Veneno

Cuando te pique la bicha, hijo mío, debes tratar de chupar rápidamente el veneno de la herida y escupirlo. Extraerlo de tu sangre antes de que sea demasiado tarde. La consigna es sencilla y fácil de seguir. De hecho, hijo mío, así deberían ser todas las soluciones a los problemas cruciales de la vida. Pero hay una pequeña trampa. Al chupar el veneno de la herida debes tener mucho cuidado ya que, a veces, mezclado con la sangre, se vuelve dulce y parte de él es tragado. No una dosis mortal, pero sí la necesaria para que nunca, nunca, pueda ser expulsado del todo de tu interior. Y ya, nunca más hijo mío, serás el mismo. Y ya, nunca más, querrás volver a serlo.

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En un pestañeo

Se ha caído el Sol. No sé cómo ha sido, hace un instante estaba ahí como siempre redondito y brillante en el cielo, saludando a las nubes que pasaban frente a él. Pero en lo que tardé en pestañear, el Sol se ha caído. Así sin más. La luz se apagó de repente. De pronto brillaron las estrellas. La Luna se asomó, pálida del susto. Cuando me vine a dar cuenta el Sol ya no estaba. Y fue eso, un pestañeo. Cerrar los ojos sintiendo aún su calor y al abrirlos, nada oscuridad. A mi alrededor todo sigue igual: el parque vacío, la fuente tranquila, los gorriones mendigando migas de pan. Pasa una señora mayor pero no parece extrañada. Supongo que a su edad habría visto ya muchas cosas. Entonces se me ocurre una idea peregrina y vuelvo a pestañear. Es cerrar los ojos sintiendo la fría brisa nocturna y al abrirlos cegarme una intensa luz. Ha funcionado, el Sol ha vuelto a su lugar, como si nunca se hubiera marchado. ¡Qué cosa más extraña! Me encojo de hombros y vuelvo a casa. Iré a ver si alguien sabe algo.

Nada. Nadie sabe nada. Lo mismo han sido cosas mías, que comienzo a chochear, como dice la jovencita descarada que vive en el piso de enfrente. Pero yo juraría que el Sol se marchó y luego volvió. Ya sé que no puede irse, pero eso fue lo que ocurrió. Lo he hablado con todos: con Juanjo, con Tomasín, con el Alemán, con el padre de la jovencita descarada que últimamente está siempre preocupado, y también con la madre que se empeña en que me ponga la pulsera que me regaló hace unos meses a cuento de no sé qué. Yo, que no llevo ni reloj, mucho menos voy a ponerme una pulserita.

No sé, tal vez lo mejor será olvidarlo. Por cierto, ¿qué día es hoy? ¿Jueves? ¡Vaya hubiera jurado que era martes! No, si al final va a ser verdad que chocheo. ¡Ja, ja, ja!



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Cuitando

Mi cama sigue vacía. Mi sueño sigue lejano, casi imposible, a pesar de que cada día lo anhelo con un ansia más viva, que acabará consumiéndome. La magia esperada permanece oculta. No he conseguido que vuelva a surgir de entre el silencio y la niebla. Solamente me resta dejarme ir o, como decía el apenado príncipe, morir, dormir… ¿Dormir? Tal vez soñar.

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Galerna

Llueve a mares. El viento azota las copas de los pocos árboles que hay en el paseo empedrado. La calle está desierta. Todos corrieron a guarecerse nada más caer las primeras gotas. Todos se fueron a sus casas. Todos menos yo que sigo aquí, bajo la lluvia, jugando con el agua y el viento. Divirtiéndome.

Como ellos, sé qué es correr en busca de cobijo, caminar malhumorado bajo el paraguas, odiar al conductor que te moja los zapatos, cambiar los planes de un fin de semana perfecto por la lluvia, pasar la tarde esperando a que cese la tormenta. En una de ésas me di cuenta de la pérdida de tiempo que supone. Es desesperante quedarse tras la ventana oyendo caer el agua sin cesar, mirar tas el cristal los charcos del alféizar, consultar una y otra vez el reloj, pensar en los planes rotos... Cuando por fin decides hacer algo descubres que no tienes nada que hacer y te vuelves a sentar. Tratas de ignorar la lluvia que cae incesante. Intentas convencerte de que está cesando, cuando en realidad no es cierto, y buscas algo que hacer. Pones la tele, cambias de un canal a otro y a otro y a otro, la apagas y permaneces mirando tu reflejo en la pantalla negra. Mientras, la lluvia sigue golpeando tu ventana. Miras el reloj, sólo han pasado tres minutos. Ojeas esa revista vieja en la que no hay nada interesante, buscas desesperadamente algo que llame tu atención, pero terminas tirándola sobre la mesa. Por fin te das cuenta de que no tienes nada que hacer. Nada salvo salir y mojarte.

El viento estiliza las gotas de agua, las convierte en finas agujas que, suavemente, me apuñalan todo el cuerpo. Nado contra corriente y llego hasta el mar. Allí las olas se transforman en gigantes que estrellan su cabeza contra las rocas esparciendo sus sesos sobre el paseo. El viento apenas me deja avanzar, el agua apenas me deja ver. Nunca me había divertido tanto. Ahora comienzan los rayos, los truenos, es el mejor temporal de mi vida. Bailo con el viento que me quita la cazadora. Yo pillo la indirecta y me despojo de la ropa. Más rayos a lo lejos, más truenos. Si pudiera llegar hasta ellos… El mar me grita, ¡oye, que estoy aquí! ¿No vienes a bailar conmigo? Con todo lo grande que es se pone pelusón de su hermano. Sonrío y sigo bailando con el viento. ¡Oyeeee, que estoy aquí! No quiero enfadarlo. Me detengo, lo miro y me arrojo a sus brazos. Pero ya está cabreado y me arroja con ira a las rocas, convirtiéndome en espuma sobre el paseo.



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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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