Al fin y al cabo poco faltó para serlo.

– ¿Y qué ocurrió su alteza?, si no es indiscreción.

– Pues, ahora mismo, no lo recuerdo, fue hace mucho tiempo. El caso es que no llegué a reinar. Y nunca llegaré a ser rey mientras siga con este aspecto.

– ¡Oh, pero no digáis eso, mi príncipe!, si ya os digo que a mí me confundió vuestro aspecto.

– Eso solamente demuestra tu ignorancia. ¿Acaso no ves mi cuerpo de roca desnuda? ¿Cómo voy a ser así rey, sin una joya, sin oro o al menos alguna traza de plata que denote mi abolengo?

– Vaya, entiendo.

– ¿Qué entiendes? Tú no entiendes nada. ¿No te das cuenta de lo que tienes?, puedes volar libremente, tienes un plumaje lustroso, incluso tu canto seguro que es grato.

– ¿De veras pensáis eso, alteza?

– Pues claro. Sólo con verte se aprecia que eres una golondrina excepcional. yo he visto muchas pasar volando ante mí.

– ¡Oh, gracias, mi príncipe, sois muy amable alteza!

– Y aún así no lo valoras. Piensa en mí, aquí todo el día parado, sin poder ver más allá que lo que pasa ante mis ojos, las mismas personas que día tras días me ignoran. Y, ¿por qué? Porque el frío granito del que estoy hecho cada día está más cubierto de musgo y suciedad. Mira mi cara: la lluvia ya ha comenzado a deformarla. Ya apenas se aprecian los detalles labrados en mi capa.

– ¡Oh, qué triste debéis sentiros! ¡Y yo qué mal me he portado usando vuestro cabello como almohada!

– Cierto es lo que dices, pequeña golondrina. Pero ya ves, a

esto me veo reducido. Si al menos tuviera pan de oro cubriendo mis cabellos, si mis ojos fueran zafiros, mi sonrisa perlada, si un espléndido rubí centrara la atención sobre mi espada de plata...

– ¡Oh mi triste príncipe, no penéis!

– Cómo no he de hacerlo, preciosa golondrina, pequeña amiga alada, si mi vida es miserable en lo alto de este frío pedestal.

– ¿De verdad os parezco preciosa?

– ¡Oh, sí! Y me entristece saber que llegado el momento partirás y me dejarás aquí, de nuevo solitario y sombrío, bajo el frío del invierno que ya se acerca, mientras la lluvia afea más y más mi horrible cara.

– No digáis eso, no es terrible vuestra cara, y basta con escucharos para ver que tenéis un buen corazón y una noble alma.

– ¿Y quién se parará a escucharme ¿Quién se detendrá a descubrir mi alma, si nada bello en mi apariencia los llama?

– No estéis triste, yo me detuve.

– ¿Tú? Tú solamente estabas cansada.

– Os pido disculpas de nuevo.

– Tranquila, estás perdonada. Al fin y al cabo eres la única con la que he hablado en mucho tiempo y me es grata tu conversación y compañía, por más que me entristecerá después tu marcha.

– ¿En serio soy de su agrado?

– Sí, ciertamente, y gustoso te dejaré dormir a mis pies. Si te fijas hay un hueco formado por mi capa donde podrás dormir segura y resguardada.

– Sería un gran honor que no sabría cómo corresponder.

– Pues no se hable más y vete a dormir. Resguárdate y duerme, ya hablaremos mañana.

– Buenas noches, alteza, y de nuevo gracias.

Y allí, en el hueco que había entre los pies del príncipe y su capa, donde el viento frío no la incordiara, durmió la pequeña golondrina por primera vez en varios días desde que emprendiera su viaje hacia el sur. Y durmió mucho. Tanto que no despertó hasta el siguiente atardecer. Y al hacerlo recordó que estaba a los pies de un príncipe infeliz, el cual pensaba que ella era especial, el cual, tal vez, aunque sea sólo un poquito, la amaba.

