Mar de Cristal



* Sugerencia auditiva para la lectura.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Como de costumbre no hay mucha gente y puedo ir sentado. Tantos años en el mismo trayecto hace que ya ni me preocupe de las estaciones. Apenas noto las paradas. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín – la lluvia eléctrica ya no llama mi atención – y Bambú aparecen y desaparecen entre campanillas. Pin, pin, pin, próxima estación Pinar de Chamartín, correspondencia con línea cuatro y línea uno de metro ligero. Aquí me toca trasbordo, a la anunciada línea cuatro. Por un momento el mundo deja de ser feliz mientras continúa la revolución. Aún quedan cinco estaciones más hasta alcanzar mi destino. Esta vez me toca ir de pie, pero me da igual. Con el tiempo he adquirido una capacidad digna de un koala para aferrarme a las barras sin perder ritmo de lectura ni confort. Así paso por Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, donde se baja un grupo de chicos y tomo asiento, antes de afrontar la recta final entre San Lorenzo y Mar de Cristal. Por delante ocho horas de trabajo, una para comer y el camino de regreso a casa. Al salir del vagón me doy cuenta de que tengo los zapatos desatados y, mientras el tren se adentra en la oscuridad del túnel, me agacho para atarlos con doble lazada. Entonces, al incorporarme, miro hacia el otro apeadero y la veo a ella. Con un sencillo vestido gris y el pelo lánguido, negro, que oculta su rostro. Apenas una sombra que pasa desapercibida entre el resto de la gente, una más que espera el tren, buscando una luz en el vacío. Cuando va a llegar el metro, da un paso atrás. Yo despierto, miro el reloj y sigo mi camino.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín, Bambú..., todo el recorrido hasta Mar de Cristal, con una novedad en mi rutina. Antes de salir del andén me quedo mirando a la extraña que espera en el de enfrente para realizar el trayecto opuesto al mío. Aún no he conseguido verle la cara. Sus movimientos suaves y fluidos, la forma de inclinarse sobre la vía para adentrarse en el abismo del túnel, el respingo que da al escuchar el eco del tren que se acerca, la forma de girar sobre sí y alejarse un paso, de esperar a que entre el tren en la estación para subirse y tomar asiento, me tienen totalmente hechizado. No hay otra palabra. No puedo evitar contemplar en silencio el ritual de mi desconocida, mañana tras mañana, aislado de todo sonido, visión u olor, antes de subir al mundo. Cuando su tren abandona la estación me quedo solo, despierto y la vida vuelve a su ritmo habitual. Aún así no puedo dejar de pensar en ella y no termino de concretar si me estoy obsesionando o simplemente enamorando de un fantasma anónimo que se va por donde yo vengo sin saber siquiera de mi existencia.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. ¿Cuánto tiempo llevo observando a la joven de gris? Pasan Valdecaleras, Plaza de Castilla... A juzgar por las páginas leídas del libro apenas semana y media. En Pinar de Chamartín, el trasbordo tarda más de lo esperado. La batería del emepetrés se suicida poco después de cerrar la contratapa del libro. Hay demasiada gente esperando en el apeadero cuando por fin llega el tren. Una idea terrible pasa por mi cabeza: llegaré tarde y hoy no podré verla. Comienzo a angustiarme ante la lentitud con la que pasan Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, San Lorenzo y, al fin, Mar de Cristal. Al abrirse las puertas la avalancha me arrastra a la plataforma. El tren se va indiferente y la gente comienza a despejar la zona. No la veo. No está. Se ha ido. Me siento en un banco consternado. ¿Qué me pasa? Entonces ella baja las escaleras con un ligero trote y se acerca etérea al borde del andén a contemplar la oscuridad. Algo cambia esta vez. Se gira hacia mí y por fin veo su rostro pálido y suave, sus grandes ojos que compiten con el vacío del túnel. Su pequeña boca, apenas esbozada, sonríe en respuesta a mi sonrisa. Nos miramos un siglo hasta que el ruido del tren me hace reaccionar y decidirme. Salgo corriendo hacia las escaleras con intención de cruzar al andén de enfrente y…, y…, y decirle algo, decirle que la llevo observando desde hace días, decirle que la amo. No puedo verla, pero sé perfectamente cómo está llevando a cabo su ritual diario, inclinada sobre el borde hasta ver la luz del tren, dando un paso atrás y dando la espalda a la vía mientras la locomotora entra en la estación. Ahora la veo, según bajo, mirando hacia la pared. El tren entrará en apenas unos segundos. Entonces el ritual cambia. Con un giro brusco salta hacia la locomotora. Después todo debería ser ruido y caos de personas arriba y abajo. Pero todo queda en silencio, y solamente estamos el maquinista y yo, paralizados, en un mar de cristal roto, teñido de rojo.

3 comentarios:

AviAdorA de metAl dijo...

¡AH!

Las suicidas son muy seductoras. No me extraña que te enamores "así" y luego lo escribas "asá".

Anónimo dijo...

De verdad pobre muchacha haber que te a echo para que acabes asi la historia,jeje.

Es muy bonita,pero has pensado en escribir alguna vez algo con final feliz?solo es una sugerencia,jeje,Besos Sandra

Daniel Turambar dijo...

Avi: pues tengo otra de suicidas en ciernes, ya caerá...

San: Pues me lo voy a tener que hacer mirar, lo de los finales digo, pero es que si no muere algo como que no me quedo contento oyes, ya sabes, cada uno tiene sus vicios.

Acercade mi y otras farsas

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Relatario 2009

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