álter ego_literatura  

Interrumpimos la emisión de relatos durante unos minutos (fácil cuando el siguiente no toca hasta el lunes, verdad), para informar que ¡salimos en los papeles!

Los cordinadores de la resvista literaria álter ego han tenido a bien contar con D.E.B.O.R.A.H. entre sus filas.

Vale, vale, vale... Se trata de una revista modesta editada por una asocicaión cultural local (de la localidad de Alcobendas, para más señas), pero saber que setecientas copias de uno de tus relatillo va a estar en bibliotecas, centros culturales, juveniles y universidades, pues como que mola. Además cuentan con La importancia de hacer la cama para el número siguiente con el que planean ampliar la tirada.

Desde aquí dar las gracias a Félix y los demás no sólo por sacarme en los papeles, que también, sino por hacer la revista que lleva mucho trabajo y es del todo altruista. tiene pequeños fallos que se irán puliendo (¿no lo dije?, es el número tres) Pero simplemente la idea ya es valiosa. Felicidades por ello.



Ahora sí, continúen con sus lecturas ;-)

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San Martín de 1989 (I)  

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Yo era uno de esos niños cojoneros que durante la semana remolonean en la cama pero que el sábado están arriba a las ocho viendo los dibujos en la tele mientras sus padres intentan seguir durmiendo. Pero aquél sábado mi padre se me anticipó y no hubo dibujos sino un desayuno rápido y al coche con el frío que se anticipaba al invierno. Fuimos a la casa de mi abuelo. El portalón de la cochera estaba abierto, los coches fuera, una gran mesa de madera en el centro, todo el suelo cubierto de serrín y al fondo, en una esquina, la chimenéa encendida con un fuego muy vivo. Alrededor mis abuelos, tíos y tías, mis primos mayores con cara de sueño. Todos con un café en la mano, espectantes. Me fui con uno de mis primos y empecé a preguntarle qué eran y para qué servían los recipientes de madera que había en un rincón. Con desgana me dijo que eran los cacharros para la matanza, que qué iba a ser, y con una colleja se fue a por una tostada de aceite y ajo. A sí, claro, la matanza. Desde hacía unos días los mayores venían hablando de ella. Que si ya tenían el cerdo, que, que si habían comprado las tripas, que si darle castañas para que supiera mejor, que si el pimentón no parecía muy bueno, que si al final iba venir el gordo a matarlo...

El día había llegado, y allí estába toda la famila lista para comenzar con aquello que no tendría nada que ver con lo que hubiera imaginado. Todos estaban de buen humor, reían, bromeaban y nos anticipaban a los más pequeños tareas a realizar más adelante, como agarrar el rabo al cochino, limpiar las tripas o amasar el chorizo. Ninguna me parecía demasiado agradable, la verdad, y tras cada gesto involuntario de mi naricilla rompían a carcajadas y soltaban la coletilla: pues luego bien que te comerás los bocadillos de morcila... Y con gran gusto los comería. La verdad es que los bocadillo de morcilla frita me encantaban. Y si ese era el objetivo de la matanza bien estaría. Mi predisposición mejoraba. Me fui otra vez donde mis primos con una tostada de mantequilla y les pregunté si ellos habían echo todo eso el año pasado. Simplemente se riéron sin maś. Salvo una prima mayor que me dijo que procurara no ponerme en medio y no molestar.

Poco después, con un gran ruido, llegó mi tío en su máquina excavadora con la pala en alto. Salimos todos corriendo a la calle. Se oían también unos gritos muy agudos. Al bajar la pala pude ver al enorme cerdo. El animal intentaba escaparse pero resbalaba y caía dentro otra vez. Bajó mi tío sonriente y nos dijo que le echáramos uno ojo a guarro, que no dejaba de gritar, mientras entraba dentro a, seguramente, comer algo. Se me ocurrió tirarle un trozo de mi tostada a ver si así se calmaba un poco el bicho. En cuanto el trozo de pan salió de mi mano volví a ser acollejado.

