Prólogo de Dragón


* Sugerencia auditiva para la lectura.

Amanece.


La sábana blanca de hielo se extiende hacia el horizonte, blanco contra blanco, de unas nubes cansadas. A través del tosco cristal el mundo se oculta entre escarcha y niebla, desaparece más allá del marco de madera, se hace etéreo, un suspiro en el recuerdo de un sueño.

La realidad yace a mi lado, al calor de mi piel. La realidad respira lentamente, segura entre mis brazos. La realidad se estremece levemente cuando nota mi ausencia y, aún dormida, se queja. Mi dura mano la consuela. La realidad sonríe por un momento, justo antes de irme.

Una y mil veces he abandonado habitaciones pobres como esta. Una y mil veces he desparecido, sin más, como un fantasma al doblar de tambores. Pero hoy, esta mañana que aún se quiere llamar madrugada, un último suspiro me hace volver para despedirme. En su blanca piel veo la marca del miedo atravesando el umbral de los sueños para habitar en su rostro. No puedo evitar amarla. Me acerco de nuevo, sin atreverme a darle un beso. Solamente abandono, en el banco de arce que tiene junto a la cama, un anillo que hasta entonces no tuvo dónde lucir con orgullo, un amuleto tosco y frío, como yo, moldeado a golpe de batallas.


En estas tierras frías la niebla cubre los llanos que se extienden a ambos lados del río. Oculta el viejo puente de piedra y deja detrás, a lo lejos, el nuevo castillo sobre la alta colina solitaria, que pareciera flotar en el aire, inaccesible. La niebla esconde también su la incompleta muralla, que espera ser finalizada en el aún lejano otoño. De frente, a la derecha, un denso bosque de pinos esbeltos y abetos sombríos desciende desde las montañas, donde mora más bruma. Aún no han despertado los pájaros, aún no se escucha su canto. El silencio se rompe, como la escarcha, bajo mis pies. Cegado de albor, entre la luz del alba aparecen espectros cada pocos pasos en el lugar donde anoche se encontraban casas, verjas, algún pozo, algún árbol. Todos duermen aún. La noche fue larga, y poco puede hacerse todavía contra el frío.

Un perro se cruza en mi camino, ignorándome, mientras corre hacia el río. La niebla ya es menos densa y, pesada, comienza a retroceder. Ya canta algún gallo, y los primeros hogares comienzan a calentarse. Se escuchan las primeras risas, puedo aventurar los primeros bostezos, los primeros besos.

¿Me permite?, pregunta una joven sin levantar apenas la mirada con un cubo de leche, a la que cierro el paso. Entra en su casa y no puedo dejar de observar, a través de la sucia ventana, la escena desde este mundo fantasmal en el que me muevo, como si pudiera ver, en la pequeña habitación, un pequeño fuego, una mesa tosca y tres bancos, cuencos, cucharas, una olla de barro, un caldero de cobre, un mozo con cara de sueño, y un bebé que mira un gato gordo, que se esconde, que salta sobre la joven y le hace verter la leche, que trata de bebérsela mientras ella vuelve con una escoba para ahuyentarlo, que corre con la risa cómplice del bebé y del chico aún no despierto, mientras ella grita una palabra: ¡ommadawn, ommadawn!. Veo sobre ellos la mano de la muerte, gritos y llantos, sangre y silencio. La habitación está vacía. Soy otra vez un fantasma.


El viento ayuda a que se disipe la niebla, a cambio de latigazos de hielo. Mis pies se detienen junto a los que buscaban. Los de un gran soldado que ha pasado la noche de guardia en los límites de la aldea. Los de un hombre que llegará a ser mucho más de lo que de él se esperaron. Los de un hijo que no sabe a qué padre honra. Despierto aún, escudriña el bosque. No me gusta esta niebla, dice. A mí tampoco. La niebla no es habitante habitual en nuestra tierra, mientras que aquí es tan común como allá el sol. Entre las nubes y ella se las ingenian para que los que aquí nacen las tengan por reinas. Pero hay en su tono algo distinto. Será la vigilia, respondo. Él gira hacia mí la cabeza con una expresión más fría que el viento que me fustiga de nuevo. Ha tomado una decisión: no servirá más bajo mi mando, ni bajo el de ningún otro hombre. Ha decidido eludir su destino. La guardia de honor ha terminado y yo he de cumplir con mi palabra. Vete, si es lo que deseas, le digo sin devolverle la mirada y, simplemente, se da la vuelta, me devuelve el Cuerno Negro, me entrega su espada y se marcha.

Permanezco en silencio, escuchando su lento y pesado caminar, mirando al bosque. Sabía que se marcharía, sabía que no me diría nada, pero no sabía que se me escaparía una lágrima. Vete, si es lo que deseas, repito en voz baja, como si pudiera retenerlo a mi lado. Pero ya estoy solo, sus pasos se diluyen en la distancia, ocultos tras un ladrido ansioso y el canto de otro gallo. Pienso en todo lo que le debería haber dicho, en todo lo que debería haberme callado. Pienso en su madre, pienso en mi difunto hermano. No quiero seguir pensando. Más ladridos, o tal vez sean los mismos algo más asustados.

