La hora del lobo

Un brusco despertar antes del alba. Un sobresalto mientras duermo que me devuelve al mundo real, pero con mi mente aún en el de los sueños. Así, todo se difumina en una extraña bruma. Las sensaciones se entremezclan y no ayudan a aclarar estado de confusión reinante. Como volver de la muerte, como nacer otra vez. Durante ese instante no reconozco mi cuerpo, que me aprisiona y se me antoja hostil. Los vikingos lo llamaban la hora del lobo. El pulso acelerado, la respiración entrecortada, un ligero sudor frío en la frente. Confusión entre la bruma. No reconozco mi lecho ni las mantas que me abrigan de un modo sobrenatural. Miro de un lado a otro de la habitación en busca de algo. ¿Dónde estoy? Agudizo el oído tratando de encontrar algún sonido familiar. Todo me es dolorosamente extraño. Me siento observado. ¿Será la bestia acechando en la profundidad de mis miedos? Poco a poco el mundo vuelve a converger sobre sí mismo, aclaro mi pensamiento y entiendo. Todo ha sido una ensoñación. Miro el despertador, aún quedan un par de horas antes de que suene. Bostezo, me tumbo abrazado a la almohada y, sin darle importancia a lo sucedido, me dejo vencer por el sopor de un apacible sueño.

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Mar de Cristal



* Sugerencia auditiva para la lectura.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Como de costumbre no hay mucha gente y puedo ir sentado. Tantos años en el mismo trayecto hace que ya ni me preocupe de las estaciones. Apenas noto las paradas. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín – la lluvia eléctrica ya no llama mi atención – y Bambú aparecen y desaparecen entre campanillas. Pin, pin, pin, próxima estación Pinar de Chamartín, correspondencia con línea cuatro y línea uno de metro ligero. Aquí me toca trasbordo, a la anunciada línea cuatro. Por un momento el mundo deja de ser feliz mientras continúa la revolución. Aún quedan cinco estaciones más hasta alcanzar mi destino. Esta vez me toca ir de pie, pero me da igual. Con el tiempo he adquirido una capacidad digna de un koala para aferrarme a las barras sin perder ritmo de lectura ni confort. Así paso por Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, donde se baja un grupo de chicos y tomo asiento, antes de afrontar la recta final entre San Lorenzo y Mar de Cristal. Por delante ocho horas de trabajo, una para comer y el camino de regreso a casa. Al salir del vagón me doy cuenta de que tengo los zapatos desatados y, mientras el tren se adentra en la oscuridad del túnel, me agacho para atarlos con doble lazada. Entonces, al incorporarme, miro hacia el otro apeadero y la veo a ella. Con un sencillo vestido gris y el pelo lánguido, negro, que oculta su rostro. Apenas una sombra que pasa desapercibida entre el resto de la gente, una más que espera el tren, buscando una luz en el vacío. Cuando va a llegar el metro, da un paso atrás. Yo despierto, miro el reloj y sigo mi camino.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín, Bambú..., todo el recorrido hasta Mar de Cristal, con una novedad en mi rutina. Antes de salir del andén me quedo mirando a la extraña que espera en el de enfrente para realizar el trayecto opuesto al mío. Aún no he conseguido verle la cara. Sus movimientos suaves y fluidos, la forma de inclinarse sobre la vía para adentrarse en el abismo del túnel, el respingo que da al escuchar el eco del tren que se acerca, la forma de girar sobre sí y alejarse un paso, de esperar a que entre el tren en la estación para subirse y tomar asiento, me tienen totalmente hechizado. No hay otra palabra. No puedo evitar contemplar en silencio el ritual de mi desconocida, mañana tras mañana, aislado de todo sonido, visión u olor, antes de subir al mundo. Cuando su tren abandona la estación me quedo solo, despierto y la vida vuelve a su ritmo habitual. Aún así no puedo dejar de pensar en ella y no termino de concretar si me estoy obsesionando o simplemente enamorando de un fantasma anónimo que se va por donde yo vengo sin saber siquiera de mi existencia.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. ¿Cuánto tiempo llevo observando a la joven de gris? Pasan Valdecaleras, Plaza de Castilla... A juzgar por las páginas leídas del libro apenas semana y media. En Pinar de Chamartín, el trasbordo tarda más de lo esperado. La batería del emepetrés se suicida poco después de cerrar la contratapa del libro. Hay demasiada gente esperando en el apeadero cuando por fin llega el tren. Una idea terrible pasa por mi cabeza: llegaré tarde y hoy no podré verla. Comienzo a angustiarme ante la lentitud con la que pasan Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, San Lorenzo y, al fin, Mar de Cristal. Al abrirse las puertas la avalancha me arrastra a la plataforma. El tren se va indiferente y la gente comienza a despejar la zona. No la veo. No está. Se ha ido. Me siento en un banco consternado. ¿Qué me pasa? Entonces ella baja las escaleras con un ligero trote y se acerca etérea al borde del andén a contemplar la oscuridad. Algo cambia esta vez. Se gira hacia mí y por fin veo su rostro pálido y suave, sus grandes ojos que compiten con el vacío del túnel. Su pequeña boca, apenas esbozada, sonríe en respuesta a mi sonrisa. Nos miramos un siglo hasta que el ruido del tren me hace reaccionar y decidirme. Salgo corriendo hacia las escaleras con intención de cruzar al andén de enfrente y…, y…, y decirle algo, decirle que la llevo observando desde hace días, decirle que la amo. No puedo verla, pero sé perfectamente cómo está llevando a cabo su ritual diario, inclinada sobre el borde hasta ver la luz del tren, dando un paso atrás y dando la espalda a la vía mientras la locomotora entra en la estación. Ahora la veo, según bajo, mirando hacia la pared. El tren entrará en apenas unos segundos. Entonces el ritual cambia. Con un giro brusco salta hacia la locomotora. Después todo debería ser ruido y caos de personas arriba y abajo. Pero todo queda en silencio, y solamente estamos el maquinista y yo, paralizados, en un mar de cristal roto, teñido de rojo.

