Nueva fase

« ¿Quién me lo iba a decir?
Y sin embargo sucedió. Así, sin más.
Como un ninja: ahora lo ves, ahora no lo ves; ahora lo tienes, ahora ha desaparecido.
Bueno, no exactamente, ya me conoces: si no exagero reviento.
Como todo, fue un poco a poco imperceptible. Pequeños granos de arena cayendo inexorablemente uno sobre otro, uno sobre otro, amontonándose, provocando pequeñas avalanchas y volviendo a empezar. Hasta que al final el mundo se detiene y echo de menos su movimiento. Te echo de menos a ti.
No, no es eso.
Me echo de menos a mí. Al menos a esa parte de mí que te quería y que se marchó sin dejar una nota. Tenía tan segura su presencia que tardé en darme cuenta de que no estaba. Dejó su cuarto ordenado y limpio, para que otro suspiro entrara a vivir. Pero no hay quien ocupe su lugar. Y ahora la echo de menos.
Tú… Tú has quedado reducida a un mero daño colateral. Porque, ¿cómo seguir a tu lado cuando ya no alimentas un hogar vacío? ¿Y cómo no hacerlo, fingiendo que no ha pasado nada?
Podría.
Pero, ¿para qué engañarnos? El artificio requeriría cada vez más esfuerzo, tan sólo por guardar las apariencias. Al final todo sería rutina e inercia. Tú no notarías nada. Sabes que soy el mejor mintiéndote. Cada alegría tuya se clavaría en mi pecho como un puñal. Mi cobardía haría más grande la futura herida. Terminaría odiándote, odiándome. Terminaría dejándote, destruyéndote.
Es mejor que te abandone ahora.
Que lo nuestro termine como un atardecer en la playa. Cuando el sol se haya puesto y el mar forme parte de tus oídos yo, simplemente, ya no estaré. Me habré desvanecido entre la espuma, en un suspiro. Será triste, pero tierno.
Entonces te echaré de menos. Aunque de nuevo, en realidad, me echaré de menos a mí mismo. Recorreré ese cuarto vacío y lo convertiré en un museo de tonos sepia y sonrisas nostálgicas. Hasta que un día el olvido me robe la llave o, simplemente, me mude a una nueva estancia.
Sé que no llorarás.
Yo te prometo que hablaré con tu recuerdo y juntos nos añoraremos.
Ha llegado el momento.
Cuando pulse el timbre no habrá vuelta atrás.
Espero que él sepa cuidarte bien. »


¡Ding, dong!
Llamó solamente una vez con la esperanza de no oír unos pasos veloces acercándose a la puerta. Pero antes de poder formular el deseo la puerta se abrió y la cara redonda de su sobrino le recibió con una sonrisa pícara que se llenó de infantil alegría y excitación cuando confirmó qué llevaba su tío en las manos.
No pudo reprimirse.
– ¡Mamá, mamá, me ha traído la consola, me ha traído la consola!


* Sugerencia auditiva para la post-lectura


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Seguiré pensando en tu nombre. (I)

– Tienes nombre de mercera. – Le dijo su abuela al conocerla. Araceli solamente tenía entonces unos meses de vida, pero estas palabras quedaron grabadas en su cerebro, aún por moldear, con tal fuerza, junto al intenso olor a piel de naranja que despedía la buena mujer, que determinaría inexorablemente su futuro, de forma desapercibida, pero clara. Nunca más volvió a ver a su abuela que murió diecinueve días más tarde, de un infarto cerebral, mientras iba a la frutería a por más naranjas.

Las palabras revolotearon dentro de su cabeza durante su infancia. Cuando jugaban a tenderas ella siempre cogía el costurero de su madre, ordenaba los hilos en un preciso orden cromático, los botones por tamaño, número de agujeros y material, cogía los pijamas de su padre, y atendía a sus amigas con una gran sonrisa y dos trenzas perfectamente simétricas.

