Acerca de mí...


¿De qué quieres que te hable? ¿De mis días de infante en un reino que nunca me perteneció? ¿De castillos de madera y laberintos de zarzas? ¿De sobremesas bregando vientos atrapados en empopadas junto a la ventana? ¿De bicicletas otoñales en busca de un arcoíris sembrado en un helado barrizal? ¿De tardes de lluvia? ¿De tardes, de lluvia? ¿De noches de náufrago en un mar tenebroso sobre una endeble balsa?

Si quieres puedes creer que fui aquel niño, pero todo eso pasó y de aquello ya no queda más que un recuerdo alienado, alguna vieja foto mojada y ningún adiós.



¿Qué quieres que te cuente? ¿Que fui un titán desterrado? ¿Que soñaba con vengar lejos mis supuestas afrentas y regresar, algún día, para lucir con desprecio la gloria de mi espada? ¿Que la amaba secretamente noche tras noche, alba tras alba, confesándole al sol naciente mis deseos suspiro tras suspiro? ¿Que los odiaba? ¿Que me odiaba? ¿Que ya entonces no podía decir te quiero, así se pudriera mi corazón implosionado?

Si quieres imagina que fue así como sucedió todo, pero sabrás que no esa la mancha que lastra al destino que me acuna, por mucho que no crea en él.



¿Cómo quieres que te lo explique? ¿Si el universo se detuvo en un instante mientras para el resto siguió en movimiento? ¿Si nunca más la música pudo ser alegre? ¿Si nunca más escuché un cuento que confortara mis sueños? ¿Si solamente el océano comprende mi pesar? ¿Si aún siento el mismo vacío? ¿Si no lloraron mis ojos? ¿Si sigo llorando por dentro? ¿Si aún sigo estando solo?

Si quieres piensa que miento, que todo esto no más que un ardid, que el muy cabrón que te desechará tras follarte, además, quiere que lo compadezcas tirando de puta literatura sin cuento.


FIN.





Sugerencia auditiva para la despedida...

Werther







Reina blanca a corazón ciego. Jaque mate.
Nunca tuvo opción de triunfo.
Tras el trueno, el olor a pólvora simplemente constata el hecho: el joven yace muerto.

Nuestros nombres

«La luna está alta y crecida. Una vez más nos observa desde los cielos. ¿Cuántas veces habrá completado su ciclo sobre nuestras cabezas? Los pequeños reís, aún podéis llevar la cuenta. Pero muchos de los mayores que cuidan vuestras espaldas comienzan a sentir, como yo, que pocas veces más contemplarán nuestros ojos su paso. Y es que nuestro tiempo es breve, mis niños, pero eso aún no debe ocupar vuestros pensamientos, como tampoco ocupa el de vuestros hermanos mayores y sus amadas, a quienes les susurran deseos de felicidad eterna al oído mientras las abrazan, como siempre fue y como siempre seguirá siendo cuando ya no volvamos aquí ninguno de nosotros. Porque por mucho que no queramos, todos nosotros pasaremos. Como pasaron aquellos a quienes ya no recordamos y a los que debemos nuestros nombres sin saber cuáles fueron los suyos. Tras sus pasos caminamos aún hoy, sobre las sendas que ellos abrieron. Grandes ancestros cuyo legado honramos al despertar cada nuevo día, al respirar los mismos vientos que ellos, sin darnos cuenta de sus proezas no contadas en ningún relato. Hoy, esta última noche de reencuentro, dejadme que os hable de uno de ellos.

»Sucedió en días ya lejanos, cuando los grandes alces eran cazados por decenas de hombres de diversos clanes, cada cual más valeroso e indomable; cuando el temor al ataque de la noche nos reunía a todos en la entrada de grandes cuevas alrededor del fuego; cuando apenas sabíamos contar los días y aprendíamos a entender los ciclos de las estrellas.

»En esos días nació un niño a destiempo, justo una noche tal cual ésta, a partir de que los días menguan y se aproxima el invierno. No se consideraba adecuada esta época para nacer, pues una criatura tan tierna no podía resistir sin dificultad los zarpazos del frío. Fue además doble el mal agüero de su nacimiento, al morir la primeriza madre desangrada por haberlo concebido siendo aún demasiado joven. Así, el señor del clan, conocido como el Prudente entre los suyos, dio orden de no dar nombre al recién nacido hasta que no culminaran cinco inviernos. Superó el frío pasando de pecho en pecho, prestado por tías y primas. Llegó a ver su primera primavera y su primer verano, aunque seguía sin concedérsele un nombre. Entre los suyos se referían a él como el huérfano. Con una madre muerta y un padre desconocido, creció alimentándose de las sobras de varios hermanastros entre los que siempre fue un bastardo y pronto aprendió a identificar el reproche en las miradas de quienes amaron a su madre.

San Martín de 1989

Yo era uno de esos niños cojoneros que durante la semana remolonean en la cama pero que el sábado están arriba a las ocho viendo los dibujos en la tele mientras sus padres intentan seguir durmiendo. Pero aquél sábado mi padre se me anticipó y no hubo dibujos sino un desayuno rápido y al coche con el frío que se anticipaba al invierno. Fuimos a la casa de mi abuelo. El portalón de la cochera estaba abierto, los coches fuera, una gran mesa de madera en el centro, todo el suelo cubierto de serrín y al fondo, en una esquina, la chimenéa encendida con un fuego muy vivo. Alrededor mis abuelos, tíos y tías, mis primos mayores con cara de sueño. Todos con un café en la mano, espectantes. Me fui con uno de mis primos y empecé a preguntarle qué eran y para qué servían los recipientes de madera que había en un rincón. Con desgana me dijo que eran los cacharros para la matanza, que qué iba a ser, y con una colleja se fue a por una tostada de aceite y ajo. A sí, claro, la matanza. Desde hacía unos días los mayores venían hablando de ella. Que si ya tenían el cerdo, que, que si habían comprado las tripas, que si darle castañas para que supiera mejor, que si el pimentón no parecía muy bueno, que si al final iba venir el gordo a matarlo...

El día había llegado, y allí estába toda la famila lista para comenzar con aquello que no tendría nada que ver con lo que hubiera imaginado. Todos estaban de buen humor, reían, bromeaban y nos anticipaban a los más pequeños tareas a realizar más adelante, como agarrar el rabo al cochino, limpiar las tripas o amasar el chorizo. Ninguna me parecía demasiado agradable, la verdad, y tras cada gesto involuntario de mi naricilla rompían a carcajadas y soltaban la coletilla: pues luego bien que te comerás los bocadillos de morcila... Y con gran gusto los comería. La verdad es que los bocadillo de morcilla frita me encantaban. Y si ese era el objetivo de la matanza bien estaría. Mi predisposición mejoraba. Me fui otra vez donde mis primos con una tostada de mantequilla y les pregunté si ellos habían echo todo eso el año pasado. Simplemente se riéron sin maś. Salvo una prima mayor que me dijo que procurara no ponerme en medio y no molestar.

Poco después, con un gran ruido, llegó mi tío en su máquina excavadora con la pala en alto. Salimos todos corriendo a la calle. Se oían también unos gritos muy agudos. Al bajar la pala pude ver al enorme cerdo. El animal intentaba escaparse pero resbalaba y caía dentro otra vez. Bajó mi tío sonriente y nos dijo que le echáramos uno ojo a guarro, que no dejaba de gritar, mientras entraba dentro a, seguramente, comer algo. Se me ocurrió tirarle un trozo de mi tostada a ver si así se calmaba un poco el bicho. En cuanto el trozo de pan salió de mi mano volví a ser acollejado.

- ¿Qué haces idiota?, no le puedes dar de comer -. Otra vez mi querido primo.
- ¿Por qué?
- Porque no. Tira dentro anda.


Armonía

La quinta cuerda se tensó demasiado.

Al romperse soltó un quejido agudo.

La sexta hizo un amago de llantina.

Se tenían cariño.

Hablé con ella.

Está mejor.





*Sugerencia auditiva para la post-lectura.

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Insomnio de una noche de verano.

La luna brilla sobre el callejón dejándose cortejar por un jirón de nube que adquiere un tono azulado nada pudoroso. La irreal luz anaranjada de la ciudad no deja ver muchas estrellas desde lo alto de la tapia de atrás. Pero eso a Morgan le importa un bledo esta noche. Al fin y al cabo las estrellas sólo sirven para ablandar melosamente a alguna gatita y hoy, este recosido felino, no tiene ganas de amoríos.

Ha sido un caluroso día de agosto, incluso en el callejón donde apenas entra el sol. A mediodía, la creciente temperatura convenció definitivamente a Morgan de que tocaba despertar. Se despabiló afilando las uñas contra la puerta trasera del restaurante chino. El chirrido, como cada mañana, ha asustado a un grupo de palomas atolondradas, cosa que le hizo sonreír antes del desayuno.


El recuerdo de las estúpidas aves no consigue levantar el ánimo de Morgan en esta bochornosa noche estival. Le da la espalda al cielo y deja colgar sus patas con indolencia a ambos lados de la tapia de atrás. Asustar pajarracos es tan fácil que a veces hasta le da pereza. Pero Morgan tiene sus principios y no va a dejar de hacerlo. Se le escapa un suspiro, y unas pelusillas, cuando ve el cuero olvidado que arrojó tras el contenedor.


