El príncipe azul

«Nuestra sociedad está en declive. El olvido de las tradiciones ha dejado florecer la decadencia. Los dioses ya no nos aman. Es por eso que debemos volver a las viejas costumbres, aquellas que hicieron del nuestro un pueblo soberano y orgulloso, aquellas gracias a las cuales lograremos con gran sacrificio evitar el fin de nuestros días.»



*Sugerencia adutiva para continuar la lectura.

Así habló mi abuelo ante el pueblo, los sacerdotes y aristócratas el día que presentó su gran proyecto. Dicen que es imposible que las recuerde, apenas tenía unos meses en aquel momento, pero ahora esas palabras resuenan en mis oídos con la misma fuerza de entonces.

Hoy es el gran día. El día en que todo volverá a ser como nunca debió dejar de ser. Todo mi pueblo se ha congregado. En las últimas semanas han llegado súbditos de todos los rincones del imperio para el acontecimiento. Ahora solamente resta que represente mi papel. Me han estado preparando para recibir este honor prácticamente desde el día de mi nacimiento, cuando el resurgir de nuestro pueblo era apenas una idea en la mente de mi fallecido abuelo. Fui cuidado para que creciera sano y fuerte, digno de la tarea que debo realizar. Instruido en el arte de la guerra y entrenado en el sigilo, moldeado hasta la perfección física. También he sido educado en los misterios de las estrellas, del viento, la selva y la tierra. El mejor de los guerreros, el más lúcido de los sabios, se prepara hoy aquí, al pie del templo a recibir la marca de los dioses ante todo su pueblo.

El momento se acerca. El cielo primaveral está despejado. El equinoccio da comienzo y con él la liturgia. Es algo, simplemente, maravilloso. La muchedumbre enmudece atónita ante el descenso de Gucumatz por la pirámide hasta mis pies y se arrodilla sumisa. Yo mismo quedo impresionado por su colorido resplandor. Por momentos la luz ciega mis ojos, pero me mantengo firme en mi posición, con mis mejores galas hasta que el dios trueno desciende por completo. El silencio se rompe cuando los fieles comienzan a levantarse. Continúa el proceso. Dos guerreros, dos grandes amigos de la infancia, se aproximan para tomar mis ropajes. Apenas cruzamos la mirada un instante. La fidelidad y el amor de estos hombres asoman en sus ojos. El orgullo ante el honor que les otorgo es parco dispendio por su servicio y amistad. Un último saludo lleno de admiración y quedo solo, vestido con un taparrabos y una corona de plumas sencilla.

Me vuelvo a la multitud para que pueda contemplarme antes escalar los trescientos sesenta y cinco escalones de la pirámide. Mis pasos son lentos, solemnes. La muchedumbre guarda un respetuoso silencio que acrecienta la sensación responsabilidad en cada uno de mis movimientos. Kinich Ahua arroja una cálida caricia que me conforta. El viento silba entre la piedra dándome ánimos. El paso firme, la espalda recta, la mirada al frente. Los dioses esperan complacidos mientras continúo ascendiendo. El orgullo de una nación, de un emperador, de unos padres. Llego por fin ante el templete. Las veinte banderas emplumadas bailan con el viento. Me habría gustado tener unos hijos para que pudieran verme en esta hora. El más honrados de todos los hombres. Me vuelvo hacia la multitud que me vitorea enardecida. Gritan mi nombre, elogian mis méritos, bendicen a mi familia.

El ritual entra en su recta final. Un sacerdote me retira la corona de plumas tras una respetuosa pero discreta reverencia. Se vuelve al emperador, mi tío, para solicitar silencioso su permiso antes de continuar. No debo moverme, ni por supuesto decir palabra alguna, solamente debo entregarme al ceremonial. Una vez ungido con el color sagrado soy conducido al altar entre más alabanzas y parabienes del pueblo. Puedo ver brevemente a mi tío, el emperador, y a su heredero. Noto la satisfacción en su mirada de águila al contemplar el proceso. Permanezco boca arriba un instante sobre la piedra pulida hasta que por fin aparece el sumo sacerdote, mi padre. Deja el cuchillo a un lado sobre el altar y se dirige al pueblo. Les habla de mí, de quién he sido, pero sobre todo de lo que significa lo que estoy haciendo. Se dirige luego a su hermano quien, sin hablar, da su consentimiento para que la liturgia concluya.


El imperio se sume en silencio. Mi padre toma el cuchillo. Su mano tiembla un instante. Toma aire. Adiós mi pequeño, intercede por mí ante los dioses, susurra. Y, firme, clava la hoja en mis costillas, rompiendo carne y huesos, para después introducir la mano y extraer mi corazón aún palpitante el cual, tras ser ofrecido al sol y los cuatro vientos, es por fin arrojado en el pozo para que mi sangre sirva de viático a los dioses que mantienen el mundo en movimiento. Ya está. En breve todo habrá terminado. El primer sacrificio que colmará de buenos augurios el inicio de esta nueva era termina. Apenas siento dolor. Me habría gustado tener unos hijos, que habrían sido honrados. El mejor de los guerreros, el más lúcido de los sabios, el primer sacrificado. Mi pueblo, la vida, la tierra y los cielos, todo está de nuevo a salvo.

