Noviembre inmune



* Sugerencia auditiva para la lectura.

Cielo azul y un sol radiante. Noviembre es cruel. Se disfraza de abril a través de mi ventana para luego morderme con su frío y fustigar, con un viento silencioso, mi cara descubierta. Mea culpa, exceso de confianza. El camino ha de ser andado, no obstante. A pesar de sentir como se endurece mi garganta, como el hielo baja hasta mi pecho, he de seguir caminando.

Su sonrisa dobla una esquina. Noviembre me odia. Se disfraza de abril a golpe de mariposas de papel que, durante su caída, simulan volar en una ilusión tan perfecta que no me apetece ver el artificio. Mea culpa, exceso de ingenuidad. El truco me atrapa, no obstante. A pesar de saber que la magia no existe, ya que de existir no sería magia, me dejo cautivar por su abrazo.

Un calor atávico. Noviembre me conforta. Se olvida de abriles fugaces y vuelve a su solo intenso de guitarra, acompañado por mi bajo nostálgico, y el toque amargo del ron herido. Mea culpa, exceso de dramatismo. Tal vez me confunda, no obstante. A pesar de saber que en el fondo tengo razón, que no hay nada más que ruido y bruma, mantengo la esperanza de estar equivocado.


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Kiun Tse


* Sugerencia auditiva para la lectura


Érase una vez, en la antigua China, un joven que vivía en el fondo de una grieta. Nadie recuerda cómo llegó allí: si fue condenado a vivir en aquella profunda sima o cayó por accidente, si lo hacía por una promesa o por deseo propio. En realidad, ni siquiera el propio Kiun Tse estaba muy seguro de los motivos de su estancia en el lugar.

De todos modos no tenía por qué preocuparse. De una de las paredes manaba un manantial cuyas aguas eran tan dulces como puras. Varios tipos de raíces y setas crecían aquí y allá. Los campesinos de la aldea cercana iban asiduamente a charlar un rato con él, y le traían arroz, sal y algo de carne seca. Él les entregaba a cambio hongos con capacidades curativas que crecían bajo ciertas rocas.

Kiun Tse, pasaba el resto del tiempo tumbado boca arriba, mirando el cielo acariciar el borde de la sima, e imaginando cómo sería la vida allá, en la superficie. Por las noches soñaba que estaba en el exterior, que era un campesino más y trabajaba la tierra, como le contaban sus amigos. Pero, al despertar, recordaba que sus sueños no podrían realizarse mientras estuviese en la profunda garganta, de la que parecía imposible salir.

En esos momentos la tristeza rondaba a Kiun Tse. Llevaba toda su vida, o al menos hasta donde podía recordar, en las profundidades de la tierra. Sus esperanzas de salir eran pocas. Pero antes de dejar que estos aciagos pensamientos se apoderaran de él, tomaba un poco de agua dulce junto con ciertos hongos y volvía a sentir ese estado de extraña alegría, en el que podía decirse que era feliz.

Bien mirado la vida en la sima no era tan mala: no tenía que realizar un duro trabajo, tenía comida y bebida en abundancia, no corría ningún peligro; en invierno estaba caliente y en verano no hacía excesivo calor, siempre venía alguien con quien hablar; no necesitaba nada más. Sí, podía decirse que se sentía feliz.

Sobrevino una fuerte tormenta que arrasó gran parte del poblado. La búsqueda de desaparecidos y las tareas de reconstrucción ocupo el tiempo de los aldeanos. Kiun Tse no sabía por qué lo habían abandonado. Comenzó a pensar que tal vez venían a verlo para obtener el hongo curativo que, de algún modo, ya no necesitaban. Su corazón se oscureció y tomó la dura decisión de no ayudar nunca más a sus visitantes.

Y así sucedió. Con el tiempo, un anciano visitó a Tse y le trajo algunas naranjas chinas recién cosechadas. Pasó un tiempo con él, interesándose por su salud, pero sin mencionar el temporal para no apenar al chico. Antes de despedirse, el anciano pidió unos hongos, pues su hija estaba enferma. Kiun se negó a dárselos sin más motivos. El anciano le suplicó para que accediera, pero Tse, en tono severo, se negó a entregarle hongo alguno y ordenó al anciano que se marchase, con palabras groseras e insultos. De la misma manera trató a una mujer cuyo bebé tenía unas extrañas fiebres, y a un joven campesino, el cual había visitado frecuentemente a Kiun Tse sin pedirle nada. Así, poco a poco, dejaron de visitarle.