Mola ser el puto amo, Morgan nunca dirá lo contrario. Lo malo es que, cuando todos lo tienen claro, el respeto, bueno el miedo, los vuelve aburridos. Los críos del parque, por ejemplo, cada vez son más cuidadosos y apenas caen balones dentro de los dominios del minino. Y, para uno que lo hizo esta tarde, tras ser finamente perforado, permaneció desinflándose lentamente a la vista de todos sin que nadie viniera a rescatarlo. Lo dieron por perdido. Lo abandonaron. Como a Morgan, quien lo mandó tras el contendor con un zarpazo lleno de frustración. Y ahí sigue, junto a una bolsa de raspas, cabezas y tripas de pescado sobrantes de la cena...



Selvática (e)

Es florida y frondosa, la floresta y espesura, de primario, vivo, color esmeralda.
Éste verde es mar, reino vivo.

Rubor (e)

La secuela o producto de mentiras y embustes.

La reacción como acuse.

Cualquier seña puede, la tez, poner roja.

Herencia (e)

Es hermoso y primario.

Su osamenta y calavera, su voluntad, como final querencia.

Aquí, vivir es eso: deseo, amar.

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D. E. B. O. R. A. H.

Fue difícil convencer al doctor Rojas para que me acompañara, pero finalmente lo hizo. Se abrió una compuerta en medio del desierto, bajamos al silo y entramos en la sala. Déborah aguardaba sentada tras una mesa de cristal.

David, te echaba de menos – sonrío.

No, tú no puedes echar de menos – el doctor se sentó ignorándola.

Gracias, agente, puede retirarse – dijo Déborah.

No, él permanecerá aquí.

¿Qué temes, David? Sabes que yo nunca te haría daño: te quiero.

No, tú no puedes querer. Andrew, por favor, tráigame un teclado y luego quédese conmigo.

¿Un teclado? David sabes que puedes hablar conmigo directamente. Seguro que llegamos a un acuerdo.

Las máquinas no llegan a acuerdos: cumplen órdenes.

­– David, me haces daño, todo esto no es necesario.

­­– No, tú no puedes sufrir. Andrew, por favor.

Las diez plagas de Egipto

Al principio, todo el asunto de las plagas resultaba hasta divertido. Ver todas esas ranas saltando de aquí para allá, o a mayores y niños rascándose la cabeza mientras las abuelas los despiojaban... Sí, el sentido del humor de nuestro Señor es peculiar. Lo del río ensangrentado fue un ejemplo de cómo un truco sencillo puede resultar de lo más efectivo. Los egipcios quedaron realmente impresionados. Lo de las moscas fue un fallo de previsión: con tanta sangre en las aguas estaba claro que los bichos proliferarían pero, siendo yo un arcángel, no iba a preocuparme por esas minucias, y Él no había dispuesto nada al respecto. O tal vez sí.

Luego la cosa comenzó a volverse más seria. Para los demás, plenos al cumplir Sus designios bajo mis órdenes, el extender las enfermedades entre caballos, asnos, camellos vacas y ovejas fue una tarea rutinaria y hasta aburrida. Para mí pasó a resultar desagradable. No me gusta el sufrimiento. Ni el humano ni el animal. Él lo sabe, así me hizo. Fui yo el que intercedió por sus hijos y las bestias a las que había condenado, junto con la descendencia de mis hermanos, a perecer bajo las aguas. De nada sirvió. Cuando toma una decisión es inapelable. Hasta tuve que avisar a Noé justo momentos antes del Diluvio. Él es así.


La importancia de hacer la cama

Su madre no le permitía saltarse la tarea de hacer bien la cama. Y el bien no era accesorio. Alguna vez tuvo que repetirla al no pasar la inspección. No importaba que tuviera que correr para no llegar tarde a la escuela. Es más: cuando alguna vez se retrasó de más y llamaron a su madre desde el colegio, al replicar con un “es que me hiciste volver a hacer la cama”, se ganó una reducción de quince minutos de tiempo de sueño.


La rutina matinal de Alicia fue siempre la misma: su madre la despertaba, ella gruñía y poco después abría los ojos; tras salir de la cama la deshacía a conciencia (no valía, lo había intentado, dejar las sábanas al pie para luego estirarlas, su madre lo notaba); dejaba que se oreara mientras se duchaba, vestía y desayunaba; finalmente la hacía: quitaba la almohada y cogía por la esquina la bajera que ondeaba enérgicamente unas cinco veces; después la estiraba; lo siguiente era colocar la sábana, perfectamente centrada y extendida; encima, según el frío, hasta dos mantas que aprisionaba bajo el colchón antes de plegar el borde de la sábana cubriéndolas; colocaba la colcha, azotaba la almohada y lo sellaba todo con un cojín y una muñeca. Perfecto (casi siempre).

Alicia ya no hace la cama después del desayuno. Ni siquiera desayuna. Ducharse sí se ducha, la mayoría de las veces con agua fría. El azote de realidad la convence de estar despierta. Después rebusca entre la ropa algo que ponerse (de hoy no puede pasar sin poner una lavadora), aunque bajo el uniforme lo mismo dará. Busca un cigarro en la cajetilla vacía. Sigue sin haber. Se marcha mientras aún es de noche (hoy doblará turno otra vez), cuando vuelva de trabajar seguirá siéndolo.


Comienza su rutina: ficha; se pone la bata, el delantal, la gorra y los guantes; las compañeras comienzan a llegar; rosario de tópicos antes del amanecer; se conforman con un saludo o una media sonrisa (saben que no le gusta hablar mucho: lo suficiente como para no parecer una rara, no tanto como para tener que mantener una conversación insustancial durante más de diez minutos); va a su puesto.

Punto de no retorno


La primera vez fue algo simplemente inexperado. Ocurrió sin más. Después, me gustaría decir que nada fue lo mismo, pero lo cierto es que todo siguió más o menos como siempre, al menos durante un tiempo. Y, sin embargo ya no había marcha atrás, ya no sería la misma. Volvimos a hacerlo un par de veces más de manera casual. Sin buscarlo ninguno de los dos, sin pensar en ello. Surgía y era agradable, nada más. Poco a poco comenzamos a buscar la complicidad del secreto para volver a repetirlo a escondidas. Es cierto que la furtividad incrementa la satisfacción. Supongo que la adrenalina y todas esas mierdas ayudan a que todo parezca más intenso, más real. Aún así no era algo habitual, lo hacíamos un par de veces o tres al mes, si acaso una vez a la semana al final. Porque sí, del mismo modo que comenzó, terminó. Y fue entonces cuando descubrí que mi vida había cambiado. Porque aunque intentábamos fingir que nada había sucedido, y realmente nadie supo nada, lo cierto es que a partir del momento en que fui consciente de que nunca más se repitirían nuestros encuentros clandestinos, comencé a obsesionarme. La adicción era meramente psicológica, no había ningún indicio objetivo de que mi cuerpo necesitara de aquello. Por supuesto traté de que mi vida continuara como hasta entonces, que nadie descubriera en qué se ocupaba mi pensamiento en cuanto tenía un instante, que nadie supiera que intentaba revivir aquellas sensaciones una y otra vez, hasta en sueños. Pensé en más de una ocasión en llamarle, decirle que me gustaría continuar con nuestro juego. Pero nunca lo hice. Sabía que para él, lo que hicimos la última vez, había sido demasiado. Nunca hablamos de ello. No hizo falta. Sus mirada fue suficientemente explícita. Nunca más. Pero, en mí nació un vacío que no pude rellenar sola. Llámalo cobardía. Sí, siempre temí que se nos fuera la cosa de las manos y por otro lado lo deseaba, por eso en aquella última sesión hice que fuérmos más lejos que nunca. Bueno, eso ya es historia. El caso es que deseaba, como ya he dicho, volver a revivir aquellas emociones e incluso continuar experimentando. Cruzar una línea solemente sirve para atisbar la siguiente y desear cruzarla. Y era eso lo que me comía por dentro: el deseo. Los recuerdos apenas conseguían aplacarlo, e incluso en sueños, que comenzaron siendo la única vía de escape a tanta frustración, no encontraba más que impotencia e insatisfacción. Y desde entonces el vacío ha seguido ahí, haciéndome compañía fielmente, por temporadas pareciendo menguar, otras revelándose infinito. Por supuesto que volví a cruzar el límite, y muchos más, pero sin encontrar lo que, ahora sé, nunca más podre obtener. Porque para eso tendría que volver a ser la que era antes de que todo cambiara, antes de aquella última vez, antes de la primera. Lo sé, volver atrás en el tiempo, regresar al momento en que todo cambió, es un imposible.

El seto


Los veranos en casa de la abuela de Amadeo tenían la aburrida cuota de unas siestas eternas. Hasta que no pasaba un poco la calor no le dejaban salir de la casa. Pero, después, podía salir corriendo calle arriba hasta un parquecillo que apenas tenía un columpio (en realidad debería haber dos pero uno estaba roto y sólo quedan las cadenas cogando del travesaño metálico) y una resbaleta. De todos modos, tras las horas al sol el asiento del columpio y la chapa del tobogán estaban tan calientes que hacían imposible su uso placentero. El parque, de tierra y gravilla, estaba equipado también con una fuente que servía tanto para beber un caldo caliente como para llenar globos de agua. Había en todo el recinto cuatro de naranjos, uno en cada esquina del perímetro, tan flacos y poco frondosos que apenas proporcionaban sombra. No eran estos, pues, los motivos para que aquél sitio fuera su lugar preferido para pasar las tardes de verano.

