Nueva fase

« ¿Quién me lo iba a decir?
Y sin embargo sucedió. Así, sin más.
Como un ninja: ahora lo ves, ahora no lo ves; ahora lo tienes, ahora ha desaparecido.
Bueno, no exactamente, ya me conoces: si no exagero reviento.
Como todo, fue un poco a poco imperceptible. Pequeños granos de arena cayendo inexorablemente uno sobre otro, uno sobre otro, amontonándose, provocando pequeñas avalanchas y volviendo a empezar. Hasta que al final el mundo se detiene y echo de menos su movimiento. Te echo de menos a ti.
No, no es eso.
Me echo de menos a mí. Al menos a esa parte de mí que te quería y que se marchó sin dejar una nota. Tenía tan segura su presencia que tardé en darme cuenta de que no estaba. Dejó su cuarto ordenado y limpio, para que otro suspiro entrara a vivir. Pero no hay quien ocupe su lugar. Y ahora la echo de menos.
Tú… Tú has quedado reducida a un mero daño colateral. Porque, ¿cómo seguir a tu lado cuando ya no alimentas un hogar vacío? ¿Y cómo no hacerlo, fingiendo que no ha pasado nada?
Podría.
Pero, ¿para qué engañarnos? El artificio requeriría cada vez más esfuerzo, tan sólo por guardar las apariencias. Al final todo sería rutina e inercia. Tú no notarías nada. Sabes que soy el mejor mintiéndote. Cada alegría tuya se clavaría en mi pecho como un puñal. Mi cobardía haría más grande la futura herida. Terminaría odiándote, odiándome. Terminaría dejándote, destruyéndote.
Es mejor que te abandone ahora.
Que lo nuestro termine como un atardecer en la playa. Cuando el sol se haya puesto y el mar forme parte de tus oídos yo, simplemente, ya no estaré. Me habré desvanecido entre la espuma, en un suspiro. Será triste, pero tierno.
Entonces te echaré de menos. Aunque de nuevo, en realidad, me echaré de menos a mí mismo. Recorreré ese cuarto vacío y lo convertiré en un museo de tonos sepia y sonrisas nostálgicas. Hasta que un día el olvido me robe la llave o, simplemente, me mude a una nueva estancia.
Sé que no llorarás.
Yo te prometo que hablaré con tu recuerdo y juntos nos añoraremos.
Ha llegado el momento.
Cuando pulse el timbre no habrá vuelta atrás.
Espero que él sepa cuidarte bien. »


¡Ding, dong!
Llamó solamente una vez con la esperanza de no oír unos pasos veloces acercándose a la puerta. Pero antes de poder formular el deseo la puerta se abrió y la cara redonda de su sobrino le recibió con una sonrisa pícara que se llenó de infantil alegría y excitación cuando confirmó qué llevaba su tío en las manos.
No pudo reprimirse.
– ¡Mamá, mamá, me ha traído la consola, me ha traído la consola!


* Sugerencia auditiva para la post-lectura


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Seguiré pensando en tu nombre. (I)

– Tienes nombre de mercera. – Le dijo su abuela al conocerla. Araceli solamente tenía entonces unos meses de vida, pero estas palabras quedaron grabadas en su cerebro, aún por moldear, con tal fuerza, junto al intenso olor a piel de naranja que despedía la buena mujer, que determinaría inexorablemente su futuro, de forma desapercibida, pero clara. Nunca más volvió a ver a su abuela que murió diecinueve días más tarde, de un infarto cerebral, mientras iba a la frutería a por más naranjas.

Las palabras revolotearon dentro de su cabeza durante su infancia. Cuando jugaban a tenderas ella siempre cogía el costurero de su madre, ordenaba los hilos en un preciso orden cromático, los botones por tamaño, número de agujeros y material, cogía los pijamas de su padre, y atendía a sus amigas con una gran sonrisa y dos trenzas perfectamente simétricas.

Cuando fue mocita se enamoró y se olvidó de las cremalleras, parches y lanas. Sus amigas también se habían olvidado de los juegos al sol en la puerta de su casa, y vivían preocupadas, en los bancos del parque, por la opinión que de ellas tuviera el macarrilla alpha de turno. Araceli vivía su apasionada relación en secreto. No estaba bien visto que una quinceña andara por ahí suspirando por las esquinas al terminar de leer un poema o un diálogo apasionado. Se hubiera muerto de vergüenza si alguna de sus amigas llegara a sospechar siquiera de su tórrida relación con la literatura. Soñaba con ir a la universidad y casarse allí con las palabras, tras un largo noviazgo. Tal vez algún día llegara a ser escritora. Aún así seguía ordenando cromáticamente sus poemas favoritos, ya en alegres verdes o tristes grises, melancólicos azules marinos, tenebrosos negros, sutiles blancos o apasionados rojos, y las novelas por tamaño, número de corazones rotos y autor, con la precisión de su querencia nominal, moldeada al aroma de piel de naranja, para ser mercera.

Entró, por fin en la Facultad de Filosofía y Letras, y volvió a enamorarse, esta vez de un alumno de cuarto, que hacía las veces de ayudante del profesor de literatura barroca, por no decir de sustituto la mayoría de las veces. Araceli se olvidó de las novelas, los poemas, las frases, las palabras y hasta las letras. Ella se fue a vivir a su casa y él habitó su pensamiento. Sólo estaba él: por él comía, bebía y respiraba, por él se levantaba temprano para preparar las transparencias necesarias, por él se saltaba clases si había que pasar algo en limpio. Por él suspiraba cuando no estaba cerca, cuando se acercaba y cuando estaba a su lado. Por él, en resumen perdió tres años en los que apenas sacó un par de asignaturas, quien dice dos dice cinco, y por él lloró todo lo llorable, mares y océanos llegó a pensar en plan melodramático, cuando la dejó por una novata remilgada que se peinaba, casualidades de la vida, con unas trenzas perfectamente asimétricas.

Regresó al hogar. Tras meses sin salir a la calle, una tarde, mientras recogía la mesa de la comida, su padre suspiraba ronquidos en el sofá y su madre miraba la telenovela sin verla. Al ir a retirar unas cáscaras de naranja, al olor de las mondas, súbitamente surgió un impulso, el justo para incorporarse y tomar aire decidida, antes de que se formaran las palabras, que no se correspondían con exactamente con el pensamiento apático que nació de un remoto recuerdo. Ya había decidido cuál sería el siguiente paso, y brotó de su boca lo que desencadenaría el cambio de rumbo que su vida necesitaba.

– Tengo que buscar trabajo.

Dos meses después, con el aval de sus padres, Araceli abrió la única tienda que su nombre, gracias al auspicio de la perdida abuela, le permitía abrir: una mercería. Y sin saber cómo, el primer día, al irse a la cama tras haber tenido una jornada, ni estresante ni relajada, ni dura ni liviana, ni decepcionante ni excitante, ni buena ni mala, soñó con una mujer mayor, que olía intensamente a piel de naranja y dijo:

– ¡Ea, lo que yo decía, nombre de mercera!

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Seguiré pensando en tu nombre. (II)

Araceli, mercera como no podía ser de otro modo, se encuentra en lo alto de la escalerilla, blusa blanca y falda roja, ligeramente inclinada hacia la derecha, sin desdibujar sus curvas, buscando entre cajas un pijama para la nieta de la señora Adela que vendrá más tarde a por él. Un pijama rosa chicle de algodón, con corazones y florecillas en rojo y blanco y un koala gis abrazado a la pantorrilla izquierda. Araceli tiene en casa uno igual, tal vez algo ñoño para una mujer de su edad, pero le encanta. Baja, guarda las escaleras, sale a la tienda y lo deja bajo el mostrador. Es un día lluvioso. En la calle las pocas vecinas que pasan lo hacen con prisa sin apenas girar la cabeza para saludar. Es un día aburrido.

– No me quieres nada. – Alfonso, comercial de una pequeña empresa de hilos y lanas lleva esperando un rato, invisible, a que Araceli salga de la trastienda. Hoy lleva, bajo la gabardina negra, un traje gris oscuro, con una camisa en amarillo pálido y una corbata en amarillo canario. Sí, algo hortera. El bigote mal recortado y el extraño peinado, que le hace parecer un calvo con peluquín, no ayudan a su imagen. Pero a él le gusta, y a su madre también. A Araceli le hace gracia, o eso cree. A veces la sorprende mirándole y sonreírse. Hoy la nota distraída, más distraída que otras veces. Con ese aire de ensimismamiento que la hace parecer libre de las ataduras de este mundo, por encima de cualquier preocupación terrenal, para luego, en un pestañeo, de regreso a la realidad, repasar minuciosamente el catálogo, página a página, apoyada ligeramente en el mostrador, mientras él espera la respuesta.

– Si es que no me traes nada nuevo… – Araceli frunce el ceño. No, no hay nada que necesite de Alfonso, o al menos eso cree, y aún así sigue pasando las páginas del catálogo que conoce tan bien. Le relaja tanto mirar los distintos hilos y lanas ordenados por colores, grosores, y trenzados. Además, hoy está siendo un día de lo más aburrido, no hay nadie en la tienda, y Alfonso siempre tiene un rato para charlar, nunca lleva prisa. Aunque hoy parece un poco más tenso que de costumbre, está más arreglado, el traje parece nuevo. Levanta la vista un poco para asegurarse, al ver el peluquín se sonríe otra vez. Sí, es nuevo, o al menos ella nunca se lo ha visto antes, y lleva viniendo a la mercería… ¿cuánto, casi año y medio? El pobre, qué paciencia tiene, ahí esperando de pie a que termine para luego irse sin pedido alguno, piensa Araceli.

