Amara

Un día de tantos, desde la caravana, la vi a lo lejos rodada de una imponente muralla. Pregunté a un camellero su nombre. Amara. Desde entonces no ha abandonado mis pensamientos. En su interior albergaba grandes tesoros que nadie vio jamás. Los innumerables asedios a los que fue sometida para poseerlos forjaron un carácter de permanente guardia. Hay quien sospechaba que este celo era, a fin de cuentas, mera pose para instigar los intentos de invasión, y justificar así el mantenimiento de la poderosa muralla que la hacía invulnerable. O, al menos, para el resto de los mortales, la hizo.


Fueran veraces o no las habladurías, lo cierto es que la belleza de Amara traspasaba sus muros. Tras las almenas se elevaban las más hermosas construcciones que un hombre pueda alguna vez imaginar. No es una exageración. A su vista, incluso en la distancia, toda la caravana comenzaba a ensalzar la elegancia de sus formas. La delicada precisión con la que debieron ser esculpidas sus cúpulas. La esbelta firmeza de sus minaretes. La sutileza con la que se mezclaban los tonos ocres del desierto, con el blanco y los pendones negros siempre caracoleando al son del simún. Amara parecía observarte con cariño. Podrías llegar a pensar que te acogería para siempre. Querías tanto conocer, como cuidar el secreto que tan herméticamente ocultaba. O, al menos, al resto de los mortales, se lo ocultó.


En aquellos días yo era joven y orgulloso. Me negaba a creer que hubiera algo fuera de mi alcance. Así, desoyendo todos los consejos que supieron darme, abandoné la caravana con el propósito de descubrir el secreto de Amara. Pasé mucho tiempo rondando la muralla, buscando algún punto débil cara el asalto. Las leyendas eran ciertas: el muro resultaba inexpugnable por medio de la fuerza. Pude comprobar, también, parte de la verdad acerca del mítico hechizo de las almenas. De ellas descendía la más cautivadora fragancia, mezcla de especias y jazmín. Había además en ese aroma algo más, desconocido y apenas perceptible a mi delicado olfato. Escondía un fondo acre, amargo, arrebatador, que avivaba el deseo de cruzar al otro lado. Curiosamente, el más estrafalario de los rumores era cierto: en la muralla protectora de Amara no había puertas, grieta o hendidura que pudiera dejar entrever alguna forma de cruzar la pétrea defensa. Definitivamente parecía no haber manera de traspasarla. O, al menos, al resto de los mortales, se lo pareció.


He de decir ahora que en torno a Amara había crecido, a modo de corte, un pequeño barrio extramuros formado por todos aquellos que habían caído rendidos a su encanto. Resignados a no poder traspasar la muralla, vivían a su sombra deleitándose con la cercanía de aquello que nunca alcanzarían. Yo rehuía su compañía. Los despreciaba por faltos de perseverancia, por renunciar a su sueño y conformarse, por su actitud de adoración servil. Pero he de reconocer que, con el tiempo, tuve que acercarme a ellos. Entre hombres de todas las edades, escuchando sus historias en torno al té, comencé a comprender que mis pasos ya habían sido recorridos miles de veces. Las palabras de cada historia apenas variaban. En el desenlace, todas se volvían sumisas para con un destino imposible, tratando de convencerse de que el intento mereció la pena, que la felicidad podía ser vivir junto los muros de Amara. Hombres curtidos por el siroco, impasibles piratas del lejano mar, príncipes desheredados, lacónicos nómadas, bandidos temerarios de las montañas, poetas de palacios solitarios, ladrones del zoco, jóvenes y ancianos. Todos añoraban el sueño al que renunciaron. Todos sintieron la terrible melancolía de lo que nunca fue. El salvoconducto para poder recorrer libremente toda Amara era continuamente negado. O, al menos, al resto de los mortales, se lo negó.


Pasó el tiempo, las caravanas iban y volvían. Amara seguía inexpugnable. Yo me resistía aún a caer derrotado como aquellos hombres, que ahora eran mis hermanos. Tener el paraíso tan cerca y no poder acceder a él me resultaba insoportable. Me alejé para poder observarla en toda su grandeza desde las dunas. Intenté comprender mis sentimientos. La visión del Amara, el mito de la muralla inabordable. Yo iba a ser el primero en traspasar el muro, el primero en verla tal cual era, el primero que penetrara en sus secretos. Pero la muralla se interponía negándome el acceso y a la vez alimentando mi pasión con la fragancia que se escapaba de su cerco. Entonces comprendí que todo sería inútil. Pensé en volver y pasear por última vez junto al muro, despedirme de Amara a través de la piedra y partir con la próxima caravana. Pero no pude. En un último acto de soberbia le di la espalda, y me introduje en el mar de arena tratando de olvidar. O, al menos, pare el resto de los mortales, eso sucedió.


Un aroma familiar me despertó. Especias y jazmín, escondían un leve toque acre y amargo. Arrebatador. Abrí los ojos. Lo había logrado. Amara era mía. Todas sus puertas estaban abiertas. Sus fuentes me saciaron. Descubrí nuevos sabores. Me reflejé en sus albercas que traían al desierto el azul del océano. Recorrí Amara a lo largo y ancho con todos mis sentidos. Todo su conocimiento, sus creencias, su poesía me fue ofrecida. Acumulaba momentos felices a cada paso que daba, a cada inspiración. Por último acudí al tempo. Ceremoniosamente, humilde, entré en él. Si de algún sitio manaba la felicidad era de ahí. Al salir no pude por menos que llorar bajo la plácida mirada de Amara y la media luna. Disfruté de aquello que nadie más alcanzaría. Viví lo que solamente se podía soñar. O, al menos, el resto de los mortales, sólo lo soñó.


En mi corazón anidó un grano de arena. Ni siquiera la belleza de Amara pudo evitarlo. Dando un paseo la perdí de vista, que fue más allá llevándome de nuevo al hogar de mis recuerdos. Los peligrosos paseos nocturnos por Damasco, el lujo del viejo Bagdad, el bullicio de las calles de Túnez, el atardecer en el puerto de Alejandría. Entonces descubría estas ciudades a mi alrededor, y los recuerdos se hacía más vivos. El primer viaje en barco con mi padre hasta Rabat, mi hermano y yo robando dátiles en el bazar de Estambul, la peregrinación con mi abuelo a La Meca, los besos robados tras la mezquita de Córdoba. Y el desierto, siempre el desierto. Y el sol, siempre el sol. El desierto, mar de diminutas ascuas torturando mis pies. El sol omnipresente cegando mis ojos, secando mi carne. El desierto tomando mi cuerpo entre sus ávidas manos. El sol luchando contra él por cobrarse la pieza. Yo perdiendo la batalla, volviendo la vista hacia Amara. O, al menos, el resto de los mortales, eso contó.



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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hi!!

Mi nombre es Joshua y soy de USA
Quiero decir q no soy muy afecto a la lactura
porq poca de ella me engancha,
la tuya me ha enganchado, de esas veces
q no puedes dejar de leer hasta llegar al final..

TE FELICITO!!

MUY BUENA HISTORIA!!

Daniel H. M. dijo...

Hi, and Wellcome!! XD

Gracias, no sabes la ilusión que me hace tu comentario. Espero que las próximas "producciones" estén a la altura.

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