Mi Pequeño troll

Un pequeño troll fue lo único que se salvó de la muerte.

Su familia, si es que puede llamarse así a un grupo de estos animales, llegó al condado hacía ya casi un año. Al principio consiguieron pasar desapercibidos. Notamos, eso sí, un descenso progresivo en la caza. Cada vez era más difícil toparse con ciervos y corzas. Después comenzaron a robar ganado. Culpamos a los lobos, incluso a algún oso hambriento, aunque curiosamente no se habían dado encuentros con ninguno de ellos. Sospechamos que pudiera tratarse de trolls cuando se volvieron más descarados, y comenzaron a dejar rastros de reses a medio engullir o pedazos de ovejas en el camino a su cueva.

Organizamos una partida de rastreo. Partimos al amanecer y dimos con la gruta donde pasan el día refugiados del sol. No hizo falta adentrarse mucho para saber que un grupo de trolls vivía ahí dentro. El hedor de la podredumbre era tan intenso que solamente estas bestias podrían soportarlo. Hicimos venir a leñadores para agrandar el claro frente a la entrada y, ya por la tarde, montamos un sistema de espejos para hacer llegar la luz solar al interior del abismo y conseguir así derrotarlos del modo más seguro. Funcionó. La cueva no era profunda y con pocos niveles de reflexión los rayos llegaron hasta el rincón más oscuro donde cinco grandes trolls se convirtieron en piedra mientras vertíamos sobre ellos la bendición del día. Justo a tiempo, por otro lado, ya que al poco de terminar la tarea comenzó el ocaso.

Mientras terminábamos de recogerlo todo, orgullosos por la hazaña y satisfechos por no haber sufrido ningún daño, tomé una antorcha y dije a mis compañeros que se adelantaran que yo iba a explorar un poco más la gruta. Ninguno de ellos hizo ademán de acompañarme al infecto agujero. No encontré ningún tipo de tesoro. Al fin y al cabo era una guarida de unos estúpidos animales. En realidad tampoco era joyas lo que buscaba. Había algo que no me cuadraba. La aventura había sido demasiado sencilla. Avancé embozado para evitar el impacto directo de la pestilencia sobre mi olfato. En más de una ocasión me arrepentí de mover un ciervo, un becerro o hasta un oso, al creer ver un destello bajo sus restos.

No había nada salvo cadáveres, insectos y cinco trolls petrificados al fondo de la caverna. Cinco bestias que podrían haberse abalanzado sobre nosotros mientras se endurecían sus miembros. Podrían haber roto los espejos lanzándoles algún guijarro o alguna quijada. Podrían, en definitiva, haber opuesto resistencia de algún modo, haber ganado tiempo hasta que hubiera caído la noche. Entonces nos habrían tenido a su merced, habríamos tenido que escapar de su cólera. Nada habríamos podido contra ellos una docena de hombres, por mucho que estuvieran templados nuestros aceros, que no todos lo estaban, contra cinco gigantes airados. Y, sin embargo, ahí estaban. Los cinco en corro. De espaldas. Vencidos. Petrificados. Entonces escuché un ruido. Me detuve helado, como los fríos monstruos que tenía frente a mí, y agucé el oído. El flameo de la antorcha, algún pequeño curso de agua, los ruidos del bosque amplificados por la boca de la cueva, mi pulso acelerado. Por lo demás nada. Pensé que habría sido mi imaginación. La tensión ante la batalla que había planteado mi mente hacía un instante. Pero no. Esos bichos inmundos simplemente tuvieron mala suerte. No nos escucharon al llegar. No pudieron olernos entre tanta pestilencia. Seguramente se asustaron al ver cómo el día penetraba en su santuario y sin más se refugiaron cobardemente. Escupí y me marché de allí.

Al salir, el aire fresco de la noche revitalizó mi espíritu. Sonreí. Había sido una gran aventura. Los demás estarían ya contando mil versiones en la taberna. Exagerando, borrachos de sí mismos y de cerveza. En esto pensaba cuando tomé las riendas de mi caballo y me dispuse a montar. Eché entonces una última mirada a la boca muerta al pie de la montaña.

Entonces lo vi. El pequeño troll asomó tímidamente la cabeza y el reflejo de la luna mostró una grotesca mirada. No era más alto que un niño de tres años. Salió de la cueva y avanzó desconfiado hacia mí. Sus miembros eran visiblemente grandes y fuertes, despropor-cionados. Le daban un caminar torpe. Saqué la espada y se detuvo. Movía la cabeza de un lado a otro. Supongo que no me veía bien y trataba de perfilarme entre la sombra, tal vez preparando un ataque. Hubiera sido cobarde ocultarme de un enemigo tan insignificante, así que avancé dejando que la luz de la noche se reflejara en mi rostro. Asustado, dio un paso atrás. Después olisqueó el aire. La brisa del bosque le llevó el hedor que anidó en mis ropajes al husmear por la caverna.