– ¿Me tienes listo el pijama para la niña? – La señora Adela entra refunfuñando, como siempre, deja el paraguas en el paragüero y pasa ignorando a Alfonso que vuelve a hacerse invisible en un rincón, mientras Araceli da la vuelta al mostrador y saca el pijama. Se lo enseña a la señora Adela, que da su consentimiento con un golpe seco de cabeza. Araceli lo dobla con sumo cuidado, lo coloca dentro de la caja y lo envuelve con papel regalo. La señora Adela, paga, se despiden y, sin más, coge el paraguas del paragüero y se sumerge de nuevo en la calle.

– Mira bien, por si hay algo que se te haya pasado. – Alfonso reaparece, insistente, algo nervioso esta vez, y Araceli retoma el catálogo, esta vez desde detrás del mostrador. El se acerca un poco para observarla mejor y la deja hacer. En cualquier otra situación abría despachado rápido el encargo, o más bien el no-encargo. Pasaría una vez al mes, el periodo normal de reposición de un género que, seamos claros no tiene tanta demanda como para tener que hacer el viaje cada dos semanas. Además, esta sería la última visita, no volvería a verla más. No, con el nuevo puesto, las nuevas responsabilidades que se había resistido a aceptar. Pero su madre tenía razón, debía progresar en la empresa. Aunque tuviera que dejar de visitar la mercería, a no ser…

– Araceli, ¿te gusta el teatro? – La mercera responde que sí desapasionada, sin levantar la vista del catálogo, casi aburrida. Alfonso se achanta. No esperaba esta reacción. Bueno en realidad no sabía qué esperaba, pero seguro que algo más que un lacónico sí.

– Pues el viernes me paso a recogerte cuando cierres que tengo entradas.

Silencio. Alfonso toma aire. De nuevo una respuesta inesperada. Araceli termina de repasar el catálogo que tan bien conoce, lo cierra y rodea el mostrador para dárselo a Alfonso negando con la cabeza. El comercial lo recoge abatido y no la ve escribir en un pedacito de papel un número de teléfono, que recibe luego un renacido contento, cuando la mercera le confirma la cita con un también escueto.

– Vale, puede estar bien.

Ocho meses después, y tras una segunda promoción de Alfonso, Araceli y él comenzaron con los preparativos de su boda, que celebrarían en otoño, cuando florecieran los naranjos. Desde entonces todas las noches soñaba con su vida de casados, con los niños que tendrían juntos. En sus sueños todo era perfecto y estaba en orden, como en la mercería, no podía pedir nada más. Así al despertarse siempre le venía el mismo pensamiento consciente que se entremezclaba con la ensoñación, perdiendo todo su sentido original:

– No, nada de nada.


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Seguiré pensando en tu nombre. (III)

– Ha llegado un sobre grande para ti, ¿te la dejo aquí? – El cartero suele pasar temprano a dejarle la correspondencia en la tienda, que queda cerca de donde comienza su ruta de reparto, siempre con la misma fórmula. Araceli lo recoge impaciente, anticipando una buena noticia y le da las gracias.

Parece mentira, en los tiempos que corren, pero aún los documentos importantes se guardan en papel y no siempre siguiendo el mejor método, incluso en un registro oficial. Tal vez fuera por eso. Tal vez porque simplemente debía ser así. El caso es que la partida bautismal de Araceli llegó tarde, casi a apenas tres semanas de la fecha fijada. Araceli fue bautizada en el pueblo de su abuela, aquella a la que conoció con apenas unos meses de vida, y que sellaría su destino de mercera, diecinueve días antes de morir. Cada dos semanas, en el curso prematrimonial, les pedían a Alfonso y ella el documento, y cada dos semanas, tras la charla, Araceli volvía a llamar al sacristán preguntando por él. Al parecer, todo estaba revuelto gracias a la restauración de la vieja iglesia, que resultó esconder tallas pre-románicas de un gran valor para los técnicos de la Junta, quienes se las llevaron para poder catalogarlas y limpiarlas como es debido mientras duraran las obras. Los registros se habían trasladado a la propia casa del sacristán en cajas de cartón rellenas con desgana y sin método alguno por unas, eso sí, voluntariosas vecinas. Así, la solicitud del acta de bautismo de Araceli no podía llegar en peor momento ya que carpetas, libros, hojas sueltas y legajos se acumulaban aquí y allá. El sacristán, que conocía a los padres de Araceli, se apresuró a extender una especie de justificante para que la boda siguiera adelante, a la espera de que encontrara en el registro. Y si bien al cura oficiante le pareció suficiente y no puso ningún problema, la pareja de estirados, a los que tendría que aguantar en breve, y por última vez, no dejaban de poner pegas y de meter prisas, quejándose de paso de que los viajes de Alfonso no le permitieran celebrar las reuniones semanalmente, como Dios manda.

Bien, pues el dichoso papelito ya estaba aquí. Araceli abre el sobre y lo encuentra junto con una carta recargada y casi arcaica del sacristán pidiéndole excusas por la tardanza. Antes de que se le olvide va al cuaderno de bodas y busca, en la página marcada con una tira de papel verde pastel, la lista de documentación pendiente y pone una equis roja junto a la línea en la que dice Partida de bautismo: Araceli. Ya está prácticamente toda la documentación: las partidas de nacimiento de Araceli y Alfonso, las partidas de bautismo de los dos, por fin, las copias de los carnets de identidad, contaban también con los testigos y solamente faltaba el certificado del cursillo para que pudiera ponerse en marcha oficialmente el expediente matrimonial. Aún quedarían algunos trámites burocráticos.

Araceli está contenta, muy contenta. Rápidamente llama a Alfonso para comunicarle la noticia. Él se alegra con ella y aprovecha para decirle que, otra vez, llegará con el tiempo justo, que irá directamente al curso. Se dicen algunas ñoñerías, se dan algunos besos y cuelgan. Araceli está tan feliz y a la vez tan nerviosa que decide cerrar la tienda e irse a casa de su madre para ponerla al día. Al meter de nuevo el documento en el sobre un pequeño detalle llama la atención de su inconsciente y éste activa su mano para que se detenga y vuelva a sacarlo.

Ahí, entre su nombre y sus apellidos hay algo más escrito con una letra barroca y anticuada. Lo lee de nuevo. Es un segundo nombre. Su segundo nombre: Natalia. Araceli no se lo cree. ¿Natalia? Algo comienza a moverse dentro de su cabeza de forma autónoma. Ahora sí que tiene que ir a ver a su madre y preguntarle. Sea como sea tiene que salir de la mercería. Coge el bolso, las llaves de la verja y guarda el documento, junto con la carta del sacristán, en el sobre que termina ocultando bajo el mostrador. Mientras se dice, sin saber por qué:

– Sí, déjalo ahí.

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Seguiré pensando en tu nombre. (IV)

Araceli despierta con dolor de cabeza, un sabor agrio en la boca seca y ardor de estómago. Está desnuda en una cama extraña, apenas cubierta por una caricia de satén. La luz se cuela por los huecos de una contraventana de madera. Huele a alcohol, a humo, a sudor, a sexo. No parece haber nadie en el cuarto. Se para un momento a escuchar. No parece haber nadie en la casa. Andrés se ha debido salir. ¿Andrés? Apurada recoge su ropa, desperdigada por la habitación y se mete en el baño que tiene a la derecha. Se ducha. El agua tibia de la columna de masaje la relaja y hace brotar los recuerdos con el vapor. ¿Qué he hecho?, piensa.

– ¡Nati, traje algo de comer! – Araceli le recrimina desde la ducha una vez más: ¡su nombre es Natalia! El reproche sale con demasiada naturalidad. Andrés sonríe y se cuela bajo el agua implorando por penúltima vez su perdón, mientras besa su húmedo vientre. Natalia se apodera del abundante cabello negro y va guiando al hombre a través de su cuerpo durante unos minutos antes de exiliarlo de nuevo al cuarto.

Andrés la deja sola. Ha aprendido a no desobedecer los deseos de esta mujer. Nunca fue un hombre sumiso. Siempre fue él quien impuso el cuándo y el cómo. Pero debe reconocer que Natalia ha sabido manejarlo y excitarlo como ninguna otra. Midiendo siempre las fuerzas en una lucha continua, conteniendo la pasión hasta la locura, llegando a una intensidad hiriente, notando como comienza a desgarrar la piel para abrirse paso y, entonces, dejarla desbordarse, sublimarlos, y llevarlos a las puertas del delirio. Puro instinto. Así había sucedido cuando se conocieron en el pub y luego en su casa. Natalia le ofreció también todo su ingenio. Se había mostrado mordaz, ácida, inteligente. Midiendo tan bien sus palabras como la diana precisa de sus besos. Durante todo el día siguiente, la guerra dialéctica se decidía en pequeñas escaramuzas en probadores, baños o cualquier sitio no siempre del todo privado. Había trastocado su agenda, había aplazado reuniones, excusado llamadas, cancelado citas. Lo había dejado todo. Y lo hizo a gusto. Hasta había llamado a su mujer para decirle que no podría recogerla, a ella y los niños, esta noche en el aeropuerto. Incluso a ellos estaba dispuesto a mandarlos al infierno si Natalia así lo pedía.

