La Conquista del Paraíso




*Sugerencia auditiva para la lectura




La aventura no iba a ser sencilla. Pero la certeza de que allá, al otro lado del mar, se encontraba una tierra nueva y misteriosa, llena de oportunidades y riquezas, alejaba el desánimo más feroz.


El primer paso era siempre el más complicado, luego la inercia del movimiento lo hace todo más sencillo. La travesía era cara. Necesitaba dinero, mucho dinero, dinero que no tenía. Como no podía ser de otro modo fue a pedírselo a su rey. El rey, hastiado de tantos soñadores pedigüeños como venían a su puerta día tras día, había tomado la determinación de exigir garantías de que la inversión le resultaría provechosa. Así, no tuvo más remedio que aceptar las duras condiciones del préstamo. Pero ningún precio es demasiado alto cuando se está convencido de poder alcanzar el cielo.


Los siguientes pasos fueron, más sencillos. Conocer a los que serían sus compañeros de viaje, pertrechar la flota, establecer la ruta, elegir el momento más favorable para zarpar. Cada pequeño detalle acumulaba viento en unas alas que pronto volarían. Ahora sólo restaba esperar junto a los suyos.


El día de la partida cayó de repente el peso del mundo sobre sus hombros. Despertó antes que el sol, y le besó en la frente tratando de retener en la memoria su pequeña cara y la de su madre. No sabía si volvería a verlos más. Durante un momento dudó. El amanecer se coló a través de la ventana y, sin más, se fue.


Al atardecer, la pequeña flota de tres naves se hizo a la mar. Lentamente la costa fue desdibujándose hasta fundirse con el horizonte. Tres pequeñas manchas oscuras sobre el océano infinito. El cielo se inflamó encarnado cuando el sol se deslizó por el fin del mundo. El piloto seguía la ruta marcada. La noche sin luna fue arrebatadoramente bella. Tres suaves estelas rasgaban el mar. No pudo dormir esa noche, abrumado por la inmensidad del océano, la profundidad del cielo y esas estrellas que parecían, más que nunca, al alcance de su mano.


El amanecer ahuyentó el viento. El viaje continuó siguiendo las corrientes marcadas en viejas cartas. A medio día, el sol dejaba caer rayos afilados sobre los tripulantes. La calma y la inactividad pusieron en jaque los nervios menos templados. Pero él seguía sonriendo, en la proa, mirando hacia adelante, siempre adelante.


La tercera noche no fue tan plácida. Una tormenta zarandeó las embarcaciones a voluntad. El miedo se hizo agua y viento. Apenas podían mantenerse en sus puestos. Achicar agua era una tarea titánica. Intentar gobernar la nave, imposible. Solamente cabía esperar, tal vez rezar. La gloria se cobraba su primera cuota.


Estaban perdidos. La flota se detuvo. Los pilotos y capitanes no se ponían de acuerdo. La duda y el desánimo los sobrevolaban en círculos cada vez más cerrados. Algunos lloraron a los perdidos. Otros hacían inventario de provisiones. La idea de regresar aparecía salvadora en la mente de muchos. La tripulación se dividió, él permaneció con el grupo de hombres que tenían claro que la derrota no era una opción. Estaban perdidos, pero encontrarían un camino.


Pasó el primer día tras la tormenta, y pasó también la primera noche. El temor no abandonaba el hueco dejado por los que no verían tierra. Entonces comenzó a cantar. Una canción que comenzó siendo triste, hablando del hogar, de su mujer y su hijo. Poco a poco fue ganando en firmeza al recordar los planes junto al fuego, en esperanza al revivir los viejos sueños, en convicción con la seguridad de que una vida mejor les esperaba al otro lado del mar. Las estrellas les ayudaron a encontrarse. Se reconciliaron con sus anhelos.