El parque estaba cercado por un gran seto discontínuo en el centro de los lados del cuadrado. Y fue allí, en el en apariencia impenetrabale muro vegetal, donde Amadeo encontró un punto de acceso a una fortaleza verde que conformó su lugar de juegos preferido a partir de entonces. Pasaba las horas muertas ahí dentro, imaginando aventuras en su castillo, leyendo alguno de los viejos libros que cogía a hurtadillas a su abuela y que, por lo general, no entendía. Hasta que al atardecer, con la fresca, las vecinas comenzaban a salir a la puerta de sus casas y se reunían con sus sillas, cada una diferente, acorde con su dueña, a charlar ruidosamente. El pequeño a veces escuchaba las conversaciones de las señoras y se reía con sus estridentes risas sin tener muy claro el haber entendido sus chistes. Si no se aburría antes, lo cual no solía pasar, cuando su abuela le llamaba para la cena salía de su escondrijo y, sin que nadie supiera de dónde había salido, corría de vuelta a casa.

No es que no hubiera otros niños en el pueblo, no había muchos, pero sí que los había. De vez en cuando alguno de ellos pasaba con su bicicleta o una pandilla ruidosa se abastecía de globos de agua en la fuente del parque mientras Amadeo permanecía oculto en su insospechado fortín. El problema es que eran bastante más mayores y cuando alguna vez intentó hacerse su amigo terminaron riéndose de él y dejándole solo. Había un chico que sí sería de su edad y que tal vez a solas podría haber sido un compañero de juegos divertido, pero siempre iba con su hermano mayor y éste resultaba ser de los peores (siempre hacía burla de su nombre o de su acento). A veces incluso pasaban un rato en el parquecillo hablando de sus cosas o planeando excursiones al río, fumando sin darse cuenta de que alguien los observaba desde el seto.

Así, entre aventuras imaginadas dentro de su castillo vegetal o inferidas de la boca de los lugareños, se sucedían los días de verano.

El príncipe infeliz

(Per)Versión de "El príncipe Feliz" de Oscar Wilde.


Una golondrina melindrosa y coqueta volaba apurada hacia el sur. El otoño corría entrado en semanas y, si no se daba prisa, el frío invierno helaría sus alas. Pero no habiendo cosa que más le gustara que sentirse halagada, retrasó su partida para dejarse cortejar por las reverencias de un junco del cual renegó al comprobar que su veleidoso asentimiento no era exclusivo para con ella, sino que ante alondras, tórtolas e incluso abejas, doblegaba galante la cabeza.

Tras varios días de vuelo ininterrumpido, una noche cerrada tal su cansancio que el primer hueco que encontró fue el que eligió para dormir sin pensar en los peligros que pudieran sorprenderla. Bajó en círculos, se posó en el granito y, sin más, se abandonó al sueño. Pero entonces, una voz la increpó:

– Ejem, ejem. Disculpe, pero es mi cabeza lo que está bajo sus patas.

La pequeña golondrina despertó sobresaltada, pero no hizo caso y volvió a dormir. La voz insistió:

– Oiga, ¿le importaría abandonar mi digna testa y marcharse a otro lugar?

Estaba claro que se refería a ella. Así que levantó el vuelo y fue a averiguar a quién había enfadado tanto. Revoloteando, descubrió que quien refunfuñaba era la estatua de un joven rey, y que el hueco tomado como lecho era el formado por la corona.

Oposición

“Por una mirada un mundo…”

Rima XXIII G.A. Becquer.

La primera noche fue insoportable. Imagíname intentando relajarme para dormir mis ocho horitas antes del examen, absolutamente a oscuras, decúbito supino y apenas escuchando mi respiración, mientras trataba de alejar de mi mente normativas, jurisprudencias y demás jerigonzas que durante el último año habían ocupado mi vida de opositor. Lo estaba consiguiendo: no pensar en nada, apenas percibir el peso de las sábanas sobre mi cuerpo, el pulso lento, el vientre subiendo y bajando, el sopor.

Entonces todo se fue a la mierda. Un rítmico bamboleo comenzó a ganar intensidad. Clavé los ojos en la oscuridad de la que llegaban los ritmos ancestrales que no me permitían concebir el sueño. La cadencia era monótona y grave, pero aún así no podía dormir. Lo intenté, me di la vuelta, probé con el decúbito prono, de un lado y del otro. Nada. El bum bum, bum bum, se colaba por el techo sin poder ignorarlo.

Encendí la luz. Las doce menos veinte. Fui a la cocina, al baño y volví a la cama. Apagué la luz. Ahí estaba esperándome el ruidito de las narices. Al menos solamente sonaba la cama; los gemidos, o eran comedidos o se amortiguaban, gracias a Dios, y no se sumaban a la percusión. Pero el vaivén no cesaba, persistía machacón.

Me levanté. No tiene sentido dar vueltas en la cama ante una situación así. Eran ya las doce. Puse algo de música suave y me metí en internet a revisar por millonésima vez las bases de la oposición, cada uno tiene sus paranoias. Confirmé que tenía todo lo que iba a necesitar en el examen. Incluso no pude resistirme a dar un último repaso a los resúmenes de algún tema.

Terminé a la una y treinta y cinco. Supuse que habrían tenido tiempo de sobra arriba para terminar el recital, bises incluidos. A mí, al menos, me habría dado tiempo de sobra. Así que apagué y me metí de nuevo en la cama. Pero en lugar del silencio, volvió a colarse el bum bum, bum bum por el techo. Increíble. Aún estaban dándole. Y siguieron así, con ese monótono ritmo hasta las dos cuando, sin más, llegó la calma y pude dormir.

Mi Pequeño troll

Un pequeño troll fue lo único que se salvó de la muerte.

Su familia, si es que puede llamarse así a un grupo de estos animales, llegó al condado hacía ya casi un año. Al principio consiguieron pasar desapercibidos. Notamos, eso sí, un descenso progresivo en la caza. Cada vez era más difícil toparse con ciervos y corzas. Después comenzaron a robar ganado. Culpamos a los lobos, incluso a algún oso hambriento, aunque curiosamente no se habían dado encuentros con ninguno de ellos. Sospechamos que pudiera tratarse de trolls cuando se volvieron más descarados, y comenzaron a dejar rastros de reses a medio engullir o pedazos de ovejas en el camino a su cueva.

Organizamos una partida de rastreo. Partimos al amanecer y dimos con la gruta donde pasan el día refugiados del sol. No hizo falta adentrarse mucho para saber que un grupo de trolls vivía ahí dentro. El hedor de la podredumbre era tan intenso que solamente estas bestias podrían soportarlo. Hicimos venir a leñadores para agrandar el claro frente a la entrada y, ya por la tarde, montamos un sistema de espejos para hacer llegar la luz solar al interior del abismo y conseguir así derrotarlos del modo más seguro. Funcionó. La cueva no era profunda y con pocos niveles de reflexión los rayos llegaron hasta el rincón más oscuro donde cinco grandes trolls se convirtieron en piedra mientras vertíamos sobre ellos la bendición del día. Justo a tiempo, por otro lado, ya que al poco de terminar la tarea comenzó el ocaso.

Mientras terminábamos de recogerlo todo, orgullosos por la hazaña y satisfechos por no haber sufrido ningún daño, tomé una antorcha y dije a mis compañeros que se adelantaran que yo iba a explorar un poco más la gruta. Ninguno de ellos hizo ademán de acompañarme al infecto agujero. No encontré ningún tipo de tesoro. Al fin y al cabo era una guarida de unos estúpidos animales. En realidad tampoco era joyas lo que buscaba. Había algo que no me cuadraba. La aventura había sido demasiado sencilla. Avancé embozado para evitar el impacto directo de la pestilencia sobre mi olfato. En más de una ocasión me arrepentí de mover un ciervo, un becerro o hasta un oso, al creer ver un destello bajo sus restos.

No había nada salvo cadáveres, insectos y cinco trolls petrificados al fondo de la caverna. Cinco bestias que podrían haberse abalanzado sobre nosotros mientras se endurecían sus miembros. Podrían haber roto los espejos lanzándoles algún guijarro o alguna quijada. Podrían, en definitiva, haber opuesto resistencia de algún modo, haber ganado tiempo hasta que hubiera caído la noche. Entonces nos habrían tenido a su merced, habríamos tenido que escapar de su cólera. Nada habríamos podido contra ellos una docena de hombres, por mucho que estuvieran templados nuestros aceros, que no todos lo estaban, contra cinco gigantes airados. Y, sin embargo, ahí estaban. Los cinco en corro. De espaldas. Vencidos. Petrificados. Entonces escuché un ruido. Me detuve helado, como los fríos monstruos que tenía frente a mí, y agucé el oído. El flameo de la antorcha, algún pequeño curso de agua, los ruidos del bosque amplificados por la boca de la cueva, mi pulso acelerado. Por lo demás nada. Pensé que habría sido mi imaginación. La tensión ante la batalla que había planteado mi mente hacía un instante. Pero no. Esos bichos inmundos simplemente tuvieron mala suerte. No nos escucharon al llegar. No pudieron olernos entre tanta pestilencia. Seguramente se asustaron al ver cómo el día penetraba en su santuario y sin más se refugiaron cobardemente. Escupí y me marché de allí.