Natalia sale de la ducha envuelta en una toalla. Andrés tiene que reconocerlo, su alma está condenada, vendida a los designios de la sacerdotisa perversa que le permite observar como seca su cuerpo, sabiendo que no le dejará poseerlo, al menos de momento. Entonces se lo dice.

– ¡Vayámonos, Natalia! Me rindo, lo dejo todo: la empresa, la casa, el dinero, todo para mi mujer. Pero vayámonos lejos.

Natalia duda y Araceli reacciona. El juego ha ido demasiado lejos. Fue divertido pensar cómo hubiera sido su vida de haber llevado ese nombre. Incluso entrar en la peluquería y dejarse de hacer el corte de pelo que Natalia llevaría. Pensó entonces en la cara que pondría Alfonso y que la sorpresa sería completa si además se compraba un vestido y unos zapatos, a juego con su nueva imagen. Luego no volvió a pensar más en él. En el espejo del probador vio a Natalia por primera vez, y decidió seguirle el juego un poco más a esta atrevida mujer que llevaba tanto tiempo siendo ignorada. Se dejó llevar por la fantasía de ser otra, tal vez la que debía haber sido. Estaba tomando una copa, terminando de reinventar su vida cuando apareció Andrés. Entonces fue sencillo.

– Hola, me llamo Natalia, iba a pedirte fuego pero, ¿sabes? No fumo.

Andrés la ayuda a vestirse, notando como crece su deseo en cada gesto, esperando aún una respuesta. Natalia sonríe por penúltima vez y niega con la cabeza. Le anuncia que este es el final y que se marchará después de comer. Andrés, perplejo, no puede por menos que admirar la maniobra. El aviso de abandono hace crecer la urgencia de su deseo hasta un nivel nuevo. No deja de sorprenderse ante esta señora. Bajan a comer y poco a poco Andrés nota cambios en ella: evita su mirada, se muestra reacia al contacto físico, apenas habla. No había sido una treta. Realmente, del mismo modo sencillo en que comenzó, termina todo. ¿Qué ha sido, por qué este cambio?, ¿acaso el repentino arrebato de sinceridad? No importa. Está claro, tras este último almuerzo todo terminará. Intenta creer que la olvidará, que todo quedará como un extraño sueño. Se engaña y lo sabe. Natalia le sonríe por última vez.

– Llámame a un taxi, ¿quieres?

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Seguiré pensando en tu nombre. (y V)

Araceli, en el día de su boda, apenas se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Su madre la lleva de un lado a otro, de las manos del peluquero a las de la maquilladora, de su habitación para ponerse el vestido al salón para hacerse fotos. Sin saber cómo está en el coche con su padre, casi más nervioso y emocionado que ella. Nadie quiso indagar demasiado. Los nervios de la boda, repetían una y otra vez. No vuelvas a darnos estos sustos, era el otro mantra. Alfonso no llegó a enterarse de la pequeña fuga, mucho menos su futura suegra, que hubiera cancelado la boda. Su padre le coge la mano, más para calmarse él que para confortarla.

– Tranquila, mi niña.

Antes de volver a casa se detuvo en la mercería. Al abrir la puerta se topó con varias cartas que dejó en el mostrador antes de ocultarse en la trastienda. Allí se cambió, se lavó la cara y volvió a ser ella: Araceli. De Natalia apenas quedó un ridículo corte de pelo. Nunca más. Ella sabía quién era, y lo que quería. Su mercería, su casa, su boda, Alfonso. Natalia fue solamente una ilusión, una fantasía que fue demasiado lejos, un error. Sí, un error. Ella no era así. Y sin embargo no pudo dejar de mirar el vestido que sostenía entre las manos y añorar las intensas sensaciones pasadas. Formaban, lo quisiera o no, parte de ella. Pero ya pensaría luego en todo esto. Debía volver a casa e inventar una buena excusa. Tal vez a Natalia se le ocurriera algo. Guardó con cuidado el vestido entre el género de la mercería.

Araceli se encuentra en una iglesia decorada con margaritas blancas. El cura habla pero ella apenas le escucha. Alfonso está a su lado, sereno, gallardo, con su impecable traje de novio. Sus miradas se cruzan. Araceli le sonríe. Él le hace un gesto. Ella tuerce un poco la boca sin entender. El cura llama su atención, le indica con el dedo unas líneas. Araceli lee. Alfonso le coge la mano un instante y le susurra.

– ¿Estás bien?

Al salir recogió el correo acumulado. Un sobre especialmente grande llamó su atención. Lo abrió y descubrió una nueva partida de nacimiento, esta vez solamente contiene su nombre: Araceli. Junto a al documento una recargada carta del sacristán pidiendo excusas con formulas barrocas, y dando explicaciones de forma tan enrevesada que tuvo que leerla varias veces para comprender que todo fue un error. Que Araceli Natalia no era ella, si no una hermana mayor que murió a los pocos meses de nacer. Una hermana de la que nunca supo. Una hermana de la que nunca se había hablado en su familia. Una hermana en forma de nombre que había poseído momentáneamente su ser y le había organizado una frenética despedida de soltera.

Araceli se ve rodeada de gente que la besa y le da la enhorabuena. La música suena en el salón tras el banquete, todos quieren bailar con ella, brindar con ella, fotografiarse con ella. Alfonso está riendo con un grupo de amigos al fondo. Ella va a su lado y exorciza todas las posibles dudas con un beso. Su ya esposo percibe algo en su mirada y, sin saberlo, acierta con las palabras.

– Tranquila, todo ha salido bien, ya volverá la paz mañana.

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Noviembre inmune



* Sugerencia auditiva para la lectura.

Cielo azul y un sol radiante. Noviembre es cruel. Se disfraza de abril a través de mi ventana para luego morderme con su frío y fustigar, con un viento silencioso, mi cara descubierta. Mea culpa, exceso de confianza. El camino ha de ser andado, no obstante. A pesar de sentir como se endurece mi garganta, como el hielo baja hasta mi pecho, he de seguir caminando.

Su sonrisa dobla una esquina. Noviembre me odia. Se disfraza de abril a golpe de mariposas de papel que, durante su caída, simulan volar en una ilusión tan perfecta que no me apetece ver el artificio. Mea culpa, exceso de ingenuidad. El truco me atrapa, no obstante. A pesar de saber que la magia no existe, ya que de existir no sería magia, me dejo cautivar por su abrazo.

Un calor atávico. Noviembre me conforta. Se olvida de abriles fugaces y vuelve a su solo intenso de guitarra, acompañado por mi bajo nostálgico, y el toque amargo del ron herido. Mea culpa, exceso de dramatismo. Tal vez me confunda, no obstante. A pesar de saber que en el fondo tengo razón, que no hay nada más que ruido y bruma, mantengo la esperanza de estar equivocado.


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Kiun Tse


* Sugerencia auditiva para la lectura


Érase una vez, en la antigua China, un joven que vivía en el fondo de una grieta. Nadie recuerda cómo llegó allí: si fue condenado a vivir en aquella profunda sima o cayó por accidente, si lo hacía por una promesa o por deseo propio. En realidad, ni siquiera el propio Kiun Tse estaba muy seguro de los motivos de su estancia en el lugar.

De todos modos no tenía por qué preocuparse. De una de las paredes manaba un manantial cuyas aguas eran tan dulces como puras. Varios tipos de raíces y setas crecían aquí y allá. Los campesinos de la aldea cercana iban asiduamente a charlar un rato con él, y le traían arroz, sal y algo de carne seca. Él les entregaba a cambio hongos con capacidades curativas que crecían bajo ciertas rocas.

Kiun Tse, pasaba el resto del tiempo tumbado boca arriba, mirando el cielo acariciar el borde de la sima, e imaginando cómo sería la vida allá, en la superficie. Por las noches soñaba que estaba en el exterior, que era un campesino más y trabajaba la tierra, como le contaban sus amigos. Pero, al despertar, recordaba que sus sueños no podrían realizarse mientras estuviese en la profunda garganta, de la que parecía imposible salir.

En esos momentos la tristeza rondaba a Kiun Tse. Llevaba toda su vida, o al menos hasta donde podía recordar, en las profundidades de la tierra. Sus esperanzas de salir eran pocas. Pero antes de dejar que estos aciagos pensamientos se apoderaran de él, tomaba un poco de agua dulce junto con ciertos hongos y volvía a sentir ese estado de extraña alegría, en el que podía decirse que era feliz.

Bien mirado la vida en la sima no era tan mala: no tenía que realizar un duro trabajo, tenía comida y bebida en abundancia, no corría ningún peligro; en invierno estaba caliente y en verano no hacía excesivo calor, siempre venía alguien con quien hablar; no necesitaba nada más. Sí, podía decirse que se sentía feliz.

Sobrevino una fuerte tormenta que arrasó gran parte del poblado. La búsqueda de desaparecidos y las tareas de reconstrucción ocupo el tiempo de los aldeanos. Kiun Tse no sabía por qué lo habían abandonado. Comenzó a pensar que tal vez venían a verlo para obtener el hongo curativo que, de algún modo, ya no necesitaban. Su corazón se oscureció y tomó la dura decisión de no ayudar nunca más a sus visitantes.

