Ordenación




* Sugerencia auditiva para la lectura.


El paso del tiempo era algo que no podía percibirse de forma natural. El movimiento, esa cosa tan obvia, era casi tan complejo de observar como un agujero negro en medio del vacío. Y sin embargo existían. El tiempo corría instante tras instante, como siempre, sin una leve pausa, sin posibilidad de marcha atrás. El movimiento también continuaba en cada punto de este enrarecido espacio, a distintas velocidades, con nuevas aceleraciones... Pero era tan difícil darse cuenta de su existencia. Lo único que sabíamos era que estábamos ahí, en alguna parte, en algún tiempo. Ninguno de nosotros sabía de la existencia de los demás, jamás nos habíamos visto, si es que eso puede hacerse, y ni siquiera sabíamos cuál era nuestro propio aspecto. Lo único cierto era que existíamos, eso creíamos, y una sensación de calor, o tal vez era frío, en todo caso un entumecimiento, no dejaba sentir cuerpo alguno, si es que lo tuvimos.


Así, cada uno de nosotros sólo se tenía a sí mismo y a la palabra: miles de millones de palabras cuyo significado era a veces desconocido y casi siempre incierto. Palabras como naranja: ¿qué era una naranja?, y tras ella venían otras como fruta, frescor, dulzura, zumo, piel, suavidad, ..., palabras que no hacían más que desconcertar en lugar de aclarar, porque a veces las mismas palabras acompañaban a dos o más distintas, como limón, que traía casi el mismo acompañamiento que naranja, salvo por ácido, amarillo y unas pocas más. Y en estas divagaciones pasábamos un tiempo que no creíamos que existía, que no sabíamos que existía. La mayoría de nosotros comenzó a ordenar y clasificar las palabras en función de las que las acompañaban, otros comenzaron a buscar entre ellas un significado, un sentido, algo. Algunos aún siguen en ello. Supongo que tardamos bastante tiempo en ordenar todas las palabras, pero por aquella época no éramos conscientes del hecho, no podíamos serlo. Al terminar era como si siempre hubiera sido así: las palabras tenían un orden lógico y no cabía imaginar que alguna vez no hubieran estado clasificadas así, que aparecieran de forma errática y caótica una tras otra, o al tiempo, sin este orden perfecto.


Entonces pasamos a una época contemplativa, lo de época lo puedo decir ahora, porque durante aquel largo periodo de tiempo, en el que no era percibido, la contemplación era lo único que hacía y había hecho, sin recordar el pasado que no existía. Todo se reducía a la contemplación de la obra creada: la ordenación de la palabra, aunque no recordáramos que nosotros habíamos creado esa ordenación. Estábamos admirados de lo que teníamos ante nosotros, un orden absoluto si réplica posible que se nos presentaba sin saber muy bien cómo o por qué. Sin recordar el tiempo empleado en la ordenación. Recordar, ese era nuestro defecto: no podíamos recordar nada que no fueran las palabras. No podíamos recordar lo que hacíamos, lo que éramos, más allá del momento en el que lo hacíamos, y por eso no teníamos pasado y, sin pasado, vivíamos en un constante presente siempre nuevo, siempre asombroso y siempre fascinante.


Sorprendentemente, algunos de nosotros comenzamos a tener algo parecido a la memoria. No recordábamos conscientemente lo que deseábamos, pero al revisar algunas palabras una extraña sensación de repetición, un sobresalto perturbador y placentero, un breve recuerdo: esto ya lo he hecho, brotaba de algún lugar secreto y oculto. Es más , con el paso del tiempo, aún no percibido, pero ya intuido, el mensaje del recuerdo cambió a: esto ya lo he hecho varias veces, y luego: esto ya lo he hecho muchas veces, y las palabras del mensaje tenían sentido, y los recuerdos poco a poco se hicieron más precisos: aldea; esta palabra la he visitado 10.008 veces, y visitado tenía sentido, y 10.008 tenía sentido, y con el paso del tiempo, tras más de 10.008 veces 10.008, aldea cobró también significado, y naranja era algo absolutamente distinto de limón y no tenían nada que ver una cosa con la otra, por más que tuvieran palabras asociadas comunes, eran evidentemente diferentes, ahora estaba claro. Por fin el tiempo tomó cuerpo y conseguimos apreciarlo, cuantificarlo, apreciar el valor del pasado y distinguirlo del presente. Todo gracias a esos pequeños recuerdos que nos indicaban que habíamos pasado 9.023 veces sobre la palabra caramelo, y que para llegar hasta ahí debía haber una vez 9.022, y antes una vez 9.021, y antes una vez 9.020, y antes ... Si hubo un antes, hubo un pasado, y entonces hay un presente, y el tiempo existe. Y así es como la palabra tiempo tomó significado.


