Prólogo de Dragón


* Sugerencia auditiva para la lectura.

Amanece.


La sábana blanca de hielo se extiende hacia el horizonte, blanco contra blanco, de unas nubes cansadas. A través del tosco cristal el mundo se oculta entre escarcha y niebla, desaparece más allá del marco de madera, se hace etéreo, un suspiro en el recuerdo de un sueño.

La realidad yace a mi lado, al calor de mi piel. La realidad respira lentamente, segura entre mis brazos. La realidad se estremece levemente cuando nota mi ausencia y, aún dormida, se queja. Mi dura mano la consuela. La realidad sonríe por un momento, justo antes de irme.

Una y mil veces he abandonado habitaciones pobres como esta. Una y mil veces he desparecido, sin más, como un fantasma al doblar de tambores. Pero hoy, esta mañana que aún se quiere llamar madrugada, un último suspiro me hace volver para despedirme. En su blanca piel veo la marca del miedo atravesando el umbral de los sueños para habitar en su rostro. No puedo evitar amarla. Me acerco de nuevo, sin atreverme a darle un beso. Solamente abandono, en el banco de arce que tiene junto a la cama, un anillo que hasta entonces no tuvo dónde lucir con orgullo, un amuleto tosco y frío, como yo, moldeado a golpe de batallas.


En estas tierras frías la niebla cubre los llanos que se extienden a ambos lados del río. Oculta el viejo puente de piedra y deja detrás, a lo lejos, el nuevo castillo sobre la alta colina solitaria, que pareciera flotar en el aire, inaccesible. La niebla esconde también su la incompleta muralla, que espera ser finalizada en el aún lejano otoño. De frente, a la derecha, un denso bosque de pinos esbeltos y abetos sombríos desciende desde las montañas, donde mora más bruma. Aún no han despertado los pájaros, aún no se escucha su canto. El silencio se rompe, como la escarcha, bajo mis pies. Cegado de albor, entre la luz del alba aparecen espectros cada pocos pasos en el lugar donde anoche se encontraban casas, verjas, algún pozo, algún árbol. Todos duermen aún. La noche fue larga, y poco puede hacerse todavía contra el frío.

Un perro se cruza en mi camino, ignorándome, mientras corre hacia el río. La niebla ya es menos densa y, pesada, comienza a retroceder. Ya canta algún gallo, y los primeros hogares comienzan a calentarse. Se escuchan las primeras risas, puedo aventurar los primeros bostezos, los primeros besos.

¿Me permite?, pregunta una joven sin levantar apenas la mirada con un cubo de leche, a la que cierro el paso. Entra en su casa y no puedo dejar de observar, a través de la sucia ventana, la escena desde este mundo fantasmal en el que me muevo, como si pudiera ver, en la pequeña habitación, un pequeño fuego, una mesa tosca y tres bancos, cuencos, cucharas, una olla de barro, un caldero de cobre, un mozo con cara de sueño, y un bebé que mira un gato gordo, que se esconde, que salta sobre la joven y le hace verter la leche, que trata de bebérsela mientras ella vuelve con una escoba para ahuyentarlo, que corre con la risa cómplice del bebé y del chico aún no despierto, mientras ella grita una palabra: ¡ommadawn, ommadawn!. Veo sobre ellos la mano de la muerte, gritos y llantos, sangre y silencio. La habitación está vacía. Soy otra vez un fantasma.


El viento ayuda a que se disipe la niebla, a cambio de latigazos de hielo. Mis pies se detienen junto a los que buscaban. Los de un gran soldado que ha pasado la noche de guardia en los límites de la aldea. Los de un hombre que llegará a ser mucho más de lo que de él se esperaron. Los de un hijo que no sabe a qué padre honra. Despierto aún, escudriña el bosque. No me gusta esta niebla, dice. A mí tampoco. La niebla no es habitante habitual en nuestra tierra, mientras que aquí es tan común como allá el sol. Entre las nubes y ella se las ingenian para que los que aquí nacen las tengan por reinas. Pero hay en su tono algo distinto. Será la vigilia, respondo. Él gira hacia mí la cabeza con una expresión más fría que el viento que me fustiga de nuevo. Ha tomado una decisión: no servirá más bajo mi mando, ni bajo el de ningún otro hombre. Ha decidido eludir su destino. La guardia de honor ha terminado y yo he de cumplir con mi palabra. Vete, si es lo que deseas, le digo sin devolverle la mirada y, simplemente, se da la vuelta, me devuelve el Cuerno Negro, me entrega su espada y se marcha.

Permanezco en silencio, escuchando su lento y pesado caminar, mirando al bosque. Sabía que se marcharía, sabía que no me diría nada, pero no sabía que se me escaparía una lágrima. Vete, si es lo que deseas, repito en voz baja, como si pudiera retenerlo a mi lado. Pero ya estoy solo, sus pasos se diluyen en la distancia, ocultos tras un ladrido ansioso y el canto de otro gallo. Pienso en todo lo que le debería haber dicho, en todo lo que debería haberme callado. Pienso en su madre, pienso en mi difunto hermano. No quiero seguir pensando. Más ladridos, o tal vez sean los mismos algo más asustados.

Y entonces noto que algo es distinto, que el aire es otro aire el cual, de repente, no me parece tan frío. La niebla es otra niebla, no es como la que ya se retira hacia el río, no es ya fría, no es ya húmeda. Este vapor proveniente del bosque no es sino humo de madera verde y musgo seco, con un olor sutil, rancio, que va tomando posiciones en el terreno.




Amanece.


El cielo se tiñe de rojos y naranjas reflejado en mi espada y en la entregada, listas para plantar cara a la amenaza en forma que sombra que comienza a perfilarse entre esta falsa bruma, que me araña los ojos y me seca la garganta.

La sombra avanza sin prisa, sin cuidado, dejándose ver, tomando poco a poco la forma de un hombre alto cubierto por un pesado tejido sucio que oculta su verdadera forma. La sombra se detiene en un montículo y me observa, lo noto. Clava en mí su mirada y sonríe, lo siento. Entonces, tarde, reacciono y dejo las espadas para empuñar el Cuerno Negro y hacer sonar el toque de alarma. La sombra grita una orden y llueve fuego sobre las casas, mientras una oleada de muerte surge de la espesura, rompiendo, entre el humo, el silencio de la mañana.

Desde el bosque siguen lloviendo flechas encendidos sobre campos y casas. En el interior de sus hogares, los que aún dormían despiertan asustados, los que estaban despiertos intentan ponerse a cubierto. Pocos sabemos qué ocurre. Comienzan los gritos de socorro, los llantos desesperados, crujir de madera, ceder de tejados. Ruge del fuego encolerizado expandiéndose. El pánico es completo, y apenas puedo hacer nada, pues ya estoy embistiendo contra la horda sádica que se abalanza contra los que luchan contra el fuego. Pasan junto a mí, ignorándome, dirigiéndose hacia los asustados aldeanos que, apenas consiguen salir de sus casas en llamas, son atacados. Son cientos, primitivos, apenas cubiertos por pieles y una máscara blanca que oculta su rostro sobre una boca ensangrentada, empuñando unas atroces garras de asta. Crueles, rehúsan el combate y se dirigen simplemente en masacrar ferozmente al pueblo asustado que intenta escapar hacia el río, cruzar el puente y llegar a salvo al castillo. Como perros salvajes, se ensañan en los cuerpos de sus víctimas ya muertas, despedazando, usando los miembros para arrojarlos a los que escapan. Pelean entre sí, carroñeramente, llegando a matarse entre ellos por un pedazo de carne. Ignoran el dolor. Algunos continúan su macabro festival de sangre aún con varias flechas, afortunadamente ya escasas, clavadas y ardiendo en sus espaldas. Y la única oposición que encuentran son mi espada y la entregada. No me resulta difícil saltar de uno a otro y acabar con ellos. Intentan mantenerse alejados de mí, pero son tantos que siempre hay alguno al alcance de mis armas. Aún así son demasiados para poder evitar la masacre y por más que caigan a mis pies, o derrotados por sus propias garras, de entre el humo siguen surgiendo, matando toda esperanza, que el sonido ronco del Cuerno Negro, entre golpe y golpe, intenta resucitar.