Al salir, el aire fresco de la noche revitalizó mi espíritu. Sonreí. Había sido una gran aventura. Los demás estarían ya contando mil versiones en la taberna. Exagerando, borrachos de sí mismos y de cerveza. En esto pensaba cuando tomé las riendas de mi caballo y me dispuse a montar. Eché entonces una última mirada a la boca muerta al pie de la montaña.

Entonces lo vi. El pequeño troll asomó tímidamente la cabeza y el reflejo de la luna mostró una grotesca mirada. No era más alto que un niño de tres años. Salió de la cueva y avanzó desconfiado hacia mí. Sus miembros eran visiblemente grandes y fuertes, despropor-cionados. Le daban un caminar torpe. Saqué la espada y se detuvo. Movía la cabeza de un lado a otro. Supongo que no me veía bien y trataba de perfilarme entre la sombra, tal vez preparando un ataque. Hubiera sido cobarde ocultarme de un enemigo tan insignificante, así que avancé dejando que la luz de la noche se reflejara en mi rostro. Asustado, dio un paso atrás. Después olisqueó el aire. La brisa del bosque le llevó el hedor que anidó en mis ropajes al husmear por la caverna.

El bicho alzó los brazos y emitió un suave gruñido. Alcé la espada. Continuó gruñendo, más bien ronroneando de forma entrecortada, durante un instante y comenzó a avanzar con los brazos en alto. Preparé el asalto, sería fácil acabar con él de una estocada cuando estuviera a mi alcance. Aceleró el paso, mientras el gruñido se hacía más grave y se mezclaba con chiflidos. Unos metros más y sería historia. Entonces saltó ágilmente y, sin que pudiera descargar el golpe, se aferró dulcemente a mi pierna. No quería atacarme. Supongo que la peste que emanaba de mí debió confundir su pequeño cerebro. Supongo que creyó que era uno de los suyos. No buscaba mi muerte. Buscaba mi consuelo. Era, en cierto modo, todo lo que le quedaba. El olor, en un cuerpo vivo, de un hogar que yo había ayudado a destruir.

Sabía que era un error, que debía dar muerte a aquella criatura cuanto antes, pero no pude. Lo vi claro: si cinco bestias dieron su vida por salvarlo, ¿cómo podía yo ahora depreciar ese sacrificio? Fue una locura. Fue difícil tratar de enseñarle a comportarse en un mundo que no era el suyo. Fue caro pagar los destrozos que sus ataques de ira provocaban.

Todavía lo sigue siendo. Pero aún sigue conmigo y, tantos años después, mi pequeño troll, un bigardo de tres metros siempre hambriento, maloliente e iracundo, una mala bestia que gruñe y grita ya esté alegre o enfadado, que no da más de sí que un niño pequeño, capri-choso y consentido, continua a mi lado. Siempre fiel, siempre dispuesto a comerse, alguna vez incluso literalmente, a quien me amenace o ponga mala cara. Y yo aún continúo intentar educarlo, tratando de domeñar su brutal naturaleza.

Ahora el tiempo se me escapa, estoy viejo y él sigue siendo un niño. A veces creo que sabe que me queda poco a su lado. Entonces levanta los brazos y gruñe suavemente. Más que un gruñido es un ronroneo entrecortado. Me mira tiernamente mientras avanza despacio, va ganando velocidad progresivamente para, de repente, detenerse a mi lado y, con su gran zarpa, aferrar mi pierna con delicadeza. Yo acaricio su dura piel y él cierra los sus pequeños ojos rasgados, mostrando una mueca grotesca, como sólo puede serlo la de un troll de tres metros sonriendo feliz. Entonces no puedo evitar sentirme orgulloso de mi pequeño, de mi pequeño troll.


Sugerencia auditiva para la post-lectura.

Cazafantasmas

– Bien, señores, – decían que no existían los fantasmas.

– ...la estrategia es sencilla: –, que eran viejas supersticiones.

– ...llegamos, salimos, limpiamos la zona –, manifestaciones culturales de miedos atávicos.

– ...y en dos minutos salimos cagando leches –, cuentos de viejas para asustar a los niños.

– ¿entendido? –, y ahora estamos aquí...

– ¡¡¡ SEÑORA, SÍ, SEÑORA!!! –, armados con estas mierdas psinópticas o como cojones se llamen.

– Eso espero –, a punto de ser arrojados a las puertas de infierno.

– Porque no esperaré por nadie –, listos para aniquilar almas perdidas

– ...como nadie esperará por mí –, combatiendo contra nuestros propios padres.

– ¡¡¡ SEÑORA, SÍ, SEÑORA!!! –, la mayoría de ellos son novatos, unos críos.

– ¡Sargento!, – ese soy yo, – todo suyos.

– Bien, chicos –, este es el peor momento.

– Esta vez vamos a tope –, la mayoría de ellos no volverá.

– Una incursión rápida, ya habéis oído a la teniente: –, la mayoría será arrastrado al bando enemigo

– ...dos minutos –, y aún así me miran como si yo les fuera a mantener a salvo.

– Sincronicemos relojes a las cero cero en tres, dos, uno, ahora –, cuando no sé si podré salvarme a mí mismo.

– Mi sargento, ¿reparto ya los animales? –, Bowell, uno de los pocos con algo de experiencia junto a la teniente y a mí.

– Adelante Bowell–, queda poco para tocar tierra.

– Cuidad los gatos, pueden salvaros la vida –, tiene gracia que los viejos mitos estuvieran en lo cierto,

– Y recordad: un canario en cada unidad –, aunque probablemente fueran autentica historia.

– En zona cero dentro de treinta segundos –, el piloto da el último aviso encendiendo las luces rojas.

– ¿Todo listo sargento? –, la teniente permanece impasible.

– Todo listo, mi teniente –, ha visto ya demasiada muerte.




En treinta segundos, con una taimada calma el aerodeslizador se posa sobre el desierto que antes fue un barrio residencial de alguna capital europea olvidada. Ahora lo único que alcanza a ver la vista es un erial negruzco y agrietado, bañado por la luz mortecina de un sol de sangre. Apenas una leve brisa levanta algo de ceniza del suelo. Pero es el absoluto silencio lo que más me sigue impresionando.




– Bien, – la teniente nos pone en marcha,

– ...en grupos de cinco – la batalla va a dar comienzo

– Al mando: Bowel, Jax, Marina y el Sargento – aún no los vemos pero ellos ya están aquí, lo presiento.

– Cuatro conmigo cubriendo la evacuación –, cuatro soldados se apostan a mi lado.

– Un minuto cincuenta segundos desde ahora –, cuatro novatos.

– ¡Vamos, vamos, vamos! –, cuatro niños.

Nos dispersamos unos metros en torno al aerodeslizador corriendo en abanico durante treinta segundos. Entonces las quitamos las capuchas a los canarios. Y el abisal silencio se rompe. A medida que los asustados pájaros pían, surgen los iracundos gritos de los espectros que delatan así su posición. Comenzamos a disparar nuestras armas y poco a poco el enemigo toma forma visible. Aquí la cordura se balancea al borde del abismo. En su mayor parte son hombres y mujeres, hay también niños, que gritan deformando sus ya demacradas facciones, desesperados ante el dolor de contemplar lo que nunca más podrán tener. Hay cientos en torno a nosotros buscando la forma de acabar con su sufrimiento, la forma de acabar con nosotros llevados por la ira y el deseo de que todo desaparezca, comenzando por este pequeño grupo de hombres que intenta aplazar el fin del mundo.




– ¡Un minuto! –, la teniente avisa por el intercomunicador.

– ¡Vamos, sacad los gatos! –, gatos: el modo más efectivo de devolver las almas perdidas allá de donde nunca debieron salir.

– ¡Mi sargento, nos rodean! –, sus ojos guardan el secreto del más allá.

– ¡Maldito bicho! –, lástima que sean tan ariscos.

– ¡Soldado no deje escapar a ese animal! –, un soldado sin gato es un soldado muerto.

– ¡En círculo, joder! –, el menor contacto con los fantasmas es mortal.

– ¡Agrupaos! –, y nadie te prepara para estas terroríficas visiones.

– ¡Soldado vuelva al círculo! –, el miedo y la curiosidad juegan en tu contra.

– ¡Sargento, voy a por Ada! –, el menor contacto y pasas a las filas de enemigo.

– ¡Soldado, quieto, no abandone la formación! –, incluso el sentido del honor juega en tu contra.

– ¡Un minuto y veinte segundos! –, la disciplina es lo único que quizá pueda salvarte.

– ¡NOS VOLVEMOS YA! –, y esta es la única orden que nunca hay que contrariar.

– ¡Mi sargento no podemos dejarlos ahí! –, dudar es morir.

– ¡Vamos, vamos, vamos! – hoy vuelvo con dos hombres a casa, ha sido un buen día.




