El primer regalo de Reyes

Una ventana, en el segundo piso de una casa, mira una plaza cuadrada de portales amplios y pilares de piedra, con una fuente de la que nunca llegó a manar agua, un mosaico de grises con rayas verdes entre las teselas, una encina con el tronco hueco, una higuera milenaria y un ciprés altivo. A la izquierda la iglesia, con una gran puerta de hierro oxidado que nunca se abrió. A la derecha más casas de dos plantas, más portales amplios y pilares de piedra. De frente una escuela.

Un momento extraño al despertar en una cama en la que he dormido bien, aun no siendo la mía. Una sensación que me dura lo que se prorroga el descubrirla, como cuando el último sueño de la noche comienza a escaparse y aún su recuerdo no se ha desvanecido del todo, pero resulta inútil tratar de evocarlo, pues ya dejó de existir. Durante ese instante el tiempo se tomó un respiro y la sensación tomó nombre: estoy en casa, y entonces, simplemente, desapareció.

Cuando un secreto lleva oculto demasiado tiempo, y aquellos que lo guardan se han ido, el secreto abandona este mundo junto al alma del último difunto. Pero hay misterios que se niegan a desaparecer, y almas que no desean ser acompañadas. Entonces el destino se alía con ambos, para bien, o para mal.



El frío de una noche estrellada de diciembre se cuela por las grietas de la madera y se ensaña con la débil carne de Marta que, hecha un ovillo, se estremece mientras sueña.

«Mal asunto este de ser pobre, se le acaba cogiendo costumbre y luego una no acaba de querer de dejarlo». Quejas de una mujer que vivió más de lo necesario. «La vida es lo que tiene, que no te deja tranquila hasta la muerte». Tranquila quedes madre, y en paz, pronto, cuando tu último deseo sea cumplido.

Cuando la niebla viene del monte, es que los vientos andan inquietos, porque saben que las nieves se acercan y tendrán que luchar de nuevo. Cuando la niebla viene del río, es que es que las almas andan inquietas, porque saben que un deseo ha vencido al olvido y busca el modo de quedar satisfecho. Cuando la niebla viene del cementerio, simplemente, es que alguien va a estrenar un nicho nuevo.



Desde una cama hundida por los años, el único consuelo de Marta es mirar por encima de las delgadas sábanas y las mantas raídas, e imaginar formas en las humedades del techo, que según ella cambian cada noche. Mientras, espera a que llegue su madre a levantarla, a aproximarla hasta la mecedora, a que la arrope con las mismas raídas sábanas y mantas delgadas, para pasar, así, el día mirando a la plaza y a las gentes que pasan, mientras las campanas de la iglesia marquen las horas, el viento baile con la copa del ciprés altivo, un gato se esconda en el hueco de la encina, y la nieve de un aspecto honorable a la higuera milenaria. De frente, una escuela la observará. Marta siempre espera que algún día le diga algo. Pero nunca dice nada.

Anduve por viejas calles llenas historia de gente corriente, donde mil vidas han celebrado y sufrido, reído las mismas gracias insulsas, tropezado en las mismas piedras, agotado las últimas energías en las mismas cuestas donde otros tantos han corrido alegres. Subí escalones de piedra suavizados por las pisadas de hombres y mujeres anónimos, de vidas duras e intensas, perdidas en el olvido, como quien pierde una hoja en otoño, e igualmente secas y barridas por el tiempo. Caminaba sin saber hacia dónde por un pueblo desconocido, intuyendo las mil ansias de personas enredadas en esta vida de enredos, para cumplir una última promesa.

Cuando la pasión se apodera del sentido de un hombre, y el secreto satisfecho solo engendra más deseo, la traición solamente tiene un remedio de sangre, que ni la sangre se respeta ni puede ser perdonada cuando la locura se disfraza de celos.



Unos ojos cálidos. Una cara con una luz especial entre los pliegues de mil preocupaciones. Una voz entre la afonía y el infarto. Un pelo descuidado domado de cualquier manera. Unas manos arrugadas por cientos de trabajos y varios achaques para los que nunca hay tiempo. «Marta, cariño, vengo a buscarte para que me acompañes en la cena». El vacío estómago de Marta no se alegra. El nudo de su garganta se aprieta. « ¿Y por qué no ha venido mi madre?» De nuevo llantos de impotencia, que ya saben a rutina ante la promesa rota. Otra más. Una menos. «Ya sabes que tiene que trabajar, cariño. Anda, no llores, que te he preparado un pastel especial de Nochebuena». Viendo a Aurelia no queda ninguna duda de que en este mundo hay personas que no tienen más remedio que ser buenas. « ¿Y qué le vas a pedir a los Reyes Magos, una muñera?» Coge a la niña de cristal en brazos, como el viento toma una pluma o una brizna de hierba. Marta mira de nuevo por la ventana. El ciprés altivo calla. La higuera milenaria no contesta. La encina se esconde en su hueco. La iglesia está ocupada. La escuela, como siempre, calla. «Nunca me traen la muñeca, mi madre dice que se les gastan porque todas las niñas quieren una y nunca me traen nada. Así este año les voy a pedir algo que no se les puede gastar: que mi madre no trabaje por las noches, y me cuente cuentos para que me duerma, y se acueste a mi lado cuando tenga miedo de las tormentas». Unos ojos cálidos y más lágrimas con sabor a pobreza. Hay personas que necesitan que otras no tengan más remedio que ser buenas.