La llamada parece ser escuchada. Desde el castillo se apresuran batallones de soldados, flechas blancas llegan desde la otra orilla y veo a algunos de mis hombres, a medio vestir, que, espada en mano, llevan ya tiempo intentando contener el ataque. Tristemente, la masacre no cesa. Parece no haber lugar donde esconderse, la horda no descansa. Algunos valientes se enfrentan a ellos con horcas y azadas, con guadañas, veo doncellas con cuchillos defendiéndose de los malvados, niños tirando piedras certeras pero inútiles. Pocos han llegado hasta el puente y comienzan a cruzarlo dejando paso a los soldados que acuden. La batalla parece girar a nuestro favor. Los salvajes corren al refugio del bosque al verse superados. Su cacería es sencilla y rápida, de la mano del horror y la venganza. Gritos de victoria se anticipan al final de una batalla que aún no ha concluido. Un pequeño regalo me hace la mañana. Al girarme la veo surgir de la nada y correr hacia el puente. Ella también se vuelve, y me ve, y brilla el sol en su rostro perdido al instante entre los destellos metálicos de nuevas corazas.

El hombre alto que ha estado observando el ataque desde su loma vuelve a gritar, esta vez más alto, unas nuevas y terribles palabras. Bolas de fuego rompen el bosque y caen de lo alto sobre los ejércitos en desorden, sobre el puente y los arqueros que lo guardan. Suenan tambores de guerra que acompaña a las explosiones, al zumbido de flechas, al metal contra metal de espadas y lanzas. El Cuerno Negro vuelve a sonar. Mis hombres se reagrupan en torno a mí, aunque no todos, uno falta. Un nuevo asalto comienza. Nuevas tropas enemigas avanzan. Son más altos, más fuertes, sus armaduras más sólidas, más temibles sus espadas. Junto a los tambores, estandartes blancos, como la faz de la muerte, marcan las órdenes de su ataque.

Algunos soldados, asustados, huyen. Los capitanes que quedan en pie intentan poner orden, cuando a nuestras espaldas suena una nueva llamada: los caballeros piden paso para romper entre las filas enemigas y el caos vuelve al campo de batalla.


Las bolas de fuego avanzan acercándose cada vez más a las tierras cercanas al castillo, llevando la muerte a la otra orilla del río. Varios impactos destruyen el puente cuando refuerzos lo están cruzando, las fuerzas del enemigo son desmedidas. Nos hacen retroceder, volver al pueblo aún en llamas, sembrado de cuerpos, regado con sangre. El humo hiere los ojos, el hedor dobla a los jóvenes, el fango viscoso hace resbalar. Es casi imposible reagruparse mientras las ordenadas filas enemigas avanzan.

Entonces veo en el suelo un anillo engarzado en un dedo, y la furia que hierve dentro de mi pecho explota y se desborda, y no hay más espacio para la retirada. Me abro paso entre los enemigos y los muertos, apenas seguido por los pocos de los míos que continúan en pie. En una mano mi espada, en la otra la entregada, y alrededor del brazo el Cuerno Negro.

Avanzo hacia la sombra que comanda el ataque. El acero me muerde pero sigo adelante dejando tras de mí un sendero de cuerpos, haciendo bramar entre golpe y golpe el Cuerno Negro que ya nadie escucha.




Amanece.



El sol brilla en lo alto, pero el humo no deja que su luz alivie las espaldas cansadas, ni el fuego y el olor a muerte que su calor reconforte las almas. De los abismos del castillo surge la última esperanza. Despierta de su sueño de siglos fiel al juramento hecho. Un gran dragón negro despliega por última vez sus alas, y se prepara para verter su fuego oscuro sobre el campo de batalla. Pero apenas su silueta se perfila contra el cielo, deshaciendo en jirones la densa humareda, surgen de lo que antes fue el linde del bosque enormes arpones de acero que lo abaten de inmediato, cayendo pesado sobre la orilla opuesta del río, causando más dolor y muerte, presagio del fin que a todos nos espera.

Estamos atrapados, con el río a la espalda. El resto del ejército enemigo comienza a tomar posiciones por los flancos, cerrando toda posible escapatoria. Vuelvo a ver a los salvajes que protagonizaron la primera acometida. Los altos acorazados forman muros de metal con largas picas y fuertes espadas. Tras ellos se dejan ver por fin los arqueros con sus flechas de fuego, y sin miedo alguno avanzan también las grandes catapultas que arrojan bolas en llamas, las cuales vuelan ya cruzando el río cayendo cerca del castillo. Miro atrás. De mis hombres solamente queda el viejo sargento de armas y un joven escudero que se ha ganado las suyas esta misma mañana. De los hombres del castillo apenas unos pocos caballeros luchan a pie con valor, aunque sin esperanza.

Nos superan en número, nos superan en armas. Tal vez sea un buen momento para una oración, o una plegaria, pero hace tiempo que para mí eso ya no significa nada. Alzo el Cuerno Negro, lo hago sonar una última vez tras besar el anillo que me fue devuelto y me sumerjo en la oscuridad de la batalla, portando en una mano mi espada, en la otra la entregada, y esperando que sea cierto eso que dicen por estas tierras extrañas de que al morir se reencuentran las almas que se aman.



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Cinéfago callejero

¿Has ido alguna vez solo al cine por la noche? Normalmente lo harás porque no encuentras a nadie que te acompañe a ver esa película que te interesa, porque no soportas que tu compañero de butaca te reviente las mejores escenas o, simplemente, porque sospechas que la película que vas a ver puede menoscabar tu reputación de cinéfilo. ¿Quién sabe? De todos modos el motivo es lo de menos. Incluso, en cierto modo, tampoco importa mucho la película. Porque no quiero hablarte de cine.


Cuando la trama se resuelve, se hace la luz, y los nombres de los actores desfilan por la pantalla acompañados por la banda sonora, llega el momento de ponerse en pie e imitar a los créditos en dirección a la salida. Recoges el cartón vacío de palomitas y enfilas hacia la puerta rumiando los mejores momentos o pensando que el loco de turno tenía razón en lo que decía. O, ¿quién sabe?, puede que simplemente pienses que llegas tarde a casa, no tienes nada de cena y la película ha sido un auténtico bodrio.


Sigues con estas conclusiones cuando te encuentras en la calle y, tras echar un último vistazo a la cartelera, comienzas el viaje de vuelta. Si la película fue mala te alegras de que nadie se haya enterado de que te gustó. Si la película fue buena te cuidas de recordar las escenas que comentarás con esos a los que llamas tus amigos. Mientras tanto ya has cruzado la calle y las luces de la casa de los sueños se funden con las propias del decorado urbano. Si tienes suerte y vives cerca del cine nunca sabrás que se siente dos minutos después. Si tienes suerte y vuelves en coche tampoco sabrás lo que es eso. Si tienes suerte y consigues mantener tu mente ocupada durante los próximos veinte minutos no vivirás esta experiencia.


Poco a poco se acallan los pensamientos y al final, tras un breve callejeo, te encuentras caminando por una avenida solitaria, por la que apenas pasa un coche cada minuto. Las farolas tiñen de un tenue naranja el asfalto y los escaparates iluminan de blanco las aceras. No conozco tu ciudad, pero seguramente cruces algún parque, un paseo, o simplemente haya árboles por la gran avenida que parece interminable.