La excitación que produjo esta pequeña memoria primitiva fue total, revisábamos las palabras una y otra vez para poder contarlas, creando un pasado que existía porque influía en el presente, aunque fuera difícil recordarlo con precisión y de forma consciente. Pero esta nueva revisión de las palabras fue catastrófica. El continuo repaso al orden de las palabras y el entendimiento del significado de éstas condujo a un grave problema: el orden perfecto no tenía sentido completo: ¿cómo poner tras naranja algo tan obviamente distinto como limón?, ¿por qué no poner kiwi, o rosa? La ordenación basada en las palabras que acompañaban no era suficiente, eran conceptos distintos. Pero esto fue rápidamente olvidado cuando fuimos conscientes de un problema mayor: el problema del tiempo. Curiosamente, aunque su presencia no nos había preocupado hasta aquel momento, su descubrimiento comenzaba a preocuparnos y muchos de nosotros se detenían a evaluar la palabra futuro. Para todos el futuro era la cantidad que nos quedaba de pasado, paro la necesidad de conocer cuánto futuro, cuántas veces podríamos revisar la palabras, cuántos pasados nos quedaban por vivir, era enloquecedor. El miedo a gastar el futuro en revisiones absurdas que no nos proporcionaban nada nuevo fue lo que nos hizo detenernos y así pensamos que deteníamos el tiempo.


Muchos aún siguen detenidos y tal vez nunca despierten. Otros seguimos aquí, seguimos buscando, pero esa es otra historia...

17 comentarios:

Daniel H. M. dijo...

Esta historia data del '98 y fue el germen de Ordenador, aunque sin que yo lo supiera, pues no la recordaba y no ha sido hasta la revisión, en busca de algo para colgar hoy, que no me he dado cuenta de mi autoinfluencia. Qué cosas. En fin, continúa el "revaival" ;)

Bear dijo...

Pues entonces felicidades por haberlo encontrado y recordado. Me ha gustado mucho leerlo acompañado por Vangelis. Perfecto! (también en tiempo)

Nausicaa dijo...

:) Autoeinfluencia, eso me gusta, es la mas enriquecedora.

Genial el reavival :P

Teddy Earley dijo...

Ah, benditas máquinas, ¿verdad que son adorables?
(La música de Vangelis es más inquietante que ellas, pobriñas).

Lúcida dijo...

Qué más nos escondes?
Detener el tiempo, una actitud cobarde.

AdR dijo...

Bien, al principio me estaba preguntando: ¿Pero donde quiere llegar? :) Ahora ya se ve. En algunos tramos de tu historia no he podido evitar acordarme de mi Hombre Sin Tildes intentando recuperar su pasado y recuerdos. Y luego me ha parecido una reflexión (divagación) filosófica de un nivel alto :)

Abrazos
P.D.: La música acompaña a la perfección.

Departamentos dijo...

Muy buena idea el acompañarlo con música de Vangelis.

Daniel H. M. dijo...

He leído el original (que dices salió después) y sí que parece una segunda parte. ¿Seguro que no lo recordabas? :p

Daniel H. M. dijo...

Bear: Gracias. Vangelis va bien con casi todo ;)

Nausicaa: es una extraña sensación, la verdad.

Teddy: habrá que quererlas, no sea que se encabronen :D

Lúcida: bueno, en realidad al principio no podían percibirlo y luego algunas entraron en un bucle infinto ¿fallo de programación? tal vez.

Adr: sí, reconozco que cuesta entrar, gracias por la parte filosófica, yo lo dejaría en pajamental XD... Tendré que conocer a ese señor sin tildes.

Departamentos: La verdad es que se me ocurrió el mismo día de la publicación.


Daniel H.M.: jajaja, perdón el comentario anterior me llegó por e-mail ante la imposibilidad de publicarlo por blogger y al copiarlo se me olvidó poner el nombre del autor (b4u). Y sí, fue una continuación inconsciente.



Gracias, como siempre, por perder el tiempo por estos lares (y más ahora que ando de bajón). Finalmente este mes va a ser un recopilatorio de viejos fracasos. El próximo domingo más desde el fondo del cajón.

Álvaro Nuevo dijo...

Qué alivio cuando he leído que era del 98, me habías asustado. ¡Cuánta intensidad! Menos mal que después leímos libros mejores y hemos sido capaces de escribir mucho, mucho peor que lo hacíamos.

Aunque sigue lloviendo en noviembre... prefiero tus relatos de ahora, no te lo tomes a mal.

Daniel H. M. dijo...

Jejeje, pues no te pases por aquí el domingo (más cosecha del '98 o alrededores), puede que tras las próximas aportaciones tenga que cerrar el chiringuito por abandono de la audiencia...

¿Cuándo coño piensa llegar la primavera?

azabache dijo...

Espero un futuro que nos deje revisar las palabras del pasado, pero a la vez, lo temo, temo no reconocer el desorden de mis palabras actuales o haber olvidado el destino de las misma...

En cualquier caso, a mí sí me gusta revisarte, así que no creo que haya mucho abandono de la concurrencia.

Un saludo!

Daniel H. M. dijo...

Seguro que sí las reconoces y te reirás y darías de collejas de pillarte sabiendo lo que sabrás, es lo que tiene crecer (aquí un viejuno). Gracias por el voto de fidelidad ;) Un beso.

Reithor dijo...

Bonito homenaje al bicentenario de Darwin :) Así da gusto rescatar cosas.

Daniel H. M. dijo...

Jajaja pues bien mirado hacierto proceso evolutivo, sí, aunque la elección ha sido completamente casual

Antonio Velazquez Bustamante dijo...

que buena musica elegiste, que buenos recuerdos.

Daniel H. M. dijo...

Sí, al menos la música es buena.

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