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16 comentarios:

Lúcida dijo...

Hay cosas que nunca entenderé. Muy bueno.

Teddy Earley dijo...

Mira que lo tengo dicho: las tradiciones, sin más y porque sí, acaban sentándonos mal. Que se lo digan a nuestro héroe.
No puedo evitar identificarme con el que retira la vista del altar y se aleja de la ceremonia. El final de la música está hecho para él. ;)

alquiler dijo...

impactante, que ejercicio mental hay que hacer para poder ponernos en el lugar de esas personas y saber como pensaban y sentian. Gracias por lo escrito

Bear dijo...

Una vez más, me ha gustado mucho! Gracias por compartirlo.

Daniel H. M. dijo...

Vaya, ¿una tarde de domingo aburrida? :) Antes de contestar se me olvidó poner la letra de la canción:
Lord I want
To be up
In my heart
Be
Ohh
Just in my heart, oh Lord
Just in my heart, oh Lord


Bien, ahora por partes:

Lúcida: Pues sí, hay cosas incomprensibles, y suceden a diario a nuestro alrededor. El caso es que hay quien le ve una lógica inapelabe. Fiuuu, me dio un escalofrío.

Teddy: Huyamos de los porquesí..., porque sí ;). Por cierto que llevaba tiempo buscando un tema para esta música y finalmente salió. Creo que es optimista (la cancion, digo) pero que, en esos acordes finales, se da cuenta de que algo no encaja, no sé, no quedó mal del todo.

alquiler: bueno el qué exactamente no lo sabremos, el cómo igual que ahora nosotros supongo. (recorté por el aviso). ;)

Bear: Pues nada, la semana que viene más y con suerte mejor (y si no con disimular un poco...) XD.



Por cierto, esto va para los lectores mejicanos y centroamericanos (que según el google los hay), si he metido mucho la pata historio-socio-arquelógicamente espero que me lo sepáis perdonar, a fin y al cabo es también un pequeño homenaje a la fascinate cultura que se desarrolló por aquellas tierras.

AdR dijo...

Gran relato, sí señor, muy bien llevado a su climax, hasta me he sentido en las alturas, a punto de ser descorazonado, pero sin miedo, incluso convencido de que hacía el bien por mi pueblo.

La canción le viene muy bien ¿eh?

Abrazos.

Nausicaa dijo...

... Algunas tradiciones nos demuestran cada día nuestro peor lado. Me ha gustado el texto, mucho :)

azabache dijo...

Impresionante. No dejas de sorprenderme. Mira que en muchos de tus relatos he podido sentir cercanos a los protagonistas, pero en este caso, te has superado a tí mismo.

Desde aquí, sólo puedo felicitarte y darte las gracias por la generosidad al compartir todos tus textos y más éste.

Tremendo papelón el del padre, despidiéndose de su pequeño antes de asesinarlo. Repito mi aplauso.

b4u dijo...

Un título tramposo, pero también uno de los mejores, oh Lord!

Daniel H. M. dijo...

Adr: Gracias, la verdad es que la canción ayuda bastante ;). Tiene que ser un flipe creer tan ciegamente en algo.

Nausicaa: bueno el príncipe, como tantos otros, estaba convencido de que era para bien, en lo que depravara luego la cosa mejor no entremos. Gracias :)

Azabache: me encanta lo que me dices, porque a este relato se le criticó precisamente el estar tan "dentro" del protagonista y no es generosidad, es egoísmo, además es aquí o en la papelera. Un beso guapa.


b4u: ya sabes, si no toco un poco las narices... Pero si mola hago otra versión... ¿con pitufos? jejeje.

Reithor dijo...

Este ha estado bien. Mucha miga la escena de sacar el corazón a lo indiana-jones en el templo maldito...

Un abrazo, a ver si nos tomamos unas cañas cuando vaya por allí

Daniel H. M. dijo...

Al menos no hay serpientes (al menos de las reptilianas) ;) Un abrzo, que vaya bien la cuenta atrás.

Reithor dijo...

¿Azteca o maya? No son serpientes, son anacondas :D

Pelis dijo...

muy bueno, me a gustado mucho, thnks

B dijo...

Uff! Se me pone la carne de gallina, como nos cuentas lo que pensaba. Impresionante.

Daniel H. M. dijo...

Reithor: Maya, ¿creo?

Pelis: Pues verás cuando hagan la película jejeje (lo siento chiste malo, no pude resistirme), gracias a ti por pasarte.

B: gracias, espero que sea una impresión de las que molan ;)

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