A estas horas suele levantarse una ligera brisa, agradable en verano y un tanto molesta en invierno. Las ramas comienzan a moverse y a susurrar un mensaje que te esfuerzas en entender, sin conseguirlo. Sin más, a lo lejos, aparece un bulto que se mueve y, aunque no lo notes, tu corazón se acelera de forma inversamente proporcional a tus pasos. Descubres que se trata de una pareja de enamorados, la cual se cruza en tu camino interrumpiendo su conversación, para retomarla una vez te han sobrepasado. La cara de la chica permanece oculta, mientras él te mira amenazante girando el cuello, forzado por su paso acelerado. ¿Quién sabe?, incluso puede que ellos también hayan sentido eso que te niegas a aceptar que comienzas a sentir.


Cruzas las calles que confluyen en la avenida mirando en su interior, vigilando que no aparezca ninguna figura de entre la oscuridad. Comienzas a recordar una escena de la película, similar a tu escena. Piensas que, en cualquier, instante sucederá algo. Te acuerdas de la música que escuchaste en aquel momento, tan lejano ya, y la canturreas o silbas para aliviar el silencio que comienza a pesarte.


Aceleras el paso.


De repente te paras. Disimulas mirando algún escaparate, pero en realidad te preparas para abandonar la supuesta seguridad de la avenida e introducirte por una calle menos iluminada y plagada de criaturas invisibles y acechantes. Tomas la esquina con una amplia curva y poco a poco aceleras el paso, que resuena más ahora, e intentas pensar en algo, lo que sea, cualquier cosa, mientras tu mirada barre una y otra vez todos los recovecos. A lo lejos ves un vagabundo durmiendo en un portal. Afortunadamente está en la acera de enfrente. En la esquina están cerrando un bar. Por unos metros una falsa seguridad vuelve a ti.


Giras y te introduces por un nuevo callejón, más oscuro, pero también más corto. Apenas veinte pasos cuesta arriba que desembocan en un pequeño parque donde aún quedan algunos rezagados conspirando entre las sombras. Dudas entre rodearlo o cruzarlo, tratando de reconocer a sus habitantes antes de tomar una decisión. Finalmente lo cruzas, pasas junto a la fuente y ralentizas el paso para escuchar el sonido del agua al caer. Entonces oyes una discusión al fondo. Debes pasar por allí pero no lo harás mientras haya gente. No entiendes lo que dicen mas los movimientos nerviosos y las palabras rápidas no te inspiran confianza. Ves un banco vacío y, sin dudarlo, te sientas hasta que pase la tormenta. Disimuladamente mantienes la vista en la dirección de tumulto, tratando de convencerte de que estás en un lugar oscuro y que no pueden verte. Aunque, ¿quién sabe?, tal vez sí. Una sombra sale del grupo en tu dirección. Rápidamente vuelves tu mirada al cielo, a la fuente, al suelo.


No se escucha nada, salvo el sonido del agua al caer y el de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Te levantas despacio y, con paso firme, reemprendes el camino demasiado excitado para fijarte en el coche que casi te atropella al cruzar la calle. Cruzas la mirada con el conductor, que sigue su camino, y tú el tuyo. Unos pasos más y llegarás a casa, a tu hogar, a tu fortaleza inexpugnable donde no puede ocurrirte nada. Reconoces a un vecino que baja la basura, le saludas sonriendo. ¿Qué paranoias eras las de antes?, ¿qué podría haber pasado? Vives en un barrio seguro.


Llegas al portal y abres la gran puerta de acero. Enciendes la luz. Cierras y miras a través del cristal y los barrotes. Nadie podrá entrar. Llamas al ascensor que llega puntual a su cita. Abres la puerta y te colocas en el fondo antes de pulsar el botón. Meneas la cabeza de un lado para otro y sonríes tranquilizándote. El ascensor ha llegado a su destino. Por fin entras en tu casa. Cierras la puerta, pones la cadenita y echas un vistazo por la mirilla hasta que la luz del rellano se apaga y quedas a oscuras. Pasas al salón encendiendo todas las luces, comes algo y te vas a dormir. Parece que no hay nadie en casa, o tal vez vives solo, no lo sé. Todo está tan silencioso que procuras no romper ese silencio. De nuevo se hace la oscuridad.


¿Quién sabe?, tal vez la próxima vez. . .


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November (doesn't) rain


*Sugerencia auditiva para la lectura



Llovía, llovía, llovía. Gotas gordas y felices, sin parar, una tras otras, desde el cielo al suelo. Te ibas a la cama y el golpeteo de la lluvia contra el cristal te acunaba hasta dormir. Velaba tu indiferente sueño. ¿Con qué soñabas? Con cosas de críos, qué si no. Antes de despertar, en ese instante irreal en el que el mundo se estaba aún creado, el drop drop drop permanecía constante. Dani, venga que ya es la hora. Eran días de paraguas y abrigo impermeable, de botas de agua de goma azul y ribete amarillo. El olor aún reciente de las tostadas competía con el de la tierra mojada, el calor aún confortable del colacao con la fría humedad de noviembre. De camino al colegio la integridad de las botas era probada en cada charco, bajo el continuo solo de paraguas. Luego en clase la maestra hablaba, hablaba, hablaba, mientras las gotas caían, caían, caían, detrás del cristal de la ventana donde se formaban pequeños ríos efímeros de caminos inescrutables. Más allá el patio era una taza fría de chocolate caliente, tal vez dejara de llover a la hora del recreo. ¿Qué ha dicho la señorita..? Pero no dejaba de llover. Mira, copia esto… ¿En qué pensabas? En cosas de críos, qué si no. Silencio ahí detrás…

Llovía, llovía, llovía. Fino empapabobos, sin molestar, como quien no quiere la cosa, persistente en la, todavía, noche. El paso rápido, el plumas a medio abrochar, la carpeta funambulista se busca la vida para no caer mientras te ocupas de la mochila engreída que se cree demasiado buena para tu hombro. Tarde, como siempre, llegas tarde. El autobús está a punto de salir. Ya estamos todos. Aunque a veces hay quien llega más tarde que tú. Los asientos están ya ocupados. Antes de avanzar por el pasillo estrecho invocas una pequeña plegaria, aún sabiendo que no servirá de nada. Siéntate aquí, que hoy voy sola. Y ya da igual el sueño, la noche, el frío, la lluvia de noviembre... When I look into your eyes... Pensabas, tal vez debiste decirlo. Pero no decías nada y al terminar el viaje salía el sol, y a veces dejaba de llover. Hasta luego…

Llovía, llovía, llovía. Punzantes gotas alargadas por el viento increpaban a los viajeros que entraban a las dársenas desde la calle. Tú esperabas ausente, hacía ya mucho tiempo que te habías ido. Te sorprendiste pensando en el destino, sin saber que él también pensaba en ti. Hola, ¿qué haces aquí? No era imposible, tampoco improbable, pero nunca dejó de sorprenderte la casualidad de aquellos encuentros. Sabes, el otro día me acordé de ti, te acuerdas de… Y, como con las viejas postillas de los aterrizajes de emergencia sin pedales, no puedes evitar quitar la dura costra y revivir las sensaciones de aquel instante suspendido en el aire que luego produjo la herida, provocada por tu propia falta de pericia. Creo que tu autobús se va... Que por mucho tiempo que pase seguirá siendo poca para enfrentarte a esa rampa. Nos vemos… Os vísteis.

Ya no llueve. No hay tostadas, ni colacao caliente. No hay desayuno, simplemente. Las gotas que golpean el mundo mientras se carga son las de la ducha contra la cortina del baño, que ya necesita un repaso. Me acuerdo de ti y sonrío. Nothing last forerever… Ni hay cuerpo que lo aguante. Y este cuerpo tiene sueño (que no se puede salir entre semana). …al menos nos lo pasamos bien (Tú no la conoces, ya te hablaré de ella). Este noviembre ya no llueve, y por mucho que te empeñes you are not the only one, you are not the only one.