Cuando fue mocita se enamoró y se olvidó de las cremalleras, parches y lanas. Sus amigas también se habían olvidado de los juegos al sol en la puerta de su casa, y vivían preocupadas, en los bancos del parque, por la opinión que de ellas tuviera el macarrilla alpha de turno. Araceli vivía su apasionada relación en secreto. No estaba bien visto que una quinceña andara por ahí suspirando por las esquinas al terminar de leer un poema o un diálogo apasionado. Se hubiera muerto de vergüenza si alguna de sus amigas llegara a sospechar siquiera de su tórrida relación con la literatura. Soñaba con ir a la universidad y casarse allí con las palabras, tras un largo noviazgo. Tal vez algún día llegara a ser escritora. Aún así seguía ordenando cromáticamente sus poemas favoritos, ya en alegres verdes o tristes grises, melancólicos azules marinos, tenebrosos negros, sutiles blancos o apasionados rojos, y las novelas por tamaño, número de corazones rotos y autor, con la precisión de su querencia nominal, moldeada al aroma de piel de naranja, para ser mercera.

Entró, por fin en la Facultad de Filosofía y Letras, y volvió a enamorarse, esta vez de un alumno de cuarto, que hacía las veces de ayudante del profesor de literatura barroca, por no decir de sustituto la mayoría de las veces. Araceli se olvidó de las novelas, los poemas, las frases, las palabras y hasta las letras. Ella se fue a vivir a su casa y él habitó su pensamiento. Sólo estaba él: por él comía, bebía y respiraba, por él se levantaba temprano para preparar las transparencias necesarias, por él se saltaba clases si había que pasar algo en limpio. Por él suspiraba cuando no estaba cerca, cuando se acercaba y cuando estaba a su lado. Por él, en resumen perdió tres años en los que apenas sacó un par de asignaturas, quien dice dos dice cinco, y por él lloró todo lo llorable, mares y océanos llegó a pensar en plan melodramático, cuando la dejó por una novata remilgada que se peinaba, casualidades de la vida, con unas trenzas perfectamente asimétricas.

Regresó al hogar. Tras meses sin salir a la calle, una tarde, mientras recogía la mesa de la comida, su padre suspiraba ronquidos en el sofá y su madre miraba la telenovela sin verla. Al ir a retirar unas cáscaras de naranja, al olor de las mondas, súbitamente surgió un impulso, el justo para incorporarse y tomar aire decidida, antes de que se formaran las palabras, que no se correspondían con exactamente con el pensamiento apático que nació de un remoto recuerdo. Ya había decidido cuál sería el siguiente paso, y brotó de su boca lo que desencadenaría el cambio de rumbo que su vida necesitaba.

– Tengo que buscar trabajo.

Dos meses después, con el aval de sus padres, Araceli abrió la única tienda que su nombre, gracias al auspicio de la perdida abuela, le permitía abrir: una mercería. Y sin saber cómo, el primer día, al irse a la cama tras haber tenido una jornada, ni estresante ni relajada, ni dura ni liviana, ni decepcionante ni excitante, ni buena ni mala, soñó con una mujer mayor, que olía intensamente a piel de naranja y dijo:

– ¡Ea, lo que yo decía, nombre de mercera!

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Seguiré pensando en tu nombre. (II)

Araceli, mercera como no podía ser de otro modo, se encuentra en lo alto de la escalerilla, blusa blanca y falda roja, ligeramente inclinada hacia la derecha, sin desdibujar sus curvas, buscando entre cajas un pijama para la nieta de la señora Adela que vendrá más tarde a por él. Un pijama rosa chicle de algodón, con corazones y florecillas en rojo y blanco y un koala gis abrazado a la pantorrilla izquierda. Araceli tiene en casa uno igual, tal vez algo ñoño para una mujer de su edad, pero le encanta. Baja, guarda las escaleras, sale a la tienda y lo deja bajo el mostrador. Es un día lluvioso. En la calle las pocas vecinas que pasan lo hacen con prisa sin apenas girar la cabeza para saludar. Es un día aburrido.

