El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (II)

El minero tuvo guardia esa noche. Aún así, permaneció paralizado, sin saber qué hacer, hasta que llegó la pequeñina con los otros enfermeros, quienes comenzaron a despejar la habitación. Poco después estaban todos en el comedor. Todos menos dos. Fue imposible separar al tímido de la mano de Papá, y yo usé mi mejor repertorio para convencer a la pequeñina de que me dejara quedarme con él mientras ella iba a buscar al doctor.


Mi compañero, el bromista, estaba loco. Vale que todos los pacientes lo éramos por algo. Pero éste estaba descontrolado. No paraba de maquinar formas de dar sorpresitas al resto de pacientes, e incluso a algún enfermero. Cubos de agua, zapatillas cambiadas, sabanas dobladas, objetos escondidos... Rara vez tomaba la medicación destinada a calmarlo, por más comprobaciones que hiciera el granjero. Usaba las pastillas para elaborar su broma favorita, consistente en dormir a un compañero y luego pintarle un bonito bigote, perilla o hasta un parche de pirata. Su víctima más habitual era el pequeñín goloso, que engullía cualquier cosa que le diesen. Siempre que podía se centraba en engañar al gruñón, que reaccionaba más histriónicamente que los demás. Y era el único capaz de dejar sin palabras al filósofo, que corría al cuarto de Papá a protestar por la humillación. Por mi parte apenas conseguía inventar alguna buena coartada cuando su autoría no era del todo evidente, lo que le producía una doble satisfacción. Me caía bien.

Una noche el celador entró en nuestro cuarto, le inyectó algo y se lo llevó en una camilla. Cuando volvió no era el mismo. Habían borrado la sonrisa de su cara. La agudeza de sus ojos. Dócil, se echó en la cama y durmió sin mediar palabra.

– Debiste cuidar mejor de él. – Papá entró con las manos en los bolsillos del batín de terciopelo rojo. – Y yo debí ser más preciso. – Se sentó en la cama, junto al bromista, y le peinó delicadamente con los dedos. – No está mal que gaste alguna broma, pero debe aprender a controlarse y para ello necesita ayuda, aunque no la que el brujo cree. – Papá llamaba brujo al doctor, que no dudaba en administrar altas dosis de medicamentos, a veces experimentales, o el fulminante electroshock que había dejado a mi amigo completamente anulado. – Quiere encontrar la inmortalidad a nuestra costa. No debemos permitírselo. ¿Verdad, mi niño? – Entonces no lo entendí. Papá se quedó con el bromista hasta que despertó a media tarde y, antes de la cena, ya le había devuelto parte la esencia que el brujo deseaba arrebatarle.


Tuvimos poco tiempo a solas. El celador entró sin hacer ruido, seguido por el doctor. Estaba de muy mal humor. Parecía como si Papá se hubiera muerto solamente para molestarle. Dio órdenes secas al celador para que buscara una camilla. No dejaba de repetirle a la enfermera jefe lo defraudado que se sentía con respecto ella. Apenas reparó en el tímido y en mí, hasta que el celador nos empezó a echar a empellones. Le ordenó a la pequeñina que nos llevara con los demás. Poco después Papá era trasladado por el odioso esbirro al depósito y el brujo se quedaba solo para mancillar su cuarto.


El paso del tiempo en este lugar era extraño. Los días podían pasar casi sin ser percibidos entre los pequeñines de pijama azul. Las bromas de mi compañero, que comencé a moderar, los recitales del poeta, las exhibiciones de fortachón, las declaraciones del romántico a la pequeñina, hasta las sesiones con el minero que llegaban a ser entretenidas cuando el filósofo terminaba con la paciencia del gruñón, hacían volar las semanas. Sin embargo, los minutos que duraba la visita mensual al despacho del brujo se hacían eternos. El despacho del brujo era grande y desordenado. Los muebles eran metálicos y oscuros. El esbirro permanecía en la puerta, esperando la orden del doctor para saltar sobre su presa y llevarlo de mala gana al pabellón. Se suponía que en las entrevistas debíamos indagar en los problemas, plantear estrategias, comentar los progresos, fijar objetivos… Pero todo esto pasaba a un segundo plano. El alquimista parecía siempre más interesado en Papá, en nuestra relación con él, en nuestras conversaciones. Tras una endeble máscara de amistad buscaba romper el recelo que todos sentíamos por él y sus métodos. El artificio no duraba mucho. Al final se cansaba y, con brusquedad, pasaba a resumir la situación de cada uno, sentenciando que con esa actitud nunca saldríamos de allí y echándonos a las garras del celador.