De este modo, Kiun Tse se quedó completamente solo en el fondo del barranco. De vez en cuando oía a los campesinos charlando al pasar por las proximidades. En una de esas conversaciones escuchó que se refería a él como un amigo que se volvió avaro y huraño, que no se explicaban por qué se comportaba ahora así, y que lamentaban no haber podido ir a verlo durante el temporal y los duros días posteriores. La vergüenza se apoderó de Kiun Tse. Decidió salir de la sima para pedir disculpas a los campesinos.

No parecía muy complicado, la pared tenía varios entrantes y salientes a los que podría agarrarse. Comenzó la escalada saltando a una gran cornisa que sobresalía, cerca del manantial y poco a poco fue ascendiendo hacia la luz del día. El camino se hacía más complicado según subía. Algunos salientes de la roca estaban afilados, por lo que se Kiun hizo algunos cortes en las manos y brazos, piernas y pies descalzos. Las fuerzas comenzaban a fallarle. Ahora tenía que ir más despacio, pero el final estaba cerca. Continuó subiendo y subiendo.

El sudor le entraba en los ojos dificultándole la visión, y el dolor en sus miembros era grande. Tenía que salir de la sima. Tal vez sus antiguos sueños se pudieran cumplir. Sí. Llegaría arriba, iría al pueblo, se disculparía y buscaría un trabajo para poder construir una casa. Así podría, con el tiempo, incluso comprar tierras propias. Tal vez llegaría a formar una familia. Seguramente sería feliz.

Llegó a un gran resalte donde se paró a descansar. Tomo agua dulce y se lavó las heridas. Había recorrido la mayor parte de la ascensión y estaba emocionado. Miró hacia el fondo con algo de nostalgia al principio, pero la cavidad le pareció fría y distante. Kiun no se explicaba por qué no había tratado de salir antes de allí y este pensamiento le llevó a otro: ¿cómo había llegado hasta allí? No pudo recordarlo. Decidió no darle más vueltas a estos pensamientos. Comenzaba a sentir frío y no se encontraba con fuerzas para seguir escalando. El sueño se apoderaba de él. Ya tendría tiempo para ser feliz.

Amaneció un nuevo día. El día en que la superficie vería a Kiun. El día en que Tse conociera el mundo. Despertó con el canto de los pájaros animando su corazón a continuar su camino hacia la luz.

Los últimos metros no ofrecían lugares para asirse con facilidad, lo que dificultaba la ascensión final, pero con una dosis extra de esfuerzo Kiun Tse logró llegar a la superficie de la sima. Los ojos del joven no daban a basto para poder admirar toda la belleza que se ofrecían a ellos. A un lado y a otro, un joven bosque despedía distintos aromas y sonidos, colores y brisas. Pájaros de colores, nunca vistos por Kiun, saltaban de una rama a otra.

Siguiendo un sendero, Kiun llegó hasta la aldea, donde un grupo de niños jugaban con una cuerda. Las mujeres hablaban alegremente unas con otras, los hombres partían hacia el campo. Todos sonreían a Kiun cuando le veían pasar junto a su lado. Reconoció al anciano, la mujer y el joven a los que negó ayuda y fue enseguida a pedirles perdón, y a ofrecerles los hongos que había traído para ellos. Tanto el anciano, como la mujer, como el joven perdonaron a Kiun Tse y agradecieron el presente que, afortunadamente, ya no era necesario.

Kiun fue a ver al jefe de la aldea para pedirle humildemente permiso y establecerse allí. Enseguida se le asignó una casa que había quedado deshabitada pocos días antes su llegada. Todo iba mejor de lo esperado.

Por la noche, se celebró una pequeña fiesta en su honor para celebrar que por fin hubiera salido de la sima y se hubiera decidido a vivir con los demás. Comida, bebida y música saciaban los sentidos de Kiun Tse de una manera nueva. En el apogeo de la fiesta, lo nunca visto por el joven. Tras grandes estruendos el cielo se llenó de efímeras luces de brillantes colores que rivalizaban en belleza con las estrellas.

