Cosas de rapaces

¡Hace tiempo que no como conejo!, ¡hace tiempo que no como conejo..! Será insolente. ¡Pronto iba a ir yo a mis padres con exigencias! Pero claro éramos tres en el nido y la comida era justo la que llegaba. Sin más. Y había que espabilarse. Ya se lo dije a su madre. ¿Uno sólo, sé que tres es raro, pero no sería mejor tener dos? Y ella. No, así podremos sacarlo adelante más holgadamente y tener tiempo para nosotros. Holgadamente. Si no fuera porque la conozco y sé que es más inocente que un huevo pensaría que es una maestra de la ironía. Tiempo para nosotros. Tiempo para mí...


Desde que empecé a volar solo creo que no he tenido un minuto realmente para mí. Primero la necesidad, formarme en el arte de la caza, afinar la vista, controlar los vientos, templar los nervios. He de reconocer que esa época fue divertida, pero fue tan breve...

Después la conocí a ella y pasó lo que tenía que pasar. Reconozcámoslo: somos unos animalitos. Y comenzaron las responsabilidades. Buscar el emplazamiento idóneo para formar un hogar, construirlo, mantenerlo seguro. No podía bajar un solo instante la guardia. En cualquier momento podía venir cualquiera y reclamarlo como propio, aún sin serlo. Tampoco a ella podía descuidarla demasiado ya que si dudaba un instante de mi devoción al, ¿cómo lo llamaba?, a sí: el proyecto de vida, saldría volando en busca de algún otro más comprometido. Y que conste que he pasado muy buenos momentos a su lado pero, la verdad, he tenido que renunciar a tantas cosas…

Luego llegó el huevo. Ese fue el principio del fin. La maternidad las cambia radicalmente. Ya no piensan más que en el vástago. Y claro, no queda otra que apechugar. Turnos para incubar, turnos para cazar. Aún así restaba algún breve momento durante el cual podía dar rienda suelta a mis aficiones, pero nunca lo suficientemente largos como para desconectar del todo.

Finalmente nació el polluelo y mi vida se convirtió en una cadena perpetua sin posibilidad de remisión. Peor, porque ahora apenas llego al nido ella sale volando para que me ocupe yo del insolente éste que estamos criando.


Conejo dice el descarado. Como si fuera tan sencillo. Como si bastara con bajar a tierra y elegir el más tierno. Que no tendrá bastante con las palomas, ratones y las lagartijas que le llevamos. Ayer incluso le llevé pescado. Y todo para él. ¡Si es el más gordo de la región! Pero no, el pollo quiere conejo, es más: el pollo exige conejo.

Míralos. Ellos sí que viven bien, sin ataduras. Llegan, dejan sueltos a los pichonzuelos y se despreocupan. A vivir, como debe ser. Ahí, en el suelo donde los pequeños no pueden despeñarse. ¡Y la capacidad que tienen para ignorar sus chillidos! No verse atado a ese estúpido instinto que te hace perder las plumas en cuanto el ingrato abre el pico.

Míralos. Son los adultos los que deciden cuándo darles de comer, y aún así comen solos. No hay que regurgitarles la comida en el buche. Deben ser los seres más felices sobre la tierra. Independientes para hacer lo que les plazca en cada momento. Sin ataduras. Que les apetece comer, comen. Que les apetece estirarse al sol, se estiran. Que les apetece ignorar a los polluelos, los ignoran.


Me han visto. Me señalan y emiten extraños gruñidos. Seguramente se estén riendo de mí. Normal. ¿Quién querría estar aquí arriba oteando la planicie en busca de un alimento que ni siquiera va a degustar?

En fin. Será mejor buscar en otra parte. Con ellos disfrutando de su despreocupación las presas permanecerán ocultas. Pero, ¿qué es eso? ¡Uno de los polluelos tiene entre las manos un conejito blanco y mullido! Afortunado. ¿Por qué no se lo come? Voy a descender un poco, tal vez esté en mal estado.