– No me quieres nada. – Alfonso, comercial de una pequeña empresa de hilos y lanas lleva esperando un rato, invisible, a que Araceli salga de la trastienda. Hoy lleva, bajo la gabardina negra, un traje gris oscuro, con una camisa en amarillo pálido y una corbata en amarillo canario. Sí, algo hortera. El bigote mal recortado y el extraño peinado, que le hace parecer un calvo con peluquín, no ayudan a su imagen. Pero a él le gusta, y a su madre también. A Araceli le hace gracia, o eso cree. A veces la sorprende mirándole y sonreírse. Hoy la nota distraída, más distraída que otras veces. Con ese aire de ensimismamiento que la hace parecer libre de las ataduras de este mundo, por encima de cualquier preocupación terrenal, para luego, en un pestañeo, de regreso a la realidad, repasar minuciosamente el catálogo, página a página, apoyada ligeramente en el mostrador, mientras él espera la respuesta.

– Si es que no me traes nada nuevo… – Araceli frunce el ceño. No, no hay nada que necesite de Alfonso, o al menos eso cree, y aún así sigue pasando las páginas del catálogo que conoce tan bien. Le relaja tanto mirar los distintos hilos y lanas ordenados por colores, grosores, y trenzados. Además, hoy está siendo un día de lo más aburrido, no hay nadie en la tienda, y Alfonso siempre tiene un rato para charlar, nunca lleva prisa. Aunque hoy parece un poco más tenso que de costumbre, está más arreglado, el traje parece nuevo. Levanta la vista un poco para asegurarse, al ver el peluquín se sonríe otra vez. Sí, es nuevo, o al menos ella nunca se lo ha visto antes, y lleva viniendo a la mercería… ¿cuánto, casi año y medio? El pobre, qué paciencia tiene, ahí esperando de pie a que termine para luego irse sin pedido alguno, piensa Araceli.

– ¿Me tienes listo el pijama para la niña? – La señora Adela entra refunfuñando, como siempre, deja el paraguas en el paragüero y pasa ignorando a Alfonso que vuelve a hacerse invisible en un rincón, mientras Araceli da la vuelta al mostrador y saca el pijama. Se lo enseña a la señora Adela, que da su consentimiento con un golpe seco de cabeza. Araceli lo dobla con sumo cuidado, lo coloca dentro de la caja y lo envuelve con papel regalo. La señora Adela, paga, se despiden y, sin más, coge el paraguas del paragüero y se sumerge de nuevo en la calle.

– Mira bien, por si hay algo que se te haya pasado. – Alfonso reaparece, insistente, algo nervioso esta vez, y Araceli retoma el catálogo, esta vez desde detrás del mostrador. El se acerca un poco para observarla mejor y la deja hacer. En cualquier otra situación abría despachado rápido el encargo, o más bien el no-encargo. Pasaría una vez al mes, el periodo normal de reposición de un género que, seamos claros no tiene tanta demanda como para tener que hacer el viaje cada dos semanas. Además, esta sería la última visita, no volvería a verla más. No, con el nuevo puesto, las nuevas responsabilidades que se había resistido a aceptar. Pero su madre tenía razón, debía progresar en la empresa. Aunque tuviera que dejar de visitar la mercería, a no ser…

– Araceli, ¿te gusta el teatro? – La mercera responde que sí desapasionada, sin levantar la vista del catálogo, casi aburrida. Alfonso se achanta. No esperaba esta reacción. Bueno en realidad no sabía qué esperaba, pero seguro que algo más que un lacónico sí.

– Pues el viernes me paso a recogerte cuando cierres que tengo entradas.

Silencio. Alfonso toma aire. De nuevo una respuesta inesperada. Araceli termina de repasar el catálogo que tan bien conoce, lo cierra y rodea el mostrador para dárselo a Alfonso negando con la cabeza. El comercial lo recoge abatido y no la ve escribir en un pedacito de papel un número de teléfono, que recibe luego un renacido contento, cuando la mercera le confirma la cita con un también escueto.

– Vale, puede estar bien.

Ocho meses después, y tras una segunda promoción de Alfonso, Araceli y él comenzaron con los preparativos de su boda, que celebrarían en otoño, cuando florecieran los naranjos. Desde entonces todas las noches soñaba con su vida de casados, con los niños que tendrían juntos. En sus sueños todo era perfecto y estaba en orden, como en la mercería, no podía pedir nada más. Así al despertarse siempre le venía el mismo pensamiento consciente que se entremezclaba con la ensoñación, perdiendo todo su sentido original:

– No, nada de nada.


