Galerna

Llueve a mares. El viento azota las copas de los pocos árboles que hay en el paseo empedrado. La calle está desierta. Todos corrieron a guarecerse nada más caer las primeras gotas. Todos se fueron a sus casas. Todos menos yo que sigo aquí, bajo la lluvia, jugando con el agua y el viento. Divirtiéndome.

Como ellos, sé qué es correr en busca de cobijo, caminar malhumorado bajo el paraguas, odiar al conductor que te moja los zapatos, cambiar los planes de un fin de semana perfecto por la lluvia, pasar la tarde esperando a que cese la tormenta. En una de ésas me di cuenta de la pérdida de tiempo que supone. Es desesperante quedarse tras la ventana oyendo caer el agua sin cesar, mirar tas el cristal los charcos del alféizar, consultar una y otra vez el reloj, pensar en los planes rotos... Cuando por fin decides hacer algo descubres que no tienes nada que hacer y te vuelves a sentar. Tratas de ignorar la lluvia que cae incesante. Intentas convencerte de que está cesando, cuando en realidad no es cierto, y buscas algo que hacer. Pones la tele, cambias de un canal a otro y a otro y a otro, la apagas y permaneces mirando tu reflejo en la pantalla negra. Mientras, la lluvia sigue golpeando tu ventana. Miras el reloj, sólo han pasado tres minutos. Ojeas esa revista vieja en la que no hay nada interesante, buscas desesperadamente algo que llame tu atención, pero terminas tirándola sobre la mesa. Por fin te das cuenta de que no tienes nada que hacer. Nada salvo salir y mojarte.

El viento estiliza las gotas de agua, las convierte en finas agujas que, suavemente, me apuñalan todo el cuerpo. Nado contra corriente y llego hasta el mar. Allí las olas se transforman en gigantes que estrellan su cabeza contra las rocas esparciendo sus sesos sobre el paseo. El viento apenas me deja avanzar, el agua apenas me deja ver. Nunca me había divertido tanto. Ahora comienzan los rayos, los truenos, es el mejor temporal de mi vida. Bailo con el viento que me quita la cazadora. Yo pillo la indirecta y me despojo de la ropa. Más rayos a lo lejos, más truenos. Si pudiera llegar hasta ellos… El mar me grita, ¡oye, que estoy aquí! ¿No vienes a bailar conmigo? Con todo lo grande que es se pone pelusón de su hermano. Sonrío y sigo bailando con el viento. ¡Oyeeee, que estoy aquí! No quiero enfadarlo. Me detengo, lo miro y me arrojo a sus brazos. Pero ya está cabreado y me arroja con ira a las rocas, convirtiéndome en espuma sobre el paseo.



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1 comentario:

aviadora de metal dijo...

Yo también quisiera morir así, es una bellísima forma de volver al sitio de donde venimos; no de la tierra, SINO DEL MAR...

Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
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ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

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