No, el conejo parece sano. Vaya, ahora se juntan todos para mirarme mientras me mantengo en la corriente de aire. Las crías me chillan. ¿Será posible? Esto sí que no se lo voy a tolerar. Les grito y los más pequeños dan un respingo y corren bajo el ala de sus padres quienes ¡son capaces de ignorarlos de nuevo! Definitivamente son los seres más afortunados bajo el cielo.

Pero, espera, ¿dónde está el conejito blanco? Ya lo veo. Demasiado fácil para resistirme. No puedo evitarlo. Sé que lo estoy malcriando pero mi pequeño aguilucho tendrá de nuevo lo que quiere. Quién sabe, tal vez cuando deje el nido pueda saborear eso que llaman libertad. Al menos hasta la próxima temporada de cría.


*Sugerencia auditiva para la postlectura

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14 comentarios:

Daniel H. M. dijo...

Aunque con retraso, ¡feliz día del padre!, y que los polluelos os sean leves ;-)

Reithor dijo...

Esto de autocriticarte queda asi asá, pero quien soy yo para hablar de comentar en los textos de uno mismo...

Bueno, que está curioso esta historia, muy amena. Pero nada de cuervos ¿eh? Que tengo la patente :D

Teddy Earley dijo...

Está bonito, sí, eso de lanzar una felicitación por el día del padre en forma de minucioso relato de sus desdichas.
Se agradece el cruel detalle en cualquier caso.

mortfan1 dijo...

Muy bueno el texto. Y muy sugerente la felicitación. Un saludo

Nausicaa dijo...

Q buena felicitación! Ais! Los padres, esos grandes desconocidos :P

luna dijo...

Lo que él no sabe es que luego tendrá que cuidar a los nietos, que serán más molestos, exigentes e intrasigentes que su padre, ajajaj.

PD: lo increíble es que hay águilas que repiten...algo bueno tiene que tener, ;).

Daniel H. M. dijo...

Y lo psico-funky que es la música...

Reithor: tranquilo, ni cuervos ni osos ni lobos (de momento...) ;)

Teddy: bueno es lo que cuentan los susodichos, supongo que la parte interesante (de haberla) se la guardan :P

mortfan: gracias, un beso.

Nausicaa: y esos grandes comedores de huevos, no lo olvides, jejeje

luna: No sé, algo tendrá, a mí que me registren ;)

Incongruente dijo...

Llevo un mes entrando en otro blog pensando que era el tuyo y el tío, o se llama Daniel, o le ha dado gustirrinín lo de mis comentarios, porque no me ha sacado del error.
¡Cosas tiene la edad, oches!
Bueno, lo del día del padre bien, algo escaso en carnes de caza, pero bien; a mí es que me gusta un conejo más que una boína a un vasco, entiéndaseme que esclarecido queda.
Que bueno Daniel, que ya he llegado y me dedicaré a disfrutar del blog, eso sí, pagandoooo ¿eh?

Daniel H. M. dijo...

Jajaja, eres un crack, gracias por acertar, por cierto ya me dirás qué blog es ese, pura curiosidad (de la que mató al conejo, digo al gato)

b4u dijo...

Ríete, ríete que ya te tocará, luego seguro que eres de los peores :p

AdR dijo...

Pues nada... que somos como las águilas... o viceversa :)

A mí nunca se me ha ocurrido meterme en el pellejo de un animal a la hora de escribir, oye.

Buena sugerencia auditiva.

Abrazos

Daniel H. M. dijo...

b4u: jejejeje (que me riera, ¿no?) ;)

AdR: Todo es ponerse, mira por esas playas que seguro que algun hermitaño o alguna gaviota tiene algo que contar...

Bear dijo...

Jajaja, pues si que es inocente el águila al pensar que los de tierra están tan agustito!:)
Besos,

cuartos dijo...

Me encanto!!! Una historia de un aguila, y todas las responsabilidades de poder tener la dicha de ser aguila. "aquello que llaman libertad" Genial! Un fuerte abrazo!

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