De repente, en mitad de la fiesta, llegó corriendo un niño delgado y sucio, gritando algo que Kiun no alcanzó a entender. El pequeño fue llevado ante el jefe quien, tras calmarlo y hacerle contar lo ocurrido, llamó a los aldeanos. Kiun Tse quedó un poco rezagado y no pudo enterarse bien de lo que les decía, pero no debían ser buenas noticias. Algunas mujeres comenzaron a llorar, y los hombres maldecían. Un grupo de ellos tomó antorchas. Kiun los siguió de cerca. Salieron de la aldea y se dirigieron a la garganta de la que él saliera por la mañana. Allí encontraron, en un saliente a escasos dos metros de profundidad, el cuerpo inerte de un joven pálido, de cabellos lacios y ojos pequeños. Tenía los miembros y el torso ensangrentados. Había unos hongos creciendo a su alrededor. Ninguno de los habitantes de la aldea lo reconoció. Lo más extraño de todo era la expresión de placidez de su cara. Se diría que había conseguido todo lo que esperaba de la vida. Se diría que fue feliz.

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Estación de paso - De paso (I)

Él sigue durmiendo, acunado por el traqueteo del tren y recostado en el hombro izquierdo de ella, quien permanece en vela, con la mirada perdida en el borroso reflejo fantasmal devuelto por una noche sin luna a través del cristal. La música que suena en sus auriculares se amalgama sin solución de continuidad al no ser escuchada, apenas oída. Los dedos de la mano derecha tamborilean de puro aburrimiento sobre el bolso de cuero marrón, a falta de una piel mejor que acariciar.


Él respira profundamente, tiene el brazo enroscado en el suyo, y por su sonrisa podríamos sospechar que sueña. Ella intenta no percibir su tacto, el olor de su pelo, su calor, y podría llegar a creer que piensa. No tengo edad para esto, fue lo primero que le vino a la cabeza. Hacía tan solo un par de semanas que se conocían, un encuentro casual, un ardid del destino, una casualidad como cualquier otra. A los ojos de extraños tal vez, pero todo estuvo orquestado. Él buscaba un cuarto no muy caro, no muy pequeño donde alojarse. Ella buscaba un suspiro, no muy profundo, no muy cercano, donde habitar. Cuando llegó le pareció, demasiado joven, demasiado inseguro, demasiado despistado, demasiado demasiado.


Él se estremece. En sueños busca su mano y, al encontrarla, suspira y vuelve feliz a la calma. A ella le acosa la ternura justo cuando comienza a sonreír, y mira con cierta tristeza sus dedos entrelazados. El tren frena su avance poco a poco hasta detenerse en una pequeña estación de paso. Deshace el nudo, se aleja de su calor, su olor, su aliento. Fuera, el hechizo de la noche lo rompen luces blancas de neón, trajín de viajeros que suben, maletas que caen, golpean, arañan, perdone, me permite, y otros cuchicheos a media voz.


Él despierta con el brusco tirón del tren al reanudar la marcha y solo, en su asiento, la busca a su lado sin encontrar más que un vacío en azul marino, aún caliente. Por un momento palidece, en el andén cree ver su figura esfumándose.


- ¿Qué miras?

- Nada, desperté y no estabas.

- Fui a cambiar las pilas al emepetrés.

- ¿Queda mucho para llegar?

- Sí, vuelve a dormir.

- ¿No me das un beso?


Ella le besa, le vuelve a servir de almohada, y solamente cuando se asegura de que está de nuevo dormido echa un vistazo furtivo por el pasillo, hasta la puerta, para comprobar que la maleta en su nueva posición, de caer, no romperá nada.


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Habitación de paso - De paso (II)


*Sugerencia auditiva para la lectura



Él sigue durmiendo, apenas arropado por la levedad del sudor de una ardiente noche de agosto, boca abajo, palpando con el brazo izquierdo su ausencia. No ha conseguido dormir a su lado. No ha podido hacerlo en todo este tiempo, por más cansancio que acumulara, quedándose simplemente de perfil, dándole la espalda y simulando el sueño. Apoyada en la baranda del balcón, lo mira a través del humo del enésimo cigarrillo que ya lleva esta mañana. Observa su tersa juventud. Lo desprecia por amarla. Podría ser su madre, se repite una y otra vez, sin poder apartar la mirada ni el deseo. Apaga el cigarrillo y vuelve a la cama, adivinando su sonrisa cuando la joven mano del escritor aniñado se funde con su madura cintura llena de estrías y arrugas.