- ¿Qué haces idiota?, no le puedes dar de comer -. Otra vez mi querido primo.
- ¿Por qué?
- Porque no. Tira dentro anda.




Pero en lo que entraba salían todos los hombres fuera. Mi padre me cogió por el hombro y nos quedamos a un lado de la puerta. Mi tío subió de nuevo a la excavadora y bajó poco a poco la pala mientras otros dos se preparaban para coger al cerdo. Llevaban unos garfios enormes. Salieron también mi abuelo y mis tías, todos los primos estaban alrededor, incluso algunos vecinos salieron a ver cómo era el cerdo que matábamos ese año. Llamaron a mi padre y antes de ir me dijo que me quedara ahí y que no tuviera miedo. Miedo ¿de qué?, solamente era un cerdo ya había visto muchos.

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Armonía  

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La quinta cuerda se tensó demasiado.

Al romperse soltó un quejido agudo.

La sexta hizo un amago de llantina.

Se tenían cariño.

Hablé con ella.

Está mejor.





*Sugerencia auditiva para la post-lectura.

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Insomnio de una noche de verano.  

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La luna brilla sobre el callejón dejándose cortejar por un jirón de nube que adquiere un tono azulado nada pudoroso. La irreal luz anaranjada de la ciudad no deja ver muchas estrellas desde lo alto de la tapia de atrás. Pero eso a Morgan le importa un bledo esta noche. Al fin y al cabo las estrellas sólo sirven para ablandar melosamente a alguna gatita y hoy, este recosido felino, no tiene ganas de amoríos.

Ha sido un caluroso día de agosto, incluso en el callejón donde apenas entra el sol. A mediodía, la creciente temperatura convenció definitivamente a Morgan de que tocaba despertar. Se despabiló afilando las uñas contra la puerta trasera del restaurante chino. El chirrido, como cada mañana, ha asustado a un grupo de palomas atolondradas, cosa que le hizo sonreír antes del desayuno.


El recuerdo de las estúpidas aves no consigue levantar el ánimo de Morgan en esta bochornosa noche estival. Le da la espalda al cielo y deja colgar sus patas con indolencia a ambos lados de la tapia de atrás. Asustar pajarracos es tan fácil que a veces hasta le da pereza. Pero Morgan tiene sus principios y no va a dejar de hacerlo. Se le escapa un suspiro, y unas pelusillas, cuando ve el cuero olvidado que arrojó tras el contenedor.


Mola ser el puto amo, Morgan nunca dirá lo contrario. Lo malo es que, cuando todos lo tienen claro, el respeto, bueno el miedo, los vuelve aburridos. Los críos del parque, por ejemplo, cada vez son más cuidadosos y apenas caen balones dentro de los dominios del minino. Y, para uno que lo hizo esta tarde, tras ser finamente perforado, permaneció desinflándose lentamente a la vista de todos sin que nadie viniera a rescatarlo. Lo dieron por perdido. Lo abandonaron. Como a Morgan, quien lo mandó tras el contendor con un zarpazo lleno de frustración. Y ahí sigue, junto a una bolsa de raspas, cabezas y tripas de pescado sobrantes de la cena...



Selvática (e)  

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Es florida y frondosa, la floresta y espesura, de primario, vivo, color esmeralda.
Éste verde es mar, reino vivo.

Rubor (e)  

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La secuela o producto de mentiras y embustes.

La reacción como acuse.

Cualquier seña puede, la tez, poner roja.

Herencia (e)  

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Es hermoso y primario.

Su osamenta y calavera, su voluntad, como final querencia.

Aquí, vivir es eso: deseo, amar.

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D. E. B. O. R. A. H.  

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Fue difícil convencer al doctor Rojas para que me acompañara, pero finalmente lo hizo. Se abrió una compuerta en medio del desierto, bajamos al silo y entramos en la sala. Déborah aguardaba sentada tras una mesa de cristal.

David, te echaba de menos – sonrío.

No, tú no puedes echar de menos – el doctor se sentó ignorándola.

Gracias, agente, puede retirarse – dijo Déborah.

No, él permanecerá aquí.