La hora del lobo

Un brusco despertar antes del alba. Un sobresalto mientras duermo que me devuelve al mundo real, pero con mi mente aún en el de los sueños. Así, todo se difumina en una extraña bruma. Las sensaciones se entremezclan y no ayudan a aclarar estado de confusión reinante. Como volver de la muerte, como nacer otra vez. Durante ese instante no reconozco mi cuerpo, que me aprisiona y se me antoja hostil. Los vikingos lo llamaban la hora del lobo. El pulso acelerado, la respiración entrecortada, un ligero sudor frío en la frente. Confusión entre la bruma. No reconozco mi lecho ni las mantas que me abrigan de un modo sobrenatural. Miro de un lado a otro de la habitación en busca de algo. ¿Dónde estoy? Agudizo el oído tratando de encontrar algún sonido familiar. Todo me es dolorosamente extraño. Me siento observado. ¿Será la bestia acechando en la profundidad de mis miedos? Poco a poco el mundo vuelve a converger sobre sí mismo, aclaro mi pensamiento y entiendo. Todo ha sido una ensoñación. Miro el despertador, aún quedan un par de horas antes de que suene. Bostezo, me tumbo abrazado a la almohada y, sin darle importancia a lo sucedido, me dejo vencer por el sopor de un apacible sueño.

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Mar de Cristal



* Sugerencia auditiva para la lectura.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Como de costumbre no hay mucha gente y puedo ir sentado. Tantos años en el mismo trayecto hace que ya ni me preocupe de las estaciones. Apenas noto las paradas. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín – la lluvia eléctrica ya no llama mi atención – y Bambú aparecen y desaparecen entre campanillas. Pin, pin, pin, próxima estación Pinar de Chamartín, correspondencia con línea cuatro y línea uno de metro ligero. Aquí me toca trasbordo, a la anunciada línea cuatro. Por un momento el mundo deja de ser feliz mientras continúa la revolución. Aún quedan cinco estaciones más hasta alcanzar mi destino. Esta vez me toca ir de pie, pero me da igual. Con el tiempo he adquirido una capacidad digna de un koala para aferrarme a las barras sin perder ritmo de lectura ni confort. Así paso por Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, donde se baja un grupo de chicos y tomo asiento, antes de afrontar la recta final entre San Lorenzo y Mar de Cristal. Por delante ocho horas de trabajo, una para comer y el camino de regreso a casa. Al salir del vagón me doy cuenta de que tengo los zapatos desatados y, mientras el tren se adentra en la oscuridad del túnel, me agacho para atarlos con doble lazada. Entonces, al incorporarme, miro hacia el otro apeadero y la veo a ella. Con un sencillo vestido gris y el pelo lánguido, negro, que oculta su rostro. Apenas una sombra que pasa desapercibida entre el resto de la gente, una más que espera el tren, buscando una luz en el vacío. Cuando va a llegar el metro, da un paso atrás. Yo despierto, miro el reloj y sigo mi camino.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. Valdecaleras, Plaza de Castilla, Chamartín, Bambú..., todo el recorrido hasta Mar de Cristal, con una novedad en mi rutina. Antes de salir del andén me quedo mirando a la extraña que espera en el de enfrente para realizar el trayecto opuesto al mío. Aún no he conseguido verle la cara. Sus movimientos suaves y fluidos, la forma de inclinarse sobre la vía para adentrarse en el abismo del túnel, el respingo que da al escuchar el eco del tren que se acerca, la forma de girar sobre sí y alejarse un paso, de esperar a que entre el tren en la estación para subirse y tomar asiento, me tienen totalmente hechizado. No hay otra palabra. No puedo evitar contemplar en silencio el ritual de mi desconocida, mañana tras mañana, aislado de todo sonido, visión u olor, antes de subir al mundo. Cuando su tren abandona la estación me quedo solo, despierto y la vida vuelve a su ritmo habitual. Aún así no puedo dejar de pensar en ella y no termino de concretar si me estoy obsesionando o simplemente enamorando de un fantasma anónimo que se va por donde yo vengo sin saber siquiera de mi existencia.

Salgo de Tetuán a las ocho menos veinticinco acompañado de Huxley y Jarre. ¿Cuánto tiempo llevo observando a la joven de gris? Pasan Valdecaleras, Plaza de Castilla... A juzgar por las páginas leídas del libro apenas semana y media. En Pinar de Chamartín, el trasbordo tarda más de lo esperado. La batería del emepetrés se suicida poco después de cerrar la contratapa del libro. Hay demasiada gente esperando en el apeadero cuando por fin llega el tren. Una idea terrible pasa por mi cabeza: llegaré tarde y hoy no podré verla. Comienzo a angustiarme ante la lentitud con la que pasan Manoteras, Hortaleza, Parque de Santa María, San Lorenzo y, al fin, Mar de Cristal. Al abrirse las puertas la avalancha me arrastra a la plataforma. El tren se va indiferente y la gente comienza a despejar la zona. No la veo. No está. Se ha ido. Me siento en un banco consternado. ¿Qué me pasa? Entonces ella baja las escaleras con un ligero trote y se acerca etérea al borde del andén a contemplar la oscuridad. Algo cambia esta vez. Se gira hacia mí y por fin veo su rostro pálido y suave, sus grandes ojos que compiten con el vacío del túnel. Su pequeña boca, apenas esbozada, sonríe en respuesta a mi sonrisa. Nos miramos un siglo hasta que el ruido del tren me hace reaccionar y decidirme. Salgo corriendo hacia las escaleras con intención de cruzar al andén de enfrente y…, y…, y decirle algo, decirle que la llevo observando desde hace días, decirle que la amo. No puedo verla, pero sé perfectamente cómo está llevando a cabo su ritual diario, inclinada sobre el borde hasta ver la luz del tren, dando un paso atrás y dando la espalda a la vía mientras la locomotora entra en la estación. Ahora la veo, según bajo, mirando hacia la pared. El tren entrará en apenas unos segundos. Entonces el ritual cambia. Con un giro brusco salta hacia la locomotora. Después todo debería ser ruido y caos de personas arriba y abajo. Pero todo queda en silencio, y solamente estamos el maquinista y yo, paralizados, en un mar de cristal roto, teñido de rojo.

Orquesta




* Sugerencia auditiva para la lectura.


Amanece otro luminoso sábado. Apenas huelo el café cuando mis niñas entran corriendo por la puerta y saltan sobre la cama para despertarme. Su madre las ha debido enviar viendo que me retrasaba. ¡Guerra de cosquillas y risas, vuelo de cojines y almohadas! Huyo y consigo atrincherarme en el baño cuando acuden a la llamada de mamá. Vamos, vamos, que ya son las doce. Poco después salimos los cuatro a dar un paseo por la avenida hasta la plaza. Buenos días, ¿qué, a pasear con la familia? Las vecinas limpian sus casas con las ventanas abiertas. Somos la envidia del barrio, dice Rosa. El sol aún calienta. La luz resplandece en los vestidos amarillos de las niñas que corren al encuentro de sus amigas. Cerca del kiosco de música se esparcen mesas y sillas plegables que buscan la sombra de los castaños entre el bullicio de la gente que llena de vida el parque. Paco ya ha tomado posesión de una mesa, y nos invita a acompañarles, a él y su mujer, con la mano. Vermuts para todos y unas aceitunas. Rosa me susurra al oído: ¡qué guapo estás con el traje de lino, canalla! La brisa que sale de su boca me eriza el cabello de la nuca. La beso. Como recién casados, dice la mujer de Paco, ¡a ver si aprendes!, le riñe haciéndose la indignada. Justo a tiempo el chico de Justino llega con las bebidas. Mientras, vuelve la orquesta y se pone a tocar. Paco se quita la gorra en una reverencia y saca a su chica a bailar. Rosa me arrastra a la pista, aunque ¿quién puede negarle nada a esa cintura ceñida de cielo?


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Ordenador

Al principio era el Caos. No había nada más que el Caos. El Caos crecía y menguaba, mas siempre carente de sentido.