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Seguiré pensando en tu nombre. (III)

– Ha llegado un sobre grande para ti, ¿te la dejo aquí? – El cartero suele pasar temprano a dejarle la correspondencia en la tienda, que queda cerca de donde comienza su ruta de reparto, siempre con la misma fórmula. Araceli lo recoge impaciente, anticipando una buena noticia y le da las gracias.

Parece mentira, en los tiempos que corren, pero aún los documentos importantes se guardan en papel y no siempre siguiendo el mejor método, incluso en un registro oficial. Tal vez fuera por eso. Tal vez porque simplemente debía ser así. El caso es que la partida bautismal de Araceli llegó tarde, casi a apenas tres semanas de la fecha fijada. Araceli fue bautizada en el pueblo de su abuela, aquella a la que conoció con apenas unos meses de vida, y que sellaría su destino de mercera, diecinueve días antes de morir. Cada dos semanas, en el curso prematrimonial, les pedían a Alfonso y ella el documento, y cada dos semanas, tras la charla, Araceli volvía a llamar al sacristán preguntando por él. Al parecer, todo estaba revuelto gracias a la restauración de la vieja iglesia, que resultó esconder tallas pre-románicas de un gran valor para los técnicos de la Junta, quienes se las llevaron para poder catalogarlas y limpiarlas como es debido mientras duraran las obras. Los registros se habían trasladado a la propia casa del sacristán en cajas de cartón rellenas con desgana y sin método alguno por unas, eso sí, voluntariosas vecinas. Así, la solicitud del acta de bautismo de Araceli no podía llegar en peor momento ya que carpetas, libros, hojas sueltas y legajos se acumulaban aquí y allá. El sacristán, que conocía a los padres de Araceli, se apresuró a extender una especie de justificante para que la boda siguiera adelante, a la espera de que encontrara en el registro. Y si bien al cura oficiante le pareció suficiente y no puso ningún problema, la pareja de estirados, a los que tendría que aguantar en breve, y por última vez, no dejaban de poner pegas y de meter prisas, quejándose de paso de que los viajes de Alfonso no le permitieran celebrar las reuniones semanalmente, como Dios manda.

Bien, pues el dichoso papelito ya estaba aquí. Araceli abre el sobre y lo encuentra junto con una carta recargada y casi arcaica del sacristán pidiéndole excusas por la tardanza. Antes de que se le olvide va al cuaderno de bodas y busca, en la página marcada con una tira de papel verde pastel, la lista de documentación pendiente y pone una equis roja junto a la línea en la que dice Partida de bautismo: Araceli. Ya está prácticamente toda la documentación: las partidas de nacimiento de Araceli y Alfonso, las partidas de bautismo de los dos, por fin, las copias de los carnets de identidad, contaban también con los testigos y solamente faltaba el certificado del cursillo para que pudiera ponerse en marcha oficialmente el expediente matrimonial. Aún quedarían algunos trámites burocráticos.

Araceli está contenta, muy contenta. Rápidamente llama a Alfonso para comunicarle la noticia. Él se alegra con ella y aprovecha para decirle que, otra vez, llegará con el tiempo justo, que irá directamente al curso. Se dicen algunas ñoñerías, se dan algunos besos y cuelgan. Araceli está tan feliz y a la vez tan nerviosa que decide cerrar la tienda e irse a casa de su madre para ponerla al día. Al meter de nuevo el documento en el sobre un pequeño detalle llama la atención de su inconsciente y éste activa su mano para que se detenga y vuelva a sacarlo.

Ahí, entre su nombre y sus apellidos hay algo más escrito con una letra barroca y anticuada. Lo lee de nuevo. Es un segundo nombre. Su segundo nombre: Natalia. Araceli no se lo cree. ¿Natalia? Algo comienza a moverse dentro de su cabeza de forma autónoma. Ahora sí que tiene que ir a ver a su madre y preguntarle. Sea como sea tiene que salir de la mercería. Coge el bolso, las llaves de la verja y guarda el documento, junto con la carta del sacristán, en el sobre que termina ocultando bajo el mostrador. Mientras se dice, sin saber por qué:

– Sí, déjalo ahí.