Llegado el momento, ya nadie sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaban navegando. Cada amanecer eran menos, pero nadie decía nada. No les quedaba comida, apenas agua que beber. Las tres embarcaciones continuaban silenciosas siguiendo un rumbo incierto. El sol era ahora el encargado de vetar el viaje. Los hombres intentaban pasar el día durmiendo para gastar cuanto menos las escasas energías. Solamente uno continuaba sonriendo a proa y podría decirse que era su fe en la nueva tierra la tiraba de la flota de espectros.


Apenas sin fuerzas, en el momento antes de desfallecer, el cerco azul y gris del horizonte se rompió. Entornó los ojos, llevó su mano a la frente. La brecha crecía lenta pero inexorablemente entre el oleaje. No se atrevió siquiera a pensarlo, pero lo supo. Era tierra lo que veía. La tan ansiada tierra prometida. Llena de oportunidades y riquezas. Un nuevo mundo donde comenzar desde cero, donde ser libre. Ahí, al alcance de la mano. Otros la habían visto también. Cuerpos exhaustos recobraron de repente la vida. Corrieron silenciosas lágrimas. Se oyeron débiles risas. Gritos apagados. La pequeña algarabía se extendió por las tres barcas. En una de ellas la bulla casi provocó el vuelco.


Poco después vieron aproximarse un gran barco pintado de blanco y gris verdoso. Sonaron sirenas y voces extrañas. Fueron llevados a bordo. Les hablaban en una extraña lengua que no entendían. Les dieron mantas, agua, algunas galletas. No estaba seguro de qué estaba sucediendo. Se quedó algo más tranquilo cuando vio que se dirigían a la costa, y se dejó hacer, sonriendo de nuevo. Al llegar a puerto, se arrodilló y besó la nueva tierra. Lo había logrado, muchos habían quedado atrás. Había llegado al paraíso, ahora restaba conquistarlo.


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La cazadora

Dicen que sólo se deja ver en las noches más negras. Pero es la Luna quien se esconde, envidiosa de la luz de su rostro. Incluso las estrellas atenúan su brillo, mostrando el respeto debido ante quien las venció. Ágil, rápida y silenciosa, fluye entre extraños despertando en la tierra el mismo pudor y admiración que en los cielos. Atraviesa las calles en busca de una nueva presa. Sabe dónde puede encontrar la que satisfará su hambre. Ya la ha visto tras el cristal de una cafetería, sobre una mesa. Acecha y, antes de que puedan darse cuenta, el libro cae en sus manos. Luego corre, vuela sobre la noche, ríe y brilla como sabe. Es feliz. Vuelve a mi lado y besa mis labios sin poder despertarme. Abre el trofeo ceremoniosamente y, Diana, sueña que me cura con un nuevo cuento.

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El primer regalo de Reyes

Una ventana, en el segundo piso de una casa, mira una plaza cuadrada de portales amplios y pilares de piedra, con una fuente de la que nunca llegó a manar agua, un mosaico de grises con rayas verdes entre las teselas, una encina con el tronco hueco, una higuera milenaria y un ciprés altivo. A la izquierda la iglesia, con una gran puerta de hierro oxidado que nunca se abrió. A la derecha más casas de dos plantas, más portales amplios y pilares de piedra. De frente una escuela.

Un momento extraño al despertar en una cama en la que he dormido bien, aun no siendo la mía. Una sensación que me dura lo que se prorroga el descubrirla, como cuando el último sueño de la noche comienza a escaparse y aún su recuerdo no se ha desvanecido del todo, pero resulta inútil tratar de evocarlo, pues ya dejó de existir. Durante ese instante el tiempo se tomó un respiro y la sensación tomó nombre: estoy en casa, y entonces, simplemente, desapareció.

Cuando un secreto lleva oculto demasiado tiempo, y aquellos que lo guardan se han ido, el secreto abandona este mundo junto al alma del último difunto. Pero hay misterios que se niegan a desaparecer, y almas que no desean ser acompañadas. Entonces el destino se alía con ambos, para bien, o para mal.