«Así que su madre vivió en este pueblo, ¿eh?». Cuatro ancianos reunidos en torno a una mesa y un camarero adolescente, sus padres y otra señora muy muy vieja eran los únicos habitantes de Cancelas del Llano. « ¿Se quedará para la cena de Nochebuena?, como somos pocos la pasamos todos juntos en el bar, menos la señora Juana que se encierra en casa llegando el 22 y no sale hasta pasados Reyes». Dos mastines cruzados, un galgo sin dientes, un gallo, dos gatos callejeros y un loro, los amos de las calles. «Las llaves del cementerio las tiene mi padre, pero tampoco hacen falta. Hace tiempo que se derrumbó parte del muro que da a la parte vieja». Ya nadie cuidaba los jardines más alejados de la plaza de la iglesia, y aún estos aparecían salvajes, con setos sin recortar, malas hierbas, un ciprés que se mecía con el viento con orgullo y altivez, lo que parecía una encina con el tronco hueco, y lo que pudo ser una higuera. «Un rayo partió la higuera en dos, y luego rebotó y dejó desfigurada la encina. El ciprés, que es más alto, no sufrió ningún daño, aunque luego se fue secando por dentro, y cualquier día se nos cae sobre alguna casa, por muy sano que parezca». Cuatro chatos de vino, unos pinchos calientes, y cuatro historias pugnando por serme contadas. «Siempre la misma cantinela. Aquí ya no queda nadie, ¿sabe? en verano todavía hacemos algo de negocio con la hospedería, pero en estas fechas... »

Cuando la felicidad de se cobra el precio de la mentira, o cuando la verdad se nubla y se niega. Cuando el dinero acompaña a los afectos y las carencias son realmente carencias. Cuando el desdén y la burla no miden bien a quién afligen. Cuando el amor llega a sus últimas consecuencias. Cuando la locura toma las riendas y el embriagador aroma del odio emborracha el sentido. Cuando las opciones no son opciones sino ira desatada y dos cartuchos y una escopeta. Entonces es el momento en el que la parca se relame en secreto. La mesa está puesta.



La vida parece otra vida en casa de Aurelia. Marta sonríe, tal vez por primera vez desde no sabe cuánto, cuando sus hijos comienzan a cantar versiones nuevas de los villancicos de siempre. En la mesa de Aurelia nunca sobra nada, pero si ella puede evitarlo tampoco falta, aunque casi todo esté ya empezado antes de comenzar y siempre se hagan más partes de las que tocan. « ¡Deja un poco para el tío Antón que sabes que le gusta!» Marta no puede evitar desear quedarse allí para siempre, entre los cantos de unos, las regañinas y llamadas al orden, entre las risas de todos. « ¡Ande madre, beba un poco de vinillo y cántese algo!» Un pequeño fuego ilumina más que calentar, ignorado por innecesario, entre el calor de la familia de Aurelia que se pone a bailar al son de una botella de anís. « ¿Me concedes este baile?» Juan, el hijo mayor, toma a la niña de cristal en sus brazos fuertes de jornalero con la suavidad de cien cojines de plumas, y comienzan a girar por el salón con los demás. Marta cierra los ojos y se deja llevar por el momento, se deja llevar por los sueños que una y otra vez se repiten en sus largas noches de soledad. Cuatro palabras casi se escapan de su pequeña boca. « ¡Ojalá fueras mi padre!»