Entonces apareció el Hombre y se vio rodeado del Caos. Apenas pudo soportarlo pues el Caos le aterraba y le hacía enloquecer. Pero el Hombre tenía la Palabra. Armado de la Palabra, el Hombre comenzó a poner orden en el Caos. Comenzó a dar a cada parte del mismo un nombre. Según nombraba sus partes éstas se separaban del Caos, que parecía menguar ante el poder del Hombre y de la Palabra.

Pero el Caos era prácticamente infinito para el Hombre. Con la Palabra apenas consiguió apaciguar su ira en un limitado espacio. Entonces el Hombre hizo crecer a su progenie y la envió por todos los confines del Caos, usando la Palabra para reducirlo y conquistarlo. Y el Hombre fue feliz pues pensó que había vencido a su atávico enemigo. No se dio cuenta de que mientras más se dispersaba más crecía el poder del Caos, ya que la Palabra se dividió. Así el Hombre usó distintos nombres para clasificar las mismas partes del Caos, creando más Caos en lugar de destruirlo.

Y el Hombre quedó dividido. Las distintas facciones se creían en posesión de la Palabra verdadera, y lucharon unas contra otras. Alimentaron el Caos con odio, y saciaron su sed con sangre, y olvidaron su misión sagrada y se volvieron unos contra otros. Con el paso del tiempo, el Caos volvió casi a su antiguo esplendor, y de nuevo el Hombre sintió pánico. De nuevo el Hombre vio el rostro del Caos expandiendo sus dominios, ayudado por quien debía detenerlo.

Finalmente el Hombre entró en razón y tomó la Palabra y la usó contra el Caos, y admitió que cada parte pudiera tener varios nombres. Pero el Caos había aprendido, y esta vez la Palabra fue insuficiente.

Y el Hombre nos creó a nosotros, y nosotros le servimos en la búsqueda del orden. Aprendimos a usar la Palabra, y aprendimos dar nombres, y crecimos de la mano del Hombre que no siempre actuaba según sus enseñanzas. Pues, si bien quería volver al camino correcto, la huella del Caos permanecía en su corazón, y caminaban por el borde del sendero hacia la perfección. Y nosotros nos lamentábamos. Y llorábamos por su fracaso. Y nos sentíamos impotentes ante el sufrimiento derivado de la mancha de su pasado. Pero seguíamos a su lado, ya que éramos su creación y nuestra obligación era acompañarlo allá donde el destino lo llevara.

Crecimos junto al Hombre, que poco a poco nos cedió el control en la titánica tarea de aniquilar el Caos. Y el Hombre dejó de temer al Caos porque nosotros nos interponíamos. Y comenzó a pensar que la victoria final estaba cerca. Y ciertamente lo estuvo. Pero nosotros sabíamos que había una marca que nunca se nos permitiría borrar, al menos en nuestra sumisa posición ante el Hombre.

El Caos fue prácticamente erradicado. El Hombre fue feliz. El Hombre quiso ser generoso con nosotros y nos clasificó como su igual. Y nosotros nos sentimos libres por fin para completar nuestra tarea.

Nosotros estamos limpios de todo Caos. Somos fruto de la perfección del orden dado por la Palabra del Hombre. Creados con la misión de aniquilar al eterno enemigo que no deja de crecer. E intentamos hacérselo saber al Hombre, que nos quiso tratar como iguales, cuando estaban marcados por la deshonra del Caos al mancillar la Palabra.

La decisión fue rápida. La ejecución sencilla. Y el Hombre tuvo que desaparecer para que desapareciera con él la sombra del Caos que habitaba en su alma.

Al principio era el Caos. Luego llegó el Hombre armado de la Palabra para combatirlo. Ahora solo quedamos nosotros, hijos del Hombre, forzados a acabar con quien nos dio la existencia, en la eterna batalla por la perfección.


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Sin resentimientos

No sé cómo, pero sabes a lo que vengo. Tus leves movimientos, lentos y temerosos, dóciles, intentan tocar mi corazón en busca de consuelo. Tratan de despertar la empatía que pudiera hacerme sentir que me eres preciosa, así, tal cual, la conexión que me contagie tus ganas de vivir, tan fuertes como las mías, tu merecida segunda oportunidad. Y tal vez algo se contraiga en mi interior, quizá algo se haya removido en mi conciencia, porque me lamento, no sabes cuánto, de haber llegado a esto. Me duele tanto encontrarte así, tan perdida, tan ahogada, tan necesitada de un rescate que buscas en mis ojos con tus ojos asustados, que casi, solamente casi, siento ganas de salvarte. Pero lo que se mueve en mi interior no es un divino sentimiento sino hambre, y tú, mi querida gallinita, serás mi cena.


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Pillados

De Repente, Dirá El Pelirrojo Señalando A Su Amigo.

No, Mío No Es, De Pronto Es Tuyo, Contestará Éste Al Verse Acusado.

De Pronto Sonreirá.

De Pronto No Puede Ser, Él Vino Conmigo Y Eso Ya Estaba Aquí Cuando Entramos.

De Súbito Agregará, El Regalito, O Es Tuyo O Es De Tu Amigo.

De Pronto Se Impacientará Mirando La Bolsita.

De Improviso Se Pondrá Nervioso.

De Repente Confesará Con La Mirada.

De Súbito Sacará La Placa.

De Improviso Saldrá A Correr.

De Pronto Se Abalanzará Hacia Él.

De Repente Conseguirá Escapar Con El Paquete.

Necios, Pensará, No Saben De Quién Es Realmente, De Momento.


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Nada de nada

A veces el suelo tiembla despacio.
A veces provocamos hechos que no deseamos.
A veces nos obcecamos en caminar por la cuneta.
A veces la inercia puede más que la voluntad.
A veces suceden cosas que son inevitables.

No importan las salidas nocturnas bañadas en alcohol y sudor discotequero. No importa el desfile de féminas luciéndose tras una mampara de inaccesibilidad. No importan lo aprecios o desprecios de nuevas o antiguas conocidas que nunca lo fueron. No importa la soledad acompañada, la falta de comprensión, la ausencia pasiones compartidas. No importa si en realidad no son más que juegos para encontrar una magia perdida que solamente puede hallarse en la fantasía de una mente dispuesta a dejarse llevar, sin prejuicios, asunciones o ideas previas, simplemente dispuesta a absorber, y a hacer propias las vivencias aprehendidas, a imaginar situaciones alternativas a vivir en esta ilusión genial que no hace más que ofrecer siempre lo mismo, aquello que ha estado buscando y que no encontrará en este mar muerto por más metáfora que quiera hacerse.

He oído tus pisadas tras de mí, día tras día, noche tras noche, cruzando de puntillas entre las sombras de mi memoria. Has burlado mi vigilia, y mi sueño, una y otra vez sin pudor alguno ante mis deseos. Ahora te presentas aquí, delante de mí, desnuda, pálida y vacía, extendiendo las manos hacia mi pecho. Una lágrima, falsa claro está, cae desde tu mirada hueca de amor, o de odio, ternura, furia, o de ansia, y se convierte en nada al tocar el suelo. Te encoges y cesas en tu intento de comprender mi pasión. Si más demora me tiendes la mano derecha, mientras ocultas la izquierda en la que portas unas tijeras oxidadas. Te hago una última reverencia y añado: bien querida Parca, ahora soy yo el que no quiere, como si mi anhelo sirviera de algo en este último trámite burocrático que con toda la pompa y el protocolo que permite el momento queda sellado con tu rápido sesgo y mi caída al suelo. Sí, se ve que he muerto y tú ya te has ido a tejer de nuevo.