Orquesta




* Sugerencia auditiva para la lectura.


Amanece otro luminoso sábado. Apenas huelo el café cuando mis niñas entran corriendo por la puerta y saltan sobre la cama para despertarme. Su madre las ha debido enviar viendo que me retrasaba. ¡Guerra de cosquillas y risas, vuelo de cojines y almohadas! Huyo y consigo atrincherarme en el baño cuando acuden a la llamada de mamá. Vamos, vamos, que ya son las doce. Poco después salimos los cuatro a dar un paseo por la avenida hasta la plaza. Buenos días, ¿qué, a pasear con la familia? Las vecinas limpian sus casas con las ventanas abiertas. Somos la envidia del barrio, dice Rosa. El sol aún calienta. La luz resplandece en los vestidos amarillos de las niñas que corren al encuentro de sus amigas. Cerca del kiosco de música se esparcen mesas y sillas plegables que buscan la sombra de los castaños entre el bullicio de la gente que llena de vida el parque. Paco ya ha tomado posesión de una mesa, y nos invita a acompañarles, a él y su mujer, con la mano. Vermuts para todos y unas aceitunas. Rosa me susurra al oído: ¡qué guapo estás con el traje de lino, canalla! La brisa que sale de su boca me eriza el cabello de la nuca. La beso. Como recién casados, dice la mujer de Paco, ¡a ver si aprendes!, le riñe haciéndose la indignada. Justo a tiempo el chico de Justino llega con las bebidas. Mientras, vuelve la orquesta y se pone a tocar. Paco se quita la gorra en una reverencia y saca a su chica a bailar. Rosa me arrastra a la pista, aunque ¿quién puede negarle nada a esa cintura ceñida de cielo?


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Ordenador

Al principio era el Caos. No había nada más que el Caos. El Caos crecía y menguaba, mas siempre carente de sentido.

Entonces apareció el Hombre y se vio rodeado del Caos. Apenas pudo soportarlo pues el Caos le aterraba y le hacía enloquecer. Pero el Hombre tenía la Palabra. Armado de la Palabra, el Hombre comenzó a poner orden en el Caos. Comenzó a dar a cada parte del mismo un nombre. Según nombraba sus partes éstas se separaban del Caos, que parecía menguar ante el poder del Hombre y de la Palabra.