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Seguiré pensando en tu nombre. (IV)

Araceli despierta con dolor de cabeza, un sabor agrio en la boca seca y ardor de estómago. Está desnuda en una cama extraña, apenas cubierta por una caricia de satén. La luz se cuela por los huecos de una contraventana de madera. Huele a alcohol, a humo, a sudor, a sexo. No parece haber nadie en el cuarto. Se para un momento a escuchar. No parece haber nadie en la casa. Andrés se ha debido salir. ¿Andrés? Apurada recoge su ropa, desperdigada por la habitación y se mete en el baño que tiene a la derecha. Se ducha. El agua tibia de la columna de masaje la relaja y hace brotar los recuerdos con el vapor. ¿Qué he hecho?, piensa.

– ¡Nati, traje algo de comer! – Araceli le recrimina desde la ducha una vez más: ¡su nombre es Natalia! El reproche sale con demasiada naturalidad. Andrés sonríe y se cuela bajo el agua implorando por penúltima vez su perdón, mientras besa su húmedo vientre. Natalia se apodera del abundante cabello negro y va guiando al hombre a través de su cuerpo durante unos minutos antes de exiliarlo de nuevo al cuarto.

Andrés la deja sola. Ha aprendido a no desobedecer los deseos de esta mujer. Nunca fue un hombre sumiso. Siempre fue él quien impuso el cuándo y el cómo. Pero debe reconocer que Natalia ha sabido manejarlo y excitarlo como ninguna otra. Midiendo siempre las fuerzas en una lucha continua, conteniendo la pasión hasta la locura, llegando a una intensidad hiriente, notando como comienza a desgarrar la piel para abrirse paso y, entonces, dejarla desbordarse, sublimarlos, y llevarlos a las puertas del delirio. Puro instinto. Así había sucedido cuando se conocieron en el pub y luego en su casa. Natalia le ofreció también todo su ingenio. Se había mostrado mordaz, ácida, inteligente. Midiendo tan bien sus palabras como la diana precisa de sus besos. Durante todo el día siguiente, la guerra dialéctica se decidía en pequeñas escaramuzas en probadores, baños o cualquier sitio no siempre del todo privado. Había trastocado su agenda, había aplazado reuniones, excusado llamadas, cancelado citas. Lo había dejado todo. Y lo hizo a gusto. Hasta había llamado a su mujer para decirle que no podría recogerla, a ella y los niños, esta noche en el aeropuerto. Incluso a ellos estaba dispuesto a mandarlos al infierno si Natalia así lo pedía.

Natalia sale de la ducha envuelta en una toalla. Andrés tiene que reconocerlo, su alma está condenada, vendida a los designios de la sacerdotisa perversa que le permite observar como seca su cuerpo, sabiendo que no le dejará poseerlo, al menos de momento. Entonces se lo dice.

– ¡Vayámonos, Natalia! Me rindo, lo dejo todo: la empresa, la casa, el dinero, todo para mi mujer. Pero vayámonos lejos.

Natalia duda y Araceli reacciona. El juego ha ido demasiado lejos. Fue divertido pensar cómo hubiera sido su vida de haber llevado ese nombre. Incluso entrar en la peluquería y dejarse de hacer el corte de pelo que Natalia llevaría. Pensó entonces en la cara que pondría Alfonso y que la sorpresa sería completa si además se compraba un vestido y unos zapatos, a juego con su nueva imagen. Luego no volvió a pensar más en él. En el espejo del probador vio a Natalia por primera vez, y decidió seguirle el juego un poco más a esta atrevida mujer que llevaba tanto tiempo siendo ignorada. Se dejó llevar por la fantasía de ser otra, tal vez la que debía haber sido. Estaba tomando una copa, terminando de reinventar su vida cuando apareció Andrés. Entonces fue sencillo.

– Hola, me llamo Natalia, iba a pedirte fuego pero, ¿sabes? No fumo.