El frío de una noche estrellada de diciembre se cuela por las grietas de la madera y se ensaña con la débil carne de Marta que, hecha un ovillo, se estremece mientras sueña.

«Mal asunto este de ser pobre, se le acaba cogiendo costumbre y luego una no acaba de querer de dejarlo». Quejas de una mujer que vivió más de lo necesario. «La vida es lo que tiene, que no te deja tranquila hasta la muerte». Tranquila quedes madre, y en paz, pronto, cuando tu último deseo sea cumplido.

Cuando la niebla viene del monte, es que los vientos andan inquietos, porque saben que las nieves se acercan y tendrán que luchar de nuevo. Cuando la niebla viene del río, es que es que las almas andan inquietas, porque saben que un deseo ha vencido al olvido y busca el modo de quedar satisfecho. Cuando la niebla viene del cementerio, simplemente, es que alguien va a estrenar un nicho nuevo.



Desde una cama hundida por los años, el único consuelo de Marta es mirar por encima de las delgadas sábanas y las mantas raídas, e imaginar formas en las humedades del techo, que según ella cambian cada noche. Mientras, espera a que llegue su madre a levantarla, a aproximarla hasta la mecedora, a que la arrope con las mismas raídas sábanas y mantas delgadas, para pasar, así, el día mirando a la plaza y a las gentes que pasan, mientras las campanas de la iglesia marquen las horas, el viento baile con la copa del ciprés altivo, un gato se esconda en el hueco de la encina, y la nieve de un aspecto honorable a la higuera milenaria. De frente, una escuela la observará. Marta siempre espera que algún día le diga algo. Pero nunca dice nada.

Anduve por viejas calles llenas historia de gente corriente, donde mil vidas han celebrado y sufrido, reído las mismas gracias insulsas, tropezado en las mismas piedras, agotado las últimas energías en las mismas cuestas donde otros tantos han corrido alegres. Subí escalones de piedra suavizados por las pisadas de hombres y mujeres anónimos, de vidas duras e intensas, perdidas en el olvido, como quien pierde una hoja en otoño, e igualmente secas y barridas por el tiempo. Caminaba sin saber hacia dónde por un pueblo desconocido, intuyendo las mil ansias de personas enredadas en esta vida de enredos, para cumplir una última promesa.

Cuando la pasión se apodera del sentido de un hombre, y el secreto satisfecho solo engendra más deseo, la traición solamente tiene un remedio de sangre, que ni la sangre se respeta ni puede ser perdonada cuando la locura se disfraza de celos.



Unos ojos cálidos. Una cara con una luz especial entre los pliegues de mil preocupaciones. Una voz entre la afonía y el infarto. Un pelo descuidado domado de cualquier manera. Unas manos arrugadas por cientos de trabajos y varios achaques para los que nunca hay tiempo. «Marta, cariño, vengo a buscarte para que me acompañes en la cena». El vacío estómago de Marta no se alegra. El nudo de su garganta se aprieta. « ¿Y por qué no ha venido mi madre?» De nuevo llantos de impotencia, que ya saben a rutina ante la promesa rota. Otra más. Una menos. «Ya sabes que tiene que trabajar, cariño. Anda, no llores, que te he preparado un pastel especial de Nochebuena». Viendo a Aurelia no queda ninguna duda de que en este mundo hay personas que no tienen más remedio que ser buenas. « ¿Y qué le vas a pedir a los Reyes Magos, una muñera?» Coge a la niña de cristal en brazos, como el viento toma una pluma o una brizna de hierba. Marta mira de nuevo por la ventana. El ciprés altivo calla. La higuera milenaria no contesta. La encina se esconde en su hueco. La iglesia está ocupada. La escuela, como siempre, calla. «Nunca me traen la muñeca, mi madre dice que se les gastan porque todas las niñas quieren una y nunca me traen nada. Así este año les voy a pedir algo que no se les puede gastar: que mi madre no trabaje por las noches, y me cuente cuentos para que me duerma, y se acueste a mi lado cuando tenga miedo de las tormentas». Unos ojos cálidos y más lágrimas con sabor a pobreza. Hay personas que necesitan que otras no tengan más remedio que ser buenas.