Él despierta, y se zambulle en su pelo sin despertarla. Ella se hace la dormida. Se deja acariciar. Intenta reprimir la descarga eléctrica que le recorre la columna desde la nuca a la rabadilla difuminándose más allá, envolviéndola al instante en la promesa del deseo satisfecho con sólo abrir los ojos y corresponder a su beso con otro beso, atrapado entre los dientes, fuerte, fuerte, para que no escape. La deja dormir y se da una ducha, se viste y baja a por el desayuno, dejándola sola. Ella aún no se atreve a abrir los ojos. Tengo que terminar con esto, se dice, tengo que dejarlo. Y mientras piensa en él sus manos se toman la libertad de terminan lo que su miedo no dejó hacer al joven amante.


Él regresa empujando un carrito con el desayuno: café, leche, zumo de naranja y de mango, melón, melocotón, albaricoque, plátano, cereales, tostadas, mantequilla, mermelada de fresa y de higo, pan de leche, croissants, chocolate, helado de nata con nueces, y todo lo que se le ocurrió, salvo las excentricidades europeas como los huevos revueltos o las salchichas. Una rosa roja, la prensa del día, y un camarero solícito. Ella no está. La busca en el baño, en el balcón y se extraña al no encontrarla. El armario está entreabierto. Se acerca a cerrar la puerta y descubre que no está la ropa de ella, ni su maleta, y no recuerda haber visto el bolso de aseo en el baño.


Ella suspira, mientras el ascensor baja despacio, muy despacio, planta por planta, en una dramática cuenta atrás. Diez, el suspiro ya mencionado. Nueve, la mirada perdida en la puerta de aluminio. Ocho, se cala las gafas de sol. Siete, coloca la maleta bien a su lado. Seis, vuelve a suspirar. Cinco, se mira en el espejo que hay a su espalda. Cuatro, se quita las gafas. Tres, no se lo puede creer. Dos, está llorando. Uno, sí está llorando. Cero.


Él extiende despacio mantequilla sobre una tostada fría, y luego pone café con una gota de leche, aún caliente, en una taza, con dos cucharadas de azúcar. ¿Dónde estará? Algo le quiere advertir, algo le quiere decir la verdad, pero o bien no lo oye o bien ese algo enmudece. La puerta sigue abierta, como la del baño, el balcón y el armario. Lo ve desde el umbral, sentado a la mesa, de nuevo de espaldas, preparándole el desayuno.


– ¿Qué haces ahí sentado? ¡Venga que tenemos que irnos! ¿No ves lo tarde que es?

– ¿Dónde estabas?

– Estaba bajando las maletas, ¿dónde estabas tú?

– Fui a por el desayuno, la prensa…

– Muy bonito, tú aún de vacaciones y me dejas sola recogiéndolo todo. ¡Pero espabila que tenemos que tenemos que dejar la habitación ya!

– Perdona, yo…

– ¡Vamos recoge tus cosas!, y ya que has subido esto tomaré algo.

– Vale, voy.

– Tenemos cinco minutos.

– ¿No me das un beso?


Ella le besa, aunque sin quitarse las gafas de sol, y apenas le roza la cara, con la excusa de las prisas, el reproche de café frío, y los labios manchados que intentan limpiarse en la mantequilla de la tostada.


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Proyección de paso - De paso (III)

Ella sigue durmiendo, apoyada en su hombro, abrazada a su brazo, y maldiciendo en sueños la separación que impone la butaca del cine. Él permanece ensimismado por la belleza austera del desierto iraní desplegada ante sus ojos, en secuencias eternas llenas de un misticismo tan etéreo que, apenas es apercibido, desaparece dejando un liviano rastro que no puede dejar de buscar.


Él le hace comentarios en susurros que no escucha. Despierta e intenta mantener la atención en la pantalla, pero donde él ve un evocador contorno entre las montañas ella no ve más que piedra y arena. La música chirría en sus cansados oídos, los aburridos personajes pasan el tiempo mirándose sin hacer nada rompiéndole los nervios. Sin embargo él parece ensimismado, casi abducido por este tostón soporífero.


Ella intenta recabar su atención deslizando una mano bajo su camisa y comenzando a dibujar promesas de deseo en la tersa piel del joven sin obtener respuesta alguna. Ataca entonces una rodilla con intención de subir despacio hacia la entrepierna, mientras la lengua busca el oído. Él detiene el avance por ambos flancos bruscamente y le recrimina lo inoportuno del momento, mientras anota mentalmente las sensaciones que le evoca el atardecer del desierto, preguntándose si será capaz de plasmar parte de esa belleza en sus relatos.