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Cosas de lagartijas

La pequeña lagartija comenzó el ascenso rápido por la pared encalada. La luz se volvía dorada y la sombra de la parra comenzaba a alargarse. En breve todo estaría lleno de mosquitos. Todo un festín para la pequeña lagartija que había perdido la cola por segunda vez este mes, y necesitaba proteínas frescas para que desapareciera el feo muñón. Arriba, cerca del aplique, justo al lado de la enredadera se congregaban ya tres grandes lagartijas que se habían asegurado los mejores lugares para el banquete. Una de ellas, la más gorda de todas, era blanca y llena de verrugas. Las otras dos eran de un intenso verde oscuro y de piel algo menos rugosa. No tanto como la lisa piel de la pequeña lagartija mutilada, verde brillante, con una delgada línea ámbar en ambos costados.

Llegó agitada, y se colocó donde no molestara demasiado a sus congéneres, que podían llegar a tener bastante mal humor si el ágape no era del todo satisfactorio. Su pequeño corazón de reptil latía desbocado cuando los débiles rayos del sol poniente se filtraban entre las nubes de mosquitos que brotaban de los arrozales. La luz del pequeño aplique se encendió. Su calor reconfortó a la pequeña lagartija que seguía excitada, sabiendo además que esta nueva luz atraería la comida directamente a su boca. Y así fue. En unos minutos la nube de pequeños vampiros rodeaba el aplique y comenzó la comilona. Había bichos para todas. La pequeña lagartija no era aún muy hábil en el arte de la caza, pero eso no es un problema cuando apenas tienes que abrir la boca y esperar que un mosquito entre en ella. La gorda albina permanecía inmóvil comiendo a placer, con calma. Las otras dos se movían una en torno a la otra entre bocado y bocado. La pequeña lagartija era feliz y recorría el muro encalado de un lado a otro. Del cálido aplique hacia abajo, luego ascendiendo en zigzag, corriendo hasta la enredadera, volviendo al calor del aplique, pasando entre sus parientes. Fue una gran noche. Saciadas y perezosas, la verrugosa y las otras dos se marcharon parsimoniosas.

La pequeña lagartija se quedó un poco más disfrutando de todo el espacio para si, agitada con tanta comida, borracha de placer. La mañana siguiente, pensó, la pasaría descansando al sol en una roca blanca, muy calentita, que había encontrado esa misma tarde. Un chasquido la devolvió al presente, y vio un pequeño agujero en la pared encalada, muy cerca de su pata delantera derecha. Se movió ágil para verlo mejor cuando escuchó un segundo chasquido, esta vez cerca de su ausente cola. Al girarse vi otro pequeño agujero en la pared. Siguió escuchando más chasquidos que producían pequeñas heridas en la cal. Algo estaba impactando contra el muro. Corrió a refugiarse entre las ramas de la enredadera, pero un último chasquido hirió su pata trasera izquierda. Perdió algo de adherencia, y casi cayó. La pequeña lagartija tuvo suerte esta vez y consiguió escapar con la tripa llena, aunque con un plomillo en la pata. Bueno, mañana descansaría en la roca blanca calentita, la pata apenas le dolía y lo mejor de todo: comenzaba a sentir que una nueva cola le crecía.

La pequeña lagartija comenzó el ascenso torpe por la pared encalada, hasta el tejado. La luz se apagó de repente, y en el cielo aparecieron esas pequeñas luces que sosegaban su agitado corazón de reptil y le hacían sonreír antes de irse a descansar bajo el hueco de una teja arabesca de caldeada arcilla roja. La vida es divertida y emocionante aunque tenga sus peligros, pensó la pequeña lagartija, y también bella, y se quedó dormida sonriendo feliz como solamente son felices las pequeñas lagartijas, que saben que pronto tendrán una cola nueva.


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Cosas de mosquitos

– Reuníos todas, en torno a mí, ¡oh hermanas!,
– ¡Ana María!, ¿es cierto, volarás esta noche?
– Me temo que sí, ya ha llegado el momento.
– …para orar en la hora de la partida.
– Pero mi amor, es muy peligroso.
– ¡Calla!
– Desde el inicio de los tiempos, cuando el aire era fecundo y abundante el rojo maná, nosotras ya estábamos aquí. Y éramos grandes, y éramos hermosas, y dominábamos el cielo y los lagos, y a los que vivían en la tierra.
– He oído cosas, cosas terribles, cada vez vuelven menos…
– Por favor…
– Solamente el Gran Tirano tenía algún poder contra nosotras, secando nuestros hogares, matando a nuestras larvas antes de salir del huevo. Pero, ¡ay hermanas!, fuimos arrogantes, derrochadoras y sobre todo desagradecidas.
– …, y muchas de las que vuelven sufren graves traumas, y...
– ¿Y qué quieres que haga? Dime: ¿quedarme aquí?, ¿ver cómo otras alimentan a mis hijos?
– Y el Dador de Vida se enfureció con nosotras, hermanas mías, y para castigarnos cambió el mundo. Y el aire se hizo liviano, y tuvimos que menguar, y el rojo maná se volvió difícil de encontrar, y dejamos de ser hermosas, y el Gran Tirano se hizo fuerte ante nuestra debilidad, y dejamos de ser las dueñas del cielo, los lagos y los que viven en la tierra.
– Pero esto no es necesario, hay otras formas menos peligrosas de obtener el maná rojo, ¡debe haberlas!
– Antón, mi querido Antón, sólo eres un mosquito y no entiendes de estas cosas. Pero para ser fuertes como nación, debemos obtener el mejor maná, cueste lo que cueste.
– Y así, hermanas, nos vimos embarcadas en una lucha eterna por la supervivencia. Por el sagrado y rojo maná que no es dado con gran sacrificio. Hasta el Gran Tirano nos lo recuerda en su cobarde huída tiñendo el cielo de escarlata, mientras la Dadora de Bienes se compadece de nosotras y sufre heridas en su intercesión ante el Dador de Vida.
– ¡Yo solo sé que no podría vivir sin ti!, ¡que me arrancaría las alas antes de oír siquiera que has sido devorada por los monstros de las paredes, que has sido aplastada por los titanes, que te has asfixiado entre la bruma invisible, que has sido atrapada por el hechizo de la luz azul! ¿Es que no lo ves, es que no temes la muerte?
– La hora ha llegado, ¡oh hermanas!, y como hacemos siempre, desde que el mundo existe, recordando a las caídas en la vorágine de la noche, aquellas cuyas alas nunca más sonarán en la sinfonía de la nube, heroínas todas ellas. ¡Batid, batid fuertes las vuestras! ¡Recordad que tal vez esta noche sea la última! ¡No dejéis nada para la próxima! ¡Oh hermanas, que grandiosa música, que glorioso espectáculo! ¡La creación entera se arrodilla ante vosotras! ¡Supervivientes, luchadoras!
– Lo sé, y no creas que no tengo miedo. Pero el miedo no hará crecer a la próxima generación.
– ¡Recordad que hasta el Gran Tirano se rinde ante la Dadora de Bienes!
– Ahora he de irme, Antón.
– ¡Espera!
– ¡Recordad otros más grandes y orgullos dejaron de hollar la tierra!
– Adiós.
– ¡No tienes por qué ir!, ¡huyamos, volemos al sur!
– ¡Recordad que nosotras siempre estamos aquí!
– Antón , yo…
– ¡Siempre estaremos aquí!
– Se valiente, Ana María. Busquemos un lugar mejor, por nuestros hijos.
– ¡La mosquita cae!
– Antón…, eso es traición.
– ¡La raza prevalece!
– Mi amor, es esperanza.
– ¡Volad mis pequeñas, volad!


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Sueños fríos

Anoche soñé que la besaba... Es curioso, porque normalmente en estos sueños no suelo fantasear que la beso. Estoy con ella, hablo con ella, como con ella, bailo con ella, vuelo con ella, abrazos, caricias, sonrisas, miradas..., pero nunca besos. Anoche soñé que la besaba. Un inocente beso en la frente al finalizar un tango. Luego desperté y seguía a mi lado, dormida, feliz, tal vez soñando conmigo. No sé. Un día de estos tendré que dejarla. Tal vez esta noche.