Tras la consulta, el ritual se completaba con una visita al cuarto de Papá donde, entre risas, comentábamos la sesión. Luego, tras servir unas tazas de café avainillado y unas galletas de mantequilla, Papá solía acomodarse en uno de los sillones, se remangaba ligeramente el batín rojo, dejando ver el pijama azul, y comenzaba una conversación en apariencia trivial. Sin embargo, cuando terminé de contarle mi última visita, de cómo había inventado una estupenda historia que el brujo creyó hasta que, entusiasmado, torné absurda, siendo descubierto, su expresión se tornó dura. Se rascaba la densa barba blanca con la mirada fija más allá del enrejado.

– Mis niños… ¿Qué será de vosotros cuando yo falte? – Hablaba para si. Yo fingí no escucharle haciendo dibujos en la espuma del café con una galletita. – Debes tener cuidado con el brujo, cuentista. No debes hacerle enfadar. Puede hacerte mucho daño. Y una cosa es cierta: ninguno podremos salir de aquí sin su firma. Ni siquiera yo. – Una amable sonrisa brotó tras la densa barba blanca para borrar la preocupación de su rostro. Se levantó y sacudió el batín de terciopelo rojo. – Vamos, estarán todos esperando que cuentes tu fantástica aventura. – Me levanté recogiendo las migas de mi pijama azul. – Pero, recuerda mi pequeñín: ten cuidado.

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12 comentarios:

contrahecho dijo...

Sigo esperando al final.

Daniel H. M. dijo...

Paciencia padawans ;)

azabache dijo...

Pues me apunto... Yo también quiero el final. Esto es dejarnos con la miel en los labios!

Daniel H. M. dijo...

jeje, así os engancho una semana más

Teddy Earley dijo...

Ojo con las expectativas. Se la está jugando, Daniel. Como la pifie con el final me paso al lado oscuro.

Daniel H. M. dijo...

Miedo en el cuerpo metido me ha... Pero de todos modos creo que final se barrunta, al fin y al cabo ya nos vamos conociendo. Eso sí, por si acaso iré practicando el chisporroteo de dedos

(madre ¡qué frikada de comentario!)

b4u dijo...

Hola, no está mal pero si ya lo tienes escrito ¿por qué no lo publicas de golpe?

Daniel H. M. dijo...

Buena pregunta b4u...
Pienso que las entradas muy largas pueden ser aburridas y abandonadas a medias, así intento que no pasen de dos folios. Por eso las "series" no dejan de ser relatos largos por entregas. El no poner todos los capítulos seguidos es también por no sobrecargar a los lectores, crear expectación. Aunque claro si la "serie" no engancha es un tiempo crítico a la hora de perder "audiencia".

Sea como fuere, y valga de aviso que ya recordaré, comienzo un master el lunes y voy a tener poco tiempo o ninguno para escribir, por lo que tiraré de fondo de armario publicando varias series que se quedaron colgadas en el trasvase (¿alguien recuerda a Araceli?) y alguna que no llegó a ver la luz. Espero que os gusten, o que, al menos, disimuléis :D

(Tal vez debiera hacer una encuesta...)

beetle dijo...

Que empezaste ya dieta???
Jajajaja o pasas??

Saludos

Daniel H. M. dijo...

beetle: que va, que va, bastante me ha costado lo que tengo como para hora perderlo, jeje

Garewen dijo...

Pobre cuentista... tanta responsabilidad en sus pequeños hombros...!
Y yo me pregunto... quién hereda el batín colorao'?

Daniel H. M. dijo...

La respuesta el domingo, aunque no creo que haya muchas sorpresitas...

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