Antes de salir del hueco que había entre los pies d

e su príncipe y la capa, se puso a pensar cómo podría devolver el favor y las atenciones que con ella había tenido. Y entonces se le ocurrió una idea y salió volando sin decir nada.

Cuando volvió la luna estaba alta. Pizpireta, revoloteó haciendo cabriolas y tirabuzones antes de mantenerse en vilo frente a la estatua.

– Buenas noches, su alteza real.

– Buenas noches, huésped ingrata. No debería dirigirte la palabra. Te cobijé para que descansaras y nada más despertar, te marchaste sin decir nada

– ¡Oh, mil disculpas mi príncipe!, pero no podía estropear la sorpresa.

– ¿Qué sorpresa? ¡Rápido, habla!

– Esperad, sed paciente mi príncipe. Al despertar, estuve pensando en vos y en mí, y en cómo podría agradecer el favor que me hicisteis y vuestras gratas palabras.

– Mi pequeña golondrina, ten por cierto que no falté a la verdad en nada.

– ¡Oh, mi príncipe, no sabéis cuánto eso me halaga!, pero dejadme continuar. Pensé en cómo poder ofreceros algo de felicidad y, finalmente, creo haber encontrado el modo. Si me disculpáis, he de ausentarme un instante.

La golondrina se marchó y regresó de inmediato. Y en su pico pudo ver el príncipe que algo traía. Tras acercarse, el ave engarzó un flamante rubí en la cruz de su espada. Y el príncipe infeliz sonrió para sí y dijo:

– ¡Qué gran regalo me trajiste! ¡Qué bien luce ahora mi espada! Pero ay, qué contraste hace con mi erosionada capa.

– Sí que queda hermosa ahí engarzada.

– No tanto como tu silueta contra la luna recortada… Pero ve a dormir, pequeña, que debes estar cansada.

– Gracias, mi príncipe, dormiré hasta mañana.

Y a la mañana siguiente, partió la golondrina en busca de otra joya con la que engalanar la estatua. El príncipe, al ver crecer su belleza, se deshacía en halagos con el avecilla que, satisfecha, se dormía en el hueco entre los pies del príncipe y la capa.

Y día tras día, la golondrina fue cubriéndolo de pan de oro, de hebras de plata, puso dos zafiros en sus ojos, perlas en su sonrisa, brillantes en el cinto, las mejores sedas en su capa, mientras el otoño moría y el invierno despertaba. Apenas hacía otra cosa que engalanar a su príncipe y recibir los piropos que él se inventaba, hasta que una mañana, las primeras nieves se colaron entre los pies del príncipe y la capa, helando el corazón enamoradizo de la golondrina.

Mas el príncipe ya no la echaba en falta, pues todos los días los habitantes de la ciudad se congregaban bajo su pedestal a admirar su lujo y su belleza desmesurada.

Aún así no conseguía ser feliz, una cosa le incomodaba. Había un bulto molesto que empezaba a oler realmente mal en el hueco que quedaba entre sus pies y la capa.

5 comentarios:

Lúcida dijo...

No conocía este cuento, me ha gustado mucho. Entre halagos y riquezas algo termina oliendo a podrido.

azabache dijo...

Triste realidad que muchas veces nos rodea... La soberbia suele llevar una guadaña a sus espaldas.

y que bien lo cuentas!

Besos de verano

Anita dijo...

sí que me ha llegado, en la vida real suena más cruel, como cuando los amigos que mas quieres y ayudas te hacen a un lado en su vida. Prefiero tu cuento.

centro de llamadas dijo...

De verdad que en la vida real es mas doloroso que alguien te de la espalda sobre todo cuando entregaste todo lo que eres. Muy bonita la historia me gusto mucho.

Tunez dijo...

Bonita contra-version del cuento original, bueno mas que bonita, real, como bien dicen por aqui arriba, es muy similar a la realidad que nos rodea dia tras dia la cual podremos intentar ignorar, pero no por ello no estara ahi, esperandonos.

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