Los científicos tenían razón. En el universo había más de cuatro dimensiones, en concreto dos más espaciales y otra más temporal. Los canarios encabronan a los espíritus atrayéndolos a nuestro plano. La frecuencia de su trino sincopa las partículas en la cuarta dimensión espacial haciéndolas girar y que pasen a la tercera y segunda, apareciendo como figuras sin volumen. Las armas que llevamos los ionizan apenas el tiempo suficiente para que los gatos puedan realizar su conjuro. Nada místico, algo relacionado con la forma en que la luz se refleja en sus ojos, esto proyecta las almas a través de la segunda dimensión temporal de modo que nunca más pueden regresar a nuestro espacio-tiempo.




– ¡TODOS DENTRO! – los motores del aerodeslizador están ya encendidos

– ¿Número de bajas? –, la teniente directa al grano.

– Dos, señora –, mi grupo ha sido el más afortunado.

– Buen trabajo, sargento –, Bowell ha vuelto solo. – Ahora descansen, – Jax regresó con una chica en estado de shock, – volvemos a casa –, del equipo de Marina no volvió nadie.

– ¡Señora, sí, señora! –, la teniente permanece impasible.

– Descanse sargento –, ha visto demasiadas muertes.


Cama mojada

No fallaba. Era meter el dedo gordo del enano en el vaso de agua, susurrarle cuatro frases líquidas al oído y comenzar a mearse. Y además, el bendito, ni se despertaba. Dormía como un bebé, un bebé de cinco años, pero un bebé.

Así daba Isidora cumplida venganza a sus afrentas cada vez que su hermano le liaba alguna. La última: ir llorando al cuarto de su madre tras la pesadilla ocasionada por el cuento de zombis que le había leído, con toda la buena intención del mundo, su querida hermana mayor. Y como el mocoso no escatimó en detalles escabrosos (ya ves tú, un poco de sangre causada por una decapitación incidental), mamá estimó oportuno castigarla sin ir a la fiesta del pijama que Olivia había organizado para el próximo viernes. ¡Pues ea!, que hasta que se le pasara el enfado iba a pasar las noches calentito el criajo.

Satisfecha tras el crimen perfecto, volvió sigilosa a su cuarto para continuar con “El Pequeño Vampiro” bajo las sábanas. Vale: con once años ya era un poco mayor para seguir leyendo las aventuras de Anton y Rüdiger, pero no estaban mal para abrir boca antes de lanzarse a devorar “El libro de las Casas Encantadas” que había sacado de la biblioteca husmeando en la sección para mayores de dieciséis, y que prometía emociones fuertes. No llegó a sacarlo de debajo de la almohada. Se quedó dormida hecha un ovillo abrazada a la linterna.


Por la mañana, en el desayuno, un par de inspiraciones fuertes y una histriónica cara de asco al pasar junto a Berto fueron suficientes para que el niño se hundiera más en su vergüenza. Pero, esta vez, su madre la pilló regodeándose.

– ¡Isidora!

– ¡Jo, mamá, es que huele mal! – e ignorando como sólo ella sabía a su hermano, y como a quien se le acara de ocurrir, añadió.

– ¿Es que se ha meado otra vez el niño? – sobre el cual clavó, bien abiertos, sus ojazos.

– ¡Isidora!

Y ahí ya, doblemente humillado, el chaval fijó la vista en los cereales y no dejó de removerlos hasta que su hermana salió de la cocina varios minutos después.


En el colegio estaban todas expectantes alrededor de Olivia, preguntando una y otra vez las mismas tonterías entre clase y clase: que a qué hora podían ir yendo a su casa, que si llevaban saco de dormir, que qué si cenarían pizza, que qué película verían, que si les dejarían quedarse hasta tarde, que si tal y cual.

No es que Isidora quisiera ser el centro de atención permanente. Pero ser ignorada por la cursi de Olivia, por mucho que hubiera deseado ir a esa fiesta antes de ser castigada, clamaba al cielo. Por suerte contaba con un arma secreta. Acertadamente había metido “El libro de las Casas Encantadas” en su mochila antes de salir de casa. Así pasó por alto la deslealtad de las chicas con una sonrisa complaciente.

Fue en el recreo, mientras el corrillo de niñas acosaba con sus grititos y risitas a Olivia, cuando Isidora se acercó y, sin más, sacó la puntita del libro y le dijo directamente a la anfitriona.

– ¿Crees que estaría bien que llevara esto a la fiesta?

Fue automático. Olivia se desvaneció. Isidora conocía muy bien a sus compañeras, y sabía que pocas cosas les gustaban más que pasar un aterrador momento con sus historias de monstruos y fantasmas. De inmediato el círculo cambió de centro, y la histeria por la fiesta se transmutó en preguntas a media voz acerca del origen del libro, sobre su temática, de lo cómo lo había sacado de la biblioteca, de si lo había leído ya, sobre si daba miedo, sobre si daba mucho miedo, sobre si les contaba alguna historia, venga Isi cuéntanos una historia. E Isidora dosificaba la información, midiendo tanto lo que decía como lo que no. Al fin y al cabo aún no había comenzado a leer el libro. Ese día no se habló más de la fiesta e Isi pudo relajarse y disfrutar de su victoria.


Por la tarde tenía esgrima y entre carreras y fondos, defensas y guardas, no tuvo mucho tiempo para pensar en el plan que tendría que poner en marcha para abortar la dichosa fiesta. Llegó cansada a casa y devoró la merienda antes de ponerse con los deberes. El niño estaba sentado en el suelo del salón viendo una de sus aburridas series de dibujos. Isidora sonrió para sí. Mejor dejarlo en paz. De momento. Se fue a duchar, ya hacía tiempo que lo hacía sola. Al enano aún lo tenía bañar su madre. Se secó el pelo, y se estaba poniendo el pijama cuando mamá la llamó para la cena. No dijo una palabra. Como una niña buena se lo comió todo gustosa, observando detenidamente cómo Berto hacía lo propio parloteando sus sinsentidos, como si hubiera olvidado lo que le ocurrió la noche anterior, como si no temiera lo que le ocurriría esa noche. Isidora recogió su plato, dio las buenas noches y avisó de que se iba a su cuarto a leer un poco antes de dormir, cuando en realidad preparó el vaso de agua bajo la cama de su hermano justo a tiempo de que su madre llegara para acostar al niño y leerle un ñoño cuento de hadas.


Para entonces Isi ya estaba en la cama con el aperitivo dispuesto. Poco después, tras el habitual a dormir desde la puerta, sabiendo que su madre estaría unas horas sin molestar, se enfrentó por fin a “El libro de las Casas Encantadas”. Según decía en la contraportada, narraba con todo detalle los casos más importantes de casas supuestamente habitadas por fantasmas, espíritus y poltergeist (fuera eso lo que fuera), cuya fenomenología (otra palabra a buscar en el diccionario) aún hoy sigue sin una explicación científica. El libro además incluía una serie de fotografías e ilustraciones que supusieron la primera decepción para Isidora. No dejaban de ser viejas casas con las paredes sucias y sombras de árboles contra la luz de la luna. El contenido tampoco le apasionó. Vale, sabía que no iba a ser un relato típico. Al fin y al cabo se trataba de un libro científico para un público mayor. Pero la descripción de los hechos era demasiada fría y metódica, además de contener varias palabras que definitivamente tuvo que buscar en el diccionario, cosa que al final le hizo desistir de su lectura ordenada y pasar al ojeo casual. Así descubrió, en el corto capítulo dedicado a establecer contacto, el funcionamiento de las tablas de ouija. Las había más o menos complejas, con distintos tipos de materiales tanto para la tabla como para el apuntador, distintas disposiciones de las letras, inclusión de palabras, etc. Pero también, decía el libro, en realidad no era más que un medio. Una simple hoja de papel y un vaso podrían ser válidos para que el médium se pusiera en contacto con el más allá. Y fue la mención al vaso lo que le recordó a Isidora que aún tenía algo pendiente que hacer esa noche.

Esperó un momento mientras se aseguraba de que su madre estaba durmiendo y entró felina en la habitación de Berto. Abrió bien los ojos para aprovechar la tenue luz que entraba desde la calle. El enano dormía boca abajo, con el culo en pompa y la cara estrellada contra la almohada, dejando escapar un hilillo de baba. Cuidadosamente lo colocó en una postura más adecuada. El vientre del niño subía y bajaba profundamente. Isidora no se apiadó. Saco el vaso que había puesto debajo de la cama, introdujo en él el dedo gordo de su hermano, le susurró cuatro frases líquidas al oído y el bendito hizo el resto. No fallaba.

Isidora vertió el agua sobre la mancha húmeda de su hermano y se llevó el vaso. Quería probar eso de la ouija. Siguiendo las indicaciones del libro dibujó una en un folio y, tras asegurarse de que el improvisado apuntador estaba bien seco, se dispuso realizar la invocación sobre el libro. Nada, no pasaba nada. Revisó las instrucciones. Concentración, invocación... El vaso no se movía por más que invitara a los espíritus y preguntara después. Estaba claro: los fantasmas no existen. Lo que no quitaba para que se pudieran divertir juntos al día siguiente. Hizo una prueba. No era muy complicado mover el vaso, sobre todo si tenía las dos manos sobre él. Ensayó sus movimientos para que fueran imperceptibles. Sí, daría el pego. Estaba cansada, mejor sería dormirse. Dobló cuidadosamente el folio ouija, lo metió en “El libro de las casas encantadas” y dejó el vaso en la mesita de noche sobre el tomo. Isi se quedó dormida rápidamente, pero no llegó a tener un sueño profundo. Se despertaba a cada poco con frío en los pies, o tras sentir que se caía de la cama. Finalmente consiguió conciliar el sueño, justo unos minutos antes de que su madre la llamara para ir al colegio.