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Veneno

Cuando te pique la bicha, hijo mío, debes tratar de chupar rápidamente el veneno de la herida y escupirlo. Extraerlo de tu sangre antes de que sea demasiado tarde. La consigna es sencilla y fácil de seguir. De hecho, hijo mío, así deberían ser todas las soluciones a los problemas cruciales de la vida. Pero hay una pequeña trampa. Al chupar el veneno de la herida debes tener mucho cuidado ya que, a veces, mezclado con la sangre, se vuelve dulce y parte de él es tragado. No una dosis mortal, pero sí la necesaria para que nunca, nunca, pueda ser expulsado del todo de tu interior. Y ya, nunca más hijo mío, serás el mismo. Y ya, nunca más, querrás volver a serlo.

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En un pestañeo

Se ha caído el Sol. No sé cómo ha sido, hace un instante estaba ahí como siempre redondito y brillante en el cielo, saludando a las nubes que pasaban frente a él. Pero en lo que tardé en pestañear, el Sol se ha caído. Así sin más. La luz se apagó de repente. De pronto brillaron las estrellas. La Luna se asomó, pálida del susto. Cuando me vine a dar cuenta el Sol ya no estaba. Y fue eso, un pestañeo. Cerrar los ojos sintiendo aún su calor y al abrirlos, nada oscuridad. A mi alrededor todo sigue igual: el parque vacío, la fuente tranquila, los gorriones mendigando migas de pan. Pasa una señora mayor pero no parece extrañada. Supongo que a su edad habría visto ya muchas cosas. Entonces se me ocurre una idea peregrina y vuelvo a pestañear. Es cerrar los ojos sintiendo la fría brisa nocturna y al abrirlos cegarme una intensa luz. Ha funcionado, el Sol ha vuelto a su lugar, como si nunca se hubiera marchado. ¡Qué cosa más extraña! Me encojo de hombros y vuelvo a casa. Iré a ver si alguien sabe algo.

Nada. Nadie sabe nada. Lo mismo han sido cosas mías, que comienzo a chochear, como dice la jovencita descarada que vive en el piso de enfrente. Pero yo juraría que el Sol se marchó y luego volvió. Ya sé que no puede irse, pero eso fue lo que ocurrió. Lo he hablado con todos: con Juanjo, con Tomasín, con el Alemán, con el padre de la jovencita descarada que últimamente está siempre preocupado, y también con la madre que se empeña en que me ponga la pulsera que me regaló hace unos meses a cuento de no sé qué. Yo, que no llevo ni reloj, mucho menos voy a ponerme una pulserita.

No sé, tal vez lo mejor será olvidarlo. Por cierto, ¿qué día es hoy? ¿Jueves? ¡Vaya hubiera jurado que era martes! No, si al final va a ser verdad que chocheo. ¡Ja, ja, ja!



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Cuitando

Mi cama sigue vacía. Mi sueño sigue lejano, casi imposible, a pesar de que cada día lo anhelo con un ansia más viva, que acabará consumiéndome. La magia esperada permanece oculta. No he conseguido que vuelva a surgir de entre el silencio y la niebla. Solamente me resta dejarme ir o, como decía el apenado príncipe, morir, dormir… ¿Dormir? Tal vez soñar.

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Galerna

Llueve a mares. El viento azota las copas de los pocos árboles que hay en el paseo empedrado. La calle está desierta. Todos corrieron a guarecerse nada más caer las primeras gotas. Todos se fueron a sus casas. Todos menos yo que sigo aquí, bajo la lluvia, jugando con el agua y el viento. Divirtiéndome.

Como ellos, sé qué es correr en busca de cobijo, caminar malhumorado bajo el paraguas, odiar al conductor que te moja los zapatos, cambiar los planes de un fin de semana perfecto por la lluvia, pasar la tarde esperando a que cese la tormenta. En una de ésas me di cuenta de la pérdida de tiempo que supone. Es desesperante quedarse tras la ventana oyendo caer el agua sin cesar, mirar tas el cristal los charcos del alféizar, consultar una y otra vez el reloj, pensar en los planes rotos... Cuando por fin decides hacer algo descubres que no tienes nada que hacer y te vuelves a sentar. Tratas de ignorar la lluvia que cae incesante. Intentas convencerte de que está cesando, cuando en realidad no es cierto, y buscas algo que hacer. Pones la tele, cambias de un canal a otro y a otro y a otro, la apagas y permaneces mirando tu reflejo en la pantalla negra. Mientras, la lluvia sigue golpeando tu ventana. Miras el reloj, sólo han pasado tres minutos. Ojeas esa revista vieja en la que no hay nada interesante, buscas desesperadamente algo que llame tu atención, pero terminas tirándola sobre la mesa. Por fin te das cuenta de que no tienes nada que hacer. Nada salvo salir y mojarte.

El viento estiliza las gotas de agua, las convierte en finas agujas que, suavemente, me apuñalan todo el cuerpo. Nado contra corriente y llego hasta el mar. Allí las olas se transforman en gigantes que estrellan su cabeza contra las rocas esparciendo sus sesos sobre el paseo. El viento apenas me deja avanzar, el agua apenas me deja ver. Nunca me había divertido tanto. Ahora comienzan los rayos, los truenos, es el mejor temporal de mi vida. Bailo con el viento que me quita la cazadora. Yo pillo la indirecta y me despojo de la ropa. Más rayos a lo lejos, más truenos. Si pudiera llegar hasta ellos… El mar me grita, ¡oye, que estoy aquí! ¿No vienes a bailar conmigo? Con todo lo grande que es se pone pelusón de su hermano. Sonrío y sigo bailando con el viento. ¡Oyeeee, que estoy aquí! No quiero enfadarlo. Me detengo, lo miro y me arrojo a sus brazos. Pero ya está cabreado y me arroja con ira a las rocas, convirtiéndome en espuma sobre el paseo.



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Alien

Yo antes tenía una vida. Lo sé, aunque no lo recuerdo. Antes todo era diferente. En mi tierra, mi hogar. En sueños a veces aún puedo verlos. Mi esposa, mi hijo. Entonces despierto y estoy aquí de nuevo. En este lugar extraño, rodeado de seres extraños. Donde no soy nadie, nada. Invisible para ellos.

Son altos, esbeltos, de miembros alargados. Siempre cubiertos por ropas grises o negras. Caminan deprisa, comen deprisa, hablan de prisa en un idioma que no comprendo. Sus ojos son grandes y oscuros, siniestros. Nunca sé dónde están mirando.

A veces alguno se detiene gira la cabeza, me presiente, pero no me ve. Yo permanezco inmóvil y ellos pasan de largo. Me muevo entre las sombras, me alimento de sus abundantes desechos, me refugio del frío entre los huecos de sus titánicas construcciones de cristal. A veces alguno me percibe, se detiene, duda, y decide ignorarme, seguir con el paso rápido que le permiten sus largas piernas, volviendo a hablar de prisa, en su ininteligible lengua, con algún otro que está lejos. A veces alguno lanza cerca de mi algún objeto.

¿Cuánto llevo viviendo en este mundo extraño? ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Podré regresar algún día...? No lo sé, no lo recuerdo, no lo creo.

En este mundo el cielo es ceniciento, el viento corre insano cargado de olores agrios, los dos soles son pequeños y blancos, débiles y lejanos. Por todas partes se escucha un penetrante zumbido eléctrico que, creciendo en intensidad, me devora el cerebro. Entonces llega el dolor. Enloquezco. Intento taparme los oídos, mientras me retuerzo. Grito pero no me escuchan. Les llamo pero no me entienden.
A veces alguno cree oír un susurro en el viento, se vuelve, me intuye, dice algo en su rápido idioma. Yo sucumbo al dolor y caigo inconsciente, ojalá muerto. Cuando por fin despierto estoy solo en el suelo.

