Kiun Tse


* Sugerencia auditiva para la lectura


Érase una vez, en la antigua China, un joven que vivía en el fondo de una grieta. Nadie recuerda cómo llegó allí: si fue condenado a vivir en aquella profunda sima o cayó por accidente, si lo hacía por una promesa o por deseo propio. En realidad, ni siquiera el propio Kiun Tse estaba muy seguro de los motivos de su estancia en el lugar.

De todos modos no tenía por qué preocuparse. De una de las paredes manaba un manantial cuyas aguas eran tan dulces como puras. Varios tipos de raíces y setas crecían aquí y allá. Los campesinos de la aldea cercana iban asiduamente a charlar un rato con él, y le traían arroz, sal y algo de carne seca. Él les entregaba a cambio hongos con capacidades curativas que crecían bajo ciertas rocas.

Kiun Tse, pasaba el resto del tiempo tumbado boca arriba, mirando el cielo acariciar el borde de la sima, e imaginando cómo sería la vida allá, en la superficie. Por las noches soñaba que estaba en el exterior, que era un campesino más y trabajaba la tierra, como le contaban sus amigos. Pero, al despertar, recordaba que sus sueños no podrían realizarse mientras estuviese en la profunda garganta, de la que parecía imposible salir.

En esos momentos la tristeza rondaba a Kiun Tse. Llevaba toda su vida, o al menos hasta donde podía recordar, en las profundidades de la tierra. Sus esperanzas de salir eran pocas. Pero antes de dejar que estos aciagos pensamientos se apoderaran de él, tomaba un poco de agua dulce junto con ciertos hongos y volvía a sentir ese estado de extraña alegría, en el que podía decirse que era feliz.

Bien mirado la vida en la sima no era tan mala: no tenía que realizar un duro trabajo, tenía comida y bebida en abundancia, no corría ningún peligro; en invierno estaba caliente y en verano no hacía excesivo calor, siempre venía alguien con quien hablar; no necesitaba nada más. Sí, podía decirse que se sentía feliz.

Sobrevino una fuerte tormenta que arrasó gran parte del poblado. La búsqueda de desaparecidos y las tareas de reconstrucción ocupo el tiempo de los aldeanos. Kiun Tse no sabía por qué lo habían abandonado. Comenzó a pensar que tal vez venían a verlo para obtener el hongo curativo que, de algún modo, ya no necesitaban. Su corazón se oscureció y tomó la dura decisión de no ayudar nunca más a sus visitantes.

Y así sucedió. Con el tiempo, un anciano visitó a Tse y le trajo algunas naranjas chinas recién cosechadas. Pasó un tiempo con él, interesándose por su salud, pero sin mencionar el temporal para no apenar al chico. Antes de despedirse, el anciano pidió unos hongos, pues su hija estaba enferma. Kiun se negó a dárselos sin más motivos. El anciano le suplicó para que accediera, pero Tse, en tono severo, se negó a entregarle hongo alguno y ordenó al anciano que se marchase, con palabras groseras e insultos. De la misma manera trató a una mujer cuyo bebé tenía unas extrañas fiebres, y a un joven campesino, el cual había visitado frecuentemente a Kiun Tse sin pedirle nada. Así, poco a poco, dejaron de visitarle.

De este modo, Kiun Tse se quedó completamente solo en el fondo del barranco. De vez en cuando oía a los campesinos charlando al pasar por las proximidades. En una de esas conversaciones escuchó que se refería a él como un amigo que se volvió avaro y huraño, que no se explicaban por qué se comportaba ahora así, y que lamentaban no haber podido ir a verlo durante el temporal y los duros días posteriores. La vergüenza se apoderó de Kiun Tse. Decidió salir de la sima para pedir disculpas a los campesinos.

No parecía muy complicado, la pared tenía varios entrantes y salientes a los que podría agarrarse. Comenzó la escalada saltando a una gran cornisa que sobresalía, cerca del manantial y poco a poco fue ascendiendo hacia la luz del día. El camino se hacía más complicado según subía. Algunos salientes de la roca estaban afilados, por lo que se Kiun hizo algunos cortes en las manos y brazos, piernas y pies descalzos. Las fuerzas comenzaban a fallarle. Ahora tenía que ir más despacio, pero el final estaba cerca. Continuó subiendo y subiendo.

El sudor le entraba en los ojos dificultándole la visión, y el dolor en sus miembros era grande. Tenía que salir de la sima. Tal vez sus antiguos sueños se pudieran cumplir. Sí. Llegaría arriba, iría al pueblo, se disculparía y buscaría un trabajo para poder construir una casa. Así podría, con el tiempo, incluso comprar tierras propias. Tal vez llegaría a formar una familia. Seguramente sería feliz.

Llegó a un gran resalte donde se paró a descansar. Tomo agua dulce y se lavó las heridas. Había recorrido la mayor parte de la ascensión y estaba emocionado. Miró hacia el fondo con algo de nostalgia al principio, pero la cavidad le pareció fría y distante. Kiun no se explicaba por qué no había tratado de salir antes de allí y este pensamiento le llevó a otro: ¿cómo había llegado hasta allí? No pudo recordarlo. Decidió no darle más vueltas a estos pensamientos. Comenzaba a sentir frío y no se encontraba con fuerzas para seguir escalando. El sueño se apoderaba de él. Ya tendría tiempo para ser feliz.

Amaneció un nuevo día. El día en que la superficie vería a Kiun. El día en que Tse conociera el mundo. Despertó con el canto de los pájaros animando su corazón a continuar su camino hacia la luz.

