Vacía victoria.


Observo la ciudad desde en la cornisa de uno sus edificios más altos. Hay algunas ventanas iluminadas. Algún insomne, algún madrugador. El tráfico no ha parado de fluir por las venas de este gran animal que nunca duerme. Apenas llegan ya sonidos de sirenas. El aire viciado de finales de julio se da un respiro en forma de suave brisa.


– ¡Ah, estás ahí!

– Míralos, duermen como niños. La mayoría no sabrá nunca que han estado a punto de desaparecer.

– Pero tú nos salvaste a todos, ¿no es cierto?, y esta vez parece que para siempre. Los chicos de la central estarán bastante ocupados las próximas noches rematando el trabajo, pero tú te has ganado unas vacaciones. ¡Alegra esa cara hombre!

– De verdad crees que todo ha terminado.

– Bueno, ya sabes, hasta Audrey Hepburn se limpiaba el culo. Y, aunque nunca va mal tener un héroe vigilando, creo que nos la apañemos una temporada sin ti.

– Siento que si me voy no volveré. Y en cierto modo no estoy seguro de haber terminado mi tarea.

– En serio. Has cumplido con tu deber más de lo que nadie podría pedirte jamás y más de lo que sabrán agradecerte. Estamos en deuda contigo. Solamente espero que hayamos sido merecedores de tu esfuerzo.


No contesto. En breve amanecerá y todos volverán a sus vidas como si nada hubiera ocurrido. Scott me tiende la mano como despedida, aunque algo le dice en su interior que esto no será un adiós definitivo. Mañana será un nuevo día. Esperanza, es lo que nos queda tras la victoria. Tal vez comiencen a creer en sí mismos de nuevo. Tal vez no vuelvan a necesitarme más. Así sea.


– He de marcharme. Ya no me queda nada más que hacer por aquí. Cuida de ellos.

– Lo haré.


Ahora podré ser uno más, anónimo y pequeño. Debería sentirme en paz. Mi labor ha terminado, si bien no puedo dejar de añadir un suspicaz, de momento…


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Cuarto menguante



*Sugerencia auditiva para la lectura

Drop, drop. Despierto boca arriba, agarrado fuertemente a las sábanas, sudando, con las piernas en tensión y el pulso acelerado. Drop, drop. He sufrido un vértigo mientras soñaba. Drop, drop. Las luces verdosas del despertador me informan de que son las cuatro cuarenta y nueve. Drop. Respiro profundamente e intento calmarme. Mis ojos se acostumbran a la leve luz que se cuela por la ventana y me vuelvo para ver tu foto. Drop, drop. Es la foto que te hice a traición en el parque. Drop. Estabas tumbada boca abajo, leyendo. Drop. Entonces dejaste caer el libro, levantaste la vista y cerraste los ojos tras suspirar. Drop, drop. Cuando los volviste a abrir te hice la foto. Me dijiste que la borrara. Drop. Te dije que lo haría si me decías en que pensabas. Drop, drop. Cuatro cincuenta y dos. Drop. Está claro que no volveré a dormir esta noche. Drop. Lydia ha dejado el baño perdido. Tendrías que verla. Drop, drop. Le digo que se parece mucho a ti, sé que le gusta oírlo, pero lo cierto es que no tiene nada que ver contigo. Drop. Salvo cuando arruga la nariz indignada. Drop. Cerraré el grifo de la ducha.

Tic, toc, tic, toc. La puerta del balcón está abierta. Tic, toc. Cruzo el salón en semioscuridad. Tic. Hay ceniceros llenos por todas partes. Toc. Golpeo una lata de cerveza que rueda hasta colarse debajo del sillón donde leías. Tic, toc. Repaso tus libros con los dedos. Tic. Tenías tantos. Toc. Y los dejaste huérfanos tan prematuramente. Tic, toc. Tu horrible reloj de cuco marca las cinco y tres. Tic, toc. La brisa nocturna hincha las fantasmales cortinas que se resisten a ser atadas. Tic. Busco un cigarro. Toc. Y salgo al balcón.

Ras, ras, raaas. La plaza está desierta. Ras, ras. Las terrazas están recogidas y solamente quedan un par de barrenderos. Ras. El cielo está surcado de nubes grises que brillan contra la luna menguante. Ras, ras. No soy el único en vela. Ras. Hay más balcones habitados esta calurosa noche. Raaaas, ras. Un hombre mayor está sentado en una silla de mimbre, mirando la tele que está dentro de la casa. Ras. Una chica joven mece un bebé entre sus brazos. Ras, raaas. Hay varios, como yo, fumando sin más. Intentando no pensar. Ras. Como si eso fuera posible. Ras. La ronda de limpieza termina. El reloj marca las cuatro treinta y ocho.

Tac, tac, tac, tac. Antes de entrar la veo. Tac, tac. Cruza la plaza con cierta prisa, mirando el bolso, buscando algo. Tac, tac, tac, tac. Deja de buscar y mira hacia arriba. Tac, tac. Me ve y se para. Se encoge de hombros y yo asiento. Tac, tac, tac, tac. Va a subir a casa.

Humpf. No sé qué estoy haciendo. Aaah. La he invitado a subir, hemos acordado un precio, y he comenzado a buscarte en su cuerpo aún sabiendo que no te encontraría. Huuumpf. Pero parecía sencillo el artificio con la noche de mi parte. Oooh, aaaaaah. Termino y huyo al balcón.


– ¿Sabes?, no debería decírtelo pero ahora pareces aún más triste. – No contesto. – Oye, ¿te importa que me dé una ducha?

Drop. De nuevo en la cama, esta vez boca abajo. Drop, drop. Muerdo la almohada. Drop. Ahogo un grito. Drop. Te echo tanto de menos. Drop, drop. Son casi las seis. Drop. Lydia debería volver en breve. Drop. Tal vez aún pueda dormir algo. Drop. Tal vez aún pueda.


Drop.


Drop.

Drop.




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La libélula

Eva sueña con el aleteo de una libélula posada en el carrizo junto al río. Puede sentir el calor del sol de la tarde derramarse sobre su cuerpo y oír el chapoteo de la gente que se baña unos metros más allá. En su sueño, Eva está tendida sobre la hierba alta. El viento cambia y le acaricia la cara, dejando a su paso el dulzón olor de los frutales que hay tras ella. Eva sueña que viste un fino vestido blanco que le llega hasta las rodillas cuando se levanta y corre a la llamada de su madre, quien ya ha terminado de recogerlo todo en el coche. A la izquierda el sol se hunde ruborizado en el agua y nubes de mosquitos comienzan a surgir de las profundidades. Eva sueña que es de nuevo pequeña, que el mundo es pequeño como ella, y que se abraza a su madre antes de subir al coche para volver a su pequeña casa en el pequeño pueblo a orillas del río. Una vez allí cenarían y saldría a jugar a la calle, o a cazar lagartijas, tal vez esa noche saliera con su tío a por gamusinos.


Eva despierta con el fuerte chiflido y el latigazo del tren al arrancar. Hay gente nueva en el vagón. Un chico joven se agacha a su lado y le tiende un viejo cuaderno.

– Se le ha caído esto.

– Gracias.


Eva se abraza al diario de su madre, echa un vistazo a las flores que hay en el asiento contiguo y deja que se le escape una sonrisa para el joven desconocido.


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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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