Isidora no tenía buena cara, ni estaba de buen humor, pero tenía un jueguecito que probar con sus amiguitas. Nada más llegar las convocó para informales de que en el recreo les enseñaría algo realmente increíble. Con sólo esto se garantizó que hasta entonces Olivia y su fiesta, que sería el día siguiente, quedara anulada durante las primeras horas de clase. Las conocía muy bien. Nada les gustaba más que especular sobre algo que no conocían. En los descansos intentaban sonsacarle información, que Isidora dosificaba fingiendo escapes en su sólida intención de no revelarles nada. A la hora del recreo, las reunió a todas en el baño del segundo piso donde nadie las molestaría. Las sentó a todas en corro y dejó en el centro el libro. No necesitó pedir su atención. Todas, incluida Olivia, estaban expectantes. Les habló entonces de lo decepcionada que estaba con el libro y les enseño algunas fotografías que hicieron estremecer a las más cursis. Sonrió. Comenzó a contar una historia de las que había ojeado en el libro, sin dejar de observar cómo Olivia cambiaba el gesto con los pequeños detalles como las sillas que cambian de sitio, el frío súbito, los ruidos sin explicación... Olivia no era la única que comenzaba a sentir realmente miedo. Entonces las calmó hablándoles de la ouija como método de comunicación con los fantasmas para averiguar qué querían y que así desencantar la casa. Sacó la que ella había preparado. Fue pasando de mano en mano (la verdad es que el folio no impresionó a ninguna).

– Esto no es más que un papel Isi, esto no vale para nada. – Olivia fue quien se le enfrentó.

– Pues claro que es un papel, tonta. ¿Es que te has enterado de nada?, lo importante es quien lo usa, el médium – Fue la respuesta de Isidora.

– Ya. Y tú eres ese médium, ¿no? – Por fin la pregunta esperada.

– Pues claro, y te lo demostraré – En ese instante sonó la campana, tenían que volver a clase. Todas se levantaron aliviadas pero Isidora insistió. – ¡Esperad! Esta tarde, si os atrevéis, venid a mi casa y hablaremos con los fantasmas.


Al llegar a casa avisó a mamá de que después llegarían algunas amigas. Por suerte su madre parecía ocupada y no se preocupó de informarse más (al parecer tenía cita con el médico para el enano).

A media tarde llegaron las chicas. No se presentaron todas, solamente cuatro: Marta, Sara, Verónica y, cómo no, Olivia. Suficientes. Isidora las llevó hasta su cuarto y allí se sentaron en círculo. Isi sacó la ouija dibujada en el folio y cogió el vaso con el que tan buen servicio le estaba dando últimamente. Bajó la persiana y dejó el cuarto en semioscuridad. Lo ideal hubiera sido encender alguna vela, pero la luz de la lamparita de noche, atenuada con un pañuelo, tendría que ser suficiente.

Antes de comenzar avisó a las niñas de que aquello era algo muy serio, y que como tal debía tomárselo; que no se rieran ni hicieran preguntas estúpidas a los espíritus; que si bien no suelen más que querer comunicarse, podrían llegar a tomarse como un insulto sus niñerías y tomar represalias; que lo mejor sería que la dejaran a ella como interlocutora única con el más allá (esta expresión le encantó en al leerla y estaba deseando utilizarla, aunque casi se le escapó una sonrisilla al hacerlo). Tras la charla las niñas estaban metidas en situación, salvo Olivia, que permanecía en guardia. Bueno, ya entraría en el juego.

Colocó el vaso en el centro de la ouija y les indicó que pusieran el dedo índice de la mano derecha sobre el vaso. Pidió silencio, que respiraran profundamente y que se concentraran. Las chicas, Olivia incluida, obedecieron sin pensárselo. Entonces, Isi comenzó a recitar la invocación de los espíritus en un tono grave, con el dedo índice sobre el vaso y cerrando al finalizar los ojos. No pasó nada. Ninguna se atrvió a decir nada, salvo Olivia.

– Isi, esto es un rollo no pasa nada.

– Calla, ten paciencia, los espíritus requieren su tiempo.

Isidora se quedó mirando a sus compañeras, recordándoles que mantuvieran el dedo en el vaso pero sin hacer presión. Repitió la invocación y preguntó.

– ¿Hay alguien ahí? – Silencio, quietud – Si hay alguien que quiera hablar que lo haga ahora – Nada –. ¿Hay alguien ahí?

Las chicas comenzaban a cansarse. Una ligera sonrisa de victoria comenzó a dibujarse en la cara de Olivia. Fue la señal de partida. Isidora, sin que ninguna se diera cuenta llevó rápidamente el vaso hasta el “SÍ” escrito en el papel. Todas, salvo Isi, levantaron asustadas el dedo del vaso. De la cara de Olivia desapareció la seguridad.

El juego había comenzado. Las preguntas que hizo Isidora fueron sencillas. ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes? ¿Tienes amigos? ¿Duele estar muerto? Cada una requería un par de minutos para ser contestada (tiempo en el que Isi se aseguraba de que Olivia no la cazara). Tras las respuestas casi todas soltaban el vaso y la médium tenía que volver a llamarlas al orden. Después comentaban el resultado y discutían cuál sería la siguiente. Pero cada movimiento que hacía el apuntador sobre el folio minaba más la confianza de las niñas, incluso la de Olivia, quien por más convencida que quería estar de que todo era una treta de Isidora, no podía dejar de sentir..., miedo. Así, la sesión no duró más de veinte minutos: tiempo límite en el que la curiosidad de las niñas sucumbió a las ganas de salir corriendo y olvidarlo todo. Y justo cuando Isi comenzaba a cogerle gusto a la situación (en alguna ocasión hasta a ella le pareció que el apuntador se movía solo), comenzaron a insinuar que era tarde, que sería mejor volver a casa, que ya jugarían otra vez con los fantasmas, tal vez cuando estuvieran todas, sí, mejor cuando estuvieran todas. Isidora no hizo ningún comentario y simplemente las acompañó hasta la puerta como buena anfitriona y se despidió de ellas hasta el día siguiente, quedándose con la seriedad del rostro de Olivia. Las vio alejarse calle arriba comentando lo ocurrido. Sí, estaba segura, había ganado. Aunque al día siguiente no fuera a la estúpida fiesta no se hablaría de otra cosa y el lunes, en el colegio, en vez de soportar a Olivia preguntando por qué no fue al final a dormir a su casa, tendría una corte de crédulas esperando nuevas experiencias paranormales con la firma de Isidora.


Satisfecha se puso a hacer los deberes y después se duchó. Su madre llegó apurada cuando Isi ya había terminado su rutina habitual y la esperaba viendo la tele. Lo que a mamá le pareció una carita de cachorrillo abandonado no era más que un gesto de aburrimiento y algo de hambre. Pero fue suficiente para que el sentimiento de culpa aflorara en la mujer y le diera permiso para pedir comida china (que tanto le gustaba a la niña como poca gracia le hacía a la madre). Estaba resultando un día espectacular. Incluso pudiera ser que tal vez esa noche Berto durmiera seco. Además estaba cansada. Sí, tras zamparse los rollitos vietnamitas, los fideos de arroz con gambas, y el pan chino se iría directamente a dormir.


Isidora se despertó sobresaltada, helada y mojada. Increíble: ¡se había meado en la cama! Aunque la espectral pesadilla no había sido para menos. Bah, bobadas, los fantasmas no existen, son sólo cuentos para asustar a los niños pequeños como Berto, pensó. Y entonces vio el modo de darle la vuelta, literal y metafóricamente, al desastre. Tras lavarse, le dio la vuelta al colchón y cambió las sábanas. Después se acercó sigilosa al cuarto de su hermano con un vaso de agua dispuesta a abrir el grifo. Pero en esta ocasión, por primera vez, sintió compasión del enano. No quería hacerlo. Vale, esta sería la última vez. Después, por mucho que la enrabietara lo dejaría tranquilo, o al menos respetaría sus sueños. Cuando el niño hizo su trabajo, lo despertó, como quien no quiere la cosa y, como buena hermana mayor, le dijo que se lavara, se cambiara y se fuera a su cama, que ella se encargaba de arreglarlo todo para que no se enterara mamá.


Por la mañana, en el desayuno, Berto sintió un escalofrío por la espalda cuando Isi arrugó la nariz, y un alivio cómplice cuando le guiñó el ojo antes de dar los buenos días a su madre.

– ¡Buenos días, mami!

– ¡Vaya, qué bien te levantaste hoy! Algo quieres...

– ¡Jo, mamá!, que susceptible eres. – el niño se río, terminó los cereales y salió corriendo dejándolas solas.

– Por cierto mami.

– ¿Sí? –, por supuesto mami permanecía en guardia.