Ella, harta de la situación, se marcha a la cafetería. Dos horas de tortura han sido suficientes. Le pide un gintonic al camarero mientras se enciende un cigarro. No debían haber entrado, piensa. El camarero le indica que no se puede fumar en la cafetería y que no les queda tónica. ¿Cómo había terminado en esta ridícula situación? Le pide un café solo. Iban paseando sin propósito alguno y él vio el cartel en la entrada de la filmoteca. Joder, el café está hirviendo. No pudo negárselo, últimamente no puede negarle nada, tal vez por sentirse aún culpable por intentar dejarlo. Pide un vaso con hielo. Pero ahora está segura no va a abandonarlo. No tengo edad para esto, refunfuña. Tras el café pide un bourbon. Hay que joderse, dice para sí, va a ser que le quiero.


Él aparece cuatro copas más tarde, sonriente, seguro, joven, demasiado joven, piensa de nuevo. Pero no entra en la cafetería, pasa de largo un momento y luego cruza de vuelta ante el hueco de la puerta abierta. Pide la cuenta al camarero que ya la tiene lista, y paga. Se levanta del taburete y siente el alcohol agolparse en su cabeza.


– ¿Ah, estabas aquí?, pensé que te habías ido a casa.

– No, te estuve esperando.

– Perdona, de habérmelo dicho…, la charla se prologó un poco.

– Bien, no importa, llévame a casa estoy cansada.

– ¡Ay!, pero íbamos a ir a cenar con la directora para seguir charlando, ¿sabes?, han quedado muchos temas abiertos.

– ¿Íbamos?, yo no estoy para cenas, mi amor, llévame a casa.

– No, claro, tú no. Íbamos a ir la directora, su ayudante y la organizadora del ciclo. Pero si quieres que te lleve a casa…

– No, ve, ve. Yo buscaré un taxi.

– Genial, gracias. ¿Oye, me puedes dejar dinero?

– Claro, ten.

– Bien, bien, intentaré no llegar muy tarde. ¡Hasta luego!

– ¿No me das un beso?


Él la besa, aunque sus mejillas casi ni se rozan y apenas percibe su aliento, que sale disparado hacia un grupo de mujeres jóvenes, guapas y tersas, con pinta de zorras, que le dan la bienvenida entre risas y abrazos. Permanece un instante en la calle sin saber qué hacer. Siente que el final de esta escena se lo han robado. Sube a un taxi de forma automática y, de repente, se da cuenta de que siente un miedo atroz. De repente, se da cuenta de que realmente se ha enamorado.


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Relatos de Paso - De paso (IV)



*Sugerencia auditiva para la lectura


Ella sigue durmiendo arropada por folios que se abren en cascada hasta el suelo donde descansa el portátil, junto al sofá. Él entra intentado hacer el menor ruido. Una vez más llega tarde. La luz de la pantalla es la única que ilumina el pequeño salón, reflejada en el techo y los folios que comienza a recoger con un barrunto de traición.


Ella despierta y lo encuentra de pie, con la gabardina aún sobre los hombros, ordenando las hojas caídas que hace un instante le daban calor. Se incorpora. Él la mira en guardia, inquisitivo. Ella descubre el miedo en sus ojos, tal vez la duda. Con un gesto de la cabeza le señala el interruptor y accede a romper el hechizo de la espectral luz del ordenador, se quita la gabardina y se sienta en una silla, altivo, esperando una excusa para aquella violación.


Ella se le abalanza, lo besa y pide perdón. Perdón por dudar de su talento, perdón por haber sospechado de él, perdón por menospreciar su entrega, perdón por haber querido abandonarlo. Todo estaba ahí, en sus relatos, toda su sincera devoción, todo su amor, toda su alma al desnudo. Especialmente en un pequeño cuento, uno en el que habla de ella de manera magistral y expresa exactamente lo que nadie más podría jamás intuir.