«Así que su madre vivió en este pueblo, ¿eh?». Cuatro ancianos reunidos en torno a una mesa y un camarero adolescente, sus padres y otra señora muy muy vieja eran los únicos habitantes de Cancelas del Llano. « ¿Se quedará para la cena de Nochebuena?, como somos pocos la pasamos todos juntos en el bar, menos la señora Juana que se encierra en casa llegando el 22 y no sale hasta pasados Reyes». Dos mastines cruzados, un galgo sin dientes, un gallo, dos gatos callejeros y un loro, los amos de las calles. «Las llaves del cementerio las tiene mi padre, pero tampoco hacen falta. Hace tiempo que se derrumbó parte del muro que da a la parte vieja». Ya nadie cuidaba los jardines más alejados de la plaza de la iglesia, y aún estos aparecían salvajes, con setos sin recortar, malas hierbas, un ciprés que se mecía con el viento con orgullo y altivez, lo que parecía una encina con el tronco hueco, y lo que pudo ser una higuera. «Un rayo partió la higuera en dos, y luego rebotó y dejó desfigurada la encina. El ciprés, que es más alto, no sufrió ningún daño, aunque luego se fue secando por dentro, y cualquier día se nos cae sobre alguna casa, por muy sano que parezca». Cuatro chatos de vino, unos pinchos calientes, y cuatro historias pugnando por serme contadas. «Siempre la misma cantinela. Aquí ya no queda nadie, ¿sabe? en verano todavía hacemos algo de negocio con la hospedería, pero en estas fechas... »

Cuando la felicidad de se cobra el precio de la mentira, o cuando la verdad se nubla y se niega. Cuando el dinero acompaña a los afectos y las carencias son realmente carencias. Cuando el desdén y la burla no miden bien a quién afligen. Cuando el amor llega a sus últimas consecuencias. Cuando la locura toma las riendas y el embriagador aroma del odio emborracha el sentido. Cuando las opciones no son opciones sino ira desatada y dos cartuchos y una escopeta. Entonces es el momento en el que la parca se relame en secreto. La mesa está puesta.



La vida parece otra vida en casa de Aurelia. Marta sonríe, tal vez por primera vez desde no sabe cuánto, cuando sus hijos comienzan a cantar versiones nuevas de los villancicos de siempre. En la mesa de Aurelia nunca sobra nada, pero si ella puede evitarlo tampoco falta, aunque casi todo esté ya empezado antes de comenzar y siempre se hagan más partes de las que tocan. « ¡Deja un poco para el tío Antón que sabes que le gusta!» Marta no puede evitar desear quedarse allí para siempre, entre los cantos de unos, las regañinas y llamadas al orden, entre las risas de todos. « ¡Ande madre, beba un poco de vinillo y cántese algo!» Un pequeño fuego ilumina más que calentar, ignorado por innecesario, entre el calor de la familia de Aurelia que se pone a bailar al son de una botella de anís. « ¿Me concedes este baile?» Juan, el hijo mayor, toma a la niña de cristal en sus brazos fuertes de jornalero con la suavidad de cien cojines de plumas, y comienzan a girar por el salón con los demás. Marta cierra los ojos y se deja llevar por el momento, se deja llevar por los sueños que una y otra vez se repiten en sus largas noches de soledad. Cuatro palabras casi se escapan de su pequeña boca. « ¡Ojalá fueras mi padre!»