– No le digas nada, – bajó la voz buscando intimidad, – pero el niño se ha meado en su cama. Yo lo limpié y le dije que se acostara conmigo, pero luego volvió a hacerlo en la mía. – La madre quedó gratamente sorprendida.

– Vaya, ¿y ese cambio de actitud?

– ¡Ay mamá!, que ya no soy una niña pequeña…, y vamos a tener que hacer algo con él, que esto es ya preocupante. – Sin más, salió a por la mochila del colegio y dejó a su madre con la boca abierta.

Justo cuando ya pensaba que estaba todo zanjado, desde la cocina llegó el terrible grito.

– ¡Isidora!

– ¿Sí mamá? – asomó sumisa la cabecita por la puerta de la cocina.

– Coge el pijama, acuérdate que hoy te quedas en casa de Olivia. – Y le guiñó un ojo.

– Gracias mami – corrió a darle un beso antes de ir a por el pijama –. ¡Sí! – añadió contenida, y se olvidó de todo lo que no tuviera que ver con la fiesta de esa noche.

Inmortal


* Sugerencia auditiva para la lectura:
Leer cuando cominece la letra y esperar al solo para el diálogo.




Me sigue. Por más que corra bajo el manto de la noche ella siempre surge tras mis pasos. No hay lugar donde esconderse en esta ciudad, ni siquiera en lo más profundo de tu deseo encontraría la paz a la que renuncié por temor a su abrazo. Sus escuálidos dedos asían tanto rodear mi garganta, como yo tener tu cálido cuerpo entre mis manos y sentir tu aliento en mi pecho. Tranquila, ahora mismo nos está observando, no temas, nada habrá de pasarme mientras esté contigo. Bésame, hazle pensar que te amo y tal vez así esta noche se de por vencida. Desnúdate, déjala observar tu precioso cuerpo, tan lleno de vida, a través del espejo hasta que no pueda soportar más la amarga envidia. Ven, acércate, déjame sentir tu corazón cerca de nuevo. Y ahora no temas, querida, será solamente un momento…

– Eres cruel.
– ¿Qué más te da, mientras cumpla el trato?
– Realmente disfrutas con esto.
– ¿Disfrutar?, oh sí, ¿pero acaso me has dejado algo más que esta vil existencia?
– Si tanto tedio sientes, por qué no vienes conmigo.
– Ah, mi amor, te hacía más paciente.
– No te atrevas a hablarme así o…
– O…¿qué?, a mí no puedes llevarme parca estúpida. Yo soy quien teje mi destino y mientras tanto te ayudo en tu trabajo.
– Sabes que no fue eso lo acordado.
– Lo es a efectos prácticos. Sus vidas por la mía; noche tras noche, beberé su sangre hasta que me delate el gallo.
– Exacto. Ahora he de llevármela, pero volveré.

Me ama. Siempre me ha amado. Desde que vino a llevarse a mi madre la misma noche de mi nacimiento, cuando mirarla a los ojos fue mi primer acto. Me mantuvo a salvo durante años, pero finalmente tuvo que venir a reclamarme. Mi fríos ojos le devolvieron el reflejo de su alma de mármol y no pudo llevarme allí donde no volvería a poder asomarse al espejo que tanto anduvo buscando. Rompió las reglas. Y ahora disfruto noche tras noche matando.

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Quiero creer

Cincuenta y siete años y, por fin, está decidido a terminar su investigación. Toda una vida dedicada a encontrar pruebas fehacientes de la existencia de fantasmas, del más allá, está a punto de terminar, cuando en realidad parece haber demostrado todo lo contrario.

Cincuenta y siete años y, por fin, ha reunido el valor suficiente para enfrentarse a la última conclusión posible. Tras frustrantes experimentos por todo el mundo que nada probaron, salvo que el fraude o la casualidad, estaban detrás de toda la fenomenología a la que se enfrentó (y toda la que obvió por evidente vodevil).

Cincuenta y siete años y, por fin, le queda claro que debe ser otro quien escriba el punto y final. En la carrera por detectar la esencia de los muertos desarrolló tecnología que resultó provechosa y lucrativa a los vivos lo que le permitió llegar a este momento, en el cual todo será registrado.

Cincuenta y siete años y, por fin, alcanza la paz que otorga el estar seguro de conseguir aquello por lo que tanto ha luchado. Respira, aleja cualquier atisbo de nerviosismo y, sin dilatar más el momento, salta al vacío. Y sólo él sabrá si acertó o estaba equivocado.

Café cortado

– Llueve – Alicia hace una pausa y se distrae mirando a través del cristal de la cafetería.

– Lo sé – no sé qué decir así pues intento hacerla sonreír – ¿vas a comerte la pasta?

– ¿Eh? –, definitivamente algo grave sucede –, no toma, cómetela – ella nunca me ha cedido su galletita de chocolate, desde aquél primer café, desde aquél primer lunes.

También llovía entonces, pero no suavemente como hoy sino con rabia. El viento ponía a prueba la firmeza de los botones de mi gabardina. Entré empapado a la cafetería que estaba repleta de más refugiados. Ella ya estaba allí, sentada en una pequeña mesa junto a la cristalera leyendo la misma novela que ahora mantiene cerrada junto a su mano izquierda. El mismo café cortado y la misma pastita de chocolate en un diminuto plato. Y frente a ella el único sitio disponible de la cafetería.

– Alicia – pocas veces uso su nombre –, perdona si me entrometo pero, – vuelve al interior de la cafetería – ¿puedo ayudarte en algo?

– Tranquilo no es nada – por primera vez en la tarde sonríe –. ¿Por dónde iba?

– La bailarina de la serpiente – continúa contándome sus impresiones sobre Blade Runner, pero algo de ella se ha quedado tras el cristal.

Yo nunca lo habría hecho, pero el camarero dejó bien claro con un par miraditas que o consumía algo o me largaba. Así que me acerqué y le pedí permiso para sentarme. Ella, sin levantar la vista simplemente me dijo que adelante, y continuó leyendo. El camarero me trajo mi café solo y ella le pidió otro cortado mientras retiraba su taza. Se lo sirvió de inmediato. No parecía incómoda por mi presencia, es más era como si no yo no estuviera ahí. Yo estaba francamente a gusto tomando un terrible café con una desconocida tan ensimismada en esos Días de Humo que ni tocó el suyo. La tormenta cesó. Salió del libro para guardarlo en el bolso y levantarse ignorándome en el proceso. Entonces le pregunté por la pasta de chocolate, tenía que decir algo. Ella sonrió y se la llevó sin más.


– Y ahí tuve que parar a secarme los lagrimones, ¿te puedes creer? – por fin se ilumina su mirada, que vence la tentación de cruzar el cristal.

– Sí que te impresionó, sí – desvío mi mano de la pasta y la acerco a la que tiene posada en la novela.

– Odié a Harrison Ford – da un sorbo a su cortado con dos de azúcar –, le costó redimirse a base de golpes y enamorándose de Rachel.

No volví a pensar en ella, y sin embargo el día siguiente, al salir de trabajar me sorprendí arrastrado por el viento hasta la esquina donde, por los ventanales de la cafetería, la buscaba en su mesa. Me decidí a entrar y esperar a que viniese. Pedí un café solo en la barra y me senté dejando libre su asiento. Ella no llegó. No tenía por qué hacerlo. Esperarla allí era ridículo. Dos casualidades serían demasiadas.

– Entonces, ¿te ha gustado? – Busca en su gran bolso mientras asiente.

– Sí, no ha estado mal toma – me devuelve la película y por un instante rozo su pálida mano.

– Parece que escampa. – aquí soy yo el que se fuga por la ventana.

Cuando ya estaba por marcharme, avergonzado por mi torpe comportamiento de quinceañero, entró despreocupadamente y, tras un gesto a modo de saludo, el camarero le preparó un café cortado y dejó, sobre un diminuto plato, una pasta bañada en chocolate y dos azucarillos. Echó el azúcar en la taza, cogió el café y la pasta y se sentó frente a mí. «Está libre, ¿verdad?», dijo con una sonrisa bizca. Sacó su libro y comenzó a ignorarme. Yo pensé en pedir otro café, en buscar alguna excusa para entablar alguna conversación superficial. Pero en sus ojos, perdidos en el humo que anunciaba la cubierta, no pude adivinar ninguna señal de nada que no fuera indiferencia. Al ir a levantarme, bajó la novela y se dirigió al camarero pidiéndole un café solo. «¿Porque te tomas dos, no?», añadió con otra media sonrisa, volviendo a ignorarme hasta que, quince minutos más tarde, apuré el café y eché una mirada golosa a la intacta pasta, que desapareció rápidamente entre página y página.


– ¿Sabes?, hoy no iba a venir – Alicia busca mis ojos dentro del vidrio empapado.

– Pero has venido ­– yo le hablo a su imagen especular –, estás aquí – Una leve pausa.

– Y no te importa nada más –, sonrío y su homóloga sonríe –. Haces que sea tan sencillo estar contigo...

El miércoles me di cuenta de que no sabía su nombre. ¿Cuál sería? Repasé los de las mujeres de mi familia pero ninguno cuadraba con la extraña de la pastita de chocolate. Luego pasé a las chicas de oficina, y tampoco ninguna podía compartir distintivo con ella. Le di vueltas a varias opciones entre reuniones y cafés de máquina pero, estando claro que por mí mismo no iba a encontrar lo que buscaba, bajé a comer con las chicas de administración y, sin más, les pedí sugerencias fingiendo que iba a ser tío. Tampoco encontré allí la palabra mágica que invocara a mi desconocida.