Andrés la ayuda a vestirse, notando como crece su deseo en cada gesto, esperando aún una respuesta. Natalia sonríe por penúltima vez y niega con la cabeza. Le anuncia que este es el final y que se marchará después de comer. Andrés, perplejo, no puede por menos que admirar la maniobra. El aviso de abandono hace crecer la urgencia de su deseo hasta un nivel nuevo. No deja de sorprenderse ante esta señora. Bajan a comer y poco a poco Andrés nota cambios en ella: evita su mirada, se muestra reacia al contacto físico, apenas habla. No había sido una treta. Realmente, del mismo modo sencillo en que comenzó, termina todo. ¿Qué ha sido, por qué este cambio?, ¿acaso el repentino arrebato de sinceridad? No importa. Está claro, tras este último almuerzo todo terminará. Intenta creer que la olvidará, que todo quedará como un extraño sueño. Se engaña y lo sabe. Natalia le sonríe por última vez.

– Llámame a un taxi, ¿quieres?

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Seguiré pensando en tu nombre. (y V)

Araceli, en el día de su boda, apenas se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Su madre la lleva de un lado a otro, de las manos del peluquero a las de la maquilladora, de su habitación para ponerse el vestido al salón para hacerse fotos. Sin saber cómo está en el coche con su padre, casi más nervioso y emocionado que ella. Nadie quiso indagar demasiado. Los nervios de la boda, repetían una y otra vez. No vuelvas a darnos estos sustos, era el otro mantra. Alfonso no llegó a enterarse de la pequeña fuga, mucho menos su futura suegra, que hubiera cancelado la boda. Su padre le coge la mano, más para calmarse él que para confortarla.

– Tranquila, mi niña.

Antes de volver a casa se detuvo en la mercería. Al abrir la puerta se topó con varias cartas que dejó en el mostrador antes de ocultarse en la trastienda. Allí se cambió, se lavó la cara y volvió a ser ella: Araceli. De Natalia apenas quedó un ridículo corte de pelo. Nunca más. Ella sabía quién era, y lo que quería. Su mercería, su casa, su boda, Alfonso. Natalia fue solamente una ilusión, una fantasía que fue demasiado lejos, un error. Sí, un error. Ella no era así. Y sin embargo no pudo dejar de mirar el vestido que sostenía entre las manos y añorar las intensas sensaciones pasadas. Formaban, lo quisiera o no, parte de ella. Pero ya pensaría luego en todo esto. Debía volver a casa e inventar una buena excusa. Tal vez a Natalia se le ocurriera algo. Guardó con cuidado el vestido entre el género de la mercería.

Araceli se encuentra en una iglesia decorada con margaritas blancas. El cura habla pero ella apenas le escucha. Alfonso está a su lado, sereno, gallardo, con su impecable traje de novio. Sus miradas se cruzan. Araceli le sonríe. Él le hace un gesto. Ella tuerce un poco la boca sin entender. El cura llama su atención, le indica con el dedo unas líneas. Araceli lee. Alfonso le coge la mano un instante y le susurra.

– ¿Estás bien?

Al salir recogió el correo acumulado. Un sobre especialmente grande llamó su atención. Lo abrió y descubrió una nueva partida de nacimiento, esta vez solamente contiene su nombre: Araceli. Junto a al documento una recargada carta del sacristán pidiendo excusas con formulas barrocas, y dando explicaciones de forma tan enrevesada que tuvo que leerla varias veces para comprender que todo fue un error. Que Araceli Natalia no era ella, si no una hermana mayor que murió a los pocos meses de nacer. Una hermana de la que nunca supo. Una hermana de la que nunca se había hablado en su familia. Una hermana en forma de nombre que había poseído momentáneamente su ser y le había organizado una frenética despedida de soltera.

Araceli se ve rodeada de gente que la besa y le da la enhorabuena. La música suena en el salón tras el banquete, todos quieren bailar con ella, brindar con ella, fotografiarse con ella. Alfonso está riendo con un grupo de amigos al fondo. Ella va a su lado y exorciza todas las posibles dudas con un beso. Su ya esposo percibe algo en su mirada y, sin saberlo, acierta con las palabras.

– Tranquila, todo ha salido bien, ya volverá la paz mañana.

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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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