Lentamente entré en el viejo cementerio por el derrumbe del muro y, lentamente, busqué las tumbas de dos extraños, con el mismo nombre y apellido. Una mujer muy muy vieja estaba de rodillas entre dos lápidas. «Mí marido y mi hijo... » Dos nombres iguales, dos apellidos iguales, dos fechas iguales. La mujer era ciega, y no dejaba de tocar las lápidas recorriendo con sus manos los nombres de los que ahí yacían. «Sin motivo ninguno, sin motivo ninguno» La mujer sacó un relicario que llevaba al cuello, y sus ojos secos de tanto llorar miraron, sin ver, dos viejas fotografías grabadas a fuego en su mente. « ¿Verdad que era guapo mi hijo?» No soy yo quien deba juzgar eso, no puedo ni podré ser objetivo nunca en ese putno. Lo único que pude hacer fue reconocerme en esa fotografía del mismo modo que me reconozco ante el espejo. « ¿Le apetecería tomar un café, hijo?». Si aquella mujer sabía realmente a quién invitaba a su casa, o no, no lo sabré nunca. Acepté acompañarla a su casa, acepté el café, y aún trato de aceptar lo que me contó después sobre mi madre, sobre mi padre, y sobre la noche en que los celos le llevaron al crimen y al suicidio. La anciana abuela me dio un paquete que llevaba envuelto más de treinta años con papel de colores. «Lo encontré hace ya años, cuando me quedé ciega. Quédeselo si le gusta, me ha hecho buena compañía esta tarde, y hay que ser agradecidos con la gente buena». Sólo me quedaba una cosa por hacer en el pueblo. Despacio, en una ceremonia de un culto olvidado, cumpliendo el último deseo de una mujer que vivió más de lo necesario, que abandonó su hogar perseguida por el remordimiento y que nunca supo expiar sus culpas por más que renunciara a volver al pueblo que la vio nacer, esparcí las cenizas de mi madre, como fue su deseo, a los pies del hombre que mató y murió por ella, y con las ceniza su secreto.

Cuando la verdad se guarda en un cajón oscuro, el destino desea que alguien la rescate, y si la voluntad no cede al orgullo, alguien lo terminará haciendo.



Un fuerte estruendo, luego otro. Tal vez truenos. Mas no hay tormenta esta madrugada. Sólo niebla, una densa niebla plateada que nadie sabrá de dónde llegó. Tal vez disparos. «Marta despierta, tenemos que irnos». La noche aún reina. La niebla de plata no deja ver más allá de dos pasos. Corta la navaja del invierno. Marta es cogida por su madre que la mete en un coche que espera en la puerta de su casa. Poco después mete una maleta a su lado y la cubre con la vieja manta raída. « ¡Arranca Pedro, vámonos!» El frío se cuela por las ventanillas del coche. Las campanas de la iglesia comienzan a repicar escandalosamente, despertando a todos los vecinos. Los perros empiezan a ladrar y a aullar. Se levanta un fuerte viento que sacude con fuerza el altivo ciprés que se despide con un quejido de Marta, la cual jamás volvería a conversar con él, ni con la encina hueca, la higuera milenaria, la siempre ocupada iglesia ni la eternamente muda escuela, que esa noche tampoco dijo nada.

El traqueteo del autobús. La monótona sonata de la lluvia contra el cristal mezclada con las interminables quejas y farfullo del viejo motor. Las difusas voces del resto de pasajeros. La luna de hielo empañada con el calor saturado que sube desde lo pies a las mejillas. La oscuridad más allá de la carretera desierta. Todo invitaba a dormir para que, al despertar, todo quedara entumecido entre la difusa bruma de los sueños, que tan misteriosamente viene como se va cuando menos se espera, dejando al Sol brillar durante los últimos momentos de la tarde, sobre una tierra que ya no calienta, donde las bombillas de colores son ahora soberanas.
¿Qué tal el viaje?
Bien. Vámonos a casa, y mañana ya te cuento.
Vale, como quieras. Creí que me tocaba cenar sola en Nochebuena.
Ya te dije que llegaría a tiempo. Por cierto, te he traído una cosa.
¿El qué?
Una sorpresa, ya lo verás el día de Reyes.