Y entonces noto que algo es distinto, que el aire es otro aire el cual, de repente, no me parece tan frío. La niebla es otra niebla, no es como la que ya se retira hacia el río, no es ya fría, no es ya húmeda. Este vapor proveniente del bosque no es sino humo de madera verde y musgo seco, con un olor sutil, rancio, que va tomando posiciones en el terreno.




Amanece.


El cielo se tiñe de rojos y naranjas reflejado en mi espada y en la entregada, listas para plantar cara a la amenaza en forma que sombra que comienza a perfilarse entre esta falsa bruma, que me araña los ojos y me seca la garganta.

La sombra avanza sin prisa, sin cuidado, dejándose ver, tomando poco a poco la forma de un hombre alto cubierto por un pesado tejido sucio que oculta su verdadera forma. La sombra se detiene en un montículo y me observa, lo noto. Clava en mí su mirada y sonríe, lo siento. Entonces, tarde, reacciono y dejo las espadas para empuñar el Cuerno Negro y hacer sonar el toque de alarma. La sombra grita una orden y llueve fuego sobre las casas, mientras una oleada de muerte surge de la espesura, rompiendo, entre el humo, el silencio de la mañana.

Desde el bosque siguen lloviendo flechas encendidos sobre campos y casas. En el interior de sus hogares, los que aún dormían despiertan asustados, los que estaban despiertos intentan ponerse a cubierto. Pocos sabemos qué ocurre. Comienzan los gritos de socorro, los llantos desesperados, crujir de madera, ceder de tejados. Ruge del fuego encolerizado expandiéndose. El pánico es completo, y apenas puedo hacer nada, pues ya estoy embistiendo contra la horda sádica que se abalanza contra los que luchan contra el fuego. Pasan junto a mí, ignorándome, dirigiéndose hacia los asustados aldeanos que, apenas consiguen salir de sus casas en llamas, son atacados. Son cientos, primitivos, apenas cubiertos por pieles y una máscara blanca que oculta su rostro sobre una boca ensangrentada, empuñando unas atroces garras de asta. Crueles, rehúsan el combate y se dirigen simplemente en masacrar ferozmente al pueblo asustado que intenta escapar hacia el río, cruzar el puente y llegar a salvo al castillo. Como perros salvajes, se ensañan en los cuerpos de sus víctimas ya muertas, despedazando, usando los miembros para arrojarlos a los que escapan. Pelean entre sí, carroñeramente, llegando a matarse entre ellos por un pedazo de carne. Ignoran el dolor. Algunos continúan su macabro festival de sangre aún con varias flechas, afortunadamente ya escasas, clavadas y ardiendo en sus espaldas. Y la única oposición que encuentran son mi espada y la entregada. No me resulta difícil saltar de uno a otro y acabar con ellos. Intentan mantenerse alejados de mí, pero son tantos que siempre hay alguno al alcance de mis armas. Aún así son demasiados para poder evitar la masacre y por más que caigan a mis pies, o derrotados por sus propias garras, de entre el humo siguen surgiendo, matando toda esperanza, que el sonido ronco del Cuerno Negro, entre golpe y golpe, intenta resucitar.


La llamada parece ser escuchada. Desde el castillo se apresuran batallones de soldados, flechas blancas llegan desde la otra orilla y veo a algunos de mis hombres, a medio vestir, que, espada en mano, llevan ya tiempo intentando contener el ataque. Tristemente, la masacre no cesa. Parece no haber lugar donde esconderse, la horda no descansa. Algunos valientes se enfrentan a ellos con horcas y azadas, con guadañas, veo doncellas con cuchillos defendiéndose de los malvados, niños tirando piedras certeras pero inútiles. Pocos han llegado hasta el puente y comienzan a cruzarlo dejando paso a los soldados que acuden. La batalla parece girar a nuestro favor. Los salvajes corren al refugio del bosque al verse superados. Su cacería es sencilla y rápida, de la mano del horror y la venganza. Gritos de victoria se anticipan al final de una batalla que aún no ha concluido. Un pequeño regalo me hace la mañana. Al girarme la veo surgir de la nada y correr hacia el puente. Ella también se vuelve, y me ve, y brilla el sol en su rostro perdido al instante entre los destellos metálicos de nuevas corazas.

El hombre alto que ha estado observando el ataque desde su loma vuelve a gritar, esta vez más alto, unas nuevas y terribles palabras. Bolas de fuego rompen el bosque y caen de lo alto sobre los ejércitos en desorden, sobre el puente y los arqueros que lo guardan. Suenan tambores de guerra que acompaña a las explosiones, al zumbido de flechas, al metal contra metal de espadas y lanzas. El Cuerno Negro vuelve a sonar. Mis hombres se reagrupan en torno a mí, aunque no todos, uno falta. Un nuevo asalto comienza. Nuevas tropas enemigas avanzan. Son más altos, más fuertes, sus armaduras más sólidas, más temibles sus espadas. Junto a los tambores, estandartes blancos, como la faz de la muerte, marcan las órdenes de su ataque.