Y así sucedió. Con el tiempo, un anciano visitó a Tse y le trajo algunas naranjas chinas recién cosechadas. Pasó un tiempo con él, interesándose por su salud, pero sin mencionar el temporal para no apenar al chico. Antes de despedirse, el anciano pidió unos hongos, pues su hija estaba enferma. Kiun se negó a dárselos sin más motivos. El anciano le suplicó para que accediera, pero Tse, en tono severo, se negó a entregarle hongo alguno y ordenó al anciano que se marchase, con palabras groseras e insultos. De la misma manera trató a una mujer cuyo bebé tenía unas extrañas fiebres, y a un joven campesino, el cual había visitado frecuentemente a Kiun Tse sin pedirle nada. Así, poco a poco, dejaron de visitarle.

De este modo, Kiun Tse se quedó completamente solo en el fondo del barranco. De vez en cuando oía a los campesinos charlando al pasar por las proximidades. En una de esas conversaciones escuchó que se refería a él como un amigo que se volvió avaro y huraño, que no se explicaban por qué se comportaba ahora así, y que lamentaban no haber podido ir a verlo durante el temporal y los duros días posteriores. La vergüenza se apoderó de Kiun Tse. Decidió salir de la sima para pedir disculpas a los campesinos.

No parecía muy complicado, la pared tenía varios entrantes y salientes a los que podría agarrarse. Comenzó la escalada saltando a una gran cornisa que sobresalía, cerca del manantial y poco a poco fue ascendiendo hacia la luz del día. El camino se hacía más complicado según subía. Algunos salientes de la roca estaban afilados, por lo que se Kiun hizo algunos cortes en las manos y brazos, piernas y pies descalzos. Las fuerzas comenzaban a fallarle. Ahora tenía que ir más despacio, pero el final estaba cerca. Continuó subiendo y subiendo.

El sudor le entraba en los ojos dificultándole la visión, y el dolor en sus miembros era grande. Tenía que salir de la sima. Tal vez sus antiguos sueños se pudieran cumplir. Sí. Llegaría arriba, iría al pueblo, se disculparía y buscaría un trabajo para poder construir una casa. Así podría, con el tiempo, incluso comprar tierras propias. Tal vez llegaría a formar una familia. Seguramente sería feliz.

Llegó a un gran resalte donde se paró a descansar. Tomo agua dulce y se lavó las heridas. Había recorrido la mayor parte de la ascensión y estaba emocionado. Miró hacia el fondo con algo de nostalgia al principio, pero la cavidad le pareció fría y distante. Kiun no se explicaba por qué no había tratado de salir antes de allí y este pensamiento le llevó a otro: ¿cómo había llegado hasta allí? No pudo recordarlo. Decidió no darle más vueltas a estos pensamientos. Comenzaba a sentir frío y no se encontraba con fuerzas para seguir escalando. El sueño se apoderaba de él. Ya tendría tiempo para ser feliz.

Amaneció un nuevo día. El día en que la superficie vería a Kiun. El día en que Tse conociera el mundo. Despertó con el canto de los pájaros animando su corazón a continuar su camino hacia la luz.

Los últimos metros no ofrecían lugares para asirse con facilidad, lo que dificultaba la ascensión final, pero con una dosis extra de esfuerzo Kiun Tse logró llegar a la superficie de la sima. Los ojos del joven no daban a basto para poder admirar toda la belleza que se ofrecían a ellos. A un lado y a otro, un joven bosque despedía distintos aromas y sonidos, colores y brisas. Pájaros de colores, nunca vistos por Kiun, saltaban de una rama a otra.

Siguiendo un sendero, Kiun llegó hasta la aldea, donde un grupo de niños jugaban con una cuerda. Las mujeres hablaban alegremente unas con otras, los hombres partían hacia el campo. Todos sonreían a Kiun cuando le veían pasar junto a su lado. Reconoció al anciano, la mujer y el joven a los que negó ayuda y fue enseguida a pedirles perdón, y a ofrecerles los hongos que había traído para ellos. Tanto el anciano, como la mujer, como el joven perdonaron a Kiun Tse y agradecieron el presente que, afortunadamente, ya no era necesario.

Kiun fue a ver al jefe de la aldea para pedirle humildemente permiso y establecerse allí. Enseguida se le asignó una casa que había quedado deshabitada pocos días antes su llegada. Todo iba mejor de lo esperado.

Por la noche, se celebró una pequeña fiesta en su honor para celebrar que por fin hubiera salido de la sima y se hubiera decidido a vivir con los demás. Comida, bebida y música saciaban los sentidos de Kiun Tse de una manera nueva. En el apogeo de la fiesta, lo nunca visto por el joven. Tras grandes estruendos el cielo se llenó de efímeras luces de brillantes colores que rivalizaban en belleza con las estrellas.

De repente, en mitad de la fiesta, llegó corriendo un niño delgado y sucio, gritando algo que Kiun no alcanzó a entender. El pequeño fue llevado ante el jefe quien, tras calmarlo y hacerle contar lo ocurrido, llamó a los aldeanos. Kiun Tse quedó un poco rezagado y no pudo enterarse bien de lo que les decía, pero no debían ser buenas noticias. Algunas mujeres comenzaron a llorar, y los hombres maldecían. Un grupo de ellos tomó antorchas. Kiun los siguió de cerca. Salieron de la aldea y se dirigieron a la garganta de la que él saliera por la mañana. Allí encontraron, en un saliente a escasos dos metros de profundidad, el cuerpo inerte de un joven pálido, de cabellos lacios y ojos pequeños. Tenía los miembros y el torso ensangrentados. Había unos hongos creciendo a su alrededor. Ninguno de los habitantes de la aldea lo reconoció. Lo más extraño de todo era la expresión de placidez de su cara. Se diría que había conseguido todo lo que esperaba de la vida. Se diría que fue feliz.

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Estación de paso - De paso (I)

Él sigue durmiendo, acunado por el traqueteo del tren y recostado en el hombro izquierdo de ella, quien permanece en vela, con la mirada perdida en el borroso reflejo fantasmal devuelto por una noche sin luna a través del cristal. La música que suena en sus auriculares se amalgama sin solución de continuidad al no ser escuchada, apenas oída. Los dedos de la mano derecha tamborilean de puro aburrimiento sobre el bolso de cuero marrón, a falta de una piel mejor que acariciar.


Él respira profundamente, tiene el brazo enroscado en el suyo, y por su sonrisa podríamos sospechar que sueña. Ella intenta no percibir su tacto, el olor de su pelo, su calor, y podría llegar a creer que piensa. No tengo edad para esto, fue lo primero que le vino a la cabeza. Hacía tan solo un par de semanas que se conocían, un encuentro casual, un ardid del destino, una casualidad como cualquier otra. A los ojos de extraños tal vez, pero todo estuvo orquestado. Él buscaba un cuarto no muy caro, no muy pequeño donde alojarse. Ella buscaba un suspiro, no muy profundo, no muy cercano, donde habitar. Cuando llegó le pareció, demasiado joven, demasiado inseguro, demasiado despistado, demasiado demasiado.


Él se estremece. En sueños busca su mano y, al encontrarla, suspira y vuelve feliz a la calma. A ella le acosa la ternura justo cuando comienza a sonreír, y mira con cierta tristeza sus dedos entrelazados. El tren frena su avance poco a poco hasta detenerse en una pequeña estación de paso. Deshace el nudo, se aleja de su calor, su olor, su aliento. Fuera, el hechizo de la noche lo rompen luces blancas de neón, trajín de viajeros que suben, maletas que caen, golpean, arañan, perdone, me permite, y otros cuchicheos a media voz.


Él despierta con el brusco tirón del tren al reanudar la marcha y solo, en su asiento, la busca a su lado sin encontrar más que un vacío en azul marino, aún caliente. Por un momento palidece, en el andén cree ver su figura esfumándose.


- ¿Qué miras?

- Nada, desperté y no estabas.

- Fui a cambiar las pilas al emepetrés.

- ¿Queda mucho para llegar?

- Sí, vuelve a dormir.

- ¿No me das un beso?


Ella le besa, le vuelve a servir de almohada, y solamente cuando se asegura de que está de nuevo dormido echa un vistazo furtivo por el pasillo, hasta la puerta, para comprobar que la maleta en su nueva posición, de caer, no romperá nada.


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Habitación de paso - De paso (II)


*Sugerencia auditiva para la lectura



Él sigue durmiendo, apenas arropado por la levedad del sudor de una ardiente noche de agosto, boca abajo, palpando con el brazo izquierdo su ausencia. No ha conseguido dormir a su lado. No ha podido hacerlo en todo este tiempo, por más cansancio que acumulara, quedándose simplemente de perfil, dándole la espalda y simulando el sueño. Apoyada en la baranda del balcón, lo mira a través del humo del enésimo cigarrillo que ya lleva esta mañana. Observa su tersa juventud. Lo desprecia por amarla. Podría ser su madre, se repite una y otra vez, sin poder apartar la mirada ni el deseo. Apaga el cigarrillo y vuelve a la cama, adivinando su sonrisa cuando la joven mano del escritor aniñado se funde con su madura cintura llena de estrías y arrugas.