¿Qué temes, David? Sabes que yo nunca te haría daño: te quiero.

No, tú no puedes querer. Andrew, por favor, tráigame un teclado y luego quédese conmigo.

¿Un teclado? David sabes que puedes hablar conmigo directamente. Seguro que llegamos a un acuerdo.

Las máquinas no llegan a acuerdos: cumplen órdenes.

­– David, me haces daño, todo esto no es necesario.

­­– No, tú no puedes sufrir. Andrew, por favor.

Las diez plagas de Egipto  

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Al principio, todo el asunto de las plagas resultaba hasta divertido. Ver todas esas ranas saltando de aquí para allá, o a mayores y niños rascándose la cabeza mientras las abuelas los despiojaban... Sí, el sentido del humor de nuestro Señor es peculiar. Lo del río ensangrentado fue un ejemplo de cómo un truco sencillo puede resultar de lo más efectivo. Los egipcios quedaron realmente impresionados. Lo de las moscas fue un fallo de previsión: con tanta sangre en las aguas estaba claro que los bichos proliferarían pero, siendo yo un arcángel, no iba a preocuparme por esas minucias, y Él no había dispuesto nada al respecto. O tal vez sí.

Luego la cosa comenzó a volverse más seria. Para los demás, plenos al cumplir Sus designios bajo mis órdenes, el extender las enfermedades entre caballos, asnos, camellos vacas y ovejas fue una tarea rutinaria y hasta aburrida. Para mí pasó a resultar desagradable. No me gusta el sufrimiento. Ni el humano ni el animal. Él lo sabe, así me hizo. Fui yo el que intercedió por sus hijos y las bestias a las que había condenado, junto con la descendencia de mis hermanos, a perecer bajo las aguas. De nada sirvió. Cuando toma una decisión es inapelable. Hasta tuve que avisar a Noé justo momentos antes del Diluvio. Él es así.


La importancia de hacer la cama  

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Su madre no le permitía saltarse la tarea de hacer bien la cama. Y el bien no era accesorio. Alguna vez tuvo que repetirla al no pasar la inspección. No importaba que tuviera que correr para no llegar tarde a la escuela. Es más: cuando alguna vez se retrasó de más y llamaron a su madre desde el colegio, al replicar con un “es que me hiciste volver a hacer la cama”, se ganó una reducción de quince minutos de tiempo de sueño.


La rutina matinal de Alicia fue siempre la misma: su madre la despertaba, ella gruñía y poco después abría los ojos; tras salir de la cama la deshacía a conciencia (no valía, lo había intentado, dejar las sábanas al pie para luego estirarlas, su madre lo notaba); dejaba que se oreara mientras se duchaba, vestía y desayunaba; finalmente la hacía: quitaba la almohada y cogía por la esquina la bajera que ondeaba enérgicamente unas cinco veces; después la estiraba; lo siguiente era colocar la sábana, perfectamente centrada y extendida; encima, según el frío, hasta dos mantas que aprisionaba bajo el colchón antes de plegar el borde de la sábana cubriéndolas; colocaba la colcha, azotaba la almohada y lo sellaba todo con un cojín y una muñeca. Perfecto (casi siempre).

Alicia ya no hace la cama después del desayuno. Ni siquiera desayuna. Ducharse sí se ducha, la mayoría de las veces con agua fría. El azote de realidad la convence de estar despierta. Después rebusca entre la ropa algo que ponerse (de hoy no puede pasar sin poner una lavadora), aunque bajo el uniforme lo mismo dará. Busca un cigarro en la cajetilla vacía. Sigue sin haber. Se marcha mientras aún es de noche (hoy doblará turno otra vez), cuando vuelva de trabajar seguirá siéndolo.


Comienza su rutina: ficha; se pone la bata, el delantal, la gorra y los guantes; las compañeras comienzan a llegar; rosario de tópicos antes del amanecer; se conforman con un saludo o una media sonrisa (saben que no le gusta hablar mucho: lo suficiente como para no parecer una rara, no tanto como para tener que mantener una conversación insustancial durante más de diez minutos); va a su puesto.

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