La troqueladora

No fue un accidente, ¡me atacó! Antonio no dejaba de escribirlo torpemente en la pizarra con la que se comunicaba a duras penas. Pero ¿cómo creerle? Estaba solo en un almacén vacío, desmontando y embalando la última máquina de hacer galletas. Nadie vio entrar o salir a nadie. Según el psicólogo del hospital, los actos fueron tan aberrantes que, una vez consciente de lo que había hecho, su mente inventó una realidad alternativa menos dolorosa, al no ser capaz de asumir sus actos. Tal vez nunca sepamos qué ocurrió allí dentro. El parte médico, en cambio, era claro al respecto. Resumiendo: laceraciones, cortes y perforaciones en labios y lengua, en las mejillas y los párpados, las dos orejas; extirpación del ojo derecho; cortes en brazos y piernas de distinta profundidad, algunos demasiado cerca de arterias importantes; amputación de dedos; laceraciones con forma de mordisco por los costados, pecho y espalda; más cortes y perforaciones en unos genitales que no volverían a serlo. Lo encontramos en un charco de sangre, desmayado. En el almacén, aparte de Antonio y los restos de su orgía autodestructiva, sólo estaban el material para embalar y la troqueladora. La policía solamente encontró huellas de la víctima en la escena, por lo que se descartó un ataque de otra persona. Según los forenses, las muescas coincidían con los distintos moldes que se usaban con la máquina de galletas; las perforaciones parecían hechas con las varillas de sujeción y otras partes de la misma. Todo indicaba que en su locura había usado las piezas para producirse las heridas que poco a poco irían siendo más salvajes hasta alcanzar, completamente fuera de sí, el éxtasis de sangre, que teñía toda la troqueladora.



El almacén sigue solitario. Hay algunos restos de sangre por el suelo, y en las paredes. La limpieza fue rápida una vez el juez cerró el caso. Los chicos han ido a por la furgoneta. Mientras, comienzo a colocar las cajas y sacar las herramientas para embalar la máquina. La llevarán a un desguace. Es curioso que la troqueladora esté completamente limpia. Es una pena que vayan a destruir una máquina así. Una bajada de tensión hace vibrar y decaer la luz ya de por sí mortecina. La troqueladora parece nueva, su metal brilla con un leve tono rojizo. Es tan especial. Cierro la puerta del almacén Es…, es tan bonita. Me acerco despacio. Es tan…, tan… suave.


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¡Bang, bang!



*Sugerencia auditiva para la lectura


Ella era la hija del jefe. Incluso no trabajando para su padre, era la hija del jefe. Inaccesible y hermosa. Y lo sabía. Como los demás chicos del barrio y yo mismo que, algún día, terminaríamos trabajando para su padre. Aunque no siempre fue así. De pequeña, con cinco o seis años, era una más del barrio. Jugábamos a vaqueros con caballos de palo. Yo estaba siempre pendiente de ella. Ella siempre me ganaba haciendo trampas.



La encontré lejos de casa. Yo había ido a visitar a mi tía Amy al centro. Ella paseaba sola por la avenida mirando escaparates y las carteleras de los cines. Me vio, me reconoció y me hizo una señal para que me acercara.

– ¿Qué haces aquí? – La pregunta fue directa y con autoridad. Sabía muy bien quién era yo y quién era ella.

– He venido a visitar a mi tía Amy. – Contesté apocado, sin atreverme a mirarle a los ojos.

– ¿No te envía mi padre? – La autoridad era una máscara, lo supe después.

– No, mi tía me da clases de piano y yo le hago compañía. No me gusta, pero mi madre…

– Mientes fatal. – Pero yo no mentía, no osaría a mentirle a la hija del jefe. Me miró de arriba abajo. – Está bien, haremos un trato: sígueme, aunque eres un crío puede que lo pasemos bien. Luego le dirás a mi padre lo que yo te diga.

– Está bien. Como quieras.

– Vamos, Tony. – Mi nombre en sus labios, una sonrisa con cierto aire malévolo y una lenta caída de ojos. Sabía que era un truco, pero me había ganado. Ella siempre me ganaba haciendo trampas.



Así es como me convertí en su guardaespaldas. Un mocoso de trece años, enclenque y asustadizo. Así es como comencé a trabajar para ella, fingiendo que lo hacía para el jefe. Un criajo de la calle bastante mediocre y que, ¡por dios!, tocaba el piano. Cinco años más tarde se fue a Europa y yo me quedé con la esperanza de subir peldaños en la organización, de hacerme un nombre para cuando regresara. No volvió hasta veinte años más tarde. No supe de ella hasta hace tres días.

Ahora la encañono con el silenciador de mi magnun. Ya no es la hija del jefe. Ahora es una bastarda traidora. Me mira a los ojos, me reconoce y me hace una señal para que le deje decir algo. Por los viejos tiempos. Comienza a hablarme de aquellos años. Sus ojos se vuelven líquidos. Intenta convencerme de que vuelva a su lado. Sus labios tiemblan. Dudo. Bajo un segundo la mirada. ¡Bang, bang! Caigo al suelo. Se me olvidaba: ella siempre me gana haciendo trampas.

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