Él despierta, y se zambulle en su pelo sin despertarla. Ella se hace la dormida. Se deja acariciar. Intenta reprimir la descarga eléctrica que le recorre la columna desde la nuca a la rabadilla difuminándose más allá, envolviéndola al instante en la promesa del deseo satisfecho con sólo abrir los ojos y corresponder a su beso con otro beso, atrapado entre los dientes, fuerte, fuerte, para que no escape. La deja dormir y se da una ducha, se viste y baja a por el desayuno, dejándola sola. Ella aún no se atreve a abrir los ojos. Tengo que terminar con esto, se dice, tengo que dejarlo. Y mientras piensa en él sus manos se toman la libertad de terminan lo que su miedo no dejó hacer al joven amante.


Él regresa empujando un carrito con el desayuno: café, leche, zumo de naranja y de mango, melón, melocotón, albaricoque, plátano, cereales, tostadas, mantequilla, mermelada de fresa y de higo, pan de leche, croissants, chocolate, helado de nata con nueces, y todo lo que se le ocurrió, salvo las excentricidades europeas como los huevos revueltos o las salchichas. Una rosa roja, la prensa del día, y un camarero solícito. Ella no está. La busca en el baño, en el balcón y se extraña al no encontrarla. El armario está entreabierto. Se acerca a cerrar la puerta y descubre que no está la ropa de ella, ni su maleta, y no recuerda haber visto el bolso de aseo en el baño.


Ella suspira, mientras el ascensor baja despacio, muy despacio, planta por planta, en una dramática cuenta atrás. Diez, el suspiro ya mencionado. Nueve, la mirada perdida en la puerta de aluminio. Ocho, se cala las gafas de sol. Siete, coloca la maleta bien a su lado. Seis, vuelve a suspirar. Cinco, se mira en el espejo que hay a su espalda. Cuatro, se quita las gafas. Tres, no se lo puede creer. Dos, está llorando. Uno, sí está llorando. Cero.


Él extiende despacio mantequilla sobre una tostada fría, y luego pone café con una gota de leche, aún caliente, en una taza, con dos cucharadas de azúcar. ¿Dónde estará? Algo le quiere advertir, algo le quiere decir la verdad, pero o bien no lo oye o bien ese algo enmudece. La puerta sigue abierta, como la del baño, el balcón y el armario. Lo ve desde el umbral, sentado a la mesa, de nuevo de espaldas, preparándole el desayuno.


– ¿Qué haces ahí sentado? ¡Venga que tenemos que irnos! ¿No ves lo tarde que es?

– ¿Dónde estabas?

– Estaba bajando las maletas, ¿dónde estabas tú?

– Fui a por el desayuno, la prensa…

– Muy bonito, tú aún de vacaciones y me dejas sola recogiéndolo todo. ¡Pero espabila que tenemos que tenemos que dejar la habitación ya!

– Perdona, yo…

– ¡Vamos recoge tus cosas!, y ya que has subido esto tomaré algo.

– Vale, voy.

– Tenemos cinco minutos.

– ¿No me das un beso?


Ella le besa, aunque sin quitarse las gafas de sol, y apenas le roza la cara, con la excusa de las prisas, el reproche de café frío, y los labios manchados que intentan limpiarse en la mantequilla de la tostada.


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Proyección de paso - De paso (III)

Ella sigue durmiendo, apoyada en su hombro, abrazada a su brazo, y maldiciendo en sueños la separación que impone la butaca del cine. Él permanece ensimismado por la belleza austera del desierto iraní desplegada ante sus ojos, en secuencias eternas llenas de un misticismo tan etéreo que, apenas es apercibido, desaparece dejando un liviano rastro que no puede dejar de buscar.


Él le hace comentarios en susurros que no escucha. Despierta e intenta mantener la atención en la pantalla, pero donde él ve un evocador contorno entre las montañas ella no ve más que piedra y arena. La música chirría en sus cansados oídos, los aburridos personajes pasan el tiempo mirándose sin hacer nada rompiéndole los nervios. Sin embargo él parece ensimismado, casi abducido por este tostón soporífero.


Ella intenta recabar su atención deslizando una mano bajo su camisa y comenzando a dibujar promesas de deseo en la tersa piel del joven sin obtener respuesta alguna. Ataca entonces una rodilla con intención de subir despacio hacia la entrepierna, mientras la lengua busca el oído. Él detiene el avance por ambos flancos bruscamente y le recrimina lo inoportuno del momento, mientras anota mentalmente las sensaciones que le evoca el atardecer del desierto, preguntándose si será capaz de plasmar parte de esa belleza en sus relatos.


Ella, harta de la situación, se marcha a la cafetería. Dos horas de tortura han sido suficientes. Le pide un gintonic al camarero mientras se enciende un cigarro. No debían haber entrado, piensa. El camarero le indica que no se puede fumar en la cafetería y que no les queda tónica. ¿Cómo había terminado en esta ridícula situación? Le pide un café solo. Iban paseando sin propósito alguno y él vio el cartel en la entrada de la filmoteca. Joder, el café está hirviendo. No pudo negárselo, últimamente no puede negarle nada, tal vez por sentirse aún culpable por intentar dejarlo. Pide un vaso con hielo. Pero ahora está segura no va a abandonarlo. No tengo edad para esto, refunfuña. Tras el café pide un bourbon. Hay que joderse, dice para sí, va a ser que le quiero.


Él aparece cuatro copas más tarde, sonriente, seguro, joven, demasiado joven, piensa de nuevo. Pero no entra en la cafetería, pasa de largo un momento y luego cruza de vuelta ante el hueco de la puerta abierta. Pide la cuenta al camarero que ya la tiene lista, y paga. Se levanta del taburete y siente el alcohol agolparse en su cabeza.


– ¿Ah, estabas aquí?, pensé que te habías ido a casa.

– No, te estuve esperando.

– Perdona, de habérmelo dicho…, la charla se prologó un poco.

– Bien, no importa, llévame a casa estoy cansada.

– ¡Ay!, pero íbamos a ir a cenar con la directora para seguir charlando, ¿sabes?, han quedado muchos temas abiertos.

– ¿Íbamos?, yo no estoy para cenas, mi amor, llévame a casa.

– No, claro, tú no. Íbamos a ir la directora, su ayudante y la organizadora del ciclo. Pero si quieres que te lleve a casa…

– No, ve, ve. Yo buscaré un taxi.

– Genial, gracias. ¿Oye, me puedes dejar dinero?

– Claro, ten.

– Bien, bien, intentaré no llegar muy tarde. ¡Hasta luego!

– ¿No me das un beso?


Él la besa, aunque sus mejillas casi ni se rozan y apenas percibe su aliento, que sale disparado hacia un grupo de mujeres jóvenes, guapas y tersas, con pinta de zorras, que le dan la bienvenida entre risas y abrazos. Permanece un instante en la calle sin saber qué hacer. Siente que el final de esta escena se lo han robado. Sube a un taxi de forma automática y, de repente, se da cuenta de que siente un miedo atroz. De repente, se da cuenta de que realmente se ha enamorado.


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Relatos de Paso - De paso (IV)



*Sugerencia auditiva para la lectura


Ella sigue durmiendo arropada por folios que se abren en cascada hasta el suelo donde descansa el portátil, junto al sofá. Él entra intentado hacer el menor ruido. Una vez más llega tarde. La luz de la pantalla es la única que ilumina el pequeño salón, reflejada en el techo y los folios que comienza a recoger con un barrunto de traición.


Ella despierta y lo encuentra de pie, con la gabardina aún sobre los hombros, ordenando las hojas caídas que hace un instante le daban calor. Se incorpora. Él la mira en guardia, inquisitivo. Ella descubre el miedo en sus ojos, tal vez la duda. Con un gesto de la cabeza le señala el interruptor y accede a romper el hechizo de la espectral luz del ordenador, se quita la gabardina y se sienta en una silla, altivo, esperando una excusa para aquella violación.


Ella se le abalanza, lo besa y pide perdón. Perdón por dudar de su talento, perdón por haber sospechado de él, perdón por menospreciar su entrega, perdón por haber querido abandonarlo. Todo estaba ahí, en sus relatos, toda su sincera devoción, todo su amor, toda su alma al desnudo. Especialmente en un pequeño cuento, uno en el que habla de ella de manera magistral y expresa exactamente lo que nadie más podría jamás intuir.


Él suspira aliviado al tiempo que la observa con ternura y una pizca de tristeza mientras continúa hablando. No la escucha. Acaba de descubrirlo: la verdad está en ese cuento. No ha podido, ni querido, ver que no es la protagonista. Da lo mismo. La cuestión no es esa. La revelación toma cuerpo y la consecuencia inmediata entristece al joven escritor. Era tan sencillo. Todo estaba ahí, en aquel pequeño relato. El secreto más preciado, delicado como un suspiro. La diferencia entre la mediocridad y el genio. Su alma en prosa suave y sin artificios. Vomitada, sí. Desnuda, sí. Cruel, sí. Mas auténtica pasión hecha palabra. Sin miedo, ni pudor, ni fingimiento. Pura exposición masoquista hasta el delirio. Comparado con éste, cualquier otro relato salido de su mano o su insulsa novela, formalmente correcta que será pronto presentada, se marchita y termina reducido a cenizas, evidenciando el fraude del escritor de método, técnicamente perfecto pero sin alma. Por fin lo comprende. Nunca quiso ser un vendedor de libros. En el fondo siempre supo que eso no aplacaría el deseo, la obsesión que solamente a golpe de tripa desgarrada, curtida en cada palabra, párrafo y página, quedará satisfecha, aunque nunca viera la luz. Eso es ser escritor, no otra cosa. Lo demás, apenas superfluos juegos de palabras. Ella le mira con lágrimas en los ojos.