Lentamente entré en el viejo cementerio por el derrumbe del muro y, lentamente, busqué las tumbas de dos extraños, con el mismo nombre y apellido. Una mujer muy muy vieja estaba de rodillas entre dos lápidas. «Mí marido y mi hijo... » Dos nombres iguales, dos apellidos iguales, dos fechas iguales. La mujer era ciega, y no dejaba de tocar las lápidas recorriendo con sus manos los nombres de los que ahí yacían. «Sin motivo ninguno, sin motivo ninguno» La mujer sacó un relicario que llevaba al cuello, y sus ojos secos de tanto llorar miraron, sin ver, dos viejas fotografías grabadas a fuego en su mente. « ¿Verdad que era guapo mi hijo?» No soy yo quien deba juzgar eso, no puedo ni podré ser objetivo nunca en ese putno. Lo único que pude hacer fue reconocerme en esa fotografía del mismo modo que me reconozco ante el espejo. « ¿Le apetecería tomar un café, hijo?». Si aquella mujer sabía realmente a quién invitaba a su casa, o no, no lo sabré nunca. Acepté acompañarla a su casa, acepté el café, y aún trato de aceptar lo que me contó después sobre mi madre, sobre mi padre, y sobre la noche en que los celos le llevaron al crimen y al suicidio. La anciana abuela me dio un paquete que llevaba envuelto más de treinta años con papel de colores. «Lo encontré hace ya años, cuando me quedé ciega. Quédeselo si le gusta, me ha hecho buena compañía esta tarde, y hay que ser agradecidos con la gente buena». Sólo me quedaba una cosa por hacer en el pueblo. Despacio, en una ceremonia de un culto olvidado, cumpliendo el último deseo de una mujer que vivió más de lo necesario, que abandonó su hogar perseguida por el remordimiento y que nunca supo expiar sus culpas por más que renunciara a volver al pueblo que la vio nacer, esparcí las cenizas de mi madre, como fue su deseo, a los pies del hombre que mató y murió por ella, y con las ceniza su secreto.

Cuando la verdad se guarda en un cajón oscuro, el destino desea que alguien la rescate, y si la voluntad no cede al orgullo, alguien lo terminará haciendo.



Un fuerte estruendo, luego otro. Tal vez truenos. Mas no hay tormenta esta madrugada. Sólo niebla, una densa niebla plateada que nadie sabrá de dónde llegó. Tal vez disparos. «Marta despierta, tenemos que irnos». La noche aún reina. La niebla de plata no deja ver más allá de dos pasos. Corta la navaja del invierno. Marta es cogida por su madre que la mete en un coche que espera en la puerta de su casa. Poco después mete una maleta a su lado y la cubre con la vieja manta raída. « ¡Arranca Pedro, vámonos!» El frío se cuela por las ventanillas del coche. Las campanas de la iglesia comienzan a repicar escandalosamente, despertando a todos los vecinos. Los perros empiezan a ladrar y a aullar. Se levanta un fuerte viento que sacude con fuerza el altivo ciprés que se despide con un quejido de Marta, la cual jamás volvería a conversar con él, ni con la encina hueca, la higuera milenaria, la siempre ocupada iglesia ni la eternamente muda escuela, que esa noche tampoco dijo nada.

El traqueteo del autobús. La monótona sonata de la lluvia contra el cristal mezclada con las interminables quejas y farfullo del viejo motor. Las difusas voces del resto de pasajeros. La luna de hielo empañada con el calor saturado que sube desde lo pies a las mejillas. La oscuridad más allá de la carretera desierta. Todo invitaba a dormir para que, al despertar, todo quedara entumecido entre la difusa bruma de los sueños, que tan misteriosamente viene como se va cuando menos se espera, dejando al Sol brillar durante los últimos momentos de la tarde, sobre una tierra que ya no calienta, donde las bombillas de colores son ahora soberanas.
¿Qué tal el viaje?
Bien. Vámonos a casa, y mañana ya te cuento.
Vale, como quieras. Creí que me tocaba cenar sola en Nochebuena.
Ya te dije que llegaría a tiempo. Por cierto, te he traído una cosa.
¿El qué?
Una sorpresa, ya lo verás el día de Reyes.

Cuando los deseos se cumplen, no siempre lo hacen justo cuando queremos, pero al que sabe esperar todo le llega, como en un cuento.



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4 comentarios:

Daniel Turambar dijo...

Este largo relato data de mi último año en Cáceres, 2003 creo (Álvaro tú que tienes mejor memoria ya me dices). Lo he recuperado junto con unas carpetas llenas de folios amarillos. Quien sabe, lo mismo refino mis habituales métodos de tortura y traigo aquí algo más de aquellos años estudiantiles (cof cof). Pues nada, espero que os haya gustado, aunque no sean fechas.

Álvaro Nuevo dijo...

Sí, 2003 es factible; el año de tu vuelta a Cáceres, el último año que pasamos en los jardines de la Plaza de Italia, la única plaza que conozco con un faro que tañe campanas.

Nury dijo...

Sorry, no había tenido time de leerlo hasta ahora (es lo que tiene ser pluriempleada y pluriestudante, que necesito días de 35 horas, sobre todo en exámenes), pero me gusta.

Por ciert, si los personajes del relato quieren, puedo gestionarles un préstamo personal en el banco para que compren muñecas. Es una idea. :-p

verovero dijo...

Me ha gustado, realmente me ha gustado. He de decir que por un momento he creido estar en esa cena, en ese cementerio. Ains hijo mío, si me hicieses caso más a menudo ...

Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

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Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

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Relatario 2007.

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