El bicho alzó los brazos y emitió un suave gruñido. Alcé la espada. Continuó gruñendo, más bien ronroneando de forma entrecortada, durante un instante y comenzó a avanzar con los brazos en alto. Preparé el asalto, sería fácil acabar con él de una estocada cuando estuviera a mi alcance. Aceleró el paso, mientras el gruñido se hacía más grave y se mezclaba con chiflidos. Unos metros más y sería historia. Entonces saltó ágilmente y, sin que pudiera descargar el golpe, se aferró dulcemente a mi pierna. No quería atacarme. Supongo que la peste que emanaba de mí debió confundir su pequeño cerebro. Supongo que creyó que era uno de los suyos. No buscaba mi muerte. Buscaba mi consuelo. Era, en cierto modo, todo lo que le quedaba. El olor, en un cuerpo vivo, de un hogar que yo había ayudado a destruir.

Sabía que era un error, que debía dar muerte a aquella criatura cuanto antes, pero no pude. Lo vi claro: si cinco bestias dieron su vida por salvarlo, ¿cómo podía yo ahora depreciar ese sacrificio? Fue una locura. Fue difícil tratar de enseñarle a comportarse en un mundo que no era el suyo. Fue caro pagar los destrozos que sus ataques de ira provocaban.

Todavía lo sigue siendo. Pero aún sigue conmigo y, tantos años después, mi pequeño troll, un bigardo de tres metros siempre hambriento, maloliente e iracundo, una mala bestia que gruñe y grita ya esté alegre o enfadado, que no da más de sí que un niño pequeño, capri-choso y consentido, continua a mi lado. Siempre fiel, siempre dispuesto a comerse, alguna vez incluso literalmente, a quien me amenace o ponga mala cara. Y yo aún continúo intentar educarlo, tratando de domeñar su brutal naturaleza.

Ahora el tiempo se me escapa, estoy viejo y él sigue siendo un niño. A veces creo que sabe que me queda poco a su lado. Entonces levanta los brazos y gruñe suavemente. Más que un gruñido es un ronroneo entrecortado. Me mira tiernamente mientras avanza despacio, va ganando velocidad progresivamente para, de repente, detenerse a mi lado y, con su gran zarpa, aferrar mi pierna con delicadeza. Yo acaricio su dura piel y él cierra los sus pequeños ojos rasgados, mostrando una mueca grotesca, como sólo puede serlo la de un troll de tres metros sonriendo feliz. Entonces no puedo evitar sentirme orgulloso de mi pequeño, de mi pequeño troll.


Sugerencia auditiva para la post-lectura.

6 comentarios:

Olbitla dijo...

Wow, me enterneció por un momento
la situación del hombre; caray, yo hubiera hecho lo mismo solamente para enmendar mis crimenes.

Mario dijo...

Gracias por todo Daniel, no se como demostrar que lo que dice el Señor Aviles es completamente falso. Veo injusta mi expulsión sin decir los motivos.
Maravilloso relato, enhorabuena.
Darte las gracias por el detalle que tubiste en el foro, con lo de "In memoriam"
Un fuerte abrazo
Mario

Me pareces un tío sincero, te dejo mi e-mail por si algún día quieres hablar conmigo.
Saludos

Lúcida dijo...

Me encantó la historia, pura ternura.

Besos

Lenny Zelig dijo...

¿Qué nombre poner a una entrañable bestia?

Daniel Turambar dijo...

Gracias, sí tierno pero bestia. En cuanto a nombres... Pues ni lo pensé, catxis.

superagencia86 dijo...

¡Me encanta tus historias! otra

Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

Aviso legal

A los efectos de cumplir los requisitos de información indicados por la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información, se incluyen los siguientes datos:
* Nombre: Daniel Hermosel Murcia
* Contacto:danielhermu@hotmail.com.
Se avisa que, según la LSSI (Art. 16) cualquier solicitud de retirada de contenidos habrá de ser ordenada por la autoridad judicial competente. Sólo se admitirá conocimiento efectivo de una solicitud tras la recepción de la orden judicial correspondiente. No se atenderán, con carácter general, peticiones de retirada de contenidos hechos a título individual, si bien se considerarán peticiones de modificación si están debidamente justificadas. Ningún cambio, retirada o modificación de información habrá de ser interpretado como asunción de culpabilidad, explícita o implícita. El contenido del blog yaqe.blogspot.com se considera protegidos por los derechos de libertad de expresión e información, tal como recoge el Artículo 20 de la Constitución. Los comentarios vertidos en ellos serán responsabilidad única de quienes los escriban. El administrador de esta web declina cualquier responsabilidad a tal efecto. La capacidad técnica a disposición del administrador en cuanto a la posibilidad de modificar o eliminar comentarios no debe en ningún caso entenderse como aceptación, aprobación o respaldo de tales comentarios. Así mismo los contenidos de los blogs y enlaces son responsabilidad de sus creadores y su enlace no debe en ningún caso entenderse como aceptación, aprobación o respaldo a tales contenidos. No se guardarán datos personales de las personas que contacten conmigo por email u otros medios, salvo los datos de contacto (número de teléfono, dirección e-mail), que no serán cedidos a terceros bajo ninguna circunstancia. Si desea usted oponerse a tal tratamiento, basta con que lo indique en su mensaje, o bien con posterioridad en la dirección de contacto aportada. Además los comentarios, al hacerse públicos, se ceden gratuitamente al propietario del blog que podrá reproducirlos en cualquier medio, total o parcialmente, mencionando al autor de los mismos (pseudónimo utilizado) salvo que se indique lo contrario de forma explícita en el mismo comentario o posteriormente vía correo electrónico. Daniel Hermosel Murcia. 2008 - ...