– Entonces, ¿me perdonas?

– Pues claro.

– ¿De verdad?

– Sí.

– ¿No me das un beso?


Él la besa con la pasión recién descubierta, vertiendo en su cuerpo el vértigo de la revelación. Ella se deja amar ciegamente, por primera vez sin objeciones o remilgos, por primera vez sin miedo y feliz.


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Vida de paso - De paso (y V)

Él se fue sin avisar, sin despedirse. Apenas dejó una escueta nota. Un hasta siempre que no tuvo el valor de ser un adiós. En el autobús, usaría la dolorosa necesidad de volver como excusa. Se sentía mal por ella. Sabía que le estaba haciendo daño. Pero ahora debía ser egoísta. Era una mujer fuerte, lo superaría. Intentó dormir, pero en su cabeza se entremezclaba la culpa con la expectación del regreso, los planes de futuro con lo vivido los últimos días, la mujer que dejaba abandonada y aquella por la que regresaba. Sí, ella lo superará, tal vez con el tiempo incluso podrían llegar a ser amigos. Ahora no había lugar para remordimientos, la decisión estaba tomada. El futuro aguardaba allí donde lo dejó. ¿Aguardaba? Sí, esperaba por él. No podía ser de otra forma.


Ella lo supo antes incluso de despertar. Al hacerlo simplemente fue confirmándolo, notando su ausencia en cada pliegue de las sábanas, en cada objeto de la habitación donde posaba los ojos, en cada azulejo del baño, en cada gota de agua que caía desde la ducha. Nunca más, se dijo.


Él llegó seguro, confiado, pisando firme el lugar que, a sus ojos, apenas había cambiado. Recorría las calles empedradas, congeladas en el tiempo. Apenas se dio cuenta de los pequeños detalles que le hicieran despertar de su ingenua ensoñación. Hasta que la realidad dobló la esquina con un bebé en el regazo.

– ¡Hola, he vuelto!

– Ya veo.

– Yo… Tenía ganas de verte, podemos…

– Me pillas con prisa. Tengo que llevar al niño donde mi suegra.

– ¿Estás…?

– ¿Y qué esperabas?, ¡ha pasado un año y medio!

– Yo…

– Mira, ya hablaremos.

– Espera, ¿no me vas a dar siquiera un beso?


Ella despierta y su pensamiento se escapa en busca de café. En el baño, frente al espejo, se da cuenta de que su primer impulso no ha sido echarle de menos y, así, sin más, descubre que la herida está sanada. Sonríe por primera vez en mucho tiempo. Después de satisfacer su necesidad de cafeína se dedica a correr todas las cortinas y abrir todas las ventanas de la casa. La luz de la mañana comparte su serena felicidad. Por fin puede poner el punto final a esta historia y así lo hace, literalmente, en su diario. Después, ropa cómoda y limpieza general. Abril puede llegar cualquier tarde de otoño y la casa debe estar aseada y recogida. Termina agotada ya entrada la tarde. Todo está listo. Solamente resta bajar al trastero. Allí deja el diario en la estantería superior. Con los demás. Sale y, al cerrar la puerta, se deja abrazar por el mismo pensamiento que la acoge cada vez que completa el ritual. Tal vez, piensa, la próxima vida con la que se cruce la mía no esté de paso.


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El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (I)

Murió mientras dormía. Sin más. Sin despedirse. Sin molestar. Nos llamaba sus niños, sus pequeñines, y a cada uno nos había puesto un apodo que todos usábamos en lugar de nuestros nombres. A él lo llamábamos Papá.


Cuando entré en el centro psiquiátrico, él fue el primero a quien conocí. El celador cerró tras de mí la verja que daba acceso al pasillo del pabellón, y me indicó con un gesto despectivo cuál era mi cuarto antes de desaparecer felinamente. Entonces apareció él. Llevaba el mismo pijama azul que los demás, pero bajo un batín de terciopelo rojo. Su expresión era alegre y serena. No sé. Supongo que la densa barba blanca le daba un aire de bondad.

– ¡Hola pequeñín! – Dijo – Ven, no tengas miedo, ese gato sarnoso no puede hacerte daño aquí dentro. – Y tomándome de la mano me condujo hasta su cuarto.


Lo encontró el más joven de todos nosotros. Al alba, como cada día, se coló en su cuarto para tener un rato a solas y hablarle en susurros. El tímido era su apodo. Nadie conocía su nombre, nadie había oído su voz. Esa mañana su llanto desesperado se adelantó al sol. Y allí acudimos todos sus pequeñines con nuestros pijamas azules.


Como poco después descubrí, la habitación de Papá era distinto a los demás. Supuse que llevaba tanto tiempo en el manicomio que había adquirido ciertos privilegios. Así, disponía de un cuarto para él solo. Además, estaba amueblado y decorado a su gusto. Los muebles eran de maderas en tonos miel, alfombras, cómodos sillones y libros, muchos libros, infinidad de libros forrando las paredes. Junto a la amplia ventana enrejada, con cortinas en tonos pastel, un escritorio perfectamente ordenado. Lamparitas de noche aquí y allá, un baño propio, hasta una pequeña nevera, una cafetera y un moderno microondas. Cálido y acogedor. Todo lo contrario al resto de las habitaciones del hospital.

Allí hablamos durante toda la tarde, hasta que ésta hizo mutis disimuladamente entre los últimos rayos de sol tamizados por la celosía metálica. Yo, como siempre, mentí. Me lo inventé todo. Era sencillísimo. Ese hombre parecía creer cualquier cosa que contara acerca de mi vida. Incluso parecía pasar por alto las inconsistencias de mis descabellados embustes, asombrándose de mis falsos logros y aventuras. Cuando terminé mi relato sonrió y me ofreció un poco más de un delicioso café avainillado.

– De los casi cien pequeñines que han pasado por aquí – dijo – tú eres, sin duda, el que más imaginación ha demostrado de todos. – Su mirada dejó entrever un brillo de inteligencia, pero también de complicidad. Entonces comprendí – Tú serás nuestro pequeñín cuentista. – Nunca más volví a mentirle. O al menos eso intenté.


Papá parecía dormir con su pijama azul bajo el batín de terciopelo rojo. Pero la densa barba blanca no subía y bajaba sobre su pecho. El tímido seguía desconsolado aferrado a su mano derecha. El llorón hizo lo propio junto a la izquierda. El resto permanecíamos sin saber qué hacer. Hasta la cara del bromista permanecía seria. Hasta el filósofo había enmudecido. Hasta el fortachón parecía a punto de desquebrajarse.


Más tarde, en el comedor, conocí a los demás. Cada uno con su peculiar forma de ser. Cada uno con su apodo. Cada uno mostrando el mismo respeto y cariño por el anciano. Al principio pensé que todos eran pacientes pero algunos, que vestían también de azul, mas en un tono brillante, resultaron ser enfermeros. El granjero, quien plantaba las semillas de nuestra cura día a día; el minero, quien llevaba las sesiones de grupo donde escarbaba en nuestros males; el cocinero, quien nos traía las comidas; y la enfermera jefe, a quien Papá llamaba la pequeñina. Aún siendo parte del personal del hospital, Papá, quien llevaba más tiempo aquí que ninguno de ellos, había conseguido integrarlos en el grupo. Esto ayudó, y mucho, a que el ambiente fuera más tranquilo y beneficioso para los internos. El caso de la pequeñina fue especialmente difícil, como supe después.

– ¡Cuentista ven! – Papá me llamó a su mesa durante la cena. – Este es el pequeñín bromista. Será tu compañero de cuarto. – El bromista era un chico de unos dieciséis años. Siempre estaba sonriendo y posando sus pícaros ojos en todas partes, buscando la próxima víctima de sus bromas. – ¿Me harás el favor de cuidar de él por mí? – Añadió en un susurro. El carisma de Papá era tal que no podías negarle nada.


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El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (II)

El minero tuvo guardia esa noche. Aún así, permaneció paralizado, sin saber qué hacer, hasta que llegó la pequeñina con los otros enfermeros, quienes comenzaron a despejar la habitación. Poco después estaban todos en el comedor. Todos menos dos. Fue imposible separar al tímido de la mano de Papá, y yo usé mi mejor repertorio para convencer a la pequeñina de que me dejara quedarme con él mientras ella iba a buscar al doctor.