Algunos soldados, asustados, huyen. Los capitanes que quedan en pie intentan poner orden, cuando a nuestras espaldas suena una nueva llamada: los caballeros piden paso para romper entre las filas enemigas y el caos vuelve al campo de batalla.


Las bolas de fuego avanzan acercándose cada vez más a las tierras cercanas al castillo, llevando la muerte a la otra orilla del río. Varios impactos destruyen el puente cuando refuerzos lo están cruzando, las fuerzas del enemigo son desmedidas. Nos hacen retroceder, volver al pueblo aún en llamas, sembrado de cuerpos, regado con sangre. El humo hiere los ojos, el hedor dobla a los jóvenes, el fango viscoso hace resbalar. Es casi imposible reagruparse mientras las ordenadas filas enemigas avanzan.

Entonces veo en el suelo un anillo engarzado en un dedo, y la furia que hierve dentro de mi pecho explota y se desborda, y no hay más espacio para la retirada. Me abro paso entre los enemigos y los muertos, apenas seguido por los pocos de los míos que continúan en pie. En una mano mi espada, en la otra la entregada, y alrededor del brazo el Cuerno Negro.

Avanzo hacia la sombra que comanda el ataque. El acero me muerde pero sigo adelante dejando tras de mí un sendero de cuerpos, haciendo bramar entre golpe y golpe el Cuerno Negro que ya nadie escucha.




Amanece.



El sol brilla en lo alto, pero el humo no deja que su luz alivie las espaldas cansadas, ni el fuego y el olor a muerte que su calor reconforte las almas. De los abismos del castillo surge la última esperanza. Despierta de su sueño de siglos fiel al juramento hecho. Un gran dragón negro despliega por última vez sus alas, y se prepara para verter su fuego oscuro sobre el campo de batalla. Pero apenas su silueta se perfila contra el cielo, deshaciendo en jirones la densa humareda, surgen de lo que antes fue el linde del bosque enormes arpones de acero que lo abaten de inmediato, cayendo pesado sobre la orilla opuesta del río, causando más dolor y muerte, presagio del fin que a todos nos espera.

Estamos atrapados, con el río a la espalda. El resto del ejército enemigo comienza a tomar posiciones por los flancos, cerrando toda posible escapatoria. Vuelvo a ver a los salvajes que protagonizaron la primera acometida. Los altos acorazados forman muros de metal con largas picas y fuertes espadas. Tras ellos se dejan ver por fin los arqueros con sus flechas de fuego, y sin miedo alguno avanzan también las grandes catapultas que arrojan bolas en llamas, las cuales vuelan ya cruzando el río cayendo cerca del castillo. Miro atrás. De mis hombres solamente queda el viejo sargento de armas y un joven escudero que se ha ganado las suyas esta misma mañana. De los hombres del castillo apenas unos pocos caballeros luchan a pie con valor, aunque sin esperanza.

Nos superan en número, nos superan en armas. Tal vez sea un buen momento para una oración, o una plegaria, pero hace tiempo que para mí eso ya no significa nada. Alzo el Cuerno Negro, lo hago sonar una última vez tras besar el anillo que me fue devuelto y me sumerjo en la oscuridad de la batalla, portando en una mano mi espada, en la otra la entregada, y esperando que sea cierto eso que dicen por estas tierras extrañas de que al morir se reencuentran las almas que se aman.



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3 comentarios:

Daniel Hermosel Murcia dijo...

Sobre la recomendación auditiva.
La versión que inspiró este prólogo es un directo del 87, la que he puesto es la más parecida que he encontrado y, obviamente, engloba a todo el texto, particionado por cuestiones prácticas del bloguerío.

DanielHR dijo...

Buenas Daniel. Como ves, es mi primera visita al blog. ¿Nadie ha criticado todavía este cuento? ¿En serio? ¡Vaya por Dios!
Pues qué puedo decir a los futuros lectores... A ver si combinando un par de cosas con la primera crítica que hice del libro, puede quedarme algo más o menos curioso y así los visitantes se van animando.
Leí el cuento hará un par de meses, dentro de esa antología de relatos que es Curvas... ¡Y me gustó bastante, caray! No puedo hablar mucho sobre la literatura épica, pues sólo la conozco por el cine y poco más, pero he decir que esas escenas de batallas son verdaderamente tolkianas (aunque quizá debería decir peterjacksianas). El relato queda en suspenso, como si esperara que alguien lo continuara. Así que nuestro maestro blogger tiene trabajo. Nos hemos quedado con ganas de más. ¡Queremos una continuación del relato!

Daniel H. M. dijo...

Es curioso que todo el mundo vea la influencia de ESDLA (que la tiene) pero pase más desapercibida la que fue más inspiradora (casi plagiada) introducción de la película Connan el Bárbaro (ese chuacheee), ya que la masacre inicial está muy inspirada (ya digo muy copiada) de la invasión al pueblo natal de Connan. En cuanto a que queda corto, pues sí, pero es que es un prólogo como dice su nomre de una novela de fanasía que probalbemente nunca escribiré, aunque quién sabe...

Acercade mi y otras farsas

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