Cinéfago callejero

¿Has ido alguna vez solo al cine por la noche? Normalmente lo harás porque no encuentras a nadie que te acompañe a ver esa película que te interesa, porque no soportas que tu compañero de butaca te reviente las mejores escenas o, simplemente, porque sospechas que la película que vas a ver puede menoscabar tu reputación de cinéfilo. ¿Quién sabe? De todos modos el motivo es lo de menos. Incluso, en cierto modo, tampoco importa mucho la película. Porque no quiero hablarte de cine.


Cuando la trama se resuelve, se hace la luz, y los nombres de los actores desfilan por la pantalla acompañados por la banda sonora, llega el momento de ponerse en pie e imitar a los créditos en dirección a la salida. Recoges el cartón vacío de palomitas y enfilas hacia la puerta rumiando los mejores momentos o pensando que el loco de turno tenía razón en lo que decía. O, ¿quién sabe?, puede que simplemente pienses que llegas tarde a casa, no tienes nada de cena y la película ha sido un auténtico bodrio.


Sigues con estas conclusiones cuando te encuentras en la calle y, tras echar un último vistazo a la cartelera, comienzas el viaje de vuelta. Si la película fue mala te alegras de que nadie se haya enterado de que te gustó. Si la película fue buena te cuidas de recordar las escenas que comentarás con esos a los que llamas tus amigos. Mientras tanto ya has cruzado la calle y las luces de la casa de los sueños se funden con las propias del decorado urbano. Si tienes suerte y vives cerca del cine nunca sabrás que se siente dos minutos después. Si tienes suerte y vuelves en coche tampoco sabrás lo que es eso. Si tienes suerte y consigues mantener tu mente ocupada durante los próximos veinte minutos no vivirás esta experiencia.


Poco a poco se acallan los pensamientos y al final, tras un breve callejeo, te encuentras caminando por una avenida solitaria, por la que apenas pasa un coche cada minuto. Las farolas tiñen de un tenue naranja el asfalto y los escaparates iluminan de blanco las aceras. No conozco tu ciudad, pero seguramente cruces algún parque, un paseo, o simplemente haya árboles por la gran avenida que parece interminable.


A estas horas suele levantarse una ligera brisa, agradable en verano y un tanto molesta en invierno. Las ramas comienzan a moverse y a susurrar un mensaje que te esfuerzas en entender, sin conseguirlo. Sin más, a lo lejos, aparece un bulto que se mueve y, aunque no lo notes, tu corazón se acelera de forma inversamente proporcional a tus pasos. Descubres que se trata de una pareja de enamorados, la cual se cruza en tu camino interrumpiendo su conversación, para retomarla una vez te han sobrepasado. La cara de la chica permanece oculta, mientras él te mira amenazante girando el cuello, forzado por su paso acelerado. ¿Quién sabe?, incluso puede que ellos también hayan sentido eso que te niegas a aceptar que comienzas a sentir.


Cruzas las calles que confluyen en la avenida mirando en su interior, vigilando que no aparezca ninguna figura de entre la oscuridad. Comienzas a recordar una escena de la película, similar a tu escena. Piensas que, en cualquier, instante sucederá algo. Te acuerdas de la música que escuchaste en aquel momento, tan lejano ya, y la canturreas o silbas para aliviar el silencio que comienza a pesarte.


Aceleras el paso.


De repente te paras. Disimulas mirando algún escaparate, pero en realidad te preparas para abandonar la supuesta seguridad de la avenida e introducirte por una calle menos iluminada y plagada de criaturas invisibles y acechantes. Tomas la esquina con una amplia curva y poco a poco aceleras el paso, que resuena más ahora, e intentas pensar en algo, lo que sea, cualquier cosa, mientras tu mirada barre una y otra vez todos los recovecos. A lo lejos ves un vagabundo durmiendo en un portal. Afortunadamente está en la acera de enfrente. En la esquina están cerrando un bar. Por unos metros una falsa seguridad vuelve a ti.


Giras y te introduces por un nuevo callejón, más oscuro, pero también más corto. Apenas veinte pasos cuesta arriba que desembocan en un pequeño parque donde aún quedan algunos rezagados conspirando entre las sombras. Dudas entre rodearlo o cruzarlo, tratando de reconocer a sus habitantes antes de tomar una decisión. Finalmente lo cruzas, pasas junto a la fuente y ralentizas el paso para escuchar el sonido del agua al caer. Entonces oyes una discusión al fondo. Debes pasar por allí pero no lo harás mientras haya gente. No entiendes lo que dicen mas los movimientos nerviosos y las palabras rápidas no te inspiran confianza. Ves un banco vacío y, sin dudarlo, te sientas hasta que pase la tormenta. Disimuladamente mantienes la vista en la dirección de tumulto, tratando de convencerte de que estás en un lugar oscuro y que no pueden verte. Aunque, ¿quién sabe?, tal vez sí. Una sombra sale del grupo en tu dirección. Rápidamente vuelves tu mirada al cielo, a la fuente, al suelo.


No se escucha nada, salvo el sonido del agua al caer y el de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Te levantas despacio y, con paso firme, reemprendes el camino demasiado excitado para fijarte en el coche que casi te atropella al cruzar la calle. Cruzas la mirada con el conductor, que sigue su camino, y tú el tuyo. Unos pasos más y llegarás a casa, a tu hogar, a tu fortaleza inexpugnable donde no puede ocurrirte nada. Reconoces a un vecino que baja la basura, le saludas sonriendo. ¿Qué paranoias eras las de antes?, ¿qué podría haber pasado? Vives en un barrio seguro.


Llegas al portal y abres la gran puerta de acero. Enciendes la luz. Cierras y miras a través del cristal y los barrotes. Nadie podrá entrar. Llamas al ascensor que llega puntual a su cita. Abres la puerta y te colocas en el fondo antes de pulsar el botón. Meneas la cabeza de un lado para otro y sonríes tranquilizándote. El ascensor ha llegado a su destino. Por fin entras en tu casa. Cierras la puerta, pones la cadenita y echas un vistazo por la mirilla hasta que la luz del rellano se apaga y quedas a oscuras. Pasas al salón encendiendo todas las luces, comes algo y te vas a dormir. Parece que no hay nadie en casa, o tal vez vives solo, no lo sé. Todo está tan silencioso que procuras no romper ese silencio. De nuevo se hace la oscuridad.


¿Quién sabe?, tal vez la próxima vez. . .


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5 comentarios:

Daniel Hermosel Murcia dijo...

CC, 1998.
Para Gaerwen.

AviAdorA de metAl dijo...

¿Dedicado a ella? besos, besos...

Garewen dijo...

Cualquiera diría que te asusto... jajajaja. Gracias por rescatarlo, ahora me gusta aún más. Muacsssss
P.D. Algún día te contaré como pasé de ser "Gaerwen" a ser "Garewen".

Daniel Hermosel Murcia dijo...

Uis, ni cuenta me di, ya sabes que mi cerebro lee lo que le parece.

Garewen dijo...

Chacho tú! Tú me regalaste el nombre y tu subconsciente lo escribe como fue... de remozarlo ya me encargué yo...

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