Mi compañero, el bromista, estaba loco. Vale que todos los pacientes lo éramos por algo. Pero éste estaba descontrolado. No paraba de maquinar formas de dar sorpresitas al resto de pacientes, e incluso a algún enfermero. Cubos de agua, zapatillas cambiadas, sabanas dobladas, objetos escondidos... Rara vez tomaba la medicación destinada a calmarlo, por más comprobaciones que hiciera el granjero. Usaba las pastillas para elaborar su broma favorita, consistente en dormir a un compañero y luego pintarle un bonito bigote, perilla o hasta un parche de pirata. Su víctima más habitual era el pequeñín goloso, que engullía cualquier cosa que le diesen. Siempre que podía se centraba en engañar al gruñón, que reaccionaba más histriónicamente que los demás. Y era el único capaz de dejar sin palabras al filósofo, que corría al cuarto de Papá a protestar por la humillación. Por mi parte apenas conseguía inventar alguna buena coartada cuando su autoría no era del todo evidente, lo que le producía una doble satisfacción. Me caía bien.

Una noche el celador entró en nuestro cuarto, le inyectó algo y se lo llevó en una camilla. Cuando volvió no era el mismo. Habían borrado la sonrisa de su cara. La agudeza de sus ojos. Dócil, se echó en la cama y durmió sin mediar palabra.

– Debiste cuidar mejor de él. – Papá entró con las manos en los bolsillos del batín de terciopelo rojo. – Y yo debí ser más preciso. – Se sentó en la cama, junto al bromista, y le peinó delicadamente con los dedos. – No está mal que gaste alguna broma, pero debe aprender a controlarse y para ello necesita ayuda, aunque no la que el brujo cree. – Papá llamaba brujo al doctor, que no dudaba en administrar altas dosis de medicamentos, a veces experimentales, o el fulminante electroshock que había dejado a mi amigo completamente anulado. – Quiere encontrar la inmortalidad a nuestra costa. No debemos permitírselo. ¿Verdad, mi niño? – Entonces no lo entendí. Papá se quedó con el bromista hasta que despertó a media tarde y, antes de la cena, ya le había devuelto parte la esencia que el brujo deseaba arrebatarle.


Tuvimos poco tiempo a solas. El celador entró sin hacer ruido, seguido por el doctor. Estaba de muy mal humor. Parecía como si Papá se hubiera muerto solamente para molestarle. Dio órdenes secas al celador para que buscara una camilla. No dejaba de repetirle a la enfermera jefe lo defraudado que se sentía con respecto ella. Apenas reparó en el tímido y en mí, hasta que el celador nos empezó a echar a empellones. Le ordenó a la pequeñina que nos llevara con los demás. Poco después Papá era trasladado por el odioso esbirro al depósito y el brujo se quedaba solo para mancillar su cuarto.


El paso del tiempo en este lugar era extraño. Los días podían pasar casi sin ser percibidos entre los pequeñines de pijama azul. Las bromas de mi compañero, que comencé a moderar, los recitales del poeta, las exhibiciones de fortachón, las declaraciones del romántico a la pequeñina, hasta las sesiones con el minero que llegaban a ser entretenidas cuando el filósofo terminaba con la paciencia del gruñón, hacían volar las semanas. Sin embargo, los minutos que duraba la visita mensual al despacho del brujo se hacían eternos. El despacho del brujo era grande y desordenado. Los muebles eran metálicos y oscuros. El esbirro permanecía en la puerta, esperando la orden del doctor para saltar sobre su presa y llevarlo de mala gana al pabellón. Se suponía que en las entrevistas debíamos indagar en los problemas, plantear estrategias, comentar los progresos, fijar objetivos… Pero todo esto pasaba a un segundo plano. El alquimista parecía siempre más interesado en Papá, en nuestra relación con él, en nuestras conversaciones. Tras una endeble máscara de amistad buscaba romper el recelo que todos sentíamos por él y sus métodos. El artificio no duraba mucho. Al final se cansaba y, con brusquedad, pasaba a resumir la situación de cada uno, sentenciando que con esa actitud nunca saldríamos de allí y echándonos a las garras del celador.

Tras la consulta, el ritual se completaba con una visita al cuarto de Papá donde, entre risas, comentábamos la sesión. Luego, tras servir unas tazas de café avainillado y unas galletas de mantequilla, Papá solía acomodarse en uno de los sillones, se remangaba ligeramente el batín rojo, dejando ver el pijama azul, y comenzaba una conversación en apariencia trivial. Sin embargo, cuando terminé de contarle mi última visita, de cómo había inventado una estupenda historia que el brujo creyó hasta que, entusiasmado, torné absurda, siendo descubierto, su expresión se tornó dura. Se rascaba la densa barba blanca con la mirada fija más allá del enrejado.

– Mis niños… ¿Qué será de vosotros cuando yo falte? – Hablaba para si. Yo fingí no escucharle haciendo dibujos en la espuma del café con una galletita. – Debes tener cuidado con el brujo, cuentista. No debes hacerle enfadar. Puede hacerte mucho daño. Y una cosa es cierta: ninguno podremos salir de aquí sin su firma. Ni siquiera yo. – Una amable sonrisa brotó tras la densa barba blanca para borrar la preocupación de su rostro. Se levantó y sacudió el batín de terciopelo rojo. – Vamos, estarán todos esperando que cuentes tu fantástica aventura. – Me levanté recogiendo las migas de mi pijama azul. – Pero, recuerda mi pequeñín: ten cuidado.

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El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (III)

Cuando el brujo terminó su infructuosa rapiña entré el cuarto de Papá. Estaba todo revuelto, sus preciosos libros arrojados por el suelo, el sagrado orden del escritorio profanado, fruto del odio empleado en la frustrante búsqueda. El brujo se marchó vencido sin el tesoro de Papá, el cual aparecía esparcido por toda la habitación. Todas las hojas estaban ahí, revueltas con otros papeles, libros y objetos. El nigromante jamás las habría encontrado. Toda la sabiduría de Papá. Insignificantes garabatos para el alquimista airado. Recuperé las cuartillas y las puse a salvo.


Comencé a pasar cada vez más tiempo con Papá. Al final nos veíamos a diario y hablábamos de los demás pequeñines, tratando de solucionar sus pequeños problemas, de encontrar la forma de hacerles la vida más feliz. Me convertí, por así decirlo, en su ayudante, su hombre de confianza. Llegado el momento incluso muchos venían a mi cuarto, con sus pijamas azules, para pedirme consejo o consuelo. A Papá no sólo no le molestaba si no que le agradaba ver cómo me desenvolvía. Me atrevería a decir que estaba orgulloso de mí. Supongo que había resuelto sus dudas con mi actitud. Sin embargo, en ocasiones percibía una ráfaga de preocupación estremeciendo su batín de terciopelo rojo. ¿Tal vez dudara de mí? Era lógico. Nunca hablamos de ello.

Por fin, una tarde, mientras esperábamos para la cena en su cuarto, me lo contó todo. Quién era, y por qué el doctor, a pesar del odio que sentía por él, le permitía todos los privilegios que tenía. No puedo darte todos los detalles, pero te bastará con saber que hubo un día en el que el brujo fue aprendiz de Papá, quien encontró la senda hacia un descubrimiento tal que podría darle las mayores riquezas y la inmortalidad de los libros de historia. Solamente esbozó parte de este descubrimiento a su ambicioso discípulo. He hizo bien, ya que el joven doctor fue pillado en más de una contradicción. Así, para proteger su investigación y al mismo tiempo poder aplicar su ciencia en el beneficio de los pacientes, firmó su ingreso voluntario bajo ciertas condiciones. El despreciable hechicero se vio triunfador y las aceptó, armándose de codiciosa paciencia. Pero Papá guardaba una última sorpresa. Yo no supe qué pensar, no terminaba de asimilarlo, y me lo mostro. Era un montón de cuartillas manuscritas con unas ilustraciones infantiles. Al leerlo no entendí nada. Apenas se trataba de cuentos breves, bastante divertidos en algunos casos. Pero ahí estaba todo. Todos los casos, todos los procesos, todos los aciertos y fracasos. Estábamos todos sus pequeñines de pijama azul.

– Ahora comprendo, – dijo finalmente, – que aunque él llegara a entender mi clave no sería capaz de aplicar lo que con ella he escrito. Ninguno lo haría. – Sonrió. – Por eso necesito que alguien, tú, siga aquí cuando yo no esté. Porque tú sí serás capaz de continuar con nuestro trabajo. – Hizo una pausa para medir mi reacción, yo asentí. – Debes ser consciente del sacrificio que ello te supondrá. Mientras decidas ser mi sucesor no podrás salir de aquí, y si alguna vez pones de nuevo los pies en la calle no podrás volver a entrar. – Claramente leía las dudas de mi interior. – Una cosa sí te pido: decidas lo que decidas, no permitas que nadie que no esté preparado tenga acceso al conocimiento que te legaré. Y, llegado el momento, asegurarte de que este conocimiento no se pierda. – En ese instante entró el filósofo quejándose de no sé qué, pero antes de salir me le prometí a Papá que su secreto estaría a salvo conmigo.


El tímido se aproximo lentamente a la pequeñina y, una vez frente a ella, levanto los ojos del suelo. Alto y claro le pidió poder asistir al funeral. Era la primera vez que escuchábamos su voz, que sonó firme e insistente una vez más. Quiero ir al funeral de Papá, repitió. La enfermera jefe, sorprendida, tardó en reaccionar. Yo me adelanté. Aún así el tímido insistía en querer ir. Tenía que hacer algo o el celador se lo llevaría. Lo conduje a mi habitación y conseguí convencerlo. La decisión estaba tomada. Días después me mudé definitivamente a este cuarto, el cuarto de Papá, pedí a la pequeñina que me consiguiera este batín de terciopelo rojo para cubrir mi pijama azul y me dejé crecer la barba, que con el tiempo se ha vuelto blanca.