Cuando los deseos se cumplen, no siempre lo hacen justo cuando queremos, pero al que sabe esperar todo le llega, como en un cuento.



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Teoría del caos

Llega tarde, no es culpa suya, pero llega tarde. Tiene preparada una excusa, mezcla de verdad con un poco de hipérbole y algo de ambigüedad. Una buena historia que contar. Hasta tendrá su gracia. Unas risas y luego como si nada. Olvidado, eso sí: una y no más. No importa, ni que no sea su culpa. Llega tarde. Su falta de puntualidad vence la paciencia de un observador externo que decide tomar cartas en el asunto y asumir su responsabilidad, provocando, sin saberlo, la tragedia.

Un soplo de viento cálido y seco, retrasado por las perturbaciones barométricas de un monzón irresponsable al otro lado del mundo, no llegó a tiempo para aliarse con el sol e impedir que la impaciencia del hombre volcara sobre la crisálida su aliento y sus prisas, teniendo como resultado que una mariposa no llegara a batir sus alas.


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April


*Sugerencia auditiva para la lectura

La barra se escondía en la esquina próxima a la entrada. Desde allí no se veía el escenario, por lo que ese hueco siempre estaba vacío. Salvo cuando lo ocupaba Lou.

– ¡Que se hiele el infierno! ¿Pensé que ya no volverías por aquí?
– Teniendo en cuenta la mierda de bourbon que sirves…
– En serio Lou, me tenías preocupado ha sido más de un mes.
– Sí, me ha costado convencer a mis pulmones para que volvieran a respirar solos.
– ¿Ya estás bien?
– Lo estaré cuando saques el bourbon bueno y me des fuego.
– No deberías fumarte eso.
– ¿Ahora eres mi madre?

Lou toma la caja de cerillas y enciende el puro. Despacio, saborea la primera inspiración y mantiene el humo un instante en la boca antes de dejarlo ir. Un acceso de tos mancha de sangre su mano izquierda, que desaparece hábilmente bajo la barra.

– ¿Ha cantado ya?
– Está en el descanso, saldrá ahora, ¿quieres que le diga..?
– Sabes que no.

Lou da un largo trago y dos golpes con el vaso en la barra. Poco después el fondo vuelve a desaparecer.

– ¿Cómo le va?
– Dennings anda detrás de ella. Quiere que grabe un disco. Esta vez va en serio.
– Dennings es una rata. Una rata lista. Ese cabrón hará de nuestra pequeña una estrella.

Termina de un trago la tercera copa mientras el puro continúa humeando entre sus dedos. Da una última calada, esta vez limpia, y una mirada furtiva hacia el esquivo escenario.

– Lou, deberías pasar a verla.
– No me jodas y ponme más bourbon.
– ¿Vas a seguir aquí escondido, escuchándola como haces siempre?
– Eso exactamente es lo que voy a hacer.
– De verdad, no te entiendo. Toma quédate la botella.

Lou se queda a solas en su escondida esquina con una botella medio vacía y un cigarro que lo mata suavemente con un toque de vainilla. Se hace silencio en el local. Lou cierra los ojos. April sube al escenario, toma el micrófono y acaricia con su voz los cansados oídos del viejo. Lou no puede verla, pero tampoco necesita hacerlo. Su voz le dice que lleva el vestido negro que él le regaló hace ya unos años, que el pelo le cae por la izquierda en ondas hasta el pecho, que lleva puesto un collar de perlas, que no le echa de menos. Lou deja unos billetes arrugados en la barra, coge la botella y se marcha sin ser visto tras murmurar:

– Cuida de ella.

El puro se consume abandonado en un cenicero sucio. El denso humo se expande abriéndose paso entre el más liviano de los cigarrillos. Llega a la primera fila, rodea el escenario y sube por las escalerillas laterales. Trepa por un saxofón y se acerca sutil a April para susurrarle que Lou estuvo aquí de nuevo, y para provocarle una lágrima por el infranqueable verano que siempre hubo entre ambos.

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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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