El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (III)

Cuando el brujo terminó su infructuosa rapiña entré el cuarto de Papá. Estaba todo revuelto, sus preciosos libros arrojados por el suelo, el sagrado orden del escritorio profanado, fruto del odio empleado en la frustrante búsqueda. El brujo se marchó vencido sin el tesoro de Papá, el cual aparecía esparcido por toda la habitación. Todas las hojas estaban ahí, revueltas con otros papeles, libros y objetos. El nigromante jamás las habría encontrado. Toda la sabiduría de Papá. Insignificantes garabatos para el alquimista airado. Recuperé las cuartillas y las puse a salvo.


Comencé a pasar cada vez más tiempo con Papá. Al final nos veíamos a diario y hablábamos de los demás pequeñines, tratando de solucionar sus pequeños problemas, de encontrar la forma de hacerles la vida más feliz. Me convertí, por así decirlo, en su ayudante, su hombre de confianza. Llegado el momento incluso muchos venían a mi cuarto, con sus pijamas azules, para pedirme consejo o consuelo. A Papá no sólo no le molestaba si no que le agradaba ver cómo me desenvolvía. Me atrevería a decir que estaba orgulloso de mí. Supongo que había resuelto sus dudas con mi actitud. Sin embargo, en ocasiones percibía una ráfaga de preocupación estremeciendo su batín de terciopelo rojo. ¿Tal vez dudara de mí? Era lógico. Nunca hablamos de ello.

Por fin, una tarde, mientras esperábamos para la cena en su cuarto, me lo contó todo. Quién era, y por qué el doctor, a pesar del odio que sentía por él, le permitía todos los privilegios que tenía. No puedo darte todos los detalles, pero te bastará con saber que hubo un día en el que el brujo fue aprendiz de Papá, quien encontró la senda hacia un descubrimiento tal que podría darle las mayores riquezas y la inmortalidad de los libros de historia. Solamente esbozó parte de este descubrimiento a su ambicioso discípulo. He hizo bien, ya que el joven doctor fue pillado en más de una contradicción. Así, para proteger su investigación y al mismo tiempo poder aplicar su ciencia en el beneficio de los pacientes, firmó su ingreso voluntario bajo ciertas condiciones. El despreciable hechicero se vio triunfador y las aceptó, armándose de codiciosa paciencia. Pero Papá guardaba una última sorpresa. Yo no supe qué pensar, no terminaba de asimilarlo, y me lo mostro. Era un montón de cuartillas manuscritas con unas ilustraciones infantiles. Al leerlo no entendí nada. Apenas se trataba de cuentos breves, bastante divertidos en algunos casos. Pero ahí estaba todo. Todos los casos, todos los procesos, todos los aciertos y fracasos. Estábamos todos sus pequeñines de pijama azul.

– Ahora comprendo, – dijo finalmente, – que aunque él llegara a entender mi clave no sería capaz de aplicar lo que con ella he escrito. Ninguno lo haría. – Sonrió. – Por eso necesito que alguien, tú, siga aquí cuando yo no esté. Porque tú sí serás capaz de continuar con nuestro trabajo. – Hizo una pausa para medir mi reacción, yo asentí. – Debes ser consciente del sacrificio que ello te supondrá. Mientras decidas ser mi sucesor no podrás salir de aquí, y si alguna vez pones de nuevo los pies en la calle no podrás volver a entrar. – Claramente leía las dudas de mi interior. – Una cosa sí te pido: decidas lo que decidas, no permitas que nadie que no esté preparado tenga acceso al conocimiento que te legaré. Y, llegado el momento, asegurarte de que este conocimiento no se pierda. – En ese instante entró el filósofo quejándose de no sé qué, pero antes de salir me le prometí a Papá que su secreto estaría a salvo conmigo.


El tímido se aproximo lentamente a la pequeñina y, una vez frente a ella, levanto los ojos del suelo. Alto y claro le pidió poder asistir al funeral. Era la primera vez que escuchábamos su voz, que sonó firme e insistente una vez más. Quiero ir al funeral de Papá, repitió. La enfermera jefe, sorprendida, tardó en reaccionar. Yo me adelanté. Aún así el tímido insistía en querer ir. Tenía que hacer algo o el celador se lo llevaría. Lo conduje a mi habitación y conseguí convencerlo. La decisión estaba tomada. Días después me mudé definitivamente a este cuarto, el cuarto de Papá, pedí a la pequeñina que me consiguiera este batín de terciopelo rojo para cubrir mi pijama azul y me dejé crecer la barba, que con el tiempo se ha vuelto blanca.


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9 comentarios:

Daniel H. M. dijo...

¿Por qué (III) y no (y III)?
Esta debería ser la última entrega, y así era en origen. Pero me nació un epílogo, que probablemente sobre, pero el cual aparecerá la próxima semana para rematar este cuento. Disculpen las molestias.

Lúcida dijo...

Gracias por tu visita, me alegro de haber lllegado hasta aquí y leer las tres partes del tirón... ya espero ese epílogo con impaciencia. Me encantó la historia, su originalidad y la manera de narrarla.

contrahecho dijo...

Pues conste que es un excelente final, yo me pensaría lo del epílogo porque te lo has puesto difícil eh.
Saludos.

b4u dijo...

¿Estrategia de marketing? He de reconocer que funciona. Esperaré al final definitivo.

Teddy Earley dijo...

Humm, así que hay psiquiatras que no son completos villanos. Creo que se equivoca.
Fdo.: Sr. Lecter.

Daniel H. M. dijo...

lúcida: Gracias, bienvenida a "la secta" jejeje.

contrehecho: me lo pienso, me lo pienso, y puede que la cague, pero siempre se podrá rectificar.

b4u: llámalo X ;D, me alegro de que te guste.

Sr. Lecter (jiji): lo bueno de la ficción es que cabe todo, ya se sabe, un hombre puede soñar... aunque se equivoque. Y recurde que aún queda la postilla.

azabache dijo...

Pues sí, mereció la pena la espera... me gustó la resolución final, y prefiero fiarme de más de uno de los del pijama azul que de los "sabios" tan seguros, en ocasiones, de sus sandeces.

Del epílogo tengo una idea hecha, a ver si me acerco...

Lo espero.-

luna dijo...

Vaya ésto me pasa por perderme en el mundo real, que llego y tienes tres entadas y el epílogo.

Voy a ponerme las pilasss y vuelvo, ;).

Daniel H. M. dijo...

Gracias por pasaros chicas.

Azabache: segruo que haciertas y si no miente que nadie se va a enterar, jeje.

luna: ¡dichosos los ojos!, ¿dónde andabas?

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