Isidora se despertó sobresaltada, helada y mojada. Increíble: ¡se había meado en la cama! Aunque la espectral pesadilla no había sido para menos. Bah, bobadas, los fantasmas no existen, son sólo cuentos para asustar a los niños pequeños como Berto, pensó. Y entonces vio el modo de darle la vuelta, literal y metafóricamente, al desastre. Tras lavarse, le dio la vuelta al colchón y cambió las sábanas. Después se acercó sigilosa al cuarto de su hermano con un vaso de agua dispuesta a abrir el grifo. Pero en esta ocasión, por primera vez, sintió compasión del enano. No quería hacerlo. Vale, esta sería la última vez. Después, por mucho que la enrabietara lo dejaría tranquilo, o al menos respetaría sus sueños. Cuando el niño hizo su trabajo, lo despertó, como quien no quiere la cosa y, como buena hermana mayor, le dijo que se lavara, se cambiara y se fuera a su cama, que ella se encargaba de arreglarlo todo para que no se enterara mamá.
Por la mañana, en el desayuno, Berto sintió un escalofrío por la espalda cuando Isi arrugó la nariz, y un alivio cómplice cuando le guiñó el ojo antes de dar los buenos días a su madre.
– ¡Buenos días, mami!
– ¡Vaya, qué bien te levantaste hoy! Algo quieres...
– ¡Jo, mamá!, que susceptible eres. – el niño se río, terminó los cereales y salió corriendo dejándolas solas.
– Por cierto mami.
– ¿Sí? –, por supuesto mami permanecía en guardia.
– No le digas nada, – bajó la voz buscando intimidad, – pero el niño se ha meado en su cama. Yo lo limpié y le dije que se acostara conmigo, pero luego volvió a hacerlo en la mía. – La madre quedó gratamente sorprendida.
– Vaya, ¿y ese cambio de actitud?
– ¡Ay mamá!, que ya no soy una niña pequeña…, y vamos a tener que hacer algo con él, que esto es ya preocupante. – Sin más, salió a por la mochila del colegio y dejó a su madre con la boca abierta.
Justo cuando ya pensaba que estaba todo zanjado, desde la cocina llegó el terrible grito.
– ¡Isidora!
– ¿Sí mamá? – asomó sumisa la cabecita por la puerta de la cocina.
– Coge el pijama, acuérdate que hoy te quedas en casa de Olivia. – Y le guiñó un ojo.
– Gracias mami – corrió a darle un beso antes de ir a por el pijama –. ¡Sí! – añadió contenida, y se olvidó de todo lo que no tuviera que ver con la fiesta de esa noche.




