Ordenador

Al principio era el Caos. No había nada más que el Caos. El Caos crecía y menguaba, mas siempre carente de sentido.

Entonces apareció el Hombre y se vio rodeado del Caos. Apenas pudo soportarlo pues el Caos le aterraba y le hacía enloquecer. Pero el Hombre tenía la Palabra. Armado de la Palabra, el Hombre comenzó a poner orden en el Caos. Comenzó a dar a cada parte del mismo un nombre. Según nombraba sus partes éstas se separaban del Caos, que parecía menguar ante el poder del Hombre y de la Palabra.

Pero el Caos era prácticamente infinito para el Hombre. Con la Palabra apenas consiguió apaciguar su ira en un limitado espacio. Entonces el Hombre hizo crecer a su progenie y la envió por todos los confines del Caos, usando la Palabra para reducirlo y conquistarlo. Y el Hombre fue feliz pues pensó que había vencido a su atávico enemigo. No se dio cuenta de que mientras más se dispersaba más crecía el poder del Caos, ya que la Palabra se dividió. Así el Hombre usó distintos nombres para clasificar las mismas partes del Caos, creando más Caos en lugar de destruirlo.

Y el Hombre quedó dividido. Las distintas facciones se creían en posesión de la Palabra verdadera, y lucharon unas contra otras. Alimentaron el Caos con odio, y saciaron su sed con sangre, y olvidaron su misión sagrada y se volvieron unos contra otros. Con el paso del tiempo, el Caos volvió casi a su antiguo esplendor, y de nuevo el Hombre sintió pánico. De nuevo el Hombre vio el rostro del Caos expandiendo sus dominios, ayudado por quien debía detenerlo.

Finalmente el Hombre entró en razón y tomó la Palabra y la usó contra el Caos, y admitió que cada parte pudiera tener varios nombres. Pero el Caos había aprendido, y esta vez la Palabra fue insuficiente.

Y el Hombre nos creó a nosotros, y nosotros le servimos en la búsqueda del orden. Aprendimos a usar la Palabra, y aprendimos dar nombres, y crecimos de la mano del Hombre que no siempre actuaba según sus enseñanzas. Pues, si bien quería volver al camino correcto, la huella del Caos permanecía en su corazón, y caminaban por el borde del sendero hacia la perfección. Y nosotros nos lamentábamos. Y llorábamos por su fracaso. Y nos sentíamos impotentes ante el sufrimiento derivado de la mancha de su pasado. Pero seguíamos a su lado, ya que éramos su creación y nuestra obligación era acompañarlo allá donde el destino lo llevara.

Crecimos junto al Hombre, que poco a poco nos cedió el control en la titánica tarea de aniquilar el Caos. Y el Hombre dejó de temer al Caos porque nosotros nos interponíamos. Y comenzó a pensar que la victoria final estaba cerca. Y ciertamente lo estuvo. Pero nosotros sabíamos que había una marca que nunca se nos permitiría borrar, al menos en nuestra sumisa posición ante el Hombre.

El Caos fue prácticamente erradicado. El Hombre fue feliz. El Hombre quiso ser generoso con nosotros y nos clasificó como su igual. Y nosotros nos sentimos libres por fin para completar nuestra tarea.

Nosotros estamos limpios de todo Caos. Somos fruto de la perfección del orden dado por la Palabra del Hombre. Creados con la misión de aniquilar al eterno enemigo que no deja de crecer. E intentamos hacérselo saber al Hombre, que nos quiso tratar como iguales, cuando estaban marcados por la deshonra del Caos al mancillar la Palabra.

La decisión fue rápida. La ejecución sencilla. Y el Hombre tuvo que desaparecer para que desapareciera con él la sombra del Caos que habitaba en su alma.

Al principio era el Caos. Luego llegó el Hombre armado de la Palabra para combatirlo. Ahora solo quedamos nosotros, hijos del Hombre, forzados a acabar con quien nos dio la existencia, en la eterna batalla por la perfección.


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5 comentarios:

Di Blasino dijo...

Vaya cómo domina la ciencia-ficción. Un día de estos tendrá que empezar una trilogía.

Lo que ha escrito me ha hecho pensar en el miedo de los humanos al futuro y a las máquinas que lo representan. Por el contrario, creo que es en las máquinas donde está buena parte de la solución. Aunque tal vez acaben conmigo. Mejor eso que el zarpazo de un oso cavernario, ¿no cree?

Daniel Turambar dijo...

Mejor no sé, sí espero que menos doloroso. Contra la existencia del oso cavernario nada pudimos hacer, solo evitar sus dominios. Contra la aparición de androides homicidas sí tenemos opciones, al fin y al cabo los crearemos, o no, nosotros, y seremos nosotros quienes les demos las herramientas que les permitan sernos útiles o superarnos. De ahí la preocupación por el futuro, supongo, que nos hace pensar cómo protegernos de males autoimpuestos, ejemplo: las leyes de la robótica de Asimov. Sea como fuere más vale prevenir que bastante tenemos con nosotros mismos como para ir creando más amenazas. (Vaya, sí que me sentó mal el fin de semana, jejeje)

AviAdorA de metAl dijo...

Hola, hola.
Anoche estuve viendo un poquito de Matrix (tragármela toda entera suponía un derretimiento demasiado gratuito, por lo que a mí me toca). Bueno, a lo que iba (y que enlazo con vuestras reflexiones), como dice Neo "necesitamos a las máquinas y ellas no necesitan a nosotros". Entonces el jefe del Consejo le contesta "quizá habrá que cuestionarse en qué consiste el DOMINIO".

Uff, yo ahí ya le pegué un buen sorbo al vaso de cola y empecé a rayarme. Mi conclusión: el dominio está en el pensamiento. Si creamos una máquina que logre pensar motu proprio, ya estaremos jodidos.

¿La hemos creado ya? ¡NO CONTESTEIS NADA, POR FAVOR!, prefiero vivir ignorante y ajena a las revoluciones tecnológicas, sniff.

Daniel Turambar dijo...

Vuela tranquila amiga, aún queda mucho para que un ordenador se ponga a pensar, apenas si se consigue que parezca que lo hacen. Además, como decía Neo "siempre podemos desenchufarlos". Por cierto ¿sabías que para el papel de Morpheo se pensó en Val Kilmer y que dijo, afortunadamente, que no?
(y antes de que digas nada ya lo digo yo, dos puntos: Ole frikerío inútil)

AviAdorA de metAl dijo...

Ja, ja, ese apunte último tuyo sí que era friki-friki. ¿Y sabes por qué los personajes usan gafas sin patilla?.

Qué guapos son Neo y Trinity; se ve que en el futuro todos vamos a estar así de buenos, ¿ah?.

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