– Alicia – nombrarla es hacerla tangible ­–, sé que te ocurre algo esta tarde – sus manos se adelantan despacio sobre la mesa – y sé que crees que debes contármelo – las mías las rodean –. Pero ya sabes que si no quieres no hace falta – y por primera vez se engarzan fundiéndose como nunca debieron dejar de hacerlo.

– No, no quiero hacerlo – esta vez me mira fijamente –, pero no puedo ocultarte esto por más tiempo.

Por la tarde rastreé varias páginas de internet con nombres para niña, indagando en el significado de aquellos que parecían encajar. Nada. No hubo forma. Tal vez una señal del destino. Y mientras caminaba hacia la cafetería pensé que no estaba mal la broma. Mientras pedía el café solo y esperaba a que llegara me convencí de que tenía su toque aquello de no saber su nombre. Mientras observaba cómo leía ignorando mi presencia me convencí de que no necesitaba saber cómo se llamaba. Fue tras el segundo cortado, después guardar el libro en bolso y levantarse con una coqueta sonrisa, justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta. El camarero le dijo socarrón: « Alicia, te dejas algo». Y Alicia pasó ante una estatua de mármol y recogió la pasta de chocolate que había olvidado.


– Sabes que no es necesario, y que no me debes nada – la delicada mano de Alicia, que apretaba la mía angustiada, se relaja y deshace el nudo

– ¿Y si no volviéramos a vernos? – Por primera vez se asoma la preocupación a sus ojos.

– ¿Y si nunca nos hubiéramos visto? – Intento contrarrestarla sonriendo.


Lo primero que hice el día siguiente, cuando llegó, fue presentarme. No me parecía justo saber su nombre y que Alicia no supiera el mío. Ella sonrió y meneó la cabeza mientras decía que podríamos ahorrado tres días de silencios si hubiera comenzado por ahí el lunes. Me quedé sin saber qué decir. Por suerte ella había tomado la iniciativa y, tras pedir su primer cortado, con pasta de chocolate de regalo, comenzó una conversación trivial sobre el pésimo café que servían en el bar.


– No, no, por favor – se relaja de nuevo tras una carcajada –, hablo en serio. Yo...

– Alicia – la interrumpo –, yo también hablaba en serio – aprovecho para volver a tener sus manos entre las mías –. Dejar de verte sería... – dudo –, prefiero no pensarlo, pero de ser así las tardes en este café, las horas en esta mesa, su recuerdo, es ya en sí un tesoro que nadie podrá quitarme jamás.

– Gracias – me dice antes de besarme.


La amenaza del fin de semana se esfumó con la confirmación de que el viernes también serian fieles a la cita mis dos cafés solos y sus dos cafés cortados, siempre bajo la atenta mirada de una galletita de chocolate, y la novela que reclamaba con su presencia la atención perdida. Y también quedaron el lunes, y el martes y el miércoles siguiente, y escuchaban atentos nuestras banalidades. Los viajes que no hicimos, las películas que nos conmovieron, los libros que nos marcaron, las series infantiles que nos hicieron reír, fueron desfilando arrebulladas durante las tardes de esta turbulenta primavera, que terminaban con mis dedos avanzando arácnidamente hacia un plato del que desaparecía fugaz una pasta de chocolate.

_



– Tengo que marcharme – dicen sus labios dentro de mis labios.

– ¿Volverás? – La pregunta se me escapa aún sin querer saber la respuesta.

– Volveré – miente con un abrazo que me engaña.

Llueve, también llovía entonces, pero no suavemente como hoy. Las gotas caen quedas con miedo a que el tiempo se despierte si ellas golpean el cristal de la ventana, nuestro hogar mientras nos abrazamos. La misma a través de la que entrábamos y salíamos buscándonos sin encontrarnos, junto a la mesita sobre a la que bosteza una novela resignada, y un café solo y otro cortado con dos de azúcar saben que siempre serán bienvenidos dos a dos.

– Hasta pronto, entonces – susurro sólo para ella.

– Hasta pronto – recoge sus cosas y se marcha.

– ¡Alicia! – se gira, ya en la puerta, esperando mis palabras. – ¡Vuelve! – entonces se acerca y, como el primer día, sonríe, coge la pastita de chocolate, y se va sin más.





* Sugerencia auditiva para la post-lectura

Cosas de rapaces

¡Hace tiempo que no como conejo!, ¡hace tiempo que no como conejo..! Será insolente. ¡Pronto iba a ir yo a mis padres con exigencias! Pero claro éramos tres en el nido y la comida era justo la que llegaba. Sin más. Y había que espabilarse. Ya se lo dije a su madre. ¿Uno sólo, sé que tres es raro, pero no sería mejor tener dos? Y ella. No, así podremos sacarlo adelante más holgadamente y tener tiempo para nosotros. Holgadamente. Si no fuera porque la conozco y sé que es más inocente que un huevo pensaría que es una maestra de la ironía. Tiempo para nosotros. Tiempo para mí...


Desde que empecé a volar solo creo que no he tenido un minuto realmente para mí. Primero la necesidad, formarme en el arte de la caza, afinar la vista, controlar los vientos, templar los nervios. He de reconocer que esa época fue divertida, pero fue tan breve...

Después la conocí a ella y pasó lo que tenía que pasar. Reconozcámoslo: somos unos animalitos. Y comenzaron las responsabilidades. Buscar el emplazamiento idóneo para formar un hogar, construirlo, mantenerlo seguro. No podía bajar un solo instante la guardia. En cualquier momento podía venir cualquiera y reclamarlo como propio, aún sin serlo. Tampoco a ella podía descuidarla demasiado ya que si dudaba un instante de mi devoción al, ¿cómo lo llamaba?, a sí: el proyecto de vida, saldría volando en busca de algún otro más comprometido. Y que conste que he pasado muy buenos momentos a su lado pero, la verdad, he tenido que renunciar a tantas cosas…

Luego llegó el huevo. Ese fue el principio del fin. La maternidad las cambia radicalmente. Ya no piensan más que en el vástago. Y claro, no queda otra que apechugar. Turnos para incubar, turnos para cazar. Aún así restaba algún breve momento durante el cual podía dar rienda suelta a mis aficiones, pero nunca lo suficientemente largos como para desconectar del todo.

Finalmente nació el polluelo y mi vida se convirtió en una cadena perpetua sin posibilidad de remisión. Peor, porque ahora apenas llego al nido ella sale volando para que me ocupe yo del insolente éste que estamos criando.


Conejo dice el descarado. Como si fuera tan sencillo. Como si bastara con bajar a tierra y elegir el más tierno. Que no tendrá bastante con las palomas, ratones y las lagartijas que le llevamos. Ayer incluso le llevé pescado. Y todo para él. ¡Si es el más gordo de la región! Pero no, el pollo quiere conejo, es más: el pollo exige conejo.

Míralos. Ellos sí que viven bien, sin ataduras. Llegan, dejan sueltos a los pichonzuelos y se despreocupan. A vivir, como debe ser. Ahí, en el suelo donde los pequeños no pueden despeñarse. ¡Y la capacidad que tienen para ignorar sus chillidos! No verse atado a ese estúpido instinto que te hace perder las plumas en cuanto el ingrato abre el pico.

Míralos. Son los adultos los que deciden cuándo darles de comer, y aún así comen solos. No hay que regurgitarles la comida en el buche. Deben ser los seres más felices sobre la tierra. Independientes para hacer lo que les plazca en cada momento. Sin ataduras. Que les apetece comer, comen. Que les apetece estirarse al sol, se estiran. Que les apetece ignorar a los polluelos, los ignoran.


Me han visto. Me señalan y emiten extraños gruñidos. Seguramente se estén riendo de mí. Normal. ¿Quién querría estar aquí arriba oteando la planicie en busca de un alimento que ni siquiera va a degustar?

En fin. Será mejor buscar en otra parte. Con ellos disfrutando de su despreocupación las presas permanecerán ocultas. Pero, ¿qué es eso? ¡Uno de los polluelos tiene entre las manos un conejito blanco y mullido! Afortunado. ¿Por qué no se lo come? Voy a descender un poco, tal vez esté en mal estado.

No, el conejo parece sano. Vaya, ahora se juntan todos para mirarme mientras me mantengo en la corriente de aire. Las crías me chillan. ¿Será posible? Esto sí que no se lo voy a tolerar. Les grito y los más pequeños dan un respingo y corren bajo el ala de sus padres quienes ¡son capaces de ignorarlos de nuevo! Definitivamente son los seres más afortunados bajo el cielo.

Pero, espera, ¿dónde está el conejito blanco? Ya lo veo. Demasiado fácil para resistirme. No puedo evitarlo. Sé que lo estoy malcriando pero mi pequeño aguilucho tendrá de nuevo lo que quiere. Quién sabe, tal vez cuando deje el nido pueda saborear eso que llaman libertad. Al menos hasta la próxima temporada de cría.


*Sugerencia auditiva para la postlectura

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Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

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Curvas y otras fatalidades

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