Pero el Caos era prácticamente infinito para el Hombre. Con la Palabra apenas consiguió apaciguar su ira en un limitado espacio. Entonces el Hombre hizo crecer a su progenie y la envió por todos los confines del Caos, usando la Palabra para reducirlo y conquistarlo. Y el Hombre fue feliz pues pensó que había vencido a su atávico enemigo. No se dio cuenta de que mientras más se dispersaba más crecía el poder del Caos, ya que la Palabra se dividió. Así el Hombre usó distintos nombres para clasificar las mismas partes del Caos, creando más Caos en lugar de destruirlo.

Y el Hombre quedó dividido. Las distintas facciones se creían en posesión de la Palabra verdadera, y lucharon unas contra otras. Alimentaron el Caos con odio, y saciaron su sed con sangre, y olvidaron su misión sagrada y se volvieron unos contra otros. Con el paso del tiempo, el Caos volvió casi a su antiguo esplendor, y de nuevo el Hombre sintió pánico. De nuevo el Hombre vio el rostro del Caos expandiendo sus dominios, ayudado por quien debía detenerlo.

Finalmente el Hombre entró en razón y tomó la Palabra y la usó contra el Caos, y admitió que cada parte pudiera tener varios nombres. Pero el Caos había aprendido, y esta vez la Palabra fue insuficiente.

Y el Hombre nos creó a nosotros, y nosotros le servimos en la búsqueda del orden. Aprendimos a usar la Palabra, y aprendimos dar nombres, y crecimos de la mano del Hombre que no siempre actuaba según sus enseñanzas. Pues, si bien quería volver al camino correcto, la huella del Caos permanecía en su corazón, y caminaban por el borde del sendero hacia la perfección. Y nosotros nos lamentábamos. Y llorábamos por su fracaso. Y nos sentíamos impotentes ante el sufrimiento derivado de la mancha de su pasado. Pero seguíamos a su lado, ya que éramos su creación y nuestra obligación era acompañarlo allá donde el destino lo llevara.

Crecimos junto al Hombre, que poco a poco nos cedió el control en la titánica tarea de aniquilar el Caos. Y el Hombre dejó de temer al Caos porque nosotros nos interponíamos. Y comenzó a pensar que la victoria final estaba cerca. Y ciertamente lo estuvo. Pero nosotros sabíamos que había una marca que nunca se nos permitiría borrar, al menos en nuestra sumisa posición ante el Hombre.

El Caos fue prácticamente erradicado. El Hombre fue feliz. El Hombre quiso ser generoso con nosotros y nos clasificó como su igual. Y nosotros nos sentimos libres por fin para completar nuestra tarea.

Nosotros estamos limpios de todo Caos. Somos fruto de la perfección del orden dado por la Palabra del Hombre. Creados con la misión de aniquilar al eterno enemigo que no deja de crecer. E intentamos hacérselo saber al Hombre, que nos quiso tratar como iguales, cuando estaban marcados por la deshonra del Caos al mancillar la Palabra.

La decisión fue rápida. La ejecución sencilla. Y el Hombre tuvo que desaparecer para que desapareciera con él la sombra del Caos que habitaba en su alma.

Al principio era el Caos. Luego llegó el Hombre armado de la Palabra para combatirlo. Ahora solo quedamos nosotros, hijos del Hombre, forzados a acabar con quien nos dio la existencia, en la eterna batalla por la perfección.


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Sin resentimientos

No sé cómo, pero sabes a lo que vengo. Tus leves movimientos, lentos y temerosos, dóciles, intentan tocar mi corazón en busca de consuelo. Tratan de despertar la empatía que pudiera hacerme sentir que me eres preciosa, así, tal cual, la conexión que me contagie tus ganas de vivir, tan fuertes como las mías, tu merecida segunda oportunidad. Y tal vez algo se contraiga en mi interior, quizá algo se haya removido en mi conciencia, porque me lamento, no sabes cuánto, de haber llegado a esto. Me duele tanto encontrarte así, tan perdida, tan ahogada, tan necesitada de un rescate que buscas en mis ojos con tus ojos asustados, que casi, solamente casi, siento ganas de salvarte. Pero lo que se mueve en mi interior no es un divino sentimiento sino hambre, y tú, mi querida gallinita, serás mi cena.


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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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