La dama y el dragón


– ¿Mi señora? – La noche nació sin Luna en el cielo.

– ¿Sí, Gurash? – Nubes traidoras trataban de ocultar las estrellas.

– No creo prudente cruzar el lago esta noche, deberíamos esperar. – La bruma envalentonada brotaba de agua calma.

– Mi buen Gurash, como siempre, tienes razón. – El viento cobarde no se atrevió a venir en nuestra ayuda.

– Y aún así, mi señora, no pensáis hacerme caso. – Una roca solitaria dormía en el centro del lago.

– Sabes que no puedo. Di mi palabra. He de hacerlo – Una llama moribunda, apenas visible, esperaba su llegada con anhelo.

– ¿Mi señora? – Los años han pasado de prisa, la niña se ganó su simpatía, la doncella su amor, la dama su respeto.

– ¿Sí, Gurash? – El temor esmeralda se prepara para su último vuelo.

– Montad, ha llegado el momento.

Así hablaron la dama Gaerwen, y el bravo dragón Gurash, en la orilla del lago Noork, la noche en la que el temor esmeralda dio cumplida palabra de su juramento, permitiendo que mi señora obtuviera, no sin dolor ni sufrimiento, el regalo de los dioses que fue arrebatado a su pueblo: la llama imperecedera que, desde entonces, arde dentro de su pecho. Y dicen que esa noche, hasta la sombra más oscura, refugiada en el abismo secreto, tuvo miedo. Y todo lo que sucedió después fue cantado por bardos y juglares por todos los rincones del mundo nuevo, y la gloria de Gaerwen no tuvo igual en los tiempos venideros. Pero el aura que rodeaba su majestad, nunca pudo ahuyentar la sombra de la tristeza, el dolor y el vacío del recuerdo, de la caída de Gurash, el temor esmeralda, el último dragón sagrado del viejo reino...

Así lo vi, con estos ojos mil veces bañados por las lágrimas que mi señora no pudo derramar por su más leal vasallo, ya que la bendición del fuego eterno conlleva un precio amargo: olvidar a aquellos que se hundieron en la sombra por obtenerlo.


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El ángel de mármol de Santa Clara


El calor interior se muestra en forma de pequeños brotes de vapor que, apenas alcanzan el exterior, desaparecen. El frío penetra despacio, pero constante, en el pequeño cuerpo paralizado.

El mundo había desaparecido. Una nada nívea se había apoderado de él. Donde ayer había un pequeño parque, con sus árboles y su fuente de piedra desgastada, hoy no hay más que blancura. Donde ayer había una iglesia, una carretera, hoy solamente duele el albor. Asustado, el pequeño mira a su alrededor tratando de encontrar el pueblo perdido tras el velo fantasmal, pero lo único que parece quedar en pie son su casa y él mismo. Armado de valor, da un paso lentamente con los puños apretados y la respiración agitada. Da otro pasó, cierra los ojos y se vuelve. Horrorizado, ve como la red se abalanza sobre su casa, y el terror crece cuando comienza a sentir que se apodera de él mismo, paralizándole la sangre, acariciando con dedos de hielo el tuétano de sus huesos.

El corazón acelerado, la respiración profunda, los puños cerrados. Comienza a golpear al etéreo enemigo en un intento de no desvanecerse. Por primera vez es consciente de que puede desaparecer. Por primera vez siente la cercanía de la muerte. A su alrededor todo es blancura y silencio, humedad y frío. En su interior valor, furia, pasión, fuego vivo. De repente se ve rodeado de la nada. Su casa ha sido absorbida por el vacío blanco. Está cansado, suda y jadea. Lo peor es que sabe que no ha conseguido nada. Delante de él, unas sombras fantasmales se mueven. Tal vez sean las responsables de este mal, que se está comiendo el mundo, que intenta apoderarse de él.

En un último arrebato corre hacia las sombras que crecen según se acerca a ellas. A escasos pasos de una descubre un ciprés mecido por el viento. El gran ciprés que da la bienvenida al parque. A la derecha, la otra gran sombra va tomando la forma de la vieja encina que cobija, con su sombra, los juegos de verano. Habían sobrevivido al fin del mundo. O tal vez el mundo no se hubiese perdido. Tal vez solamente estuviera oculto. Avanza animado y va reconociendo los lugares que tan bien conoce. El murmullo del agua lo guía hasta la fuente que surge poco a poco, ocupando el lugar que nunca dejó libre. Comienza a reírse de sí mismo, de lo tonto que ha sido al pensar que las cosas desaparecen tan fácilmente. Corre en dirección a la iglesia para comprobar que sigue en su sitio, cuando una potente luz blanca brota rugiendo con la ira del vencido abismo.

El calor interior se escapa sin remedio regalándose al suelo ya húmedo. El frío exterior toma posesión al instante de su cuerpo. El mundo desaparece, sin más, para el pequeño. La niebla vence.


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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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