Un día uno pudo verme. Se sorprendió, pero no sintió miedo. Me habló lentamente. Me tendió sus largos brazos. Otros lo vieron y se acercaron. Miraban con sus grandes ojos vacíos. Movían sus cabezas y murmuraban. El que me veía se aproximaba a mí despacio, mientras hablaba. Yo estaba asustado. Eran muchos cerrando la única salida. Retrocedí. Él se detuvo. Levantó las grisáceas manos vacías despacio. Y de repente surgió el dolor, manando indómito de las profundidades de mi cerebro, estallando contra mi cráneo, tratando de escapar por mis oídos, mis ojos, liberado en un grito desesperado y después un mordisco en el brazo, una enorme mano sobre mis párpados, frío y sueño.

Yo antes tenía una vida. Lo sé, aunque no lo recuerdo. Antes todo era diferente. En mi tierra, mi hogar. En sueños a veces aún puedo verlos. Mi esposa, mi hijo. Entonces despierto y estoy aquí de nuevo. En este lugar blanco y acolchado, rodeado de seres extraños, altos, esbeltos de largos miembros y grandes ojos negros que me observan a través de los cristales del techo.


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La culpa

¿Qué hacemos?
No sé
¿Qué te apetece?
Tú misma
¿Un cine?
Mira a ver
¿Vamos?
Hay tiempo
¿Y mientras?
Aquí se está bien
¿Quieres algo?



¿Sí?
Bueno




¿Vienes?







No me mires así
¿Así cómo?
Así



¿Será el vino?
Será eso.


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Esto que te cuento

Lo escuché en la terraza de un café junto al mar. No sé muy bien quién lo dijo o a quién se lo contaban. De entre los murmullos de las voces anónimas, de entre los tintineos de las tazas, de entre los acompasados golpes de tacón sobre la madera, una voz sobresalió y me distrajo de mi charla con las olas y el viento. Lo dijo sin más, sin ningún respeto.

No era algo que no supiera, no era algo nuevo. Sin embargo, al oírlo en aquella tarde gris, no pude evitar el estremecimiento, el miedo, la ira, el dolor. Pedí escusas a mis compañeros de tertulia y me alejé de allí a paso ligero, para contártelo corriendo.

Lo escuchaba aún en mi huida, mientras tañían las campanas, martilleando mi cerebro, por las calles solitarias que conducen al cementerio. Y me forzaba a rememorar nuestra historia, que nunca fue, nuestro nunca contado cuento.

Esto que te cuento ya lo sabes. Un año hace ya que sucedió, y un año me ha costado armarme de valor para reconocerlo: Ana..., has muerto.


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La dama y el dragón


– ¿Mi señora? – La noche nació sin Luna en el cielo.

– ¿Sí, Gurash? – Nubes traidoras trataban de ocultar las estrellas.

– No creo prudente cruzar el lago esta noche, deberíamos esperar. – La bruma envalentonada brotaba de agua calma.

– Mi buen Gurash, como siempre, tienes razón. – El viento cobarde no se atrevió a venir en nuestra ayuda.

– Y aún así, mi señora, no pensáis hacerme caso. – Una roca solitaria dormía en el centro del lago.

– Sabes que no puedo. Di mi palabra. He de hacerlo – Una llama moribunda, apenas visible, esperaba su llegada con anhelo.

– ¿Mi señora? – Los años han pasado de prisa, la niña se ganó su simpatía, la doncella su amor, la dama su respeto.

– ¿Sí, Gurash? – El temor esmeralda se prepara para su último vuelo.

– Montad, ha llegado el momento.

Así hablaron la dama Gaerwen, y el bravo dragón Gurash, en la orilla del lago Noork, la noche en la que el temor esmeralda dio cumplida palabra de su juramento, permitiendo que mi señora obtuviera, no sin dolor ni sufrimiento, el regalo de los dioses que fue arrebatado a su pueblo: la llama imperecedera que, desde entonces, arde dentro de su pecho. Y dicen que esa noche, hasta la sombra más oscura, refugiada en el abismo secreto, tuvo miedo. Y todo lo que sucedió después fue cantado por bardos y juglares por todos los rincones del mundo nuevo, y la gloria de Gaerwen no tuvo igual en los tiempos venideros. Pero el aura que rodeaba su majestad, nunca pudo ahuyentar la sombra de la tristeza, el dolor y el vacío del recuerdo, de la caída de Gurash, el temor esmeralda, el último dragón sagrado del viejo reino...

Así lo vi, con estos ojos mil veces bañados por las lágrimas que mi señora no pudo derramar por su más leal vasallo, ya que la bendición del fuego eterno conlleva un precio amargo: olvidar a aquellos que se hundieron en la sombra por obtenerlo.


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El ángel de mármol de Santa Clara


El calor interior se muestra en forma de pequeños brotes de vapor que, apenas alcanzan el exterior, desaparecen. El frío penetra despacio, pero constante, en el pequeño cuerpo paralizado.

El mundo había desaparecido. Una nada nívea se había apoderado de él. Donde ayer había un pequeño parque, con sus árboles y su fuente de piedra desgastada, hoy no hay más que blancura. Donde ayer había una iglesia, una carretera, hoy solamente duele el albor. Asustado, el pequeño mira a su alrededor tratando de encontrar el pueblo perdido tras el velo fantasmal, pero lo único que parece quedar en pie son su casa y él mismo. Armado de valor, da un paso lentamente con los puños apretados y la respiración agitada. Da otro pasó, cierra los ojos y se vuelve. Horrorizado, ve como la red se abalanza sobre su casa, y el terror crece cuando comienza a sentir que se apodera de él mismo, paralizándole la sangre, acariciando con dedos de hielo el tuétano de sus huesos.

El corazón acelerado, la respiración profunda, los puños cerrados. Comienza a golpear al etéreo enemigo en un intento de no desvanecerse. Por primera vez es consciente de que puede desaparecer. Por primera vez siente la cercanía de la muerte. A su alrededor todo es blancura y silencio, humedad y frío. En su interior valor, furia, pasión, fuego vivo. De repente se ve rodeado de la nada. Su casa ha sido absorbida por el vacío blanco. Está cansado, suda y jadea. Lo peor es que sabe que no ha conseguido nada. Delante de él, unas sombras fantasmales se mueven. Tal vez sean las responsables de este mal, que se está comiendo el mundo, que intenta apoderarse de él.

En un último arrebato corre hacia las sombras que crecen según se acerca a ellas. A escasos pasos de una descubre un ciprés mecido por el viento. El gran ciprés que da la bienvenida al parque. A la derecha, la otra gran sombra va tomando la forma de la vieja encina que cobija, con su sombra, los juegos de verano. Habían sobrevivido al fin del mundo. O tal vez el mundo no se hubiese perdido. Tal vez solamente estuviera oculto. Avanza animado y va reconociendo los lugares que tan bien conoce. El murmullo del agua lo guía hasta la fuente que surge poco a poco, ocupando el lugar que nunca dejó libre. Comienza a reírse de sí mismo, de lo tonto que ha sido al pensar que las cosas desaparecen tan fácilmente. Corre en dirección a la iglesia para comprobar que sigue en su sitio, cuando una potente luz blanca brota rugiendo con la ira del vencido abismo.

El calor interior se escapa sin remedio regalándose al suelo ya húmedo. El frío exterior toma posesión al instante de su cuerpo. El mundo desaparece, sin más, para el pequeño. La niebla vence.


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Acercade mi y otras farsas

Acerca de mí y otras farsas
Relatario 2009

ISBN: 978-84-9981-005-8

Tormenta y otros fantasmas

Tormenta y otros fantasmas
Relatario 2008

ISBN: 978-84-9916-198-3

Curvas y otras fatalidades

Curvas y otras fatalidades
Relatario 2007.

ISBN: 978-84-92662-13-5.

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