Los últimos metros no ofrecían lugares para asirse con facilidad, lo que dificultaba la ascensión final, pero con una dosis extra de esfuerzo Kiun Tse logró llegar a la superficie de la sima. Los ojos del joven no daban a basto para poder admirar toda la belleza que se ofrecían a ellos. A un lado y a otro, un joven bosque despedía distintos aromas y sonidos, colores y brisas. Pájaros de colores, nunca vistos por Kiun, saltaban de una rama a otra.

Siguiendo un sendero, Kiun llegó hasta la aldea, donde un grupo de niños jugaban con una cuerda. Las mujeres hablaban alegremente unas con otras, los hombres partían hacia el campo. Todos sonreían a Kiun cuando le veían pasar junto a su lado. Reconoció al anciano, la mujer y el joven a los que negó ayuda y fue enseguida a pedirles perdón, y a ofrecerles los hongos que había traído para ellos. Tanto el anciano, como la mujer, como el joven perdonaron a Kiun Tse y agradecieron el presente que, afortunadamente, ya no era necesario.

Kiun fue a ver al jefe de la aldea para pedirle humildemente permiso y establecerse allí. Enseguida se le asignó una casa que había quedado deshabitada pocos días antes su llegada. Todo iba mejor de lo esperado.

Por la noche, se celebró una pequeña fiesta en su honor para celebrar que por fin hubiera salido de la sima y se hubiera decidido a vivir con los demás. Comida, bebida y música saciaban los sentidos de Kiun Tse de una manera nueva. En el apogeo de la fiesta, lo nunca visto por el joven. Tras grandes estruendos el cielo se llenó de efímeras luces de brillantes colores que rivalizaban en belleza con las estrellas.

De repente, en mitad de la fiesta, llegó corriendo un niño delgado y sucio, gritando algo que Kiun no alcanzó a entender. El pequeño fue llevado ante el jefe quien, tras calmarlo y hacerle contar lo ocurrido, llamó a los aldeanos. Kiun Tse quedó un poco rezagado y no pudo enterarse bien de lo que les decía, pero no debían ser buenas noticias. Algunas mujeres comenzaron a llorar, y los hombres maldecían. Un grupo de ellos tomó antorchas. Kiun los siguió de cerca. Salieron de la aldea y se dirigieron a la garganta de la que él saliera por la mañana. Allí encontraron, en un saliente a escasos dos metros de profundidad, el cuerpo inerte de un joven pálido, de cabellos lacios y ojos pequeños. Tenía los miembros y el torso ensangrentados. Había unos hongos creciendo a su alrededor. Ninguno de los habitantes de la aldea lo reconoció. Lo más extraño de todo era la expresión de placidez de su cara. Se diría que había conseguido todo lo que esperaba de la vida. Se diría que fue feliz.

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14 comentarios:

Daniel H. M. dijo...

Este relato es de 2001, una (per)versión chovinista del mismo quedó segundo en el V Certamen Luis Chamizo de ese año que ganó el amigo Álvaro, cosa que hizo más inovidable si cabía La Fiesta, pero esa es otra historia.

Por cierto, veo en la encuesta que no os gustan mucho las narraciones del tirón (como esta). Bueno, apelo ooootra vez a vuestra benevolencia.

Y si alguno quiere roper sus grilletes que pase por aquí. ;)

Garewen dijo...

Ya decía yo que a mí el chinín este me sonaba...
Sabes? Creo que hay demasiada gente que pierde el miedo cuando ya es demasiado tarde, aunque siempre puede quedar el consuelo de "morir en el intento"...

Lúcida dijo...

Qué gratificante resulta conseguir lo que nos proponemos. Desde luego esta per-versión es también digna de premio.

Daniel H. M. dijo...

garewen: Es lo que tiene ser presidenta del club de fans ;D. Besos duenderiles.

lúcida: sí, aunque sea solamente una ilusión post-mortem. Pues nunca lo sabremos, el caso es que las bases requerían relatos con la región como tema y claro tuve que convertir a mi chinito en un zagal castuo, pero ésta es la versión buena, la otra a ratos me da hasta grima (cosas de los concursos). Besos

pati dijo...

Lo he leído esta mañana(tres veces) y... no supe qué comentar.

Lo vuelvo a leer ahora y me parece que es igual de perfecto que hace unas horas. Y volvería a leerlo mil veces y seguiría igual... así que preferí guardarlo para no saturarte con mis visitas.

Besos :)

Daniel H. M. dijo...

Gracias, :')

Teddy Earley dijo...

Venga, va, ¿cómo se llamaba el Kiun Tse de la tierra?

b4u dijo...

¡Menudo cuento chino! ;D

Daniel H. M. dijo...

teddy: no lo recuerdo, es más creo que no tenía nombre, mer refería a él por segundas, el mozo del pozo o algo así (es lo peor el cuento)

b4u: exactamente :p

contrahecho dijo...

Vaya tela amigo. Qué preciosidad, pero esto es una apología de la drogadicción con tanto hongo suelto...

Daniel H. M. dijo...

Gracias, es curioso porque no es de los que más me gustan, incluso no pensaba publicarlo (gracias al master, que no me deja tiempo para nada y me hace tirar de cajón :D).

En cuanto a las drogas, las hay más peligrosas que las setas... y además gratuitas...

la inkilina dijo...

Pues ha mi me ha gustado..
tienes alguno mas por hay escondido en algún cajón???

Un café???

serigrafia dijo...

me ha gustado mucho, la verdad que suerte qued ecidiste publicarlo, mucho mejor es la eseñanza hay que aprovechar el momento y no dejart pasar nada que luego puede ser muy tarde.

Daniel H. M. dijo...

inkilina m'alegro. Alguno más hay, alguno más hay...

serigrafía Amén.

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