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El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo (y IV)

– ¡Eh, tú!, sabes que no puedes entrar en el cuarto de los celadores. ¡Sal inmediatamente y vuelve a tu habitación!
– ¡Esta es mi habitación!
– Sal si no quieres que te saque yo.
– ¡Esto es un insulto!
– Y, ¿qué llevas ahí? ¡Déjame verlo!
– Nada, no llevo nada, me voy ya, pero me quejaré a la enfermera jefe.
– Venga, ¡largo!
– …
– Has sido un poco brusco, ¿no crees?
– Novato, sabes que no debes dar coba a los pacientes. Y menos a ése.
– Aún así, creo que te has pasado.
– Sabes que no le haría nada, hombre. Pero se cree que esta es su habitación, viene aquí se sienta en nuestros sillones, se toma nuestro café y hasta se pone a garabatear en el escritorio del jefe.
– Cree que era su cuarto. Me ha estado contando que…
– Ya, ya, la melodramática muerte de Papá Pitufo.
– ¿Papá Pitufo?
– Sí, se inventó esa historia hace unos años, cuando se obsesionó los esos dibujillos.
– Sí, bueno sabía que mentía pero había partes que…
– Nada, ni caso. Estuvo dando problemas hasta que consiguió de los doctores el batín rojo que lleva. Cada cierto tiempo le da por algo, se inventa toda una historia y la repite hasta que se la termina creyendo. Luego interpreta el papel hasta que nadie le hace caso y simplemente inventa otra mentira.
– Parecía real.
– Sí, cada vez las hace más verosímiles. No como la anterior en la que resultó que escondía la lista de lugares secretos en los que había escondido fragmentos de un artefacto alienígena capaz de salvar el mundo o destruirlo, según las manos en las que cayera.
– Y, ¿qué dicen los doctores?
– Le dejan hacer. El viejo es inofensivo. La verdad es que siempre va de salvador.
– Entonces, ¿cuál es su historia real?
– Pues no lo sé, según su historial lo encontraron semiinconsciente y medio desnudo en el bosque hace ya demasiados años. No hablaba y tenía un comportamiento extraño. Lo trajeron y desde entonces aquí sigue. Un día decidió que debía cuidar al resto de pacientes y desde entonces inventa sus historias. Ésta es la que más tiempo le dura.
– Y, ¿no tiene familia?
– Si la tuvo nadie vino a preguntando por él, que tampoco mencionó nunca a ningún conocido de fuera del hospital. Es un hombre raro. Pero, ¿sabes qué es lo más extraño?
– ¿El qué?
– Nunca, en todo este tiempo, ha permitido que nadie vea lo que guarda en la carpetita que esconde bajo el pijama.






* Sugerencia auditiva para la post-lectura


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Último tren

– …

– Como a las diez y media o así.

– …

– Sí… ¡Oye, espera que estoy subiendo al tren!

– …

– Vale, vale. Perdona.

– …

– No, tú no, un chico, que le he dado con el bolso.

– …

– Niño, estoy en el tren luego hablamos, ¿vale?

– …

– ¡Que sí mi amor, que no me olvido de la cena!

– …

– ¡Que sí, que sí!

– …

– Venga, un mordisquito.

– Perdona, me has entallado la chaqueta.

– ¡Ay!, perdona tú. Con el móvil no me di ni cuenta.

– Tranquila no es nada, sólo que me tiraba al pasar de página.

– ¿Qué estás leyendo?

– El príncipe, de Maquiavelo.

– ¡Anda!, ¿el de el fin justifica los medios? ¡Qué retorcido!, ¿no?

– En realidad esa frase no aparece en el libro.

– ¿A no? Pero el libro va de eso más o menos.

– ¿Lo has leído?

– No, en realidad no, pero por lo que he oído.

– Ya.

– Hombre no creas que soy así. A ver, yo leo otras cosas, en casa y eso. Pero no en el tren.

– ¿No te concentras?

– No, es que prefiero charlar.

– Ya, veo.

– La gente se queja de falta de trato con los demás y al entrar a un sitio lleno de personas con las que poder relacionarse, ¿qué hace?

– ¿Lee?

– Eso. O se pone música, o se finge dormir. Vamos que se aísla de los demás dejando bien claro que no quiere que le molesten.

– Bueno, no siempre.

– ¡Ay! ¿Te estoy molestando? Nada, nada, perdona, sigue con tu libro, no quiero pienses que soy una pesada o algo así.

– Tranquila.

– Vale. Pues lo que te decía, que la gente se queja de lo solos que están y luego no hacen nada para relacionarse.

– Bueno, tampoco sabes qué vas a encontrarte.

– Sí, claro ahora todos somos unos asesinos-secuestra-niños y es mejor ni dar ni los buenos días.

– Tampoco es eso. Pero, ¿quién te dice que yo no soy un psicópata?

– ¿Tú?

– ¿Tan raro lo ves?

– Bueno un poco serio sí que pareces pero no un psicópata.

– Ten en cuenta que los verdaderos psicópatas son muy inteligentes. Y una de las cosas que primero aprenden a hacer mejor es pasar inadvertidos, fundirse con el entorno por así decir.

– ¿Por eso estabas leyendo?

– Por eso simulaba que leía, en realidad estaba observando al resto de pasajeros.

– ¿Para qué?

– Bueno, ya sabes, buscando una posible víctima. Hay que ser meticuloso y elegir con cuidado y el tren es un sitio ideal para observar disimuladamente a la gente.

– ¡Qué cosas tienes!

– Además gran parte del placer se obtiene de la observación y el seguimiento de la presa, saber dónde vive, conocer sus rutina diaria, sus rutas, qué le gusta hacer en su tiempo libre, con quién se relaciona. Incluso entrar disimuladamente en su vida sin que se de cuenta.

– Parece muy entretenido.

– Y laborioso. Hay que saberlo todo para poder decidir dónde y cuándo atacar de la forma más segura. La paciencia y el método lo son todo. Porque, claro, es importante que no te pillen.

– Claro, claro.

– Y luego, cuando el plan ha sido más que revisado, el sitio elegido y llega el momento de actuar todo es más sencillo y se disfruta más. Aunque hay que tener en cuenta que siempre pueden surgir imprevistos.

– ¿Imprevistos?

– Sí, puede que esa noche a la víctima le dé por ir acompañado, o que un paseante aparezca de repente, o se ponga a llover. Vete a saber. Hay que estar preparado para cualquier cosa.

– Vamos, tener un punto de paranoico. ¡Je, je!

– Algo así. ¿Te hace gracia?

– Un poco. No te lo tomes a mal, se ve que sabes del tema, pero es que no te pega el ser un psicópata.

– ¿No?

– No. Además si lo fueras estarías cometiendo un gravísimo error.

– ¿Sí?

– Claro, me estás contando tus secretos en un tren lleno de gente.

– ¿Y?

– Pues que te están escuchando y cualquiera de ellos podría identificarte si pasara algo.

– Bueno, ahí no las tengas todas contigo.

– ¿No?

– De las otras trece personas que hay en el vagón, tres van durmiendo y aunque fingieran están lo suficientemente lejos como para no enterarse de nada, la madre tiene bastante con controlar las peleas de los dos críos, los cinco que llevan auriculares tienen la música tan alta que probablemente no oigan nada un par de horas después de quitárselos, la chica que lee a Murakami estuvo hablando con lenguaje de signos con una amiga que se bajó cuando tú subiste, vamos que es sorda, y el del fondo va tan borracho que apenas consigue mantenerse consciente. Prácticamente es como si estuviéramos solos en el tren.

– ¡Vaya, sí que eres observador!

– ¿Lo ves?

– Pero eso no quiere decir que seas un peligroso depredador de hombres.

– ¡Vaya por dios! Pues nada, tendré que matarte para que te lo creas.

– Entonces tendré que defenderme.

– Pues tendrás que pensar algo rápido, como comprenderás no puedo permitir que te me escapes esta noche.

– Hm. ¿Invitarte a cenar?

– ¿Ahora?

– Te bajas en la próxima parada ¿no?

– Sí, yo…

– Y hoy es martes, no tienes planes para la noche y no dan nada en la tele que te interese.

– No, pero ¿cómo..?

– Además en la paralela a tu calle hay un restaurante pequeñito, encantador. El dueño es…, digamos que amigo. Por cierto, deberías conocer mejor tu barrio, no sabes la de locales interesantes que hay por la zona.

– ¿Cómo sabes…? ¡Ay!

– Tú lo expusiste a la perfección: seguimiento, método, paciencia. En serio, me apetece cenar y seguir charlando contigo pero si te pones tonto tendré que trinchar tu pulmón aquí mismo. Y no será bonito.

– No te saldrá bien, hay cámaras, toda esta gente…

– Sabes que ellos no son un problema para mí. En cuanto a las cámaras…, tú lo dijiste: lo importante es que no te pillen, y yo no dejo nada al azar. Ahora bajaremos y seguiremos charlando amenamente, como un par de desconocidos que comienzan a dejar de serlo.

– ¿Y… luego?

– ¿Es que no escuchas? Vamos hombre, no me hagas parecer idiota. Luego…, iremos a cenar.


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Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

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