El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (I)

Murió mientras dormía. Sin más. Sin despedirse. Sin molestar. Nos llamaba sus niños, sus pequeñines, y a cada uno nos había puesto un apodo que todos usábamos en lugar de nuestros nombres. A él lo llamábamos Papá.


Cuando entré en el centro psiquiátrico, él fue el primero a quien conocí. El celador cerró tras de mí la verja que daba acceso al pasillo del pabellón, y me indicó con un gesto despectivo cuál era mi cuarto antes de desaparecer felinamente. Entonces apareció él. Llevaba el mismo pijama azul que los demás, pero bajo un batín de terciopelo rojo. Su expresión era alegre y serena. No sé. Supongo que la densa barba blanca le daba un aire de bondad.

– ¡Hola pequeñín! – Dijo – Ven, no tengas miedo, ese gato sarnoso no puede hacerte daño aquí dentro. – Y tomándome de la mano me condujo hasta su cuarto.


Lo encontró el más joven de todos nosotros. Al alba, como cada día, se coló en su cuarto para tener un rato a solas y hablarle en susurros. El tímido era su apodo. Nadie conocía su nombre, nadie había oído su voz. Esa mañana su llanto desesperado se adelantó al sol. Y allí acudimos todos sus pequeñines con nuestros pijamas azules.


Como poco después descubrí, la habitación de Papá era distinto a los demás. Supuse que llevaba tanto tiempo en el manicomio que había adquirido ciertos privilegios. Así, disponía de un cuarto para él solo. Además, estaba amueblado y decorado a su gusto. Los muebles eran de maderas en tonos miel, alfombras, cómodos sillones y libros, muchos libros, infinidad de libros forrando las paredes. Junto a la amplia ventana enrejada, con cortinas en tonos pastel, un escritorio perfectamente ordenado. Lamparitas de noche aquí y allá, un baño propio, hasta una pequeña nevera, una cafetera y un moderno microondas. Cálido y acogedor. Todo lo contrario al resto de las habitaciones del hospital.

Allí hablamos durante toda la tarde, hasta que ésta hizo mutis disimuladamente entre los últimos rayos de sol tamizados por la celosía metálica. Yo, como siempre, mentí. Me lo inventé todo. Era sencillísimo. Ese hombre parecía creer cualquier cosa que contara acerca de mi vida. Incluso parecía pasar por alto las inconsistencias de mis descabellados embustes, asombrándose de mis falsos logros y aventuras. Cuando terminé mi relato sonrió y me ofreció un poco más de un delicioso café avainillado.

– De los casi cien pequeñines que han pasado por aquí – dijo – tú eres, sin duda, el que más imaginación ha demostrado de todos. – Su mirada dejó entrever un brillo de inteligencia, pero también de complicidad. Entonces comprendí – Tú serás nuestro pequeñín cuentista. – Nunca más volví a mentirle. O al menos eso intenté.


Papá parecía dormir con su pijama azul bajo el batín de terciopelo rojo. Pero la densa barba blanca no subía y bajaba sobre su pecho. El tímido seguía desconsolado aferrado a su mano derecha. El llorón hizo lo propio junto a la izquierda. El resto permanecíamos sin saber qué hacer. Hasta la cara del bromista permanecía seria. Hasta el filósofo había enmudecido. Hasta el fortachón parecía a punto de desquebrajarse.


Más tarde, en el comedor, conocí a los demás. Cada uno con su peculiar forma de ser. Cada uno con su apodo. Cada uno mostrando el mismo respeto y cariño por el anciano. Al principio pensé que todos eran pacientes pero algunos, que vestían también de azul, mas en un tono brillante, resultaron ser enfermeros. El granjero, quien plantaba las semillas de nuestra cura día a día; el minero, quien llevaba las sesiones de grupo donde escarbaba en nuestros males; el cocinero, quien nos traía las comidas; y la enfermera jefe, a quien Papá llamaba la pequeñina. Aún siendo parte del personal del hospital, Papá, quien llevaba más tiempo aquí que ninguno de ellos, había conseguido integrarlos en el grupo. Esto ayudó, y mucho, a que el ambiente fuera más tranquilo y beneficioso para los internos. El caso de la pequeñina fue especialmente difícil, como supe después.

– ¡Cuentista ven! – Papá me llamó a su mesa durante la cena. – Este es el pequeñín bromista. Será tu compañero de cuarto. – El bromista era un chico de unos dieciséis años. Siempre estaba sonriendo y posando sus pícaros ojos en todas partes, buscando la próxima víctima de sus bromas. – ¿Me harás el favor de cuidar de él por mí? – Añadió en un susurro. El carisma de Papá era tal que no podías negarle nada.


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4 comentarios:

contrahecho dijo...

Espero a la segunda parte para comentar, vale?
Saludos

Daniel H. M. dijo...

De acuerdo, el domingo la segunda parte de tres.

Olbitla dijo...

eso me esta gustando, eres bueno pues me hiciste recordar algo de mi niñez, bueno espero con ansias mas letras.Quiero saber mas historias tuyas.

Daniel H. M. dijo...

Gracias olbitla, el juego con la memoria era buscado, ya se hará más evidente en la siguiente entrega.
Nos leemos.

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