Seguiré pensando en tu nombre. (IV)

Araceli despierta con dolor de cabeza, un sabor agrio en la boca seca y ardor de estómago. Está desnuda en una cama extraña, apenas cubierta por una caricia de satén. La luz se cuela por los huecos de una contraventana de madera. Huele a alcohol, a humo, a sudor, a sexo. No parece haber nadie en el cuarto. Se para un momento a escuchar. No parece haber nadie en la casa. Andrés se ha debido salir. ¿Andrés? Apurada recoge su ropa, desperdigada por la habitación y se mete en el baño que tiene a la derecha. Se ducha. El agua tibia de la columna de masaje la relaja y hace brotar los recuerdos con el vapor. ¿Qué he hecho?, piensa.

– ¡Nati, traje algo de comer! – Araceli le recrimina desde la ducha una vez más: ¡su nombre es Natalia! El reproche sale con demasiada naturalidad. Andrés sonríe y se cuela bajo el agua implorando por penúltima vez su perdón, mientras besa su húmedo vientre. Natalia se apodera del abundante cabello negro y va guiando al hombre a través de su cuerpo durante unos minutos antes de exiliarlo de nuevo al cuarto.

Andrés la deja sola. Ha aprendido a no desobedecer los deseos de esta mujer. Nunca fue un hombre sumiso. Siempre fue él quien impuso el cuándo y el cómo. Pero debe reconocer que Natalia ha sabido manejarlo y excitarlo como ninguna otra. Midiendo siempre las fuerzas en una lucha continua, conteniendo la pasión hasta la locura, llegando a una intensidad hiriente, notando como comienza a desgarrar la piel para abrirse paso y, entonces, dejarla desbordarse, sublimarlos, y llevarlos a las puertas del delirio. Puro instinto. Así había sucedido cuando se conocieron en el pub y luego en su casa. Natalia le ofreció también todo su ingenio. Se había mostrado mordaz, ácida, inteligente. Midiendo tan bien sus palabras como la diana precisa de sus besos. Durante todo el día siguiente, la guerra dialéctica se decidía en pequeñas escaramuzas en probadores, baños o cualquier sitio no siempre del todo privado. Había trastocado su agenda, había aplazado reuniones, excusado llamadas, cancelado citas. Lo había dejado todo. Y lo hizo a gusto. Hasta había llamado a su mujer para decirle que no podría recogerla, a ella y los niños, esta noche en el aeropuerto. Incluso a ellos estaba dispuesto a mandarlos al infierno si Natalia así lo pedía.

Natalia sale de la ducha envuelta en una toalla. Andrés tiene que reconocerlo, su alma está condenada, vendida a los designios de la sacerdotisa perversa que le permite observar como seca su cuerpo, sabiendo que no le dejará poseerlo, al menos de momento. Entonces se lo dice.

– ¡Vayámonos, Natalia! Me rindo, lo dejo todo: la empresa, la casa, el dinero, todo para mi mujer. Pero vayámonos lejos.

Natalia duda y Araceli reacciona. El juego ha ido demasiado lejos. Fue divertido pensar cómo hubiera sido su vida de haber llevado ese nombre. Incluso entrar en la peluquería y dejarse de hacer el corte de pelo que Natalia llevaría. Pensó entonces en la cara que pondría Alfonso y que la sorpresa sería completa si además se compraba un vestido y unos zapatos, a juego con su nueva imagen. Luego no volvió a pensar más en él. En el espejo del probador vio a Natalia por primera vez, y decidió seguirle el juego un poco más a esta atrevida mujer que llevaba tanto tiempo siendo ignorada. Se dejó llevar por la fantasía de ser otra, tal vez la que debía haber sido. Estaba tomando una copa, terminando de reinventar su vida cuando apareció Andrés. Entonces fue sencillo.

– Hola, me llamo Natalia, iba a pedirte fuego pero, ¿sabes? No fumo.

Andrés la ayuda a vestirse, notando como crece su deseo en cada gesto, esperando aún una respuesta. Natalia sonríe por penúltima vez y niega con la cabeza. Le anuncia que este es el final y que se marchará después de comer. Andrés, perplejo, no puede por menos que admirar la maniobra. El aviso de abandono hace crecer la urgencia de su deseo hasta un nivel nuevo. No deja de sorprenderse ante esta señora. Bajan a comer y poco a poco Andrés nota cambios en ella: evita su mirada, se muestra reacia al contacto físico, apenas habla. No había sido una treta. Realmente, del mismo modo sencillo en que comenzó, termina todo. ¿Qué ha sido, por qué este cambio?, ¿acaso el repentino arrebato de sinceridad? No importa. Está claro, tras este último almuerzo todo terminará. Intenta creer que la olvidará, que todo quedará como un extraño sueño. Se engaña y lo sabe. Natalia le sonríe por última vez.

– Llámame a un taxi, ¿quieres?

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7 comentarios:

arañas dijo...

wow todo esto es producto de mi imaginacion o se solto Araceli? que buen capitulo quiero el proximo yaaaa.

pagos electronicos dijo...

Me encantan os giros que le pusiste a la historia y solo con un simple nombre! MUY MUY BUENO!

b4u dijo...

Nos has hecho caso, ¡genial! Eso sí, lo del sexo lo sigo viendo más como estrategia de márketing ;). Muy bueno el desmelene, ¿y ahora qué?

AdR dijo...

"Intenta creer que la olvidará, que todo quedará como un extraño sueño. Se engaña y lo sabe."

¿Cuándo te has metido dentro de mi cabeza?

Te he estado leyendo mientras me zampaba un yogur griego.

No te lo tomes a mal. Es un piropo.

Abrazos

contrahecho dijo...

Mucho tomate para mí, yo sería incapaz de mantener el interés del público con algo tan largo. Sigue amigo, está muy bien.
(Miguel Campoviejo y yo somos viejos amigos)

Daniel H. M. dijo...

araña: gracias, el próximo, y último el domingo. Saludos

pagos: es que los nombres son muuuy importantes. Saludos tb.

b4u: lo siento, nada, pásate por el blog de adr que seguro te quita el mal sabor de boca. Ahora el final. ;) Abrazos (por variar)

Adr:jeje, por lo visto no sólo tenemos en común la plantilla del blog. Digamos que hay dos tipos de personas, las que han vivido el autoengaño a sabiendas y las que lo harán ;). No me tomé a mal lo del yougur, lo que no pillo es lo del piropo. Abrazos

contrahecho: seguro que sí, hombre, o si no de qué ibamos a volver a leerte. Abrazos y recuerdos al amigo común ;)

Daniel H. M. dijo...

Por cierto, ¿dónde están las niñas?

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ISBN: 978-84-9981-005-8

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