Una tarde de río

Tú no te acordarás. Delante, mi madre con mi hermana pequeña. Detrás, la tía Ceci, mi hermana mayor, Paquito y yo contigo encima. Papá, afortunado, solo en el puesto del conductor. Por supuesto el ciento veinticuatro no tenía aire acondicionado, así que las ventanillas al ras. Tú empeñada en girarte y asomar la cabeza como un perrillo. Paquito y Asun siempre peleándose. La tía Ceci quejándose de niños, quejándose de calor, quejándose de su marido. Mi madre tratando de poner orden a voz en grito, con la pequeña encima llorando. Papá pasando de todo, fumando y a lo suyo. Yo agarrándote como podía para evitar que salieras volando. La odisea duraba una media hora. El tramo final discurría por un camino de tierra y la tía Ceci apelaba a su alergia al polvo, expresión que siempre sacaba una sonrisa a mi padre, para obligarnos a subir las ventanillas. Así, al llegar al río, y tras buscar dónde establecer el campamento base, estábamos empapados en sudor y deseando entrar en el agua. Pero antes había que descargar. Sillas plegables, mesas, neveras, capazos y bolsas. Increíble la capacidad del maletero del coche. Y ahora sí, camisetas fuera, todos al agua y, ahora sí, todas las estrecheces y peleas del viaje se daban por buenas. Tras cuatro chapoteos mi madre nos llamaba y comenzaba a repartir bocadillos de mortadela con aceitunas y zumos con pajita. Mi padre aprovecha para lavar el coche. La tía Ceci se quejaba del calor y su marido desde la tumbona mientras se abanicaba, pedía otra cervecita y hacía como que vigila a las pequeñas. Más chapoteos, risas, buceos y antes de que comenzara a ponerse el sol. Todos para fuera a secarse, si había suerte mi padre volvía del chiringuito con polos de limón. Venga, venga, que vienen los mosquitos. Todo lo que estaba fuera volvía a estar dentro y, aún algo mojados envueltos en toallas, volvíamos al pueblo. Mi madre delante con mi hermana pequeña durmiendo. Detrás, la tía Ceci quejándose de calor, quejándose de bichos, y quejándose de marido, mi hermana mayor y Paquito peleando, por supuesto, y yo contigo encima que intentabas dormir apoyada en mi hombro. Mi padre conduciendo, a lo suyo, mientras fumaba y sonreía al decir.

- Ceci, id subiendo las ventanas… Por lo de tu alergia al polvo y eso.



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6 comentarios:

verovero dijo...

jejeje, que pesada tenía que ser la tía ceci... aunque todos hemos tenido una tía igual. Ains, que recuerdos de días de río, mmmmm, nos vamos un día de estos?
pero sin familia por favor, que ya huele ...

AviAdorA de metAl. dijo...

^^ Bonito y nostálgico. ¿Es autobiográfico?

En mi casa era igual: cinco niñas, un Simca 1200, y una cinta del Camarón con la que mi padre quería matarnos en todas nuestras excursiones. Mi madre tenía mucha paciencia, y dejaba que nos peleásemos en la parte trasera como si tal cosa.
A día de hoy todavía me pregunto cómo es que nunca nos paró la policía, ¡íbamos siete personas en el coche! Sin duda, los tiempos han cambiado.

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Un apunte meta-bloguero: ¿no hay demasiados posts "no seriados"? Lo siento, ¡soy una obsesa de las clasificaciones!

Besos, moreno.

Daniel Hermosel Murcia dijo...

V: vamos, pero yo me llevo el portátil :p

A: ya sabes toques realidad agitados con bastantes mentirijillas... Y sí, debo dedicar un tiempo a organizar las etiquetas, estoy trabajando en ello.

Aclaración: La tía Ceci es todita ficcionada, no se me vayan a soliviantar por ahí...

siouxie dijo...

A la aviadora de metal le ponían a Camarón, y a mí a Perlita de Huelva, la de "Precausión amigo conductó, la senda eh peligrooosaa!
:) .
Felices vacaciones!

Di Blasino dijo...

En mi caso cuenta la leyenda que llegamos a ir siete en un Seat 600 en un viaje relativamente largo. Era un bebé y no recuerdo.

Se ve que hubo un tiempo en que había un coche (o dos) para cada época. Tiempo de bajo consumo.

Daniel Hermosel Murcia dijo...

Ains, que vijunos semos todos, jejeje. ¿Habrán influido esos traumas a la hora de elegir nuestro coche más tarde? Sea como fuere nunca pasó nada y ahora ni se te ocurra llevar un crío sin silla.

Gracias por pasaros.

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