Él suspira aliviado al tiempo que la observa con ternura y una pizca de tristeza mientras continúa hablando. No la escucha. Acaba de descubrirlo: la verdad está en ese cuento. No ha podido, ni querido, ver que no es la protagonista. Da lo mismo. La cuestión no es esa. La revelación toma cuerpo y la consecuencia inmediata entristece al joven escritor. Era tan sencillo. Todo estaba ahí, en aquel pequeño relato. El secreto más preciado, delicado como un suspiro. La diferencia entre la mediocridad y el genio. Su alma en prosa suave y sin artificios. Vomitada, sí. Desnuda, sí. Cruel, sí. Mas auténtica pasión hecha palabra. Sin miedo, ni pudor, ni fingimiento. Pura exposición masoquista hasta el delirio. Comparado con éste, cualquier otro relato salido de su mano o su insulsa novela, formalmente correcta que será pronto presentada, se marchita y termina reducido a cenizas, evidenciando el fraude del escritor de método, técnicamente perfecto pero sin alma. Por fin lo comprende. Nunca quiso ser un vendedor de libros. En el fondo siempre supo que eso no aplacaría el deseo, la obsesión que solamente a golpe de tripa desgarrada, curtida en cada palabra, párrafo y página, quedará satisfecha, aunque nunca viera la luz. Eso es ser escritor, no otra cosa. Lo demás, apenas superfluos juegos de palabras. Ella le mira con lágrimas en los ojos.


– Entonces, ¿me perdonas?

– Pues claro.

– ¿De verdad?

– Sí.

– ¿No me das un beso?


Él la besa con la pasión recién descubierta, vertiendo en su cuerpo el vértigo de la revelación. Ella se deja amar ciegamente, por primera vez sin objeciones o remilgos, por primera vez sin miedo y feliz.


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Vida de paso - De paso (y V)

Él se fue sin avisar, sin despedirse. Apenas dejó una escueta nota. Un hasta siempre que no tuvo el valor de ser un adiós. En el autobús, usaría la dolorosa necesidad de volver como excusa. Se sentía mal por ella. Sabía que le estaba haciendo daño. Pero ahora debía ser egoísta. Era una mujer fuerte, lo superaría. Intentó dormir, pero en su cabeza se entremezclaba la culpa con la expectación del regreso, los planes de futuro con lo vivido los últimos días, la mujer que dejaba abandonada y aquella por la que regresaba. Sí, ella lo superará, tal vez con el tiempo incluso podrían llegar a ser amigos. Ahora no había lugar para remordimientos, la decisión estaba tomada. El futuro aguardaba allí donde lo dejó. ¿Aguardaba? Sí, esperaba por él. No podía ser de otra forma.


Ella lo supo antes incluso de despertar. Al hacerlo simplemente fue confirmándolo, notando su ausencia en cada pliegue de las sábanas, en cada objeto de la habitación donde posaba los ojos, en cada azulejo del baño, en cada gota de agua que caía desde la ducha. Nunca más, se dijo.


Él llegó seguro, confiado, pisando firme el lugar que, a sus ojos, apenas había cambiado. Recorría las calles empedradas, congeladas en el tiempo. Apenas se dio cuenta de los pequeños detalles que le hicieran despertar de su ingenua ensoñación. Hasta que la realidad dobló la esquina con un bebé en el regazo.

– ¡Hola, he vuelto!

– Ya veo.

– Yo… Tenía ganas de verte, podemos…

– Me pillas con prisa. Tengo que llevar al niño donde mi suegra.

– ¿Estás…?

– ¿Y qué esperabas?, ¡ha pasado un año y medio!

– Yo…

– Mira, ya hablaremos.

– Espera, ¿no me vas a dar siquiera un beso?


Ella despierta y su pensamiento se escapa en busca de café. En el baño, frente al espejo, se da cuenta de que su primer impulso no ha sido echarle de menos y, así, sin más, descubre que la herida está sanada. Sonríe por primera vez en mucho tiempo. Después de satisfacer su necesidad de cafeína se dedica a correr todas las cortinas y abrir todas las ventanas de la casa. La luz de la mañana comparte su serena felicidad. Por fin puede poner el punto final a esta historia y así lo hace, literalmente, en su diario. Después, ropa cómoda y limpieza general. Abril puede llegar cualquier tarde de otoño y la casa debe estar aseada y recogida. Termina agotada ya entrada la tarde. Todo está listo. Solamente resta bajar al trastero. Allí deja el diario en la estantería superior. Con los demás. Sale y, al cerrar la puerta, se deja abrazar por el mismo pensamiento que la acoge cada vez que completa el ritual. Tal vez, piensa, la próxima vida con la que